¿Qué hacer?

2 de marzo, 2020 · Artes y entretenimiento> Literatura

Todos conocemos el «Qué hacer» de Lenin. Es bien sabido que su título era una referencia a una novela. ¿Por qué? ¿Qué era, qué contaba y sobre todo qué convirtió una novela romántica en una referencia común a los revolucionarios rusos?

Oleo de Boris Kustodiev. Lectura del manifiesto del zar emancipando a los siervos.

En marzo de 1861 un manifiesto del zar abole la servidumbre en Rusia. El aparato estatal feudal intentaba tomar en sus manos la dirección del desarrollo capitalista. El movimiento revolucionario ruso de la época, que lucha por impulsar una revolución campesina, se separa de los sectores liberales de la aristocracia. Alrededor de las ideas de Herzen -pasar directamente de la comuna campesina al socialismo sin pasar por el capitalismo- se organiza una sociedad secreta, «Tierra y Libertad» que se inspira también en las ideas y textos de un escritor demócrata y ateo fascinado por los textos de Fourier y Owen: Nicolai Chernishevski. Marx y Engels le reconocerán después como «el líder del partido revolucionario». También la policía política, que en 1862 le detiene y confina en solitario en la prisión de la torre de Pedro y Pablo.

Fortaleza de San Pedro y San Pablo en Petrogrado.

En su celda, Chernishevski pide permiso para escribir, lo que implica someterse a la censura. Toda la oposición política, dentro y fuera del país, esperan su texto como una señal, como una propuesta de dirección en la nueva etapa histórica. Para sorpresa de sus vigilantes y censores en vez de un manifiesto o un ensayo, entrega los capítulos de lo que parece una historia de amor: «¿Qué hacer?». Y si el título es una declaración y una llamada de atención al medio político democrático de la época, el subtítulo, «Gente nueva», avanza el abordaje con el que el autor espera a un tiempo esquivar a la censura y transformar al confuso entorno democrático-radical.

Chernishevski

Emprende nada más y nada menos que una crítica de la moral de las clases poseedoras. A través de la construcción de los personajes va enfrentando los tópicos básicos de la pequeña burguesía y el «pragmatismo» de una burguesía que se relame impúdica ante el futuro que el zarismo abre para ella. Chernishevski denuncia la alienación del dinero; relee a Epicuro para entender la felicidad como un producto social y no como una apropiación individual; demole el concepto de «individuo» para afirmar que «no hay nada por encima de la persona», es decir de los seres sociales concretos; epata a los lectores de la época afirmando sin pudor la igualdad entre hombres y mujeres y exigiendo su reconocimiento. Da la pauta a aquellos jóvenes de nuevos roles en su relación con con lo colectivo, con la familia, con la pareja… y con el trabajo. Porque emerge, imbricándolo todo en la novela, una concepción del trabajo ligada a la perspectiva de una sociedad abundante, organizada en torno a la satisfacción de las necesidades humanas reales, el comunismo, sobre el que anima a sus seguidores:

Aspirad a él, trabajad por él, aproximadlo, trasladad de él al presente todo cuanto podáis.

Es decir, Chernishevski aborda, por primera vez, la afirmación de una moral comunista. El enfoque, en palabras de Kropotkin «fue una especie de revelación y se convirtió en una especie de enseña para la juventud de la época». Pero no fue solo a ellos (Plejanov que le dedicó varios textos, Vera Zasulich, etc.) sino también a las siguientes generaciones. Lenin, que confesó haberla leído cinco veces seguidas cuando la descubrió y que llevó siempre consigo un ejemplar -Krupskaia dijo a Lunacharski que «difícilmente hubo un autor que estimara más»- afirmó que la novela:

Me marcó profundamente. Me acompañó de por vida

Y no fue distinto con la generación joven de la Revolución del 17. Lili Brik, compañera de Mayakovski, contó después de su muerte que el poeta constantemente volvía a ella porque utilizaba el libro como forma de reflexionar y buscar soluciones a problemas éticos. La novela, aseguraba la artista, «se hacia eco de nuestras vidas». No eran, ni mucho menos, los únicos.

No hay moral sin consecuencias

«Golpea a los blancos con la cuña roja» por El Lissitzki

Hoy es más recordado el «Qué hacer» de Lenin que el de Chernishevski, aunque sea sabido que el revolucionario eligió en título como una referencia a la novela. Pero, ¿qué referencia? ¿Qué pretendía transmitir Lenin con ella?

