Los últimos días de Mercosur

13 de septiembre, 2021

Edificio del Mercosur, Montevideo, Uruguay.
Edificio del Mercosur, Montevideo, Uruguay.

Mercosur vive sus momentos finales. Puede que la marca sea recuperada en algún momento, pero la ruptura de la unión arancelaria que hasta ahora fue es un hecho. Uruguay va a firmar un acuerdo de libre comercio con China por fuera del acuerdo fundacional y la institución no lo puede seguir: uno de los miembros, Paraguay, sigue reconociendo al gobierno de Taiwan como el único representante legítimo del conjunto de China. El fin del bloque que nunca fue nos cuenta mucho de la naturaleza de los capitales y estados sudamericanos y de cómo será el futuro de la región.

Tabla de contenidos

Cronología de una reforma que resultó en liquidación

El presidente Lacalle informa a los partidos parlamentarios del TLC con China y la subsiguiente crisis terminal de Mercosur.
El presidente Lacalle informa a los partidos parlamentarios del TLC con China y la subsiguiente crisis terminal de Mercosur.

En abril de este año Brasil y Uruguay presentaron su propuesta de reforma de Mercosur. Era una liquidación presentada como reforma y no costaba mucho darse cuenta. El gobierno de Lacalle, rompiendo con la posición tradicional uruguaya, preparaba el camino a la presidencia brasileña del bloque en julio que se adivinaba definitiva para la unión arancelaria.

El gobierno uruguayo anunció entonces que comenzaba a negociar por su cuenta con potencias exteriores. Era una bomba de tiempo. Si el bloque no se reformaba antes y de la manera propuesta por Bolsonaro y Lacalle, simplemente Uruguay rompería los tratados. Y como quedó claro en la misma toma de la presidencia regional por Bolsonaro y su equipo, le seguiría inmediatamente Brasil, verdadero centro de gravedad de la zona arancelaria. Como Guedes, el ministro de economía brasileño, se encargó de recordar, Argentina tenía todo el derecho de reivindicar la vigencia del tratado, pero hiciera lo que hiciera no iba a conservar más que un nombre vacío.

Pero la puntilla llegaría en agosto, y paradójicamente del bloque comercial teóricamente más interesado en el desarrollo de un mercado interno sudamericano: la UE.

Bruselas modificó unilateralmente las condiciones del acuerdo firmado con Mercosur para incluir el bienestar animal. La medida no tenía repercusiones prácticas serias en caso de ponerse en marcha el acuerdo. La carne vacuna que temen los ganaderos irlandeses, fineses o franceses y que Argentina, Uruguay y Brasil exportan no está estabulada siquiera. Pero Bruselas quería mandar un mensaje: en ningún caso, con o sin Mercosur vivo, va a permitir que las mega-granjas chinas se instalen en la región para usarla como trampolín hacia Europa.

En septiembre Macrón fue mucho más lejos y anunció que Francia impediría la firma definitiva del tratado de asociación UE-Mercosur. No era ninguna novedad. Después de los incendios en el Amazonas el Eliseo había encargado un informe de expertos sobre la deforestación en Brasil y Paraguay y una batería de análisis y columnas de opinión había preparado el camino al presidente francés -apoyado por Irlanda y Finlandia- para vestir el proteccionismo arancelario como proteccionismo medioambiental.

Ahora afinaba el argumento. El tratado Mercosur-UE «no es compatible con nuestra agenda climática», declaró. La nueva etapa del Pacto Verde europeo debía convertir la política comercial en un ariete para la extensión de la transición energética... generando mercados para las tecnologías y grandes inversionistas europeos. O Argentina y Brasil dan un giro de 180º en sus perspectivas industriales bajo las condiciones europeas o no podrán acceder a los mercados del continente por mucho que España patalee en Bruselas.

Pero la puntilla tenía que llegar desde dentro del bloque. El martes pasado Lacalle anunció que estaba a punto de firmar un tratado de libre comercio con China que modificaría sus condiciones de pertenencia a Mercosur, es decir, finiquitaría el bloque arancelario. La primera reacción argentina fue descalificar como un «delirio» las pretensiones uruguayas. Uruguay -aseguró Kufas, el ministro de desarrollo productivo argentino- debía «decicir entre China y Mercosur». La respuesta de Lacalle fue contundente: Uruguay había venido negociando en secreto otros tratados de libre comercio y en breve se anunciaría una firma inminente. No era «China o Mercosur», era «Mercosur o el mundo».

Bolsonaro mientras tanto firmaba un decreto que significaba la no renovación del acuerdo de transporte marítimo con Argentina. La burguesía argentina perderá incluso su posición en el transporte de granos y componentes hacia Brasil. Mercosur, la estructura arancelaria común sobre la que se pretendía crear un mercado unificado, tenía -literalmente- los días contados en espera de una ratificación formal del TLC chino-uruguayo.

