¿Para qué sirve una monarquía?

22 de mayo, 2022

Juan Carlos I navega en el Bribón a su vuelta a España este fin de semana.
Juan Carlos I navega en el Bribón a su vuelta a España este fin de semana.

Desde España a Japón, buena parte de las últimas monarquías están en una crisis que no es ajena a la que durante el último lustro ha azotado a los aparatos políticos de la clase dominante. Pero a diferencia de otras en el núcleo del estado, la monarquía en Europa es hoy una institución prescindible del estado. La pregunta es... ¿para qué sirve a la clase dirigente? ¿Por qué la conserva? Y un extra: ¿Qué quiere hacer la clase dirigente española con la monarquía?

Tabla de contenidos

¿Qué es la monarquía actual?

Luis XVI guillotinado durante la Revolución francesa.
Luis XVI guillotinado durante la Revolución francesa.

Originalmente la monarquía es una institución feudal. Su concepción patrimonial del territorio y su relación con el estado no la hacían apta para las formas políticas del dominio de la burguesía. De ahí que la revolución burguesa tomara, en principio, una forma republicana.

Sin embargo sobrevivió a la ola de las grandes revoluciones burguesas en países como Gran Bretaña, Dinamarca o Japón, en los que el capitalismo no se desarrolló bajo la dirección política de una burguesía revolucionaria sino de una aristocracia aburguesada.

Por supuesto, lo que sobrevivió no fue una monarquía feudal tradicional, sino una institución nueva que se apropiaba de las pompas decadentes del Antiguo Régimen dándoles un sentido «nacional» que exaltaba la continuidad histórica de las clases dominantes. Los linajes beneficiarios fueron casi siempre los mismos -sólo los Bernadotte consiguieron consolidarse de entre todas las casas reinantes instituidas por Napoleón- pero por lo general, las viejas familias reales entendieron su papel en el nuevo orden y lo aceptaron sin causar crisis demasiado graves.

Más problemáticas fueron las dinastías reinantes en países como Alemania o España. En estos países la burguesía, echada en brazos de la aristocracia por el temor a que sus propias revoluciones se vieran desbordadas, siguió pugnando para obtener las transformaciones que requería mientras absorbía a las viejas clases dominantes latifundistas.

No fue una conciliación siempre amorosa y suave. A través de sucesivas revoluciones, «primaveras de los pueblos» y amortizaciones, la burguesía sometió progresivamente a su imperio a las viejas clases dirigentes. Y como casi nunca tuvo fuerza para hacerlo de un modo rápido y decisivo, la forma del estado dominante en buena parte del siglo reflejó ese equilibrio inestable entre ambas clases en buena parte de Europa a través de una nueva fórmula: la monarquía constitucional.

La fórmula era flexible: en algunos países como España, permitía encubrir el asfixiante poder de la aristocracia latifundista bajo formas «democráticas», en otros, como Gran Bretaña, vestían a la dominación aristocrático-burguesa con un relato histórico y una pompa que subrayaban la continuidad hacia atrás en el tiempo de la «comunidad nacional» que acababa de inventar y que era cada vez más fundamental para amortiguar el conflicto social.

Pero tenía costes por supuesto. La monarquía no deja de ser una alta institución del estado y por mucho que se recortaran sus poderes los juegos de alianzas dinásticos no siempre coincidían ni se alineaban con las necesidades de unas burguesías nacionales cada vez más imperialistas.

Por qué los príncipes ya no se casan con princesas, 28/11/2017

En los últimos grandes países en arrancar el desarrollo capitalista, la fusión de viejas y nuevas clases dirigentes se consagraría, durante la primera guerra mundial, en los primeros momentos del capitalismo de estado. De entonces en adelante, la sustitución de monarquías por repúblicas parlamentarias -o dictaduras- burguesas no significará ningún cambio en el dominio del estado. Con o sin rey, la clase dirigente y los intereses dominantes en el estado serán los mismos. Es el caso de España el 14 de abril de 1931, que se replicará luego de la segunda guerra mundial en Italia.

