TikTok y las causas de la guerra imperialista

8 de agosto, 2020 · Actualidad> Actualidad global

Muchas veces, cuando hacemos los informes semanales tenemos que criticar discursos y aproximar estrategias muy sofisticadas. Siempre intentamos que el lector no pierda de vista ni por un momento que por enmarañada pueda llegar a ser la ideología que los justifique su fondo es siempre sencillo y brutal. Al final, directa o indirectamente, siempre es lo mismo: ampliar mercados y conseguir usos rentables en las que colocar capital que no encuentra colocación en el mercado interno. Pero a veces, como ha sido el caso de la prohibición de TikTok y WeChat en EEUU, es el propio curso de los acontecimientos el que acaba llevando a que los protagonistas se quiten las máscaras.

Cronología

Trump en su deslucido mitin de apertura de campaña.

28 de febrero. La Comisión Federal de Comercio de EEUU multaba a TikTok con 5,7 millones de dólares (más de 5 millones de euros) por violar las leyes estatales sobre la protección de privacidad de menores. ¿Hace TikTok algo que no hagan Facebook, Instagram o Twitter? No. Pero el regulador entendió que la app, a diferencia de sus competidoras, estaba dirigida a menores de 13 años y por tanto no podía recopilar información personal sin consentimiento parental. ¿Un brindis al sol? En realidad simplemente se trataba de abrir un contencioso con la idea de poner un freno a la capacidad de atracción de capitales de ByteDance, la empresa china que había comprado la app.

13 de mayo. Colombia es el primero de una serie de países que cínicamente descubre, tras la multa estadounidense, la posible peligrosidad para la infancia de la app. Si EEUU puede llamar al orden y alinear con una multa a los grandes fondos de capital ficticio para que no se liguen demasiado a China ¿por qué no los demás?

24 de junio. Una campaña en TikTok, Instagram y Facebook llama a reservar asientos en el meeting de arranque de campaña de Trump. Los organizadores republicanos se confían con los números de reservas y cuelgan antes de tiempo el No hay entradas… hasta colocar a su jefe ahí… ante una sala medio vacía. Los organizadores de la jugarreta pasan a estar en el foco mediático. Y los medios, ya en campaña electoral, magnifican el papel de TikTok… y con ellos los especuladores, siempre atentos a las expectativas e imagen pública.

National

2 de julio. El conflicto fronterizo entre India y China ha causado ya muertos. El gobierno indio ve la oportunidad de iniciar una renacionalización industrial y reducir importaciones desde su vecino. De las amenazas bélicas pasa a animar la organización de hogueras de productos chinos. Pronto llegan las primeras medidas, todas en el mismo sentido: en primer lugar se prohibe a todas las empresas indias participar en un proyecto de la nueva ruta de la seda china, es decir, ligarse al capital chino. E inmediatamente después se prohíben también las apps chinas en los móviles indios, con especial énfasis en TikTok por ser la más popular entre los más jóvenes.

7 de julio. El Secretario de Estado de EEUU amenaza por primera vez con prohibir TikTok en el marco de las represalias de EEUU contra la ley de seguridad de Hong Kong. La prensa estadounidense comenta en esos días que se está entrando en la segunda fase de desglobalización de Internet, el proceso de parcelación de la red en mercados y tecnologías nacionales. Segunda fase porque venía de lejos. En principio fue una estrategia china de control social, la gran muralla cibernética china, que evitaba la llegada de contenidos subversivos. Luego fue utilizada por Rusia para obligar a las grandes tecnológicas a invertir en el país abriendo centros de datos. La excusa era que solo si los servidores y sedes sociales de las empresas estaban en el país, las leyes aplicables eran las rusas y el sistema judicial podía velar de modo efectivo por los usuarios nacionales. Pero la guerra comercial dio una nueva dimensión a la tendencia. Se hablaba ya de Splinternet: una Internet dividida en bloques entorno a las dos grandes potencias imperialistas en conflicto.

8 de julio. Australia, que está en su propia guerra comercial con China, se descubre súbitamente preocupadísima por la privacidad de los datos de los adolescentes en TikTok. EEUU dice estar investigando… aquello que ya había incluso multado unos meses atrás.

28 de julio. Las excusas se olvidan y EEUU presiona a Japón y otros aliados para que prohíban las aplicaciones chinas con grandes masas de usuarios. En general.

Trump amenaza con prohibir TikTok.

1 de agosto. Trump declara que prohibirá TikTok.

3 de agosto. Microsoft aprovecha las amenazas para intentar comprar a derribo la app china en EEUU, Canadá, Australia y Nueva Zelanda. Hay una aproximación para comprar también la rama india, pero fracasa. Anuncia que se reunirá con Trump al día siguiente. Tiktok publica que está considerando cerrar su sede en Londres.

4 de agosto. Los directivos de Microsoft se reunen con Trump. El presidente de EEUU les dice que quiere un pedazo sustancial de la venta de TikTok para el estado porque somos los que lo estamos haciendo posible. Y les da hasta el 15 de septiembre para cerrar una compra con el propietario chino.

6 de agosto. TikTok comienza a prepararse para mover sus centros de datos británicos y estadounidenses a Irlanda.

8 de agosto. EEUU publica una orden presidencial que prohibe, en el plazo de 45 días, a las empresas estadounidenses, hacer negocios con ByteDance, la empresa propietaria de TikTok y WeChat. Facebook lanza su alternativa a TikTok.

Bajo las apps, la guerra de capitales

Flota de EEUU en el mar de China.

ByteDance, la empresa hoy proscrita, fue la creadora de Douyin en 2016. En 2017 compró su competidora estadounidense, Musica.ly. La fusión de ambas apps, prácticamente idénticas, es TikTok. Que Musica.ly no despertara ninguna alerta entre las autoridades sobre la privacidad de los datos y sí lo hiciera TikTok es más que sospechoso. Que WeChat tiene mil filtros de IA que alertan a la represión china de cualquier posible descontento y sus propagadores es un secreto a voces. Aunque tampoco parece creíble que todo esto surgiera de una preocupación por la seguridad de los chinos residentes en EEUU que se comunican con sus familias mediante esa app… y que ahora no tendrán cómo hacerlo. De hecho ni siquiera se ha mencionado en los argumentarios de Trump y Pompeo. En realidad, ni siquiera merece la pena discutirlo. Cuando las amenazas dejaron de ser específicamente contra TikTok y pasaron a ser sobre las apps chinas con grandes masas de usuarios quedó claro que las excusas habían pasado a segundo plano.

Tampoco se trata de un mero ataque simbólico, una guinda tecnológica en la escalada entre EEUU y China. Las ofensivas comerciales norteamericanas nunca dan puntada sin hilo. No solo pretenden hacer daño al rival, tienen objetivos específicos, buscan ser rentables, una a una, al capital nacional.

La clave nos la da que Trump se vanaglorie ante los directivos de Microsoft de que el estado es el que les da la oportunidad de comprar los usuarios y apps de Bytedance a derribo, y que Facebook saque su propio TikTok el mismo día que se publica la orden ejecutiva del presidente.

La cuestión no es TikTok en sí. Su tecnología es fácilmente replicable por cualquier empresa con capital suficiente, como ha hecho ya Facebook. El problema para el capital estadounidense es ByteDance, la propietaria. Es ByteDance la que atrae capitales y la que ha sido proscrita. No hay que olvidar que solo entre Apple, Facebook, Google y Amazon suman un cuarto del valor de capitalización del S&P 50, el equivalente estadounidense del Ibex 35, el índice de las 50 mayores empresas cotizadas en EEUU. Dicho de otro modo, los cuatro grandes de Internet en EEUU, representan una parte muy importante del capital nacional estadounidense y son muy importantes para mantener su capacidad para atraer capital.

En el capitalismo las empresas no son más que aplicaciones de capital, usos alternativos que compiten entre sí por colocar y rentabilizar las ganancias acumuladas anteriormente. En el capitalismo en decadencia las aplicaciones capaces de colocar grandes cantidades de nuevo capital son especialmente valiosas. No hay muchas porque los mercados son crónicamente insuficientes para absorber la totalidad de lo que las empresas producen. Así que una masa ingente de capital, el llamado capital ficticio, no encuentra lugar productivo alguno y se dedica simplemente a apostar por los resultados o los precios futuros de otras aplicaciones en espera de que aparezcan empresas productivas que justifiquen su utilización en masa con promesas más o menos sólidas de ganancias.

Para el capital nacional de EEUU sufrir la competencia de las grandes acerías chinas o de los fabricantes de paneles solares a bajo coste, supone un ataque a la rentabilidad y al futuro de alguna de sus mejores aplicaciones de capital. Pero frente a ellas puede imponer barreras arancelarias. Un ByteDance -o un Huawei- es mucho más peligroso. No solo compite por clientes, compite directamente por llevarse capitales. De hecho algunos de los mayores fondos de capital riesgo estadounidenses están ya ahí. Y con un valor estimado de 100.000 millones de dólares el pasado mayo y una base de usuarios al alza en los propios EEUU, Bytedance iba de cabeza a convertirse en un competidor real de las grandes redes sociales americanas. Competidor no por usuarios -que suelen usar varias sin mayores problemas- sino por inversiones. La empresa había planeado salir a bolsa en Hong Kong este mismo año. Por eso el interés no se queda en cerrarle posibilidades de crecimiento en usuarios a una app concreta de su catálogo, sino en abortar cualquier intento de captar nuevos capitales. Y a ser posible forzarla a una venta por el valor residual y engordar el atractivo de mercado de sus rivales norteamericanos.

Las fuerzas que han llevado a esta jugada, abiertamente de rapiña, son las mismas que empujan a la guerra comercial… y acaban imponiendo guerras armadas. No es ni mucho menos un fenómeno exclusivo de EEUU, ni siquiera de los de países ricos. El imperialismo es una fase, un estadio histórico del capitalismo como un todo. La diferencia entre China y EEUU, o entre cualquiera de ambos y cualquier pequeño país centroamericano o africano es de recursos y fuerza para hacer valer las necesidades de sus respectivos capitales nacionales. Pero esas necesidades que les mueven son las mismas para todos ellos: más mercados donde vender productos, y más aplicaciones rentables posibles para colocar el capital excedentario propio y captar el ajeno.

Lo único extraordinario en esta operación ha sido el tremendo descaro, el desinterés por construir una coartada ideológica por parte del gobierno de EEUU. Es una muestra del incremento general de la violencia del conflicto imperialista. Todo esto no ha ocurrido porque Trump -o Modi- estén locos ni porque China sea un estado totalitario y sus tecnologías no sean confiables. No hay ya quien niegue que Biden, de ganar, mantendrá una política similar. Y hay que estar muy ciego para no ver que no es precisamente la defensa de la democracia y los derechos humanos lo que mueve y orienta la política exterior de Alemania, Francia, Italia, Portugal, España o cualquier otro estado. El capital está en una crisis profunda y generalizada. Responde con creciente agresividad en todos los planos a unas necesidades iguales en todos lados. Y sus formas cada vez son más obscenas, más burdas, más desesperadas, más cercanas a la guerra.

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