No podemos entenderlo sin las detalladas referencias que en la novela aparecen a las experiencias comunitarias y cooperativas de Robert Owen. Y es que el impulso a la moral comunista que dio la novela se tradujo en un amplio movimiento, primero de «comunas residenciales» de estudiantes; luego de «arteles» rurales populistas que acabarían en parte en el tolstoianismo y en parte el cooperativismo, aunque algunos se convirtieran en empresas privadas; finalmente, desde los años 90, grupos de trabajadores formaron «arteles» urbanos, un movimiento que se multiplicaría durante la revolución y que al final de los años 20 -antes de ser prohibidos por Stalin- tomaría la forma de «colectivos de producción». Tanto en los arteles como en las «Comunas residenciales», los miembros compartían todos los ingresos en un fondo común que satisfacía las necesidades de cada uno. La diferencia es que en los arteles y «comunidades de producción» los miembros no solo vivían juntos sino que trabajaban juntos -fuera como cooperativa de trabajo o como cuadrilla- mientras que en las «comunas residenciales» los miembros trabajaban en ocupaciones externas y aportaban luego sus salarios e ingresos al fondo común.

La influencia de Chernishevski en la década de 1860 y más allá fue fuerte. Es sabido que los «nihilistas» buscaron en las páginas de ¿Qué hacer? pistas sobre cómo organizar los arteles y las comunas residenciales. Algunos de los radicales más importantes de la década de 1870 salieron de un ambiente comunal. Cuando eran arrestados, los revolucionarios a menudo llevaban la idea comunal a la prisión. Los hombres y mujeres de la Colonia Penal de Kara compartían todos los bienes, se leían unos a otros y vivían de acuerdo a una constitución estrictamente escrita.

Richard Stites, «Revolutionary Dreams: Utopian Vision and Experimental Life in the Russian Revolution»

Lenin, Bogdanov, Gorki y Lunacharski en la escuela del partido bolchevique en Capri en los años en que Lunacharski publica «Religión y socialismo» (1907)

En 1890 un joven Lenin que esperaba la autorización para hacer sus exámenes, conoció a Preobajenski cuando éste organizaba arteles en Alakaievka, años después, el núcleo original del «Iskra» formado por el propio Lenin, Martov y Zasulich vivió como «Comuna residencial» en Petrogrado. Y cuando se trasladaron a Londres, el puesto de Lenin -que decidió vivir con su familia porque no soportaba el desorden que acompañaba siempre a Zasulich- fue ocupado por Trotski. Los jóvenes politizados rusos de los años 80 y 90 del siglo XIX adoptarán un cierto modo de vida que hará natural en sus ambientes la dedicación militante.

El «Qué hacer» de Chernishevski había servido para llevar a una generación un destello de la moral comunista; los jóvenes de entonces habían transformado su modo de vida de acuerdo a ella y al hacerlo habían creado las bases para la llegada de las ideas y textos del movimiento obrero internacional y la aparición de los primeros grupos marxistas rusos, aun antes de la existencia de un proletariado moderno y masivo en el país.

Representación de la alianza entre obreros y pequeña burguesía campesina en los años 20 en Rusia.

En 1902 Lenin proponía un cambio de perspectiva y un objetivo igualmente chocante: el proletariado debía liderar la revolución democrático-burguesa dirigiendo al campesinado (pequeña burguesía)… no solo contra la autocracia feudal sino contra la propia burguesía. Y para llegar hasta ahí, hacía falta un nuevo tipo de partido de clase. Un partido que se construiría como tal alrededor de un periódico pensado para establecer ya las posiciones y alianzas de la muy peculiar forma de revolución democrático-burguesa por venir. Un partido en el que, en las peculiares condiciones de represión y lucha contra la policía política, el conjunto del proletariado «destacaría» un tipo particular de militante: el «revolucionario profesional».

Pero ¿qué entendía un socialdemócrata de la generación de Lenin por un proletario que se convertía en «revolucionario profesional»? ¿Un «liberado» [del trabajo asalariado] que pasaba a vivir de la organización o alguien que profesaba una moral comunista como la esbozada en el «Qué hacer» original? La doble referencia al libro en realidad es una unidad: un cambio de perspectiva que transforma las posibilidades materiales y un nuevo tipo humano de militante que surge de ello. Porque en realidad la moral comunista no es sino una perspectiva que al adoptarse proyecta el futuro sobre el presente.

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