Vacunación obligatoria: ¿de dónde sale la resistencia?

8 de agosto, 2021

Manifestación ayer en París contra la vacunación obligatoria
Manifestación ayer en París contra la vacunación obligatoria

Entre ayer y hoy había más de un centenar de manifestaciones convocadas en Francia contra la vacunación obligatoria de sanitarios, cuidadores y otros colectivos como los bomberos. En toda Europa los medios alientan abrir el mismo debate.

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La política de la resistencia a la vacunación obligatoria

En España, el crecimiento de los contagios en residencias de mayores durante la quinta ola ha abierto el debate sobre la vacunación obligatoria del personal de residencias.
En España, el crecimiento de los contagios en residencias de mayores durante la quinta ola ha abierto el debate sobre la vacunación obligatoria del personal de residencias.

Los centrales sindicales se han subido al carro. Desde la CGT, que ha rescatado a Martínez como oráculo para la ocasión, hasta el sindicato Sud, ligado al Nuevo Partido Anticapitalista que llama a una huelga nacional de sanitarios, parecen haber visto su oportunidad.

Pero ¿oportunidad para qué? La discusión sobre la obligatoriedad está tensionando y enfrentando entre sí a los trabajadores del sistema de salud francés, convirtiendo la convivencia en los hospitales y residencias en un infierno.

En Gran Bretaña, por contra, donde el Parlamento aprobó la vacunación obligatoria de sanitarios, los médicos del NHS están yendo en bloque a la huelga por mejores salarios y turnos, contra el aumento salarial propuesto por el gobierno.

El caso británico es significativo porque allí el movimiento antirestricciones y antivacunas -la pequeña burguesía airada- es aun más fuerte que en Francia y consigue más del 57% de apoyo en las encuestas a su posición contra la vacunación obligatoria de sanitarios. Pero los trabajadores de la salud no se han dejado arrastrar y los sindicatos no se han atrevido a intentar poner en primera fila la cuestión.

Los argumentos contra la vacunación obligatoria

Manifestación negacionista en Madrid en agosto de 2020.
Manifestación negacionista en Madrid en agosto de 2020.

La primera impresión es que los argumentos contra la vacunación obligatoria deben ser muy claros y tocar cuestiones muy sentidas como para que merezca la pena destrozar el ambiente laboral, la cohesión de las plantillas y dejar la lucha -urgente- por mejores condiciones de trabajo de lado.

Pero no. Lo que venimos oyendo durante la última semana está lejos de eso. «Las reivindicaciones se centran en el rechazo de la vacunación obligatoria en nombre del derecho a la libertad y la seguridad y del derecho al secreto médico», aseguraba generosamente la radio pública local francesa.

En realidad las posiciones sindicales oficiales son blandas. Martínez (CGT) hablaba de que «no se había escuchado» a los trabajadores. Los de Sud, invisibilizaban la situación sanitaria y la responsabilidad de los trabajadores frente a los pacientes para pedir «tiempo».

«No estamos en contra de la vacunación, estamos en contra de la obligatoriedad», dijo Hervé Karagulian, secretario adjunto del sindicato Sud Santé, en declaraciones a BFM Marseille. «Yo mismo me he vacunado y me gustaría que mis compañeros, que quizás necesitan un poco más de tiempo para pensar, tuvieran tiempo para pensar y poder seguir trabajando, incluso sin vacuna».

Marsella: centenares de sanitarios movilizados contra la obligatoriedad de la vacuna. BFM Marsella, 5/8/2021

En la manifestación de ayer en París los argumentos contra la vacunación obligatoria eran realmente retorcidos y contradictorios: «me opongo a que se imponga pero habría que imponérselo a todos», «el gobierno no hizo lo suficiente contra la pandemia por lo tanto ahora no me vacuno»... Pero en cuanto escarbamos un poco encontramos las claves, comenzando por la consigna central de la campaña antivacunas avivada por el bannonismo durante el último año como conclusión de su campaña internacional de intoxicación en Internet sobre las vacunas: «no somos ratas de laboratorio».

«No soy una rata de laboratorio» es el tipo de comentario que Elsa Ruillère, representante local de la CGT, dice haber escuchado en los últimos días. «Todos tardaron unos días en darse cuenta de lo que estaba pasando», dice. «Y luego nos contactaron agentes que se sienten cada vez más discriminados. Tenemos la sensación de que el personal hospitalario está siendo chantajeado».

El hospital de Montelimar en huelga contra la vacunación obligatoria. France 3, 220/7/2021

¿De dónde sale ésto?

