Series y relatos para un mundo acelerado por el Covid

7 de septiembre, 2020 · Artes y entretenimiento

El confinamiento paró en seco algunas series, retrasó estrenos y sirvió para que no quedara un canal sin su serie por videoconferencia. Casi todas infames. En Home made de Netflix, de diez cortos apenas un par conseguía no caer ahogado en la pretenciosidad más huera y solo Larrain -que nos dio en Amazon Prime la única alegría del verano– apuntaba recursos de narrador de oficio. De todo el despliegue de zooms y hangouts que asomaron por las televisiones públicas del mundo durante el segundo trimestre del año solo Staged, un divertimento de David Tennant y Michael Sheen, consiguió ser entretenido.


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En los meses siguientes, la salida de los confinamientos tampoco ha resultado precisamente en un estallido de metáforas y relatos nuevos. Parece que lo más parecido a un abordaje sobre las obsesiones pandémicas del que se han sentido capaces los productores de las grandes cadenas estadounidenses ha sido… preparar para octubre un remake norteamericano de la británica Utopía aprovechando la marea conspiranoica. Lamentable. Única resistencia reseñable al discurso de la izquierda identitarista: Kevin Costner en la última temporada de Yellowstone. No muy alentador tampoco. El mensaje: indios y anglosajones, blancos y negros, caciques y peones de hacienda, we are all indians now frente a unas fuerzas económicas -la caprichosa burguesía financiera de Nueva York- que quieren destruir los viejos y sacrosantos modos de vida de las viejas familias dueñas de almas y haciendas. Tremendo.

Y tampoco es que los primeros estrenos del otoño sean para lanzar las campanas al vuelo. Prime, HBO y Netflix tenían preparada ya una nueva oleada de series muy orientadas a su público en EEUU y con la perspectiva puesta en las elecciones de noviembre. El menú se podía resumir en la fórmula identitarismo con todo, desde el reality más chorra hasta terror y homenaje a Lovecraft si se terciaba. No daba tampoco para pronósticos muy optimistas.

Y en eso llegó la serie de ciencia ficción que venía apareciendo en todos los adelantos como la siguiente gran cosa.

La vuelta de Ridley Scott

Raised by wolves es un pastiche. El primer préstamo, el de más potencial, lo toma de Viaje desde el ayer: IAs que recomienzan la civilización en un planeta vacío llevando embriones humanos. Esta vez, sin embargo, no construirán el comunismo. Más bien lo contrario. Nunca se había visto unos androides tan obsesionados por inculcar el carácter sacrosanto de la propiedad privada. El objetivo desde el principio es otro: plantear una perspectiva mesiánica. La referencia entonces pasa a ser La saga del retorno de Orson Scott Card. Pero tampoco saben aprovecharla. La primera impresión es que los guionistas no están tan familiarizados con la mitología salvífica como el escritor mormón y su desconocimiento les lleva a dejar pasar más balones que la selección de San Marino.

En realidad Scott y su equipo nos quieren hablar de otra cosa: cómo renovar el sistema político de unos EEUU fracturados. Sabemos desde los primeros momentos que la Humanidad ha destruido la Tierra y todo lo que queda de ella ha ido a migrar al mismo planeta. Hasta aquí la metáfora podría ir lo mismo de la emigración venezonala en Madrid que de la llegada de los veraneantes a los pueblos de costa en vacaciones. Pero sabemos que hasta el momento mismo del desastre, EEUU (¿hay más mundo?) vivía una guerra civil entre mitraicos y ateos. Y descubrimos en el segundo capítulo que hay una profecía mitraica que habla de un niño huérfano en un planeta nuevo que desvelará los secretos y reunificará la sociedad y que, oh casualidad, podría ser el protagonista. Para la tercera entrega, los guionistas le agencian ya cinco amiguitos, cada uno en el canon de una categoría racial estadounidense, con una cara de apóstoles que echa para atrás. Y por si no pillamos las pistas, nos recuerda que el número cinco es el más importante para los ateos.

