¿Por qué reverdece Davos?

22 de enero, 2020 · Actualidad> Actualidad global

Este año, la ansiedad de los medios hablándonos de la inminencia del «Foro Económico Mundial» ha sido inversamente proporcional a la atención que han dedicado hasta ahora a las negociaciones sobre Libia, el desastre de las pensiones francesas o las evoluciones de la guerra comercial. De repente Davos ha pasado de ser un muerto viviente heredado de los «excesos» de los noventa, a ser el evento favorito de la prensa mundial. Desde luego no será porque la acumulación esté viviendo una fiesta otra vez: cuando se le pregunta, la burguesía corporativa solo ve recesión y desaceleración por delante y el FMI habla de los paralelismos con el crack del 29. Así que… ¿A cuento de qué este inesperado renacimiento?

Davos reverdece

Más que renacimiento, en realidad habría que hablar de un «reverdecimiento». El informe de «peligros globales» que da marco a los eventos anuales recogió vela este año y sólo arrojó peligros medioambientales. Los discursos del coro de opinadores y «expertos» que dan regularmente letra en la prensa alemana llegaron a postular, literalmente, que «el capitalismo es lo único que puede salvarnos del cambio climático».

Para que quede claro, Greta Thunberg abrió el show diciendo lo que la organización quería escuchar: la transición verde ha de comenzar en los países más capitalizados. Es obvio, los capitales de los países centrales, y especialmente los europeos, vienen arrastrando unas tasas de ganancia exiguas y están extasiados con una transformación que obligaría a ellos y a sus rivales a renovar simultánea y aceleradamente una parte gigantesca de la inversión en capital fijo. Por supuesto con un estado volcado en asegurar que el «pacto verde» sea también –como dice Macron– un «pacto productivo», es decir, que el cambio tecnológico signifique al final una transferencia de rentas del capital al trabajo lo suficientemente masiva como para reanimar la acumulación. El «pacto verde» parece a la burguesía el sueño al fin materializado de una guerra ganada por todos… y como todas las guerras perdida por los trabajadores.

Tan clara ha sido la apuesta que no podía dejar de impregnar la inevitable banalidad de cualquier encuentro de ricos. Como apuntaba malévolo hoy Bloomsberg:

Seamos sinceros, se suponía que Davos ya había sido «cancelado». El evento del año pasado parecía un largo discurso de sentimientos de culpa[…] En fin, este año, Davos está de vuelta y es más Davos que nunca. Los aviones privados siguen volando, solo que ahora se les pide que llenen sus depósitos con «combustible para aviación sostenible». El organizador de Davos, Klaus Schwab, aún da la bienvenida a poderosos directores ejecutivos, pero se ha asegurado de pedirles que se comprometan a una economía descarbonizada para 2050. Las habitaciones se pintarán con materiales renovables creados a partir de algas. Las alfombras estarán hechas de redes de pesca y trapos al final de su vida útil. Y para que nadie piense que los debates que se ofrecen se han vuelto más modestos, hay 25 paneles bajo la pancarta «Cómo salvar el planeta».

El contrapunto Trump

Davos 2018 fue la escenificación de la divergencia en los discursos sobre la globalización de los principales países imperialistas.

Ya hace dos años que Trump «se estrenó» en Davos. A la mayoría de los participantes en 2018 no les gustó que ganara las elecciones y les daba aprensión la guerra comercial que se iniciaba. Hoy están encantados con los resultados económicos de EEUU… producto de dos años de estrategia imperialista orientada a reequilibrar la balanza comercial país por país vaciando los organismos multilaterales. Por eso ayer listaba con orgullo los éxitos de un modelo «a favor de los trabajadores, los ciudadanos y las familias», subrayando los resultados de lo que entonces más miedo causaba: el Brexit y la guerra comercial con China, es decir las posibilidades abiertas por el próximo tratado comercial con Gran Bretaña y la tregua con China. Incluída una declaración de amor correspondido con Xi. A fin de cuentas China ha sido desde hace años uno de los mayores activos de Davos.

Trump intentó incluso hacer su propio guiño verde anunciando un proyecto para plantar mil millones de árboles. Ya podían haber sido mil billones que no hubieran impresionado a nadie: ni a los señores de los jets, ni a los políticos, ni a los periodistas. El pacto verde no va de compensar emisiones sino de renovar el capital inmovilizado a toda velocidad. Así que los «profetas del desastre» como los llamó Trump, pasaron a destacar que Greta había acusado a diestro y siniestro a los asistentes de no haber hecho lo suficiente por el clima y que prometía hacerles rendir cuentas. ¿Insolencia suicida? En absoluto. Es una manada de hienas intentando una gran jugada colaborativa. Saben que sus pares son tan poco fiables como ellos, así que, por una vez, quieren, exigen, jugar con las cartas sobre la mesa. Aunque les cueste algún mordisco.

¿Qué sacar en claro de Davos?

Davos fue un día el sanatorio de los burgueses europeos con tuberculosis, el escenario de «La montaña mágica» de Thomas Mann

Davos es una representación concentrada y paródica del mundo que nos cuentan los medios: 3.000 grandes burgueses y políticos, unos poquitos santos oenegistas y «rebeldes» profesionales… y un montón de periodistas para retratarlos en un enclave de perímetro militarizado, habitaciones de hotel a 10.000 euros y perritos calientes escuchimizados a 45. El evento anual de un club literalmente exclusivo -la membresía cuesta casi medio millón de euros– al que los ajenos solo pueden asistir si la organización les invita expresamente. Un marco de serie mala del que los periodistas nos cuentan escenas «de carpintería», historias de espías rusos, negociaciones secretas y show-rooms de países en busca de inversores.

La realidad es que bajo esa capa mediática hay un fondo de encuentros entre una muestra bastante significativa de la burguesía corporativa al mando de grandes multinacionales y fondos de inversión. Inevitablemente rodeados de asesores, consultores y expertos; confrontados a los discursos políticos y «sociales» seleccionados para ellos por la organización o llevados por gobiernos y organismos internacionales, no solo hacen negocios, también afirman más o menos tácitamente el marco ideológico que ha de envolverlos y condicionarlos.

Lo que Davos 2020 nos dice es que el «pacto verde» y la «transición ecológica» es ya parte del consenso global de la mayor parte de la burguesía mundial, comenzando por los mayores fondos de inversión estadounidenses y los grandes consorcios industriales europeos. Querrían arrastrar a EEUU y empujar a China con más decisión, y esperan conseguirlo más temprano que tarde. Pero de momento, intentarán arrastrarnos a nosotros, que a fin de cuentas somos los que han de pagarlo restringiendo aun más nuestras necesidades. Nos vienen años de bombardeo mediático, educativo y cultural.

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