Manifestación en París contra el Pasaporte Covid y la vacunación obligatoria de sanitarios y otros colectivos en contacto con personas especialmente vulnerables.
Manifestación en París contra el Pasaporte Covid y la vacunación obligatoria de sanitarios y otros colectivos en contacto con personas especialmente vulnerables.

De hecho, las tipologías de manifestantes que airea la prensa francesa vienen a coincidir con los distintos ejes de la campaña de la intoxicación bannonita en Internet: la obligatoriedad vacunal es el primer paso hacia una dictadura, las vacunas no son lo que nos dicen, el verdadero objetivo es el control social y el fin de la libertad de movimientos... Argumentos corrientes en el ambiente de la «derecha alternativa» estadounidense, pero chocantes en Europa.

El corolario según el cual la vacunación obligatoria de los trabajadores que conviven con personas especialmente vulnerables al virus, como los de residencias y hospitales, sería un «chantaje», es común en EEUU pero resulta en extremo chocante en Europa donde no hay tradiciones libertarias ni religiosas contra las vacunas. Al contrario, el sistema educativo durante décadas presentó las grandes campañas de vacunación y el fin de la viruela como el mayor logro de la Humanidad en su historia.

Y lo que es más importante: la vacunación como un hecho social cuyos resultados dependían de la universalidad -por defecto obligatoria-, no como una decisión individual. Lejos de ser polémicos, que los sanitarios defendieran los calendarios vacunales obligatorios era hasta hace poco tan obvio y tópico como una miss abogando por la paz en el mundo. Defender y hacer realidad la universalidad de las vacunaciones, evitar que niños o mayores quedaran fuera de las campañas era parte del consenso social y el orgullo profesional de enfermeros, médicos y enseñantes. Y no vacunar a los propios hijos se consideraba un horror moral y razón suficiente para perder la patria potestad.

Por eso no son pocas las columnas de opinión que en la prensa francesa culpan en estos días a la escuela pública. La influencia de los discursos conservadores estadounidenses se entiende según ellos como el resultado de una degradación previa de la capacidad del estado para imponer los valores republicanos en la escuela.

Entre las élites autorizadas a ser analfabetas y todos aquellos cuyos estudios solo les han llevado a desacreditar el conocimiento, es la posibilidad misma de un debate la que se desvanece.

El auge del desafío de las vacunas es contemporáneo de la masificación de las escuelas. Revista Marianne, 2/8/2021

Algo se acerca. Evidentemente la capacidad del estado para mantener consensos sociales ya no es la que era y desde los 90, y especialmente desde los 2000, cuando Internet se convierte en un fenómeno de masas, la penetración de las oleadas y modas ideológicas estadounidenses en Europa ha sido muchísimo mayor que nunca antes.

Pero si bien esa explicación es útil para entender cómo la campaña antivacunas ha podido impactar a millones de trabajadores, no es suficiente para explicar por qué ha convencido a una parte de ellos y especialmente a un 46% del personal sanitario no médico, de que la vacunación obligatoria era indeseable. O algo en esos argumentos estaba presente, era parte de la ideología corriente difundida por el propio estado y la maquinaria de opinión, o resulta incomprensible.

La moral de la resistencia a la vacunación obligatoria

Manifestación negacionista en Madrid en agosto de 2020.
Manifestación negacionista en Madrid en agosto de 2020.

Desde luego, no es un fenómeno francés. El diario El País, intentando introducir el debate en España, recogía ayer las declaraciones de una trabajadora de una residencia en las cercanías de la capital.

Tiene 36 años y trabaja desde hace dos en una residencia de Guadalajara. De diciembre a febrero lidiaron con un brote en el centro. Cuando le ofrecieron la vacuna la rechazó: «No me fiaba nada. Nos pusieron a nosotros los primeros, como conejillos de indias». Dice que, «aunque suene mal», pesó más su miedo que la preocupación por el riesgo que podía suponer para los mayores. «Hay que mirar por uno mismo, si no estoy bien, no puedo trabajar. Primero pensé en mi cuerpo y luego pensé en mi futuro. Terminé poniéndomela porque si quiero trabajar en esto me la van a acabar exigiendo».

Las patronales de residencias piden que la vacunación sea obligatoria para sus trabajadores. El País. 7/8/2021

Además de la expresión «conejillos de indias», que sugiere el impacto de la campaña bannonita, lo que llama la atención es que afirme que «hay que mirar por uno mismo». Un espíritu parejo a las amenazas de abandonar el puesto de trabajo si la vacunación obligatoria se hace efectiva que escuchamos en estos días a algunos cuidadores en Francia. Vacunarse o no, trabajar o no, vienen a decir, es una cuestión individual, el resultado de un cálculo de costes y beneficios que realiza cada cual. La naturaleza social de la vacunación -no tiene otra- se invisibiliza completamente.

