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03/01/2019 | Fundamentos

Bolsonaro en Brasil y Tsipras en Grecia, Ramaphosa en Suráfrica y Macron en Francia, Costa en Portugal y Sánchez en España... miremos donde miremos o sube el salario mínimo o se establece por primera vez. ¿Por qué? ¿El capitalismo se toma en serio frenar el ‎ empobrecimiento‎ de las grandes mayorías?

1. Crisis, desigualdad y pauperización

La crisis de los últimos diez años, incluida la breve pausa que se cierra ahora, ahondó en una vieja trampa que paralizó las luchas de los 70 y 80: «si el capital no tiene beneficios, no hay nada que reivindicar». Fue la política del «rigor», la «austeridad», el «no se puede gastar más de lo que se tiene». Una oleada de ‎precarización‎ y ‎pauperización‎ azotó a una clase trabajadora que, confundida, atomizada y temerosa, aceptaba restringir sus necesidades a los límites de la ‎acumulación‎... cuando era precisamente la acumulación la que no daba ni da para más. Lo que pasaba no era que los trabajadores consumiéramos lo que no se había producido -sería obviamente imposible- no es que hubieramos «consumido de más». Muy al contrario, es el mecanismo roto de la economía capitalista el que derrocha y destruye capacidades productivas empezando por la principal: el trabajo humano. Eso es lo que significa el paro masivo en el que lleva instalado una década.

¿Cuál fue su solución? La crisis financiera había cerrado la «salida» típica: aumentar el crédito, pasar la patata al futuro en espera de conseguir -por las buenas o las malas- algún mercado nuevo donde colocar la producción. La salida «keynesiana», producir dinero y que el estado comprara los excedentes dejando que la inflación erosionara los salarios mientras ganaban tiempo, había sido autoreprimida por el sistema en el propio diseño de los bancos centrales por sus costes para la inversión a largo plazo. Total, con una clase trabajadora desarticulada, no hacía falta. Se podían bajar salarios y «aumentar la competitividad» sin tener que recurrir a subterfugios. Pero en realidad, bajar salarios no podía sino empeorar la propia acumulación. ¿Cómo íbamos a comprar lo producido por nosotros mismos si cada vez teníamos menos con qué pagarlo? El resultado fue una aun mayor ‎precarización‎ del trabajo y a partir de ella una ‎pauperización‎ masiva.

Pero la pauperización no era homogénea. Cuanto más precarizado un contingente de trabajadores, cuanto más atomizado, más devaluaba el capital su trabajo. Los que menos cobraban perdieron proporcionalmente más -hasta un 27% de su salario- mientras que la pequeña burguesía corporativa, bien atrincherada en las estructuras de las grandes empresas, sufría reducciones de ingresos prácticamente simbólicas: 0,6% de media. Es más, la ausencia de mercados y colocaciones productivas del capital ha convertido a las grandes bolsas de acumulación en ‎capital ficticio‎, dinero que se reproduce en unos «mercados» que son, realmente, casas de apuestas. Y con los mercados financieros convertidos en casas de apuestas, el diferencial entre un buen tahúr y un apostador medio es gigantesco. Los «buenos» especuladores, los «magos de las finanzas» que conseguían reproducir un capital en medio de la devaluación generalizada, multiplicaron su parte en el total. Cuanto mayor sea la sobreacumulación mayor será la tendencia del patrimonio a concentrarse. La lógica de la acumulación es que aun cuando no haya incremento de la producción real, el capital se reproduce, «se ha de reproducir». Da igual que sea a costa de los salarios. Da igual que su rentabilidad sea mayor que una producción que llegó a estar en negativo. Ese nuevo reparto entre capital y trabajo se ocultó bajo la medida de una desigualdad que escalaba por meses. Todos pusieron cara de compungidos y propusieron medidas impositivas «contra la desigualdad» que en realidad no afectaban al capital, solo a los salarios medios y altos, es decir, a los sectores tradicionales de la clase trabajadora y a la pequeña burguesía corporativa, los capataces del aparato empresarial.

