¿Qué esperar de las manifestaciones en EEUU?

5 de junio, 2020 · Actualidad> Norteamérica> EEUU

Las protestas por el asesinato de George Floyd llevan ya diez días. De Merkel a Maduro no hay gobernante que no se solidarice con los manifestantes, ni editorial que no prometa un «punto de inflexión» en EEUU.

Pero, de momento, el único hito resultado de las protestas es que los cuatro involucrados en el asesinato de George Floyd han visto agravadas sus acusaciones. El policía que atenazó con su rodilla en el cuello de George Floyd asfixiándolo hasta la muerte, pasó de estar acusado de «asesinato en tercer grado y homicidio en segundo grado», a estarlo de «asesinato en segundo grado». Los otros tres oficiales que no hicieron nada para detener el asesinato e impidieron que nadie ayudara a la víctima, pasaron a ser considerados co-autores. Scot X. Esdaile, presidente de la NAACP («National Association for the Advancement of Colored People») declaró.

Es una lástima que tengamos que pasar por todo esto sólo para que hagan lo correcto, lo que deberían haber hecho desde el principio. Se supone que la policía debe proteger y servir, pero cuando sucede algo así, tenemos que recurrir a los disturbios, a la quema de edificios y poner todo el país patas arriba sólo para que se haga justicia.

Dorie Dumas, la presidenta de la sección de «Greater New Haven» de la NAACP añade: «Pero no nos conformamos con los arrestos, queremos ver condenas».

Toda la izquierda norteamericana presenta el endurecimiento de las acusaciones como una gran victoria que demostraría la eficacia de las protestas. Caracterizan las movilizaciones como un «despertar del pueblo», incluso algunas tendencias se atreven a afirmar que estaríamos ante una «rebelión de los trabajadores negros».

Sin embargo, las imágenes, repetidas en mil vídeos y mensajes en redes sociales, de grupos de personas invocando a dios, hincando rodillas en tierra y pidiendo «perdón por siglos de racismo» a otros vecinos en patéticos ejercicios catárticos, nos hablan de algo con un fundamento moral y político muy diferente.

No parece que estemos ante nada que amenace el orden social existente ni siquiera potencialmente.

La burguesía

Senadores guardan un minuto de silencio por la muerte de George Floyd.

No es el único paralelismo con los movimientos de «despertar religioso» de la tradición protestante anglosajona y nórdica. El espectáculo resulta abrumador. Decenas de famosos cuyas vidas están completamente a salvo de la brutalidad policial, dicen haber «despertado». Los demócratas, las ONGs, los líderes evangélicos e incluso la policía hacen gala de su «solidaridad». Las grandes empresas (Disney, Airbnb, Apple, Amazon, Nike, Google, Microsoft, Cisco, Netflix, IBM, HBO, Hulu….etc.) se han pronunciado una tras otra contra el racismo de la policía y del «sistema». Facebook se comprometió a donar 10 millones de dólares a organizaciones «antirracistas» e Intel prometió donar 1 millón de dólares a organizaciones como «Black Lives Matter» y el «Centre for Policing Equality», un centro de investigación cuyo objetivo es «reducir la disparidad que existe hoy en día en la aplicación de la ley, en todo el país». «Glossier», una empresa de cosmética, ha donado 500.000 dólares a organizaciones de «justicia racial» y otros 500.000 a la creación de subvenciones para negocios de belleza de propietarios negros. Hasta Amazon, conocida por sus estrechos lazos con la policía, se declara «solidaria» con el movimiento.

Resultaría cuando menos sorprendente que un movimiento pretendidamente «radical» recibiera tanto apoyo de las grandes empresas y no conmoviera a las bolsas ni por un segundo. Pero lo que impulsa a los capitalistas no es un súbito cambio de moral… sino una parte esencial de la ya existente: la «igualdad» contractual que oculta nuestra explotación como clase y que nos «libera» para vender nuestra fuerza de trabajo:

Esta moral, que emerge de la religión de la mercancía, cruza toda la sociedad burguesa. En primer lugar los sujetos: es claro que las clases no dejaron de existir con la feudalidad, sin embargo la moral de la mercancía es una moral que las invisibiliza creando un sujeto abstracto nuevo: el «individuo». Este constructo está definido por su soberanía sobre sí mismo. Esa soberanía se reclama bajo el concepto de libertad. ¿Qué significa? Simplemente que el lazo social del intercambio -base de la explotación de la fuerza de trabajo- es voluntario y no genera mayores responsabilidades en quien compra fuerza de trabajo que en quien compra un objeto cualquiera: pagar el salario. Salario que no es más que el valor social de esa fuerza de trabajo en virtud de la igualdad de todo lo intercambiado voluntariamente. Como la explotación no es una relación individual sino de clases y como la relación capital trabajo se invisibiliza bajo un intercambio «justo» y «libre» y por tanto entre valores socialmente «iguales»… la explotación ¡¡desaparece!! La burguesía aun así le añade una coda, lo proyecta hasta el nivel superior con un tercer valor explícito: la fraternidad, fraternidad nacional de los individuos libres e iguales que sirve de puente entre la religión mercantil y la política.

La moral de la sociedad burguesa configura cómo han de ser y qué han de esperar «los individuos» de los demás y la sociedad. Su núcleo, la religión de la mercancía, no tiene nada que ver con las normas y restricciones, con la pacatería social y la represión sexual. Al revés, la religión de la mercancía es una religión de la libertad y la igualdad cuyo sacramento principal es el intercambio, la compra-venta. Funda al individuo como ser abstracto y en conflicto permanente con el entorno, invisibiliza la explotación y sobre todo educa en la «naturalidad» de la escasez, en la necesidad de la propiedad y en la aceptación de la cosificación de las relaciones y las necesidades humanas.

Sobre la religión de la mercancía, en la entrada «Religión», de nuestro Diccionario marxista

Dicho de otro modo, apoyar «Black Lives Matter» no contradice la moral burguesa, la afirma; no es un «sacrificio» para los capitalistas, es una inversión. No es una nueva moral emancipadora, es la misma moral de siempre que nos reconoce iguales en tanto que mercancías.

No falta quien dice que las empresas y los famosos solo ven el movimiento «Black Lives Matter» como un mercado porque, como muestran las protestas, es evidentemente amplio y arrastra un número considerable de jóvenes. Y que por lo mismo, eso no dice nada del movimiento en sí, que sería básicamente una víctima de intentos de instrumentalización comercial «externos». Pero aun si aceptáramos que es un puro ejercicio de cinismo por parte de la burguesía corporativa y sus «celebrities», tendríamos que preguntar por qué pueden obviar cualquier otra consideración y reducir el movimiento a «un mercado». Desde luego si estuvieran ante algo mínimamente reconocible como un antagonista no tomarían una posición así.

Además, el movimiento está desviando la atención del efecto del COVID-19 sobre las condiciones de vida de los trabajadores y el consenso fundamental entre demócratas y republicanos: llevarnos a trabajar, por la fuerza si es necesario, para salvar las inversiones del capital nacional. Estamos en medio de la mayor oleada global de huelgas y luchas en décadas, con una pandemia que ha dejado al descubierto un sistema asistencia clasista hasta la matanza y una recesión económica global. ¿Cómo no van a agradecer el cambio de tema?

No es inocente ni casual que nos hablen del supuesto «privilegio» de los trabajadores blancos y de la opresión de los trabajadores negros. Presentar a los trabajadores blancos como «privilegiados» es ofrecer un objetivo que el sistema y sus clases dirigentes no tienen interés en defender. Es el viejo truco del antisemitismo elevado de escala. Pero sobre todo es una manera de dividir a los trabajadores y desviarlos de la consciencia de sus necesidades comunes. Por eso «confunden» discriminación sistemática con opresión. La opresión no es un hecho social, sino político. Significa que hay una clase cuyo proyecto político debe agrupar a la sociedad en una transformación que toma preeminencia sobre cualquier otra contradicción de clase. Decir que los trabajadores negros están oprimidos en tanto que negros, implica tanto afirmar que tienen un interés común con la burguesía y la pequeña burguesía negras, como que éstas tienen un proyecto político que los trabajadores deberían defender. En realidad los trabajadores negros están discriminados en tanto que negros, pero oprimidos en tanto que trabajadores, corresponde a los trabajadores como clase, por encima de divisiones, acabar con la discriminación racial… de la que se emancipan de la opresión política y acaban con la explotación del trabajo por el capital que define el sistema y envilece y fractura a la sociedad entera.

