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¿Por qué subieron los alquileres y bajó la compra?

09/08/2019 | España

Un informe de la Fundación BBVA ha puesto los datos sobre la mesa, pero aunque todos los medios lo recogen, nadie parece molestarse en explicar las causas: el precio medio del alquiler de una vivienda en España es un 10,6% más caro que en 2007, pero el de compra es un 21% menor. ¿Por qué?

Lo más obvio: antes del gran empujón de la crisis en 2008, si el precio de la letra de una hipoteca a 30, 40 y hasta 50 años, era aproximadamente el de alquiler, se consideraba que estabas «tirando el dinero» si alquilabas. Tanto los bancos que daban los créditos como las familias trabajadoras que los pedían, daban por hecho que iban a tener trabajo y que, en general, los salarios percibidos a largo plazo iban a crecer... y la letra bajar por efecto de la inflación.

¿Cuál ha sido la realidad? El PIB per cápita ha subido, como subrayan los medios, pero los salarios cobrados por los trabajadores han bajado, la expectativa de una tendencia a la subida de salarios sin largos periodos de desempleo en alguno de los miembros de la unidad familiar ha desaparecido. Cuando la ‎precarización‎ domina el mercado de trabajo, la elección entre una hipoteca y un alquiler ya no consiste en comparar letra frente a precio de alquiler, sino que fundamentalmente se trata de apostar contra la idea de verse en el paro algún periodo largo o ser precarizado en aun peores condiciones en las próximas décadas. ¿Se puede ser tan optimista como antes de 2008 era «normal»?

El nuevo aumento de los desahucios parece indicar que a pesar de la caída de demanda de los años pasados, todavía sobra «optimismo». ¿Puede sorprendernos que solo en el primer semestre de este año la vivienda en alquiler haya subido más de un 16%?

La crisis produjo que masas de viviendas pasaran a ser propiedad de los bancos que a su vez, presionados por la necesidad de limpiar unos balances que se devaluaban al ritmo del mercado de casas, vendieron a saldo a «fondos buitres» o a empresas creadas por ellos mismos. En España, en Portugal, en Grecia, la aparición de airbnb y similares sirvió para dar combustible a un nuevo modelo especulativo: el casero era sustituido poco a poco por una inmobiliaria que gestionaba el alquiler de las propiedades.

El problema es que con una crisis que realmente no ha cesado, los capitales no dejaron de fluir. ¿Dónde iban a ir con el consumo a la baja? Resultado: subía el precio de la compra de viviendas que se compraban para ser alquiladas -un mercado cada vez más de capital y menos de «consumo duradero»- pero subían aun más los alquileres porque fondos, inmobiliarias y pequeños propietarios querían beneficios rápido-.

Es entoces cuado el estado, primero el ayuntamiento de Barcelona, después el de París, luego Portugal empiezan a plantear «regular precios». El objetivo no es acabar con el modelo especulativo, sino ayudar a que se prolongue por otros medios: vivienda rehabilitada, reducción de precios consintiendo mayores alturas, homogeneización por ley de precios entre la oferta de los fondos y la pequeña burguesía de caseros... Las medidas más sólidas se dedican a limitar el impacto de los pisos turísticos... que a fin de cuentas, salvo en Portugal y lugares especialmente turísticos, ya cumplieron su función ayudando a rentabilizar las inversiones pioneras subiendo los precios y financiando reformas.

Basta ver el proyecto inmobiliario estrella español, aprobado inmediatamente después de las elecciones, «Madrid Nuevo Norte» para entender de un vistazo las claves de la siguiente fase: la banca quiere hacer caja rápido para sanear balances, vender remanentes y prolongar la rentabilidad de sus filiales inmobiliarias apoyada sobre regulaciones «comprensivas».

No, no cabe esperar nada de unos ayuntamientos cuya función es que el capital se reproduzca lo mejor posible en su ciudad, ni tan siquiera de unos «ayuntamientos del cambio» cuya única innovación ha sido pintar de moderno la explotación más atrasada y reaccionaria. Eso sí, hay algunas pistas de por dónde ir. En Berlín las movilizaciones contra «la locura del alquiler» se extendieron a Múnich , Mannheim , Friburgo y Gotinga abriendo por primera vez un debate sobre la expropiación de los caseros. Ante el susto, el gobierno berlinés y el federal olvidaron el sacrosanto principio de rentabilidad y «equilibrio presupuestario» y rápidamente se congelaron alquileres berlineses y se dedicaron 5000 millones a vivienda «social». No es, ni de lejos, la solución pero indica el camino hacia una solución: poner por delante nuestras necesidades e imponerlas a las necesidades del capital.

La alternativa

¿La alternativa? Vivir cada vez más hacinados, cada vez más precarizados en cada elemento de la vida cotidiana. La subida de los alquileres es una bajada de salarios por otros medios y con foco en los sectores más jóvenes y por tanto con más dificultades para organizarse de la clase.

Porque no lo olvidemos: el capital fluye y no le importan demasiado sus propias colocaciones tomadas una a una. De lo que va el juego es del reparto del resultado de la explotación entre el capital y los trabajadores como un todo, por eso es la lucha de una clase contra otra, no de los trabajadores de una empresa contra sus propietarios o de los precios de un bien de primera necesidad frente a otros. La vivienda, el alquiler, es un punto más donde el capital puede realizar su exacción económicamente, poner la responsabilidad al mercado -que es el mero traductor de sus intereses- y echar mano del estado para asegurar las condiciones de una explotación ampliada. Viene una nueva recesión. Ahora más que nunca la contradicción entre las necesidades humanas, generales, las nuestras y las necesidades del capital -explotar más y obtener más ganancia- se muestran crudamente.