Se entiende aquí la naturalidad de los sindicatos para mimetizarse con los argumentos bannonitas. Durante las tres últimas décadas han usado un argumento similar para degradar y desnaturalizar las huelgas. Estas ya no serían una decisión colectiva tomada en asamblea, sino el resultado de la agregación de decisiones individuales ante una convocatoria sindical, una especie de votación en la que la papeleta se sustituye por quedarse en casa.

Y algo más llamativo todavía: se da por buena la negación del valor social del trabajo. Es llamativo porque en las profesiones sanitarias estaba una de los focos históricos de resistencia a invisibilizar el trabajo social (en su sentido pleno, no el asistencial) aplastado bajo el trabajo asalariado.

Evidentemente cuando le preguntan al burócrata sanitario sobre la resistencia a la vacunación obligatoria responde que «la seguridad del paciente es más importante que el estado de ánimo de algunos», es decir, protesta porque el contratante no obtiene toda la dedicación por la que supuestamente pagó con el salario.

Pero históricamente, cuidadores, enfermeros e incluso una parte de los médicos, hacían valer el sentido social de su trabajo al reivindicarlo como la respuesta a una necesidad universal. Lo vimos en las luchas de sanitarios durante la pandemia en todo el mundo e inmediatamente antes en las huelgas de los emergencistas y los servicios de urgencias en Francia.

El rechazo de la vacunación obligatoria como síntoma y resultado moral de la precarización y la atomización de los trabajadores paramédicos

Tasa de vacunación en hospitales franceses por grupos laborales. La resistencia a la vacunación obligatoria es proporcional a la atomización fruto de la precarización.
Tasa de vacunación en hospitales franceses por grupos laborales. La resistencia a la vacunación obligatoria es proporcional a la atomización fruto de la precarización.

Así que ¿qué ha pasado? Desde luego el bannonismo ha sido inteligente en su estrategia, centrándose en los trabajadores sanitarios y dentro de éstos en el grupo cuyas condiciones estaban más precarizadas.

Enfermeros y cuidadores sufren récords de temporalidad. Los que no tienen contratos fijos van de hospital en hospital encadenando contratos temporales que rara vez sobrepasan la semana. La situación resultante, además de agotadora físicamente, lo es emocional y socialmente. Es imposible construir relaciones con los compañeros cuando estás cambiando de compañeros cada dos o tres días... aunque luego repitas.

Para el bannonismo eran un «objetivo preferente». En un contexto de atomización y soledad en el trabajo, la resistencia a la vacunación obligatoria podía ser atractiva en tanto que forma individual de resistencia contra los jefes médicos, un discurso sanitario mentiroso, unas administraciones canallas y todo lo que diariamente les pesa y se materializa en una situación laboral que les consume.

Además, por su número, un éxito permitía a los bannonistas, al modo de las campañas de publicidad, jugar con la idea de que «los que trabajan en hospitales desconfían y rechazan la vacuna». El rechazo de la vacunación obligatoria es instrumental a ese objetivo.

Solo hacía falta que los trabajadores tuvieran receptores, que previamente hubieran dado por bueno que estaban solos sin remisión, que los compañeros les resultaran ajenos y que la relación con los pacientes no pesara en sus decisiones. En pocas palabras, que hubieran dado el salto del aislamiento impuesto por la precarización al individualismo aceptado por ellos mismos como moral.

Pero este salto no es evidente. La precarización y la atomización, hacen más débiles frente al individualismo, pero no lo producen automáticamente. Apuntar a este segmento de trabajadores con el éxito que muestra la gráfica de arriba les hubiera resultado imposible sin un «bombardeo de cobertura» previo. El que hacen cada día sindicatos, la industria de la opinión y los mil y un discursos que van de la cínica idea de libertad que vende la derecha a la no menos cínica justicia social y la ideología de los cuidados de la izquierda.

Así que lo que estamos viendo bajo la bandera del rechazo de la vacunación obligatoria no es una súbita, potente y miope defensa de libertades, sino todo un ejemplo de cómo la precarización se convierte en atomización y como ésta destruye moral y políticamente a los trabajadores. El individualismo mata convirtiendo en sus víctimas a los que lo hacen suyo... y a los que les necesitan.

Lee también: El individualismo mata, 3/11/2020