La pequeña burguesía

Huelguista detenido por la policía en la huelga de Atlanta en 1977.

La pequeña burguesía negra ha sufrido históricamente la opresión política y la discriminación racial y ha luchado contra ella en un intento de ascender en la escala social. La segregación, forma radical de discriminación, evitó que las empresas con propietarios negros expandieran su mercado.

El movimiento de derechos civiles fue dirigido por esta pequeña burguesía negra y llevó a su consolidadión en el estado. Las diferencias entre los trabajadores negros y la pequeña burguesía negra se hicieron evidentes cuando el primer alcalde negro de EEUU, Maynard Jackson de Atlanta, envió esquiroles para romper la huelga de los trabajadores de la sanidad en 1977. La promesa de los derechos civiles, la igualdad de las «razas» ante la ley se hizo realidad pero, al igual que la igualdad formal y contractual del trabajador frente al capitalista, oculta la desigualdad real, la explotación de la clase y su antagonismo con este mundo inhumano que no tiene nada más que ofrecer a la humanidad excepto más miseria y muerte.

Después del movimiento de los derechos civiles, la pequeña burguesía negra utilizó la «identity politics» para expandir su presencia en el mundo corporativo y el estado. En las protestas de «Black Lives Matter» se puede ver este elemento en todo su esplendor. La plataforma del movimiento contiene todo tipo de puntos que exigen el apoyo a las empresas negras y las grandes empresas siguen su ejemplo dando su apoyo. La consigna habla por sí misma: para luchar contra el racismo habría que apoyar a las empresas negras. Racismo pasa a ser cualquier cosa que entre en conflicto con los intereses de la pequeña burguesía negra, el «antirracismo» y el «negocio negro» se funden en una misma cosa.

El identitarismo de la pequeña burguesía ve en las protestas actuales una oportunidad de exigir un trozo mayor de las rentas del capital y eso es, después de todo, el corazón de su agenda.

El lumpenproletariado

El movimiento de derechos civiles empoderó a la pequeña burguesía negra mientras todos los trabajadores, de todas las «razas», seguían viendo como se degradaban sus condiciones. Tampoco se deshizo de la violencia estatal y la insidiosa discriminación racial que llevó a la concentración y aceleró la pauperización de los trabajadores negros en muchas ciudades. La descomposición social acelerada en ellas produjo no poca lumpenización, generando un elemento extraordinariamente peligroso que jugaría un papel significativo en los movimientos nacionalistas negros que siguieron. El «Black Power» que siguió a los movimientos de derechos civiles era en esencia una alianza de la pequeña burguesía negra separatista y airada con el lumpenproletariado. Después de los disturbios de Watts, ambos grupos sociales convergen en organizaciones nacionalistas que promovían el «retorno a África», la «cultura negra», segregación, una versión pintoresca de la religión musulmana, el antisemitismo, el sexismo extremo y, en el caso de los Panteras Negras, los más brutales e inhumanos regímenes stalinistas…

Esta confluencia entre una parte de la pequeña burguesía negra y el lumpenproletariado, sigue presente expresándose a través de los saqueos en las protestas actuales. Saquean tiendas en muchos estados del país, venden su botín, «estafan» a otros saqueadores, roban lo que otros saqueadores robaron… al final… todo forma parte de la lógica de la apropiación privada en una versión grotesca y marginal de la acumulación de capital. Y por supuesto, la izquierda, jalea. Nada podría estar más lejos de la lucha de clases capaz de plantar cara hoy al capital.

Los sindicatos

Manifestantes jalean a una conductora de autobús que se negó a transportar detenidos en las manifestaciones en Nueva York.

¿Dónde quedaron los trabajadores en estas protestas? Como tales, en ningún lado. No ha habido asambleas de trabajadores en las empresas para discutir cómo posicionarse, mucho menos huelgas en solidaridad o acciones como clase.

