¿Por qué nos quieren en la calle con la peor incidencia de Europa?

12 de octubre, 2020 · Actualidad> Europa> España

Terrazas de Madrid ayer domingo.

Fiesta nacional en España. El viernes las salidas de Madrid fueron un gran atasco. En plena segunda ola pandémica centenares de miles de capitalinos dejaron la región antes de que el gobierno, en una batalla vacía con el gobierno regional, cerrara parcialmente las entradas y salidas de la ciudad. A los que quedaron se les anima a salir a la calle y llenar los bares. No es tan difícil predecir las consecuencias.

Pero da igual. Todos los periódicos, incluido el oficialista El País, radios y televisiones publicaron guías y planes de fin de semana para Madrid animando a sus habitantes a no quedarse en casa y salir a consumir. Los concejales de Podemos en el ayuntamiento protestaron porque se eliminara durante estos días el cierre de calles para actividades lúdicas con niños. ¿Y en Zaragoza? El Heraldo hasta nos anima a ir a una OktoberFest cervecera en la capital aragonesa. Lo más recomendable en una pandemia, cómo no.

En Navarra, también con una incidencia por encima de 500 y comunidad ejemplo para el gobierno central, todas las medidas de endurecimiento se reducen a limitar al 30% el aforo en el interior de bares y restaurantes, cerrar a las 22 horas y limitar a seis personas las reuniones familiares. En Cataluña el conseller de sanidad habla de generalizar el teletrabajo durante dos semanas. La gente va a sufrir, declara. No, no se refiere a los contagios, a las UCIs saturadas, a los miles de enfermos de otras dolencias que morirán –como ya hemos visto en Italia– porque no puedan ser atendidos y diagnosticados. No.

Almeida, alcalde de Madrid.

El sufrimiento que preocupa a los gobernantes españoles es el de la pequeña burguesía comercial en sus balances. El ayuntamiento de Zaragoza, que fue incapaz de organizar un servicio de atención a mayores que viven solos durante el confinamiento y al que no se le ha visto una sola medida efectiva para frenar contagios, se embarca en una campaña para salvar a los floristas animando a los vecinos a adornar balcones para celebrar a la Virgen del Pilar.

En Rioja, se cierra la vendimia y los gobernantes se sienten satisfechos con 1.500 PCR como todo esfuerzo. ¿Algo de qué extrañarse si media docena de pueblos supera 500 en incidencia y alguno tiene más de 1000? ¿Si la Calahorra se acerca ya a 500 y seguramente los supere en cuanto se actualicen estadísticas?

Sería grotesco si no fuera clasista, cruel y dejara un reguero de muertes y secuelas: para la clase dirigente española ésto va de salvar negocios. Los bares, restaurantes, tiendas y floristerías están siempre presentes en el discurso. Los trabajadores enfermos, muertos y dañados se invisibilizan hasta en la comunicación de estadísticas. En España es imposible registrar que un contagio tuvo lugar en el transporte público o el puesto de trabajo. En escuelas y universidades el objetivo es seguir abiertos caiga quien caiga en lugar de frenar contagios.

¿Por qué?

Es irremediable preguntarse si toda esta insensatez asesina compensa a la propia burguesía española y sus negocios. El propio FMI les dice que no, que un confinamiento real, cerrando la producción no esencial, les saldría a cuenta. Y la verdad es que esta segunda ola está frenando ya la recuperación del PIB y el último trimestre del año no les da tampoco para muchas alharacas.

En noviembre de 2019, justo antes de comenzar la pandemia, las empresas con menos de 250 trabajadores generaban 2/3 del empleo total. En el mejor momento de su recuperación, antes de las nuevas oleadas de despidos en banca que precedieron a la recesión actual, las empresas de IBEX, las campeonas del gran capital español, generaban menos de medio millón de puestos de trabajo de una población ocupada que rondaba los 20 millones.

La gran cantidad de microempresas y PYMEs ha sido la queja histórica del capital español, que las culpaba de lastrar la economía con una productividad inferior a la de sus competidores europeos. ¿Qué significaba ésto? Simplemente que la mayor parte de las empresas españolas es demasiado pequeña como para absorber capital a la escala en que los grandes fondos que agrupan al capital nacional y global necesitan. Toda la política industrial de la burguesía española se ha basado en impulsar concentraciones y aumentos de escala de las PYMEs a costa de aumentar el desempleo. Daba igual. Lo importante era generar aplicaciones productivas para el capital acumulado sin destino.

En los cada vez más retrasados planes de recuperación la lógica es la misma: la parte del león, de la mano de la CEOE, irá a asegurar la rentabilidad de las grandes empresas, las mismas que se beneficiarán de la transición ecológica. Para las PYMEs, y solo para las más grandes, para los campeones regionales ligados a las administraciones locales, queda la pedrea a repartir por los gobiernos autonómicos. Para la gran masa, las micro-empresas de menos de 10 trabajadores, ni éso. Para la burguesía española, la pequeña burguesía empresarial es masa de choque unas veces, palo en la rueda institucional otras y mercado siempre, pero nunca ha sido de la casa, nunca ha estado entre los objetivos estratégicos del capitalismo de estado español mantener una capa amplia de pequeños empresarios y comerciantes ni hacerles partícipes de los flotadores que se reservan para los grandes destinos del capital. Para ellos Darwin. Y si eran tan tontos que compraban el discurso liberal de la libre competencia -que nunca aplicó al IBEX-, mejor.

Problema. La recesión actual es tan fuerte, que se encadenan los meses de deflación, signo de que el consumo sigue en caída. El paro masivo y la perspectiva de que empeore aun más impulsan el desplome. El capital español no puede permitirse que las PYMEs sigan despidiendo y cerrando porque reduce sus propias ventas y rentabilidad. Y sin embargo, lo que dicen las estadísticas es que un 20% de las empresas, en su gran mayoría PYMEs y micropymes, son ya zombis.

Y ahora sí… están preocupados, son solidarios con el florista, el tendero, el hostelero, la pequeña pensión y hasta el antro nocturno. ¡¡Que no cierren!! ¡¡Que no baje más el consumo!! Pero que nadie vaya a pensar tampoco que van a compartir el botín estatal, las subvenciones masivas o los grandes proyectos financiados con fondos europeos. Una cosa es ser solidario y otra perder volumen de ingresos. No, el gran capital es solidario con sus hermanos pequeños de la PYME a su modo: para su propio beneficio y poniendo las vidas de los trabajadores bajo el fuego.

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