Roadkill

24 de octubre, 2020

roadkill

Roadkill es la serie política de la temporada en BBC. La narración está construida en la estela del House of Cards de los noventa, pero sin el histrionismmo shakesperiano ni las sobredosis de cinismo del modelo original. De hecho, Roadkill es de las pocas series políticas que invita a una reflexión política real.

La novedad de la serie es que, de un modo elegante, muestra la innecesariedad de esas conspiraciones que tanto gustan a los guionistas anglosajones. El protagonista es un ministro neothatcherita con notables parecidos con Boris Johnson. Significativamente es un outsider, es decir, no fue a la universidad... y para lo que importa hubiera dado igual que hubiera ido a cualquier universidad normal. La Universidad, a los efectos de la incorporación a la élite del aparato político británico va poco más allá de Oxford y Cambridge.

oxbridge

En esto Gran Bretaña, el capitalismo más antiguo y enraizado en las estructuras de las clases dirigentes anteriores, es más riguroso que la mayoría del resto de países. Pero en general, y esto se deja ver en la serie, la burguesía necesita una cierta matriz educativa. En EEUU es el producto de la Ivy League. En Francia es lo que ofrecían las Grandes Escuelas. En España es lo que venden ESADE, el Instituto de Empresa y alguna escuela de negocios más. La doctrina que impartan y el grado de conocimientos que transmitan a los cachorros de la clase dirigente es tan poco relevante como el número de becarios y renovaciones de sangre que incorporen al alumnado. Lo importante es que crean una base de relaciones personales y una sensibilidad común en el momento cero de cada carrera directiva y política.

El oxbridgeano que habla desde la distancia de cualquier cosa, por íntima que sea, o el directivo español con su abrumadora falta de referencias culturales y científicas, no solo están unidos por una base educativa común, comparten la misma escasez de fuentes de información cotidiana -siempre las mismas- y habitan círculos sociales extraordinariamente homogéneos y muy intricados entre sí. Se forma así un tipo humano capaz de sincronizarse espontáneamente con sus iguales sin necesidad de mayores esfuerzos. Sea para adivinar lo que van a hacer los demás en el mercado especulativo -el consenso de los mercados- o para construir posiciones políticas -el proyecto país. Cualquiera que, como Johnson sin ir más lejos, vaya un poquito más allá en sus intereses, pasa a ser considerado excéntrico y pasa a estar sobre su tejado la responsabilidad de alinearse para no ser excluido. El tipo clásico del burgués español, con pocas pasiones personales y aun menor curiosidad intelectual, es perfectamente funcional: cuanto más estrecho sea el mundo intelectual y emocional del burgués individual, más fácilmente se sincronizará el burgués colectivo.

roig goirigolazarri y salgado

Goirigolzarri, Roig y Salgado esta semana en un congreso de directivos en Valencia.

A toda esta educación y organización para el automatismo, que está en los orígenes mismos de la burguesía como clase en el capitalismo de estado, se unen una serie de estructuras explícitas y conscientes que reafirman la homogeneidad de perspectivas dentro de cada burguesía particular y entre ellas dentro del juego imperialista. En la serie ese aparato juega un papel protagonista en la trama a través de la asociación de empresas británicas de armamento, que además de tener acceso directo al primer ministro, el líder del partido y todo el gabinete, organiza y financia un think tank en Washington para orientar la convergencia de intereses entre capitales de ambos lados del Atlántico.

Resulta impagable el momento en el que el director de la asociación de industrias militares recuerda a la primera ministra que Gran Bretaña es armamento y farmaceúticas y la mandataria replica - y servicios financieros. Sobre todo porque el argumento complementario es que las armas crean 200.000 puestos de trabajo entre directos e indirectos -siempre exagerados- y no cuesta mucho adivinar que en conjunto, las tres industrias favoritas del gran capital británico a duras penas superan el medio millón de empleos... en un país de más de 80 millones de habitantes. Pero... por algo se llama capitalismo.

Lo interesante políticamente es que la serie renuncia al recurso fácil de la conspiración. El personaje central trata de ocultar que participó -junto a la primera ministra- en un seminario en Washington para aconsejar a los capitales estadounidenses como introducirse y plantar las semillas de la privatización en el NHS. Algo por cierto, muy similar a las reuniones en las que participó Johnson en EEUU. Pero a diferencia de la burda trama de House of Cards en cualquiera de sus versiones, no tiene nada que ver con la muerte de la periodista que lo investiga ni en que la dueña del periódico en la que la fallecida trabajaba intervenga para evitar que se haga pública una segunda oleada de acusaciones. Es orgánico. En la mayoría de los casos no hace falta que nadie amañe nada.

Los think tanks, las organizaciones de pensamiento, etc. están para otra cosa: afirmar y reforzar consensos y orientaciones estratégicas como clase. Especialmente en tiempos de crisis grave. Lo estamos viendo estos meses. Nunca había habido tantos congresos y eventos de grandes empresas y altos cargos directivos. Hasta el gobierno organiza los suyos. Y siempre van los mismos... que a su vez luego tienen especial prédica en otros foros sectoriales y en mil encuentros sociales y de negocios que forman parte de su agenda rutinaria. Así que no es automático, mecánico, pero es orgánico: la homogeneidad de la propia clase dirigente, los estrechos lazos entre la alta burocracia del estado, la burguesía corporativa y los altos dirigentes políticos nacionales garantizan la formación de consensos que expresen y agreguen las necesidades de los distintos componentes del capital nacional y sus aplicaciones (empresas) más importantes. Y todo en relativo poco tiempo. ¡No es tan difícil! La burguesía española ronda los 60.000 hogares en la más generosa de las aproximaciones. No hace falta conspiración ninguna... normalmente.

Un detalle final también muy interesante. La familia y la vida emocional del protagonista está prácticamente desestructurada. Las relaciones afectivas del conjunto de los personajes son compulsivas, en la mayor parte de los casos instrumentales. Y sin embargo, el personaje principal descubre y se ve enfrentado a una relación nueva que le hace, sin necesidad de decirlo, imaginar caminos alternativos en su propia trayectoria. A través de esa imaginación que la trama insinúa, se descubre en el otro, desarrolla un destello de empatía auténtica. Todo contado muy elegantemente, por supuesto, en la mejor tradición victoriana de la BBC.

Pues bien, lo que le catapulta finalmente como líder es saber dirigir ese momento de empatía, que no deja de resultarle incómodo, hacia sus intereses políticos. Esto está muy bien visto y aun mejor tratado por los guionistas. Frente a las tribulaciones sentimentales y morales de los personajes que representan a la pequeña burguesía -incluidas sus hijas-, el protagonista es, como todos los personajes de su clase, un benthamita moral, un utilitarista, abiertamente malthusiano, es decir, un sociópata por educación y elección ideológica. Y lo es por necesidad real de la función de gobierno de una clase cuyos intereses, a estas alturas históricas, no pueden ser sino antisociales. Es de agradecer a los guionistas la forma de reflejarlo sin necesidad de representar crueldades innecesarias y crímenes truculentos. Cuando nuestra clase dirigente impone cientos de muertos diarios con tal de salvar la economía, es decir la rentabilidad de sus inversiones, cualquier asesinato individual y elaborado, al estilo House of Cards, hubiera quedado ridículo, demasiado lejos de las escalas reales como para servir siquiera de cuento moralizante.