¿Qué está pasando en el Perú?

16 de noviembre, 2020 · Actualidad

1 Año 2016. Pedro Pablo Kuczynski, un candidato de la ortodoxia liberal-desarrollista, gana las elecciones presidenciales a Keiko Fujimori con el apoyo de la izquierda en segunda vuelta. Pero el sistema electoral peruano tiene sus particularidades. En la primera vuelta se definen los grupos parlamentarios. Y en ella el fujimorismo había arrasado y consiguido 73 de 130 diputados. Kuczynski solo 18.

2 Lo que estaba en juego en aquellas elecciones era que el aparato político reflejara de una manera u otra el fin de un periodo histórico: el del fujimorismo. Durante los noventa el fujimorismo había sentado las bases de la variante globalista del modelo exportador de los países semicoloniales. Se trataba de que la industrialización que nunca pudo propiciar el mercado interno -dopado por el estado con rentas del sector exportador- se sostuviera sobre un mercado global en apertura.

Lo paradójico es que el modelo empieza a dar resultados en términos de PIB per capita tan pronto como el régimen autoritario de Alberto Fujimori cae. Y la ansiada inversión exterior no despega hasta 2008, cuando el fujimorismo llevaba años ya fuera del poder, Toledo había firmado el tratado de libre comercio con EEUU y Alan García había vuelto a la presidencia.

La razón de que el fujimorismo mantuviera siempre una base social y electoral sólida –en 2006 Keiko Fujimori fue la candidata a diputada más votada del país– no estaba en los resultados económicos, sino en la lealtad de un sector de la pequeña burguesía, la famosa cholo-burguesía. Esta pequeña burguesía urbana, reconocía en el estado de excepción permanente que habían sido los años de presidencia de Alberto Fujimori el origen de su ascenso social y su nuevo peso en el estado y el capital nacional. La consolidación del fujimorismo en los años 10 como cabeza de la oposición fue la traducción política de un poder económico en el que la globalización le había permitido establecer sus propias alianzas económicas internacionales -mirando a Asia- y ganar peso en la burocracia estatal.

3 Pero 2016 es uno de esos años nodales. Gran Bretaña vota por el Brexit, Trump apunta a ganar las presidenciales en EEUU. Todo anuncia que la globalización y con él el modelo del neoliberalismo neocolonial está dando las últimas bocanadas. La burguesía peruana quiere aprovecharlo hasta el final, mantener a toda costa el flujo inversor externo, y al mismo tiempo estabilizar su aparato político, disfuncional durante décadas y sin embargo fundamental para poder encarar la previsible crisis económica con un mínimo de estabilidad. ¿No estaban diciendo las encuestas ya en Bolivia que el mismísimo MAS de Morales y Linera estaba perdiendo el apoyo de la cholo-burguesía? ¿Por qué no iba a correr el fujimorismo, envuelto en todo tipo de escándalos de corrupción la misma suerte?

4 El problema era que la corrupción, si ya es intrínseca al capitalismo de estado, en los países semicoloniales es una parte central del engarce entre los capitales imperialistas, las burguesías locales y el sistema político… lo que en un conflicto entre facciones de la clase dirigente con sus respectivos reflejos partidarios se convierte en munición pesada. Especialmente en Perú, donde el aparato político no cuenta con herramientas similares a las de la moción de censura española sino a las del impeachment estadounidense. Es decir, donde la forma primaria de destituir a un presidente en ejercicio es hacerle un juicio político.

Y así, el estallido del caso Odebrecht -en principio una batalla dentro del poder brasileño avivada por las tensiones entre intereses imperialistas competidores- se convierte en destitución y cárcel de Kuczynski, suicidio de Alan García, detención preventiva de Ollanta Humala y prisión de Keiko Fujimori. Todo en un marco de guerra abierta entre el presidente Vizcarra y el parlamento fujimorista que alcanza su punto álgido hace un año.

Culminado el proceso y el ciclo de acumulación global del que es deudor, el ciclo político se agota… aunque no sin resistencias. Lo vimos esta semana cuando, ante el bloqueo permanente del fujimorismo el presidente Vizcarra convocó elecciones en la expectativa de la práctica desaparición del partido del expresidente. El Parlamento respondió eligiendo una presidenta alternativa y creando una crisis institucional grave. Sin embargo, el posicionamiento de las Fuerzas Armadas y la policía -históricamente el primer bastión de las facciones mestizas de la burguesía nacional- llevó a un rápido fin del conato rebelde y un reforzamiento de Vizcarra y lo que representa: la normalización y fusión definitiva del bloque de poder.