Detrás de la liquidación de Mercosur: la burguesía agroexportadora

Lacalle y Fernández frente a frente en una videoconferencia de presidentes del Mercosur.
Lacalle y Fernández frente a frente en una videoconferencia de presidentes del Mercosur.

Desde la formalización de la propuesta uruguayo-brasileña, la batalla político-económica estaba abierta.

Lo más importante a destacar es que no es una lucha entre capitales nacionales sino entre bloques de clases e intereses dentro de cada capital nacional. Por eso ya en junio, mientras la burguesía industrial y financiera iniciaban su «carga final» contra Bolsonaro, representantes suyos se acercaron a la diplomacia argentina para coordinar acciones. Los roces diplomáticos subsiguientes, que impidieron la reunión de cancilleres y el avance de la propuesta uruguayo-brasileña eran parte de una estrategia de dilación que pretendía dar tiempo al «frente interno» en Brasilia.

En julio esta alianza entre la Casa Rosada y la patronal industrial y los sindicatos brasileños para evitar el desmontaje acelerado de Mercosur se hizo explícita; mientras en Uruguay la alternativa «Mercosur o China» decantaba a los principales partidos. Las facciones agrarias, con el Partido Blanco a la cabeza, decían China sin dudar. Los de base capitalina, es decir el Frente Amplio (heredero del modelo de capitalismo de estado batllista) y el último núcleo, el más tradicional, del partido Colorado (derecha industrial y financiera), mantenían con más o menos energía el objetivo de primar la construcción de un bloque regional.

En realidad, lo que se presenta como una alianza entre Brasil, Paraguay y Uruguay no es más que la coincidencia en el poder político de las fuerzas que expresan las necesidades de los terratenientes y el capital agroexportador en un momento en el que están dispuestos a romper la clase dirigente si hace falta para imponer sus intereses dentro de cada capital nacional.

Estos intereses son los que forman el principal apoyo de Bolsonaro frente al capital financiero e industrial brasileño y los que intentan mantenerlo en el poder a cualquier precio. Son ellos los que conforman el núcleo «colorado» tradicional de la oligarquía paraguaya. Son la Sociedad Rural y la Argentina del polo y la estancia en lucha permanente contra los impuestos a la exportación que mantienen la estructura del estado y la industria local. Y evidentemente, son el Partido Blanco en el Uruguay.

Desde la independencia y durante un siglo, estos partidos y sus rivales -colorados uruguayos, centralistas argentinos y liberales brasileños- estuvieron ligados y entrecruzaron sus luchas por el poder dando forma a las fronteras de medio continente, convirtiendo Uruguay en una nación independiente -pero no Rio Grande do Sul- y arrasando, con la única oposición de los blancos uruguayos, el primer desarrollo industrial paraguayo.

En el siglo XX ambos grupos contendientes tendieron a fusionarse en una única corriente conservadora en cada país pero se separaron entre países relativamente, conforme cada capital nacional acometió su propia transformación y se acomodó -conflictivamente- bajo formas diferentes de capitalismo de estado.

Con todo, el proceso tuvo notables paralelismos, no solo entre los países Mercosur, también con Bolivia, Chile y otros países de la costa del Pacífico. Al final, es el capitalismo de estado que acabaría encontrando su expresión más característica en las fuerzas que hoy se identifican como izquierda en la región -el kirchnerismo, el Frente Amplio uruguayo, el PT brasileño, el Frente Guasú paraguayo- y que en más de un caso -el MNR en Bolivia, el peronismo en Argentina, la DC chilena- tenían su origen y contexto en la «salida fascista» de los años 30 y 40.

Lee también: Bolsonaro y el autogolpe de estado, 9/9/2021

Los argumentos de la burguesía agroexportadora contra Mercosur

vacas uruguay
Vacas pastando en el campo uruguayo

Los argumentos de la burguesía agroexpotadora y sus voceros políticos son claros, meridianos y coincidentes: según ellos -y llevan razón en la mayoría de los casos- lo que queda de la industria eternamente protegida y subsidiada característica de los países semicoloniales, no levantará cabeza.

Aceptado ésto, se consideran la parte «productiva» del capital nacional y aducen que el mercado interno de Mercosur para productos agroindustriales no compensa el coste de no poder acceder a los mercados de otras regiones. Los recargos en destino que las exportaciones tienen en los países compradores frenan su desarrollo y seguirán haciéndolo a menos que se firmen tratados de libre comercio que necesariamente exigirán acceso al mercado uruguayo de bienes industriales.

Uruguay como exportador. Durante los treinta y algo de años en que está vigente el acuerdo ha sucedido mucho, y poco ha sido en beneficio para Uruguay [=sus exportaciones agro-alimentarias]. [...]

