Los refugiados afganos y el feminismo

23 de agosto, 2021

Refugiados afganos en la base de Torrejón.
Refugiados afganos en la base de Torrejón.

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Una política de refugio clasista... y sexista

El primer grupo de refugiados afganos llegado a España departe con los ministros de Seguridad Social y Exteriores.
El primer grupo de refugiados afganos llegado a España departe con los ministros de Seguridad Social y Exteriores.

La política ante los refugiados afganos devuelve el protagonismo al feminismo. Tras la conquista de Kabul por los talibanes los principales países de la UE dejaron claro que solo darían refugio a unos cuantos colaboradores directos y a lo más granado de la burguesía afgana. Sin embargo pronto empezó a hacerse hegemónico entre los políticos un mensaje claro: incluso dentro del afortunado grupo de élites locales habría diferencias por sexo.

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El uso del femenino plural en la comunicación («bienvenidas») en lugar del plural neutro («bienvenidos») en la comunicación sobre refugiados, remarca esta vez una diferencia sexista en las preferencias de refugio.
El uso del femenino plural en la comunicación («bienvenidas») en lugar del plural neutro («bienvenidos») en la comunicación sobre refugiados, remarca esta vez una diferencia sexista en las preferencias de refugio.

La Ministra de Trabajo española, Yolanda Díaz, fue la primera en anunciar un tratamiento «especial» para «mujeres y niños». La alcaldesa de Barcelona, Ada Colau, ofreció 50 plazas... para niñas y mujeres. Macron, que en cada intervención ha usado el comodín retórico de la libertad de las mujeres afganas, fue criticado por el feminismo francés que le exige organizar un refugio masivo (solo) para mujeres sin mencionar siquiera a la gran mayoría de personas en las listas de ejecución de los talibanes.

Pero más brutal aun fue la Agencia Alemana de Cooperación (GIZ), que cerró las puertas de la evacuación a los hijos varones de sus empleados en Afganistán. Solo las hijas solteras pudieron subir los aviones de rescate.

Adib esperaba que la GIZ le ayudara a él y a su familia, como lleva días prometiendo el gobierno alemán. En cambio, la organización le dijo que él mismo podía conseguir un asiento en uno de los aviones que salían de Kabul, pero no sus hijos varones mayores de 18 años. «Se supone que debo dejar a mis hijos en manos de los talibanes. Esto es una locura», asegura.

Pero lejos de corregir, durante estos días las declaraciones oficiales de los dirigentes europeos siguieron la misma senda con el mismo mensaje de fondo: los colaboradores de las fuerzas de ocupación y las mujeres -especialmente las feministas, prácticamente todas de clase alta- son refugiados, el resto -así les busquen casa por casa para matarlos- son migrantes y de lo que se trata es de impedir que lleguen a Europa. Para ellos no hay aviones sino Frontex.

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Moral y perspectiva feminista

A poco que lo pensemos, resulta aberrante la idea de que ante una situación de vida o muerte para decenas de miles, sería progresista dar refugio fundamentalmente a las mujeres y especialmente a las feministas. Pero impregna todo el tratamiento mediático y configura un verdadero filtro informativo. Cuatro, literalmente cuatro, señoras de clase alta con mensajes en A4 son noticia mundial mientras que la resistencia de miles apenas es una nota de color y las huelgas salvajes masivas en el vecino Irán ni siquiera alcanzarán páginas interiores.

Un despropósito así solo puede ser visto como aceptable si previamente aceptamos la afirmación de que los sexos forman sujetos políticos por encima de las clases sociales. Sujetos que tendrían intereses homogéneos o al menos comunes dentro de cada grupo tan fuertes que estarían por encima de la fractura de la sociedad en clases sociales. Este discurso, que es el núcleo de lo que significa feminismo, solo puede trazar entre hombres y mujeres una oposición artificial e inhumana.

El resultado inevitable de la «perspectiva feminista» es acabar reduciendo el horror talibán a un problema de machismo que podría ser solventado incluyendo a mujeres en puestos políticos. ¿Un gobierno genocida es menos genocida si tiene mujeres al mando? Aunque nos centráramos en la situación de las mujeres invisibilizando el conjunto del programa talibán y sus objetivos, sería ridículo pensar que porque hubiera mujeres en el gobierno talibán la situación de las mujeres en general fuera a mejorar.

Pero eso es precisamente lo que el feminismo vende en la mismísima Europa. Y eso es lo que mide a fin de cuentas la brecha salarial de género. Por supuesto, que pensar que modificar la proporción varones-mujeres al mando del Estado y las grandes empresas pueda ser la solución a la discriminación y violencia sufrida por millones de mujeres de clase trabajadora... salvo que sea una excusa de un grupo privilegiado que apuntara precisamente a ocupar esos puestos como objetivo real.

Feminismo y guerra imperialista: una vieja alianza

Cartel de propaganda de guerra estadounidense reclutando mujeres para el trabajo en las industrias militares. Un símbolo del imperialismo y la masacre convertido luego en símbolo feminista.
Cartel de propaganda de guerra estadounidense reclutando mujeres para el trabajo en las industrias militares. Un símbolo del imperialismo y la masacre convertido luego en símbolo feminista.

En ese ámbito, la relación del feminismo y la guerra siempre ha sido transparente hasta la impudicia. Tanto en Europa como en EEUU el feminismo fue el primero en apoyar y reclutar mujeres para las dos grandes carnicerías imperialistas mundiales. Todo horror estaba justificado si daba la oportunidad de ocupar puestos directivos en la economía de guerra a mujeres de la pequeña burguesía con formación universitaria. Por algo a día de hoy el más universal de los iconos feministas sigue siendo un cartel de reclutamiento fabril para el esfuerzo de guerra.