«Estallido de la crisis, proliferación de las revueltas», 19/10/2019

La jugada de Vizcarra fue convocar elecciones para renovar el congreso con nuevas reglas aprobadas anteriormente en referéndum. La apuesta: renovar y estabilizar de una vez el sistema político con un golpe de mano institucional todo lo dentro de las reglas constitucionales que podía permitirse. En cualquier caso, tampoco lo consiguió. Quedó sin bancada propia en el congreso, alianzas endebles y un Tribunal Constitucional con el mandato vencido pendiente de elección por el nuevo parlamento.

5 Y en eso llegó el Covid. Récord de mortalidad mediante, la epidemia no podía sino evidenciar la incompetencia histórica del estado peruano y acelerar las contradicciones internas. 2020, que iba a ser el año del bicentenario de la independencia, mostraba hasta que punto el capital y el estado peruanos seguían siendo dependientes e incapaces de mantener una mínima cohesión incluso durante una epidemia.

La pandemia -y el retraso de las elecciones generales de enero al mes de abril- no podía sino retomar el ciclo de crisis política y juicios parlamentarios. Un caso menor, un audio de Vizcarra trapicheando la contratación de un artista por el ministerio de cultura, sirvió de excusa al parlamento para un nuevo impeachment a la peruana… que el presidente superó. Pero nuevas revelaciones -estas de sobornos por constructores- de cuando era gobernador de Moquegua en 2013-14, propiciaron un nuevo juicio que finalmente le destituyó por mentir reiteradamente al congreso.

El resto está en todos los periódicos del mundo esta semana. El congreso elige como nuevo presidente al presidente de la cámara, las algaradas y protestas se suceden, mueren en ellas dos estudiantes a perdigonazos, el nuevo presidente dimite ante la presión… y la elección de un gobierno alternativo queda bloqueda por el fujimorismo en el congreso.

6 Como balance es evidente la incompencia de las clases dirigentes peruanas para reordenar su aparato político y consolidar un grupo de poder conjurando de una vez los fantasmas del fujimorismo, algo que el desarrollo de la crisis económica solo puede agravar. Pero hay un elemento extra y no poco importante.

En los últimos tres años, en el marco de las presidencias de Bolsonaro y Trump, la batalla imperialista en Venezuela y el Caribe en primera instancia, pero en realidad en toda Sudamérica se ha elevando en gravedad y mutado de formas. En su fase actual más que como una confrontación entre bloques de países, como pretendieron Piñera y Bolsonaro al fundar Pro-Sur, toma la forma de apoyos cruzados entre fuerzas de distinto signo en distintos países y de algunos países a movimientos de protesta o partidos de otro.

El resultado es un tablero en continua y brusca remodelación en el que cada cambio político en un país afecta a los equilibrios de los demás. La vuelta del MAS al poder en Bolivia o ayer mismo, la derrota de los aliados de Bolsonaro en las municipales brasileñas, se leen en clave continental, igual que el referéndum chileno o las protestas colombianas. No podía ser menos en Perú, por quien Brasil apuesta, ya desde tiempos de Lula, como su salida natural al Pacífico y a quien el Grupo de Puebla lleva tiempo señalando como eslabón clave para una nueva hegemonía política continental.

7 ¿Y los trabajadores? Invisibilizadas sus luchas, masacrados por la pandemia, reprimidos sin pudor en cada huelga, hambreados por cuanto gobierno ha pasado por el Perú, acusan como nunca la ausencia de expresiones políticas propias y el control férreo de unos sindicatos trapicheros y bien imbricados en el estado. Con todo, pocos son arrastrados a la contienda entre facciones por los grupos de izquierda que, como se ve en estos días, recurre a los estudiantes, más maleables, como carne de cañón.

Porque el hecho es que la combatividad de los trabajadores durante estos meses de pandemia no ha ido a menos. Desde los mineros de Espinar a los médicos pasando por los basureros, la segunda parte del año, en pleno pico pandémico, ha mostrado una clase que reivindica necesidades universales en cada una de sus luchas aun en las peores condiciones. Solo en ella encontrará una salida la actual situación histórica.

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