Pobreza laboral y promesas tramposas

8 de octubre, 2020 · Actualidad> Europa> España

Ayer se publicó el informe de Cáritas sobre «Trabajo decente». Utilizando datos oficiales, los analistas hacen un panorama de las dimensiones de la precarización y la pauperización de los trabajadores en la España de hoy… antes de la pandemia y el nuevo empellón de la recesión.

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Casi 4 de cada 10 trabajadores (34,6%) no tiene un trabajo estable a tiempo completo. Del 13,5% de la población que tiene una jornada laboral a tiempo parcial, casi la mitad de ellos, el 48,1%, desearía estar contratado a tiempo completo.

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Si nos enfocamos en la inestabilidad laboral grave, encontramos a 7,8 millones de trabajadores en una situación que se multiplica a través de sus familias. ¿Qué supone esta inestabilidad grave para estas familias trabajadoras? Para el 52,2% significa no poder afrontar gastos imprevistos, por lo que casi todas ellas, el 42% del total, tienen que pedir ayuda a parientes y amigos para cosas básicas. 3 de cada 10 familias en esta situación no llegan a los pagos básicos de alquiler, hipoteca o suministros y 2 de cada 10 han recibido avisos de cortes de suministros por no disponer de dinero suficiente para pagarlos.

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En España no basta con tener empleo para evitar la pobreza. 2,5 millones de trabajadores vive en la pobreza a pesar de estar trabajando. Son el 13% del total y ni siquiera son los que están peor: otro 3,1% está en la pobreza severa. En el límite se encuentran 615.000 trabajadores sin acceso a las protecciones legales y coberturas básicas. Esta cifra incluye a los trabajadores migrantes sin papeles. Un cuarto de ellos declaran sufrir condiciones de trabajo humillantes o vejatorias.

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Las famosas protecciones a los más vulnerables no llegan a la gran mayoría de las familias trabajadoras más precarizadas. Sólo uno de cada cuatro (el 24,8%) hogares sustentados por una persona en situación de inestabilidad laboral grave reciben algún tipo de prestación por desempleo o renta mínima de inserción.

La trampa de las brechas

Finalmente el informe juega con la metodología de las brechas. Es una metodología tramposa porque mezcla clases sociales, momento de llegada al mercado de trabajo, etc. y sobre todo, implícitamente, crea la idea de unos sujetos colectivos (las mujeres, los jóvenes, los no nativos, etc.) que deberían como conjunto recibir una parte de la masa salarial proporcional a su tamaño sociológico. Es decir, la idea es que para un número de contratados igual en una empresa, la suma de los salarios pagados a mujeres/jóvenes/no-nativos, etc debería ser igual en total, dando igual cómo se reparta entre trabajadores, cuadros, directivos y propietarios.

La trampa es que éso no tiene nada que ver con cobrar igual salario por igual trabajo, ni con tener condiciones similares de contratación para trabajos similares, sino con que estos colectivos imaginarios tengan mayor o menor presencia entre los cuadros medios y altos de las empresas, cuyos salarios son mucho mayores. Contratar a una gran directiva como Ana Botín (que tiene un salario de 7,8 millones de euros anuales) tiene más efecto sobre la brecha de género que subir un 50% el salario de 1.126 trabajadoras que cobren el salario mínimo de 13.300€ año. Contratar como jefe al hijo del dueño de una PYME acabaría con la brecha generacional de la PYME media española y contratar a un par de directivos extranjeros revertiría la brecha de origen de una empresa industrial media.

Que la brecha de origen sea mayor que la generacional y ésta que la de género nos informa de poco o nada sobre cómo la precarización y la discriminación se articulan para extraer hasta la última gota de trabajo impago. No son las identidades las que trabajan, ni son clase trabajadora los directivos y cuadros dedicados a organizar el trabajo en la empresa, aunque cobren una parte de los beneficios en forma de salario.

El valor de los datos

El informe, que es en realidad una recolección de datos oficiales, es bastante coherente con otros anteriores. Unos meses antes del estallido de la pandemia, el 17 de octubre, se publicó el informe AROPE, un indicador europeo del riesgo de pobreza y exclusión elaborado con datos del Eurostat y el INE del periodo 2008 y 2018. Los números empeoraron de nuevo en 2018 en España aunque el PIB subía. Aumentaba el número de personas que tenían dificultades para llegar a fin de mes y que eran ya más de la mitad de la población total, que no podían hacer frente a gastos imprevistos, encender la calefacción en invierno o comer carne, pollo o pescado al menos cada dos días.

Por eso todos estos datos, los de Cáritas y los de Eurostat, precisamente por viejos son importantes ahora. Se supone que aquello eran las vacas gordas. Y daban cada vez menos leche. La precarización y la pauperización de los trabajadores son tendencias permanentes. No obedecen a la pandemia, aunque se agraven con ésta. Son tendencias permanentes porque cuando el capital encuentra dificultades para seguir creciendo solo puede recuperarse a base de transferir rentas desde el trabajo. Y aunque los datos varíen con los momentos económicos globales y las coyunturas, las causas son estructurales: los mercados globales no crecen tanto como necesitarían las inversiones ya hechas para proseguir la acumulación. Dicho en plata: al capital cada vez le cuesta más crecer e incluso en situaciones de supuesta bonanza como fueron 2018 y 2019 en España, si lo hizo fue a costa de nuestras condiciones de vida y trabajo.

Y esto es más importante que nunca recordarlo ahora. Ayer Sánchez prometió 800.000 empleos, no dejar a nadie atrás y acabar con la brecha de género. El mensaje fue: sed buenos, aceptad recortes y bajadas de salarios, aceptad que la matanza covid prosiga sin que paren las empresas, que esto va a pasar y luego volverá el bienestar.

No es verdad. Con más precarización solo se puede volver al camino por el que íbamos a más precarización, más paro -como reconocen las propias previsiones económicas del gobierno– y más pobreza.

Participación de los salarios en la renta española desde 1978 (incluyendo participaciones de beneficios disfrazadas de salarios). La participación del trabajo solo crece cuando el capital sufre un crack y aun no han tenido tiempo de atacar aun más a los salarios, el gasto en mantenimiento de la fuerza de trabajo y las condiciones laborales.

La brecha principal no es la de género, ni la generacional, ni ningún otro invento estadístico. La brecha que desgarra esta sociedad es la que separa la parte de la producción social que reciben los trabajadores, es decir, la parte de lo que producimos conjuntamente que se dedica a satisfacer nuestras necesidades, de la parte que se dedica a acumular capital. La parte del trabajo no deja de caer en términos relativos. Y con una tendencia permanente a la crisis desde hace décadas, eso significa que cada vez más frecuentemente cae también en términos absolutos.

Es decir, el capitalismo moviliza cada vez más recursos para hacernos más pobres en términos relativos. Pero cuando la crisis devalúa el capital, nos empobrece en términos absolutos para recuperar ritmo. Y como en cada ciclo le cuesta cada vez más recuperarse, empalmamos precarización con empobrecimiento desde hace más de diez años sin recuperarnos jamás. Todos los planes de recuperación del capital son planes de empeoramiento de la situación global de los trabajadores.

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