Pero hay quienes afirman que la clase trabajadora hace valer «su voluntad» al «manifestarse en solidaridad con las protestas». Prácticamente todos identifican a la clase trabajadora con los mismos sindicatos que día a día pastorean y llevan a la nada sus luchas. Son los mismos que ponen como ejemplo al «TWU Local 100», el sindicato de conductores de autobuses de la ciudad de Nueva York, que no permite que sus conductores transporten a los manifestantes a la cárcel.

Del mismo modo, los del «Amalgamated Transit Union Local 1005», que representa a los 2.500 trabajadores del transporte público de las ciudades gemelas, también se negaron a transportar a los manifestantes a la cárcel. Ryan Timlin, el presidente del sindicato afirmó que «si sentimos que algo es injusto, los trabajadores deben tener el derecho de no apoyar la situación o dejar de prestar sus servicios y esto no es hacer huelga». El sindicato publicó una declaración que, curiosamente, hablaba de cómo «los miembros del ATU se enfrentan al racismo diariamente, nuestros miembros viven y trabajan en los vecindarios donde ocurren este tipo de cosas». Y remataba:

¡La brutalidad policial es inaceptable! Este sistema nos ha fallado a todos en la clase trabajadora desde el Coronavirus hasta la crisis económica que estamos enfrentando. Pero este sistema le ha fallado a la gente de color y a los negros americanos y a los jóvenes negros más que a nadie. Más que nunca necesitamos un nuevo Movimiento por los Derechos Civiles.

No son los únicos casos de apoyo sindical. Más de 400 afiliados sindicales firmaron una petición en el grupo de Facebook, «Miembros de los sindicatos para #JusticeForGeorgeFloyd» cuyo propósito es «asegurar que nuestro trabajo no se use para ayudar al Departamento de Policía de Minneapolis a acabar con los llamamientos a la justicia». El sindicato de maestros de Minneapolis que por cierto, está afiliado a la AFL-CIO que incluye sindicatos de policías, también mostró su «solidaridad» con las protestas.

¿Qué significa todo ésto?

Agreguémoslo todo: estamos ante un movimiento con un apoyo empresarial masivo, identificado con los intereses de la pequeña burguesía negra y sus organizaciones políticas, al que se «une» el lumpen y que es apoyado activamente por los sindicatos.

Su gran éxito ha sido conseguir que, cuando se están cortando las ayudas a los trabajadores para forzar una reapertura total cuanto antes a pesar de que la epidemia sigue a paso triunfal en los centros de trabajo, el movimiento «antirracista» se convierta de repente en la cuestión política central de los EEUU.

El mensaje del movimiento es que los trabajadores ya no deben protegerse en casa del virus, deben salir a protestar… contra el racismo policial… o, si son blancos, para pedir perdón por sus «privilegios». Los trabajadores ya no deben luchar por su seguridad y la de sus seres queridos, poniendo sus necesidades por encima de las del capital, sino que deben apoyar un «nuevo movimiento de derechos civiles» que ayude a los «menos afortunados»… la burguesía y la pequeña burguesía negra. Con otras palabras: el mensaje del movimiento es que los trabajadores deben de dejar de luchar como tales y apoyar lo que es completamente inofensivo para el capital… tan inofensivo que lo apoya activamente.

¿La realidad? Ni siquiera puede plantearse como un «sacrificio temporal», como una pausa en la lucha de clases para obtener una victoria sobre el racismo que luego revertirá en una mayor unidad de la clase trabajadora. Porque la verdad es que no cabe esperar siquiera que el «movimiento» consiga nada contra el racismo. De nada sirve que se produzca un «despertar» masivo en condena del racismo, porque el racismo no es un problema de «conciencia individual» que pueda separarse de la estructura social y la división en clases. Nada vendrá nunca de los sindicatos, de la burguesía ni de los identitaristas empeñados en mantenerla. La lucha contra toda la discriminación es inseparable de la cuestión social y por tanto inseparable de la centralización e independencia de nuestra lucha como trabajadores.

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