¿Pueden Rusia o China «torcer» las elecciones en EEUU?

9 de agosto, 2020 · Actualidad> Norteamérica> EEUU

La inteligencia de EEUU informa que China apoyará a Biden, Rusia a Trump e Irán la polarización. Inmediatamente la prensa resucita toda la campaña que presentó la ayuda rusa como decisiva en el triunfo del republicano y sus batallas cortesanas con los servicios de inteligencia. Pero también la cuestión de fondo: la convicción tácita de que las elecciones pueden ser manipuladas desde el exterior por campañas de intoxicación. Pero… ¿es cierto? Y si lo es… ¿qué son y en qué han quedado las elecciones?

¿Manipulación electoral?

Software estadístico y de análisis de redes utilizado por Cambridge Analytica para desarrollar sus campañas.

El referendum del Brexit y el triunfo de Trump contrariaron sin duda a una parte importante la burguesía europea y estadounidense. Los resultados rompían el consenso político construido desde los años noventa y abrían un periodo general de crisis en los aparatos políticos. La primera reacción, todavía en lógica de campaña electoral, fue deslegitimadora y ofensiva. Trump iba a durar poco porque su triunfo había sido, cuando menos inmoral y con un poco de suerte, ilegal. De la ayuda rusa se pasó al escándalo Cambridge Analytica. El discurso: los nuevos sistemas de publicidad ultra-segmentada permiten que, con suficiente presupuesto, un partido -o una potencia extranjera- bombardeen con publicidad engañosa y fake news a los votantes tocándoles en lo que más sensible resulta a cada uno para aumentar la crispación y animarles para que bien no vayan a votar, bien se abstengan.

El diario «El País» hizo bonitas infografías para exponer la «influencia» de bots y usuarios rusos y venezolanos en el debate online sobre la independencia catalana.

En Europa continental no faltaron los que se apuntaron e intentaron crear un discurso sobre la injerencia rusa, como el diario El País. Pero al final, aunque es evidente que Rusia riega a cuenta de su presupuesto a no pocos grupos -tanto stalinistas como ultraderechistas- en prácticamente todo el continente, resultaba imposible pensar que tal ayuda hubiera resultado en algún momento decisiva o fundamental. Que robots rusos amplificaran a los independentistas catalanes en Twitter, como afanosamente trató durante meses de demostrar el diario, difícilmente tuvo transcendencia política real y ni los más fanáticos se atrevieron nunca a decir que el procés fuera un producto ruso o le debiera nada a las granjas rusas de trolls.

Otra línea argumental, extendida sobre todo entre la izquierda, trató de establecer que los países anglosajones serían un caso particular debido a la baja formación media y la amplitud del analfabetismo funcional entre la clase trabajadora norteamericana. La verdad: los porcentajes de analfabetismo funcional entre adultos en EEUU no son más escandalosos que los europeos y si tomamos como referencia las pruebas PISA de comprensión lectora los jóvenes estadounidenses obtienen mejores resultados que los de la mayoría de los países UE.

Y para rematar la confusión, resulta que la publicidad ultra-segmentada no solo no se ha prohibido sino que se ha convertido en una parte más del arsenal de las campañas electorales de la que alardean todos los equipos de todos los partidos. Así que… ¿y si el problema fuera otro?

¿Qué son las elecciones?

«Elecciones», cuadro de William Hogarth de 1754. Hasta 1872 la burguesía británica no impuso el voto secreto en las elecciones.

Las elecciones son una encuesta de opinión en la que se llama a participar en tanto que ciudadanos a una mayoría de las personas adultas para expresar quién opinan que -de entre una lista de partidos o candidatos individuales- debería gestionar la administración del estado. Las palabras importantes son estado y opinión. Porque la opinión en el capitalismo de hoy es una industria y no pequeña ni poco capitalizada. De hecho es una industria regulada y monopolista, con grandes capitales invertidos y dependiente de las ayudas estatales. Durante los últimos sesenta años el estado garantizó la rentabilidad de sus principales medios: la televisión y la radio, restringiendo el número de canales mediante licencias. Los periódicos no necesitaban ser protegidos con licencias porque, necesitados de una maquinaria especialmente cara -las rotativas- y costosos canales de distribución, solo podían ser puestos en marcha y mantenidos por grandes fondos de capital.

El carácter monopolista de la industria de la opinión permitía una cierta regulación de la publicidad política, pensada sobre todo para evitar excesivos gastos a los partidos de estado, igual que las progresivas restricciones de los tiempos legales de campaña electoral. Pero la cuestión no estaba ahí. La cuestión es que el mismo que preguntaba la opinión -el estado dedicado a cuidar el capital nacional- era el que, en realidad, tenía el monopolio de los medios para crearla. Nadie esperó nunca de la propaganda electoral que decidiera muchos votos. Todos cuidaban y miraban en cambio a los informativos y los mensajes ideológicos bajo las series de ficción. No había grandes debates.

La crisis, Internet y las revueltas de la pequeña burguesía

Farage tras conocer que casi triplicó en votos al partido conservador.

Desde los noventa se configuró poco a poco un panorama tecnológico y mediático que ponía en cuestión las bases del viejo equilibrio de posguerra. Por un lado la extensión de Internet y los teléfonos móviles abarató tremendamente la posibilidad de crear canales informativos y redes de militantes. Por otro, el desarrollo de administraciones locales con burocracias propias en Gran Bretaña, España, Bélgica… incluso en Francia, había por primera vez puesto al alcance de la pequeña burguesía regional la posibilidad de crear imaginarios cuasi-nacionales a su medida en porciones relevantes de países históricamente centralizados. El estado y el gran capital veían poco a poco erosionado -aunque no acabado, ni mucho menos- su monopolio sobre la opinión. Lo que es más, con el nacimiento de canales internacionales de televisión desde los noventa, el conflicto imperialista también se colaba en el espacio mediático: AlJazeera, HispanTV o TeleSur se convirtieron en verdaderas incubadoras de sistemas mediáticos alternativos.

Y cuando, a partir de 2007, el desarrollo de la crisis impulsó las movilizaciones de la pequeña burguesía en todo el mundo, por primera vez en mucho tiempo esos movimientos no fueron fácilmente integrables o recuperables como apoyo a las alternativas oficiales: los partidos sistémicos, estatales, que estuvieran en la oposición. La pequeña burguesía airada construía sus propias expresiones. El bipartidismo griego o español, hizo aguas, los partidos italianos de la era berlusconiana se reconfiguraron y reequilibraron, el socialismo y el stalinismo franceses desaparecieron electoralmente. En Alemania la extrema derecha reapareció como fuerza nacional por primera vez desde el fin de la última guerra mundial

Algunas facciones disidentes de las burguesías centrales, ansiosas de reconfigurar el mapa imperialista, como los brexiters británicos o los trumpistas norteamericanos vieron la oportunidad que se abría ante sus ojos. Las revueltas pequeño burguesas podían reconducirse… pero no sobre los viejos discursos y estructuras. Ahí estaban los ejemplos de Hungría o Polonia, incluso de Grecia y España. Para eso debía tomarse un discurso popular, se podía crear pueblo sumando revueltas contradictorias entre sí pero igualmente reticentes a la clase dirigente… siempre que no abarcara a toda la clase dirigente. Así arrancaron los discursos contra las élites de los que bebieron Trump y Johnson, Tsipras e Iglesias, la AfD y Die Linke.

Y la nueva política, el momento populista llegó, ganando el gobierno allá donde el aparato político estaba ya arrasado y la burguesía necesitaba quien lo reconstruyera (Grecia) pero sobre todo donde esas facciones revoltosas de la propia clase dominante se habían atrevido a cabalgar la revuelta pequeño burgesa y darle forma: EEUU, Gran Bretaña, Brasil.

Aquellas victorias electorales supusieron también una crisis profunda en el papel de los medios establecidos. Ellos eran los que habían perdido realmente las elecciones. Los que no habían sabido moldear la opinión lo suficiente como para que saliera lo de siempre. Por supuesto tampoco había sido para tanto: a fin de cuentas, el Brexit o Trump respondían a las necesidades de otra parte de la burguesía de estado y el capital nacional. Pero el dominio del aparato mediático desde la posguerra había sido tan total que el New York Times y la CNN, la Folha de Sao Paulo, la BBC y The Guardian no podían sentirse sino frustrados. Todo les resultaba inesperado y peligroso. Pero no porque no hubiera habido señales más que sobradas, ni porque fueran a venir, como vinieron, ataques despiadados contra las pensiones y los salarios -que les parecieron, como siempre, muy bien- sino porque realmente habían interiorizado que su papel monopolista en la industria de la opinión significaba el monopolio real sobre las opiniones que podían ganar elecciones. De nuevo: nada dramático para la clase dominante, aunque traumático sin duda para una industria que se sentía cada vez menos valiosa.

¿Pueden los servicios rusos evitar la derrota de Trump o los chinos asegurarla?

Legisladores del partido demócrata se arrodillan en signo de expiación por los pecados del racismo. El gesto se ha convertido en un símbolo del apoyo al movimiento BLM.

Desde entonces, la revuelta de pequeña burguesía ha tomado nuevas formas en unos lugares y se ha acomodado en otros. En EEUU los demócratas han sabido avivar aquellas expresiones y facciones de la pequeña burguesía que le eran más cercanas con vistas a las presidenciales de noviembre. No, es prácticamente imposible que los servicios, rusos, chinos o iraníes puedan manipular tanto la opinión como para condicionar el resultado electoral. La opinión estadounidense es el producto prácticamente exclusivo de la industria estadounidense de la opinión. Y así seguirá siendo en otoño.

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