El 14 de abril no es la conmemoración de una revolución, no fue el producto de un súbito despertar revolucionario de una burguesía que ya se había fundido con el estado. Tampoco fue una imposible toma del poder por unas clases medias sin fuerzas propias. Y desde luego no fue, ni nadie lo pretendió nunca, el resultado político de la lucha de la clase trabajadora.

Fue, eso sí, un recambio en el aparato político de la burguesía española, cohesionada por fin en un capitalismo de estado, que pensaba que prescindiendo del monarca y entregando a la pequeña burguesía un gobierno parlamentarista, podría enfrentar mejor a un movimiento obrero en alza desde principios de siglo.

¿Qué significó el 14 de abril?, 16/4/2018

A partir de ese momento, la pregunta «para qué sirve una monarquía» tiene su sentido actual, esto es, para qué sirve a la burguesía hoy mantener una institución aparentemente arcaica a la que no necesita necesariamente como parte de su aparato de dominación política.

Lee también: ¿Qué significó el 14 de abril?, 16/4/2018

Monarquía: casos de uso

Último recurso cohesionador del estado

Mensaje de Navidad de Felipe VI. 24 de diciembre, 2017.
Mensaje de Navidad de Felipe VI. 24 de diciembre, 2017.

El ejemplo más cercano nos lo da España. Tras la declaración de independencia catalana en octubre de 2017, el Senado, a instancias del gobierno, interviene el gobierno regional catalán y convoca unas elecciones en las que se vuelca, pero que finalmente pierde frente al independentismo. El hundimiento de la moral de la clase dirigente es total. Al día siguiente hasta la prensa económica más conservadora abre la ventana a una independencia negociada.

Pero tan sólo un par de días después, el rey hace su «tradicional» discurso de Nochebuena. Ni siquiera trata el tema directamente. Hace una referencia velada quitándole toda importancia. Al día siguiente, donde había derrotismo aparece un nuevo vigor. El Tribunal Supremo se pone en marcha. En menos de tres meses los líderes del procés serán procesados. El mensaje de Navidad del rey ha movilizado al estado desde su núcleo judicial y cambiado completamente el juego.

La mística de la monarquía ha funcionado: el orden y la moral se han recuperado entre las filas del estado y éste, ignorando correlaciones electorales y sondeos de opinión, vuelve a afirmar su voluntad de permanencia e integridad territorial por encima del propio aparato político. El triunfo electoral independentista será, una vez más, inconducente.

Reducir contradicciones con las fuerzas centrífugas territoriales

isabel segunda primera de escocia
Isabel II de Inglaterra, primera de Escocia, representada en la Galería Nacional de Escocia como «Queen of Scots» con todos sus títulos locales.

Es el caso de Bélgica. También el modelo de «monarquía plurinacional» defendido por una parte del PP que fue relevante en la redacción de la Constitución española y el PNV de los años ochenta. Empieza a tener cierto uso en Gran Bretaña ante el auge del independentismo escocés. Y en su forma de «último recurso» ha sido fundamental para que el estado británico mantuviera su influencia imperialista en buena parte de sus antiguas colonias a través de la «Commonwealth».

Básicamente se trata de usar el origen pre-nacional, feudal, de la monarquía para establecer o mantener «lazos particulares» entre el estado y las pequeñas burguesías territoriales nacionalistas. Esos lazos sirven para asegurar unas mínimas estructuras estatales comunes, incluso en caso de una división casi total o confederal como en el caso de Bélgica·

El problema es que la mística feudal puede funcionar hasta un cierto punto, pero cuando se trata de movimientos independentistas en conflicto frontal con el estado, como el de la Irlanda de hace un siglo, acabará necesariamente chocando con la función de la monarquía como último recurso de la unidad estatal.