La guerra de Afganistán no es una excepción. Aunque, como el propio Biden dijo, la guerra nunca tuvo como objetivo mejorar en modo alguno la situación de los afganos, el feminismo sirvió desde el primer día para vender globalmente la invasión de EEUU y sus aliados OTAN como una «liberación».

Y luego, cuando la realidad del nuevo régimen se hizo evidente, sirvió de taparrabos para mantener el despliegue armado: «El régimen es infame, la pobreza se multiplica mientras los potentados acumulan con el dinero de los aliados pero... las mujeres han mejorado mucho», nos decían. Mentira. Más allá de dos escuelitas mostradas hasta el agotamiento por los medios, la situación de las mujeres solo mejoró dentro de la clase dirigente que se repartió ministerios, cargos y presupuestos y usó la ayuda internacional como una subvención particular a la formación de un capital propio.

Para el feminismo, entonces y ahora, la explotación y opresión salvaje de los trabajadores afganos de ambos sexos, no era relevante. Igual que ahora les resulta irrelevante el destino de los miles de personas, en su mayoría trabajadores y campesinos, marcados por el gobierno talibán para su asesinato.

Al feminismo nunca le ha temblado el pulso a la hora de la falsificación histórica: desde colgar el cartel de feminista en falso o falsificar citas hasta atribuirse triunfos históricos a los que fue completamente ajeno como la extensión del trabajo femenino. Pero a pesar de las mentiras y trampas retóricas, queda cada vez más claro que el feminismo no es «la lucha por la igualdad de las mujeres». Nunca lo ha sido. Es un identitarismo sexista útil al ascenso social de las mujeres de la pequeña burguesía. Y es tremendamente coherente con ese objetivo desde sus orígenes.

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El feminismo invisibiliza la discriminación real de las mujeres... y no solo en Afganistán

Percepción de la situación de las mujeres respecto a los varones entre los jóvenes en España
Percepción de la situación de las mujeres respecto a los varones entre los jóvenes en España

Es inevitable preguntarse si las mujeres que no son parte de la facción más «occidentalizada» de las clases altas, las «feministas afganas», tienen algún interés para el feminismo. No deja de ser llamativo que en los relatos oficiales y el discurso feminista sobre Afganistán no aparezcan siquiera referencias a los salarios cobrados por las mujeres, a la segregación por sexos en los talleres textiles y a la ausencia de coberturas médicas más básicas entre las trabajadoras.

La cuestión con estos movimientos identitarios de la pequeña burguesía es que aunque intentan apropiarse de la lucha contra la discriminación, falseando lo que haga falta, acaban indefectiblemente invisibilizando aquello contra lo que dicen luchar a causa de su propia miopía de clase.

Y no es solo en relación a Afganistán. En España, donde el feminismo es ideología de estado desde hace unos años, cuando observamos los datos del último estudio sobre la juventud española el resultado es realmente triste. Como vemos en el gráfico de arriba, la mayor parte de los jóvenes de ambos sexos opinan que la situación de las mujeres es igual o mejor que la de los varones.

¿Por qué? ¿Desapareció completamente el sexismo en España? No. Pero lo que la perspectiva feminista enseña a mirar son las variables más o menos indicativas del ascenso de la pequeña burguesía femenina. Y los jóvenes construyen desde esa perspectiva, omnipresente en los medios y los temarios de secundaria y universitarios, su propia valoración de la situación social.

Donde el discurso feminista tiene más credibilidad -sin ser mayoritario- es en los salarios. Un 45,2% cree que las mujeres tienen salarios menores. No es verdad en la abrumadora mayoría de los casos. Lleva razón el 45,7% restante. En España hace décadas que existe el deber legal para las empresas de pagar un salario igual por un trabajo igual. Pero la retórica de la brecha salarial de género, que en realidad mide ante todo el peso de la pequeña burguesía femenina en las direcciones corporativas, caló en una numerosa minoría de los jóvenes.

Sin embargo, a diferencia de los salarios, que no conocen de primera mano, la «posibilidad de seguir estudiando» es algo que les afecta directamente. El 57,6% dice que no depende ni si ve escorado por el sexo. El 22,1% que hay sesgo por sexo pero favorece a las mujeres. Preguntados en el mismo estudio por las causas que movieron a los que dejaron los estudios, un 30% asegura que se debió a motivos económicos. La discriminación sexual no aparece siquiera entre las causas señaladas por los encuestados.

Es decir, las diferencias de clase emergen una y otra vez porque están ahí en todo cuanto conocemos de la realidad social que nos rodea. Pero el feminismo niega una y otra vez esas diferencias y pone el foco en unos intereses muy concretos: reparto de cargos directivos entre sexos, peso del sexo en la representación parlamentaria y altos cargos ministeriales, porcentaje de mujeres entre las dueñas de empresas pequeñas y medianas, posibilidades de ascenso dentro de la estructura de mandos corporativa...

Y el hecho es que en el marco general los jóvenes llevan razón: la perspectiva de la pequeña burguesía femenina de las generaciones por debajo de la cuarentena es, a día de hoy, igual o mejor que la de sus colegas masculinos. El tema es que el sexismo no está ahí. Hay que buscarlo más bien en los barrios y los puestos de trabajo precarizados, donde las situaciones de discriminación y abuso -no solo sexista- se prodigan. En España... y ni hablemos de Afganistán.