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Por qué la crisis en Ucrania tiene una dimensión histórica que cambiará la vida de los trabajadores en toda Europa y más allá

23/02/2022 | Actualidad

El reconocimiento y práctica anexión por Rusia de las republiquetas del Donbass tiene consecuencias que van mucho más allá de una modificación de fronteras entre estados exsoviéticos e incluso de una potencial nueva guerra en Ucrania. Expresa un nivel de contradicciones imperialistas en el que sanciones o infraestructuras clave dejan de ser ya relevantes por sí mismas. De esa forma pone en la agenda inmediata el regreso del militarismo como fuerza que será cada vez más directora en la economía y determinante en la sociedad.

El orden internacional de los 90 y la «ilusión» del «poder blando»

Hace ahora 30 años, la implosión de la URSS dio paso a un «Nuevo Orden Mundial». Desde la mirada mediática empezaba la «globalización»: los grandes mercados nacionales se conectaban y liberaban de trabas aduaneras y las cadenas productivas se fraccionaban y distribuían internacionalmente para minimizar costes. Emergía una nueva organización internacional del trabajo impulsada por unos capitales cada vez más interconectados que ganaban posibilidades de colocación y ejercían una suerte de presión automática sobre cualquier capital nacional que intentara mantenerse a cubierto.

La puesta en marcha de la OMC en Seattle en 1999 y la entrada de China en la organización en 2001 simbolizaron la culminación del programa y las instituciones que EEUU había tratado de imponer desde el fin de la Segunda Guerra Imperialista Mundial.

En el nuevo mapa, con la RDA anexionada por la RFA, China convertida en una gigantesca «fábrica low cost» y Rusia devuelta a un estatuto semicolonial, la «Pax Americana» prometía un dominio duradero de los antiguos rivales imperialistas por fin insertos en la estructura financiera del bloque estadounidense y de los nuevos emergentes, cada vez más dependientes de él. Dominio «pacífico» a través de mecanismos de mercado y, llegado el caso, sanciones económicas. Las intervenciones militares directas quedaban en principio limitadas a África y Oriente Medio.

En ese marco las potencias europeas podían utilizar la reducción de gastos militares como «dividendo de paz» para acelerar su adaptación al nuevo orden.

Se abría un periodo de «desarrollo pacífico» en el que impondrían sus intereses en Europa, Sudamérica y el Magreb convirtiendo en arma su control de las instituciones multilaterales que ordenaban los flujos de capital y el acceso a los grandes mercados regionales, especialmente la UE. En 2014 se usaron por primera vez contra Rusia. Pero en 2015 la crisis griega mostró hasta qué punto Alemania y Francia confiaban y podían llegar a hacer uso de las herramientas con efectos arrasadores sobre la vida de millones.

Trump, el fin del Nuevo Orden Internacional y la crisis de la estrategia imperialista franco-alemana

La foto del  g7 del 2018, hecha por un ayudante de Merkel, que pasó a la historia como símbolo de lo que la prensa alemana llamó la «debacle del bloque occidental»

La nueva política de Seguridad Nacional de Trump enunciada en 2017 dejó en evidencia que la competencia de China había alcanzado un nivel que no permitía a EEUU mantener indefinidamente el nuevo orden mundial de los 90 sin estar abocado a perder la hegemonía imperialista global. Comenzó entonces una estrategia de intensa guerra comercial que, continuada y exacerbada por Biden en terrenos como la producción de chips y las tecnologías punta, ha ido tomando tintes cada vez más alarmantes de amenaza militar.

Las potencias europeas se resistieron a lo que Merkel llamó «la debacle del bloque occidental» y a lo que significaba: la vuelta de la perspectiva de una guerra generalizada entre grandes potencias. Pero los signos eran evidentes.

El entramado institucional del nuevo orden de los noventa volvía, con la OMC a la cabeza, a una fase de hibernación. Gran Bretaña salía realmente de la UE e intentaba afirmarse sacando músculo militar. EEUU forzaba la marcha, saliendo de Afganistán apresuradamente para centrarse cuanto antes en el Pacífico y poner los mimbres de un bloque económico militar a la vieja usanza útil en su estrategia anti-China, AUKUS.

Sólo Francia pareció darse cuenta de que no cabían lamentos para el eje franco-alemán. Planteó reiterada e infructuosamente un acuerdo de fondo para militarizar y nuclearizar la UE que sólo este año entró, muy parcialmente y sin garantías de éxito, en la agenda de discusión de la UE. Pero los imperialismos europeos estaban quedando atrás. Como dijo Von der Leyen, estaban fallando a la hora de «hablar de nuevo el lenguaje del poder»... militar, se entiende.

La crisis ucraniana y el rearme general que viene

Macron propone la europeización del poder nuclear francés en la «Escuela de Guerra» el 7 de febrero de 2020.

Carentes de otras herramientas, llegados a la actual crisis tanto Francia como Alemania optaron por afirmar su autonomía respecto a EEUU y su capacidad para mantener «en orden» el continente de nuevo sobre una estrategia basada en su control de instituciones multilaterales regionales y las amenazas y promesas económicas a Rusia.

Esta crisis expresa un nuevo nivel de conflicto imperialista con contradicciones exacerbadas en el que sanciones e incluso infraestructuras estratégicas como el NordStream2 dejan de ser determinantes por sí mismas.

Pero toda esta crisis es parte ya de un nuevo escenario en el que el conflicto imperialista expresa contradicciones de un nivel en el que sanciones e incluso infraestructuras estratégicas como el NordStream2 dejan de ser determinantes por sí mismas.

Si Macron estaba ayer desaparecido y la clase dirigente francesa se confesaba en shock es porque la entrada de tanques rusos en el Donbass hace algo más que señalar la impotencia franco-alemana. Señala una crisis profunda de todo el planteamiento estratégico de los imperialismos europeos.

Casi paródicamente, esta mañana Melenchon y otros comunicadores y políticos que habían representado su parte en el juego francés de la reivindicación de «autonomía estratégica» presentando a EEUU como «potencia agresora», cambiaban de discurso drástica y rápidamente. Rusia no es ya domeñable por los medios a disposición de la UE y las potencias europeas. Ahora sí que ven a Putin como un peligro sin paliativos.

Para cuando vuelva Macron es más que probable que su discurso sobre el «ejército europeo» haya mutado y escalado. En el nuevo contexto dado por el Donbass, la derrota y salida de Mali ante el empuje ruso y la amenaza creciente de una independencia de la entidad serbia de Bosnia patrocinada por Hungría y Rusia -con la consiguiente vuelta a la guerra en los Balcanes- solo pueden ser reinterpretados en términos abiertamente militares.

Además, la experiencia de la pérdida de contratos submarinos, hecha pública con la presentación de AUKUS, ya dejó bien claro a los europeos que si quieren jugar en el Indo-Pacífico ya no basta con tratados comerciales. Tienen que estar sobre el terreno y no basta con mandar un par de buques de guerra de tanto en tanto.

En Berlín, la resistencia al cambio está también cediendo. En la prensa alemana la constatación de que la amenaza de «sanciones demoledoras» no ha servido para alterar el rumbo emprendido por Rusia está abriendo, por primera vez desde 1945, un debate en la clase dirigente alemana sobre la necesidad de un rápido rearme.

Y no es sólo Europa. Países semicoloniales como Argentina, están descubriendo a la fuerza que el nuevo «lenguaje de poder» de las potencias va mucho más allá de las condiciones de las renegociaciones de deuda y los swaps. La militarización de Malvinas por EEUU y Gran Bretaña y la aparición de China en el conflicto empujan al gobierno de Buenos Aires a un rápido rearme si quiere tener mínimas opciones de soberanía no ya sobre las islas, sino sobre la conexión entre Atlántico y Pacífico y con la Antártida.

Una nueva era de militarismo

La Comisión Europea planteó ya en 2018 reforzar y remozar las autopistas para soportar los nuevos tanques pesados. Las autopistas no son menos esfuerzo de guerra que los tanques en sí mismos.

No es que el gasto militar en Europa haya sido poca cosa hasta ahora. Francia viene gastando más de 50.000 millones de euros anuales, una frontera que Alemania sobrepasó ya el año pasado. España «sólo» gastará este año unos 9.400 millones, de los que 3.647 estarán dedicados a inversiones.

Pero lo que se perfila en el horizonte dejará cortas estas cifrás y superará con mucho el alcance que hoy tienen los marcos que la UE ha ido creando para promover la industria de defensa.

Porque al final, la capacidad de los estados para sostener la producción de guerra de manera que puedan mantenerse e imponerse en un juego imperialista crecientemente violento, depende de que inserten la producción bélica -desde buques, aviones, armas y tecnología a infraestructuras físicas- en acumulación de capital. Dicho de otra manera deben garantizar la rentabilidad de los capitales concentrados e invertidos en la industria de tecnología y producción militar. Esto se consigue a través de tres palancas:

  • Las compras directas a cuenta del presupuesto del estado;
  • La imbricación de la tecnología militar en la producción civil como hace Israel con su industria tecnológica o EEUU hizo históricamente con su industria aeronáutica;
  • Y la socialización del esfuerzo militar, es decir, la distribución sobre el conjunto de la sociedad de parte de los costes a través de instituciones como «la mili» obligatoria o los «bonos de guerra».

El resultado conjunto de estas tres patas es el militarismo: el paso progresivo a una economía (=acumulación) guiada por las necesidades de preparación de la guerra. A partir de ciertos volúmenes, este gigantesco derroche de capacidades productivas es insostenible sin una reordenación acorde del aparato político estatal. Por eso el militarismo está asociado históricamente a un desarrollo del autoritarismo estatal y a continuos ejercicios de encuadramiento ideológico activo. Cuando el capitalismo se orienta hacia la guerra, los síntomas se muestran en todo el cuerpo social.

Es esa perspectiva la que se abre ahora tras la entrada de Rusia en el Donbass.

¿Qué hacer?

«El enemigo está en el propio país». Carlos Liebknecht.

El desarrollo del militarismo no es algo ajeno a contemplar. Tampoco se trata de dejarlo en manos de un pacifismo históricamente tan reaccionario como decrépitos son ahora sus restos. Para los trabajadores la lucha contra el militarismo es una de las formas más importantes de desarrollo y extensión de la consciencia de clase.

Por eso, en próximos artículos discutiremos cómo los trabajadores se enfrentaron históricamente al militarismo, qué estrategias y formas de organización utilizaron y qué resultados obtuvieron.