La lucha de clases y las «salidas de la crisis»

Desde el fin de la reconstrucción que siguió a la guerra mundial, el capital no había mantenido nunca una ofensiva tan profunda y sostenida contra sectores sociales tan amplios, incluida la pequeña burguesía. Ni por esas consiguió recuperarse con prontitud. Las fracturas en su seno se fueron haciendo cada vez más profundas. La cólera de una pequeña burguesía acorralada sirvió para abrir nuevas oportunidades a los sectores de la burguesía de las principales potencias que proponían utilizar todos los recursos en su mano, desde las clausulas de emergencia de los tratados de libre comercio a la fuerza militar abierta, para «repatriar» la producción revitalizando la base de consumo y dando oxígeno a la pequeña burguesía y a las industrias que quedaban dentro del país. Eso fue el Brexit. Eso es Trump. Eso es Salvini. Y eso también ha sido la base programática allá donde la pequeña burguesía no ha encontrado aliados en sectores centrales de la burguesía, desde Cataluña a Alemania. Ese es el atractivo del nuevo «populismo» y los nacionalismos emergentes: «salvemos el capital nacional... a costa de otros antes que del mercado interno». No es una solución válida para el capitalismo como un todo y evidentemente solo puede producir un incremento de la tensión bélica global. Pero dentro del marco de la aceptación de que «no hay alternativa al capitalismo» es «todo lo que se puede hacer»... acercarnos a paso aun más ligero al abismo. Eso allá donde se impuso -EEUU, Italia, Brasil, Hungría, Polonia...- donde no, como en España, Francia o Alemania, incluso Gran Bretaña, solo llegó a ser un palo en la rueda que paralizó o paraliza todavía, sin ir a ningún lado, el aparato político de la burguesía.

Es este cuadro de parálisis política agravada por la inmediatez de una nueva oleada de la crisis, la que ha impreso un sentido de urgencia a todas las burguesías nacionales. Unas necesitan mostrar que el camino de la guerra comercial y el ‎militarismo‎ «pagan». De ahí la desesperación de Trump cuando la reserva federal socava su política subiendo tipos. Otras, como la española o la francesa, necesitan mostrar que «es posible repartir mejor», temerosos de que, visto el callejón sin salida de las revueltas de la pequeña burguesía, el fantasma de la clase trabajadora se materialice definitivamente. Eso es Macron cediendo ante los «chalecos amarillos» y eso es el rey de España reclamando a los políticos, en cadena nacional, políticas para los jóvenes.

«Contra la desigualdad» no significa contra nuestro empobrecimiento

El callejón sin salida en que está el capitalismo global se demuestra en que las políticas «contra la desigualdad» están basadas en aumentar la ‎precarización‎. Desde los «minijobs» alemanes al «ingreso ciudadano» italiano, no frenan en absoluto la ‎pauperización‎ sino que normalizan los salarios de miseria y aumentan la atomización de los trabajadores abriendo camino a nuevos ataques. Entre todas estas políticas subir los salarios mínimos, acercarlos al límite de la pobreza, es la favorita. No solo no cargan mucho la deuda de los estados, sino que incluso en el marco del euro, producen resultados inmediatos contra la «desigualdad» sin poner en cuestión el reparto ni la relación capital-trabajo. De hecho, al «flexibilizarse» la batalla contra la inflación en Europa -y en EEUU si la Fed acaba siguiendo las directrices de Trump- subir el salario mínimo serviría para incrementar el número de trabajadores con salarios menores, dando un poco más a la pequeña burguesía corporativa y bastante más al capital, que es exactamente el resultado del crecimiento económico en los EEUU de Trump.


El tema de este artículo fue elegido para el día de hoy por los lectores de nuestro canal de noticias en Telegram (@nuevocurso).