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Por qué hay cada vez menos niños

19/05/2018 | España

Irene Montero y Pablo Iglesias, la pareja dirigente de Podemos, se ha convertido en una boda real permanente. No hay día en que los medios no nos hablen del chalet que han comprado para dar lugar a su proyecto de crianza, de las excelencias del colegio del barrio y del monto de la hipoteca. Una vez más el payaseo político y su conversión en farándula sirve de nube de humo para tapar las realidades cotidianas. Y la realidad es que el 70% de las mujeres de 35 años no ha tenido nunca un hijo.

Las dificultades para tener hijos

La cifra y la edad son importantes por dos cosas: en primer lugar porque a partir de los 35 la fecundidad cae y la reproducción se convierte fácilmente en una pesadilla de tratamientos y clínicas. En segundo lugar, porque sabiendo ésto, más de la mitad de las mujeres querría tener sus hijos entre los 26 y los 31 años. Las razones de este contraste son, obviamente, económicas: el coste promedio de criar un niño en España es de 1.200€, algo que no se lleva bien con la precarización y la bajada de salarios propiciada por la crisis. Hoy en día un 30% de los españoles ganan menos que éso.

A todo esto habría que añadir los costes de guardería en un país en el que solo 1 de cada 10 plazas son públicas. No es de extrañar que en España, solo el 21% de los menores de 3 años vayan a guarderías. La gran mayoría no se lo puede permitir. ¿La solución en las familias de clase trabajadora? Los abuelos. Más de la mitad de los abuelos españoles cuidan a sus nietos todos los días.

Las «soluciones» de la pequeña burguesía

Pero si los trabajadores ven cada vez más difícil tener hijos, la burguesía y la pequeña burguesía creen haber encontrado una solución aplicando el mismo recetario con el que el capitalismo enfrentó su crisis: deslocalización y externalización. La deslocalización en reproducción se llama «adopción internacional» y como en la industria, alcanzó su tope en la década pasada y no ha hecho sino retroceder desde entonces.

Adelantando las tendencias «proteccionistas», algunos países (China, Rusia, etc.) empezaron a introducir regulaciones que reducían la «oferta de niños». En consecuencia, la adopción internacional cayó más de un 60% entre 2014 y 2017 y su lugar fue tomado, progresivamente por la «gestación subrogada».

La tan cacareada y polémica gestación subrogada no es más que una externalización del embarazo: mercantiliza la gestación convirtiendo a la madre en trabajadora precaria de un «emprendimiento» financiado por una pareja que «subroga» el trabajo reproductivo en una trabajadora que se espera asuma los costes físicos y morales «de forma altruista pero con compensación».

Dicho de otro modo, la ideología de la subrogada convierte a los financiadores de la gestación en «padres de intención» igual que la burguesía tendría la «intención» de ser productiva... pero al final prefiere que produzcamos nosotros y quedarse con todo el resultado que exceda de lo estrictamente necesario para que sigamos haciendo el trabajo. ¿Hay una mejor forma de definir la forma en la que la burguesía fantasea y desdibuja su explotación sobre todos los trabajadores?

Defendernos de un sistema que convierte a los hijos en una mercancía de lujo

Más allá de las ideologías sociológicas, feministas o liberales con las que tratan de vestirnos la realidad, el hecho es que vivimos en un capitalismo que cada día restringe más, cuando no destruye, las capacidades que el propio sistema ayudó a crear. Empezando por la principal de ellas: los trabajadores.

La crisis, la guerra, la descomposición social, están ahí y son un buen ejemplo del tipo de horizonte que el mantenimiento del capitalismo nos ofrece. No son solo casos extremos, localizados en el tiempo o la geografía.

El capital ordena la sociedad entera, mercantilizando y redefiniendo todas las relaciones sociales a su paso. En esta fase de su desarrollo eso significa una tendencia permanente a la exclusión y la destrucción que permea toda la vida social y condiciona la vida de cada uno de nosotros en todos los ámbitos.

cada vez más incapaz de satisfacer las necesidades de desarrollo humano No cabe hacerse ilusiones de reforma ni de «regulación». No conducen a otro lugar que la precarización de todas las relaciones que dan sentido a nuestra vida, desde el trabajo al amor o la fraternidad... o tener hijos.

A día de hoy, lo mejor que puedes hacer por defender a tu familia o incluso por defender tu deseo de poder tener y criar hijos, es enfrentar a un sistema que los está convirtiendo en una mercancía de lujo.