Por si nos resultara poco creíble que aquello pudiera desembocar en una solución mesiánica sostenible antes de noviembre, el principal personaje mitraico resulta que no es un mitraico de verdad, sino un ateo que consiguió salvarse junto a su compañera sometiéndose a cirugía para convertirse en el doble de un capitán mitraico clavaito a Ragnar Logbrok, que tenía plaza asegurada en una de las tres naves destinadas a salvar a la élite creyente. Para más casualidad, el capitán y su pareja resultaban ser los padres de uno de los cinco niños, y tanto Raganar como su pareja desarrollan un súbito instinto paternal al conocerle en la nave. Es decir, los mitraicos son corruptos, rezadores, sexistas, ineficientes, dueños de tecnologías más avanzados y ganan a los ateos. Algo así como el trumpismo visto desde Hollywood. Pero nos queda una esperanza porque todo apunta a que acabarán teniendo un jefe ateo at heart. Por otro lado, el niño protagonista, criado en el militante y no muy tolerante ateísmo androide, a la que puede se echa unos rezos. En fin… los temas protestantes de siempre: el destino y la fe religiosa como instinto humano universal.

¿Hay esperanza en la literatura?

De todas las formas artísticas, la audiovisual es la más industrial y por tanto la más alineada no solo con los valores de la clase dominante, sino globalmente con las tendencias y los grupos de poder dentro de ésta. Cuando un episodio de una serie internacional normalita tiene un presupuesto de cincuenta millones de euros es obvio que para disponer de libertad creativa los resultados predecibles de tal libertad tienen que coincidir antes con la visión del mundo de un productor y unos fondos de inversión de los que no cabe esperar antagonismo alguno con los principios del sistema. Eso es lo que hace que el audiovisual sea el mejor barómetro de la ideología y sus tendencias. Pero por lo mismo, la forma audiovisual también es la más limitada, la más anglo-céntrica y generalmente la menos sensible a los cambios en la base social.

Mientras las cadenas de televisión y los cines ofrecían poco y de lo mismo, las librerías permitían algún destello sobre lo que estaba pasando fuera de las clases dominantes.

Primera llamada de atención: La vida mentirosa de los adultos. La última novela de Elena Ferrante, la autora napolitana adorada por la crítica europea y norteamericana es en realidad una novela juvenil, un viaje del héroe cuyo punto de llegada es ese momento en el que el personaje se descubre perteneciente a una clase. Da igual que sea la pequeña burguesía, da igual que se produzca en el marco de un ostracismo familiar… la noticia es que la realidad de una sociedad divivida en clases vuelve al relato. Solo por éso, esta historia -y su éxito- es significativa hoy.

Y por lo mismo lo es aun más Los últimos románticos de Txani Rodríguez. Una novela a la que le está pasando algo parecido a lo que le pasó a Patria en su día: sin haber recibido bombo ni cariño de la editorial, ha ido creciendo elevada sobre un rumor de recomendaciones y seguidores.

Los últimos románticos es también una novela iniciática. Habla del autodescubrimiento del personaje principal, una trabajadora tímida y friki, a través de las relaciones que establece durante una huelga en su trabajo. Rodríguez, crecida en el Llodio de las grandes huelgas en una familia trabajadora, da así una respuesta hermosa a Ferrante: lo que permite el paso a la adultez no es saber dónde estás, es enfrentarlo colectivamente. Conocimiento y autoconocimiento no son productos individuales ni nacen de ninguna esencia. Consciencia no es identidad.

Un detalle más sobre el libro: aunque se desarrolla ahora, entre teléfonos móviles y tablets, el ambiente que describe tiene una pátina setentera. Es como si la autora quisiera conectar el presente con el ímpetu de las luchas obreras de su infancia en Llodio y se trajera el aire de aquella época al relato. Fallido o deseado, el puente temporal es parte del mensaje. Y no es menos importante que su núcleo. Especialmente en un momento como éste.

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