Hoy importamos de China todo lo importable, pese a la existencia del Arancel Externo Común. La poca industria que quedaba se la llevó las importaciones de China. O sea, tanto da que haya un acuerdo con China o no lo haya. Esta situación no va a cambiar.

Sin embargo, las exportaciones agroindustriales uruguayas están castigadas con recargos en destino. Estos recargos no los tienen otros competidores uruguayos en los mismos rubros como Australia o Nueva Zelandia, que además tienen la ventaja que están más cerca de los puertos de destino, por lo que los fletes son menores. Se habla que la agroindustria paga aproximadamente US$ 200.000.000 de aranceles en destino.

Por tanto, no se ve pérdida en un acuerdo comercial con China.

«Mercosur o China», editorial de hoy en el diario El País de Montevideo.

Es decir, los incentivos a mantener Mercosur y empujar para que se convierta en un mercado único real, no son suficientes. Lo poco realmente existente del viejo proyecto de la «Patria Grande» es un lastre para lo que de verdad rentabiliza el capital en un país semicolonial: el sector exportador.

El fin de Mercosur es un reconocimiento histórico de la imposibilidad de salir del estatuto semicolonial

Mural alegórico de la «Patria Grande» con una selección de próceres en la Casa de la Cultura, Buenos Aires
Mural alegórico de la «Patria Grande» con una selección de próceres en la Casa de la Cultura, Buenos Aires

Es la trampa de los países semicoloniales y la clave para entender Sudámerica. El continente no forma una unidad económica real. Los países de la región son un conjunto de estados y capitales nacionales bajo un mismo modelo... pero en ningún país de la región el resto de países representa la mayoría de las exportaciones totales. Por eso no ha existido desde la guerra de la Triple Alianza una guerra continental que involucrara a más de dos países. Es más, la única guerra total del siglo XX entre dos países continentales, la del Chaco (1932-35), dudosamente puede considerarse expresión de los intereses de sus respectivos capitales nacionales.

Sin embargo, la similitud estructural entre las economías (= modelos de acumulación) producto del origen común, que se resumen en el «modelo exportador» o semicolonial, ha producido la ilusión de una identidad entre los capitales nacionales sustentada en el paralelismo entre los intereses que en las distintas facciones de las clases dominantes generaba.

La paradoja es que es en realidad la inexistencia de un mercado continental lo que permite que el conflicto en Sudamérica no acabe de definirse por capitales nacionales, sino alrededor de dos corrientes transnacionales que parten cada capital nacional.

Evidentemente hay roces y conflictos de intereses imperialistas entre vecinos, es inevitable. Pero estos se producen consistentemente en torno a mercados extracontinentales y alineamientos con imperialismos mayores fuera de la región. Por eso prevalece la ilusión de la identidad común entre fuerzas que -aun dentro de la misma corriente de intereses- se alinean entorno a opciones globales diferentes en cada país. Recordemos el americanismo de los gobiernos del Frente Amplio uruguayo conviviendo con la retórica anti-imperialista de los años Kirchner en Argentina en un lado, y la sinofobia de Bolsonaro mano a mano con las urgencias de un TLC con Pekín de Lacalle.

Esta engañosa identidad común ha sido la base que ha permitido a una parte de la burguesía nacional mantener siempre abierto el proyecto de un mercado continental unificado como vía de salida del estatuto semicolonial, la llamada «Patria Grande», cuya única materialización real había sido hasta ahora Mercosur.

Ahora asistimos al desmontaje de la única estructura que podía dar soporte a ese proyecto. La importancia histórica de este hecho es equiparable a la emergencia del modelo corporativo en los 40-50 o la destrucción en los 80 y 90 de la industria de sustitución de importaciones. Movimientos que sacudieron, aunque de distintas formas, a prácticamente todos los países del continente durante el siglo XX.

Los dos momentos anteriores significaron crisis profundas tanto en la composición del capital nacional y la organización del estado como en las relaciones entre clases, pero al menos planteaban un modelo alternativo para llegar a un desarrollo más o menos independiente del capital nacional que es el gran objetivo de las burguesías sudamericanas. Pero ahora no hay alternativa industrializadora siquiera.

Si se impone finalmente y los sectores industriales y financieros lo aceptan de mejor o peor gana, significaría, nada más y nada menos, que la renuncia de las burguesías sudamericanas a todo proyecto estratégico más allá de seguir buscando mejores mercados para el sector agroexportador y minero. Sería un reconocimiento histórico de la imposibilidad de superar el estatuto semicolonial y reindustrializar más allá del sector primario.

Lee también: La «Patria Grande» a la vista de los fracasos de Mercosur, 13/7/2021