Lo vimos también en España con la crisis catalana. La impotencia de la pequeña burguesía independentista frente al estado acabó derivando en un republicanismo cuya base trasciende la del propio independentismo. Y es que la monarquía no fue ajena, como hemos visto, a que el auge independentista que culminó en la declaración de independencia de 2017 acabara siendo inconducente.

Las contradicciones de la monarquía y sus problemas con la pequeña burguesía

comedor real
Imágenes oficiales de la casa real española en las que se muestra al rey, la reina, la princesa y la infanta comiendo una sopa de oscuro aspecto en un comedor de colores apagados exento de decoración.

La pequeña burguesía, cuando se levanta airada, muestra simultáneamente tendencias nacionalistas de signo contrario -separatistas en algunas regiones, centralistas en otras. Si las centralistas van a tender a reforzar simbólicamente a la monarquía (Bélgica, Dinamarca) como garante simbólico de la unidad del territorial del estado, las separatistas sólo van a poder identificarse con la monarquía si esta tiene una concepción confederal de sí misma.

De esta contradicción deriva que la monarquía tienda a ver socavado su papel «nacional» y su supuesta «neutralidad». En la mayor parte de los casos acabará siendo una «monarquía de parte», como una y otra vez emerge en España o Bélgica.

Por otro lado la pequeña burguesía cada vez que se agita muestra tendencias puritanas. La reciente renuncia al uso de un carruaje histórico «con referencias a la esclavitud» por el rey de Holanda muestra hasta qué punto una institución que basa su discurso en la continuidad histórica de las clases dirigentes, puede convertirse en objetivo de la ira pequeñoburguesa cuando le da por la iconoclastia.

Incluso a sus sectores más «tranquilos» les gustaría entonces un «rey ciudadano» y una casa real barata, comedida y doméstica. Es decir, una monarquía pequeñoburguesa desprovista de grandes boatos y ajena a toda concepción patrimonial del estado y el territorio. De ahí el escándalo mediático cuando la prensa descubrió que en las últimas grandes subastas, en tanto que propietaria legal del lecho marino británico, la reina Isabel II recibió 100 millones de libras por cada nuevo molino eólico.

La pregunta obvia es si una «monarquía modesta» serviría a las clases dominantes para producir la mística que da sentido a sus funciones en momentos de crisis. Si estados como el británico están dispuestos a pagar los costes de eventos masivos como el Jubileo de la reina Isabel -adorados por buena parte de la pequeña burguesía nacionalista británica- es por algo.

Extra: ¿Qué quiere hacer la clase dirigente española con la monarquía?

Cuándo deshacerse de un rey...

comisiones ave meca

Un caso particular entre las últimas monarquías europeas es el de los escándalos tributarios y de comisiones alrededor del Rey Juan Carlos de España.

En realidad, responden a la debilidad del capital nacional español tanto en el juego imperialista frente a sus rivales, como en la interna frente a una pequeña burguesía a la que quiere ocultar su propia patrimonialización del estado.

Lee también: Gambito de rey, 4/8/2020

Si el estado español -y tras él, la industria de la opinión- dejó caer a Juan Carlos fue porque tras décadas de «Corte Itinerante» levantando concesiones, contratos y monopolios por medio mundo, la burguesía española se ve incapaz no sólo de mantener aquella estructura frente a la presión de sus rivales, sino de rendir cuentas por su funcionamiento puertas adentro.

Lo que el desarrollo de la investigación ha mostrado no es que el rey tuviera cuentas en paraísos fiscales como repiten los medios españoles, sino el funcionamiento del entramado de grandes empresas e instituciones políticas que acompañaban al rey en aquellos viajes oficiales de los que mágicamente volvían siempre con miles de millones en contratos.

Era común escuchar a los responsables de las grandes empresas españolas hablar del rey como el mejor comercial del mundo. Y todos los comerciales de altos vuelos llevan alrededor un irremediable cortejo de Corinnas y comisionistas menores. Todos cobran comisión.

Lo llamativo de aquellas cortes itinerantes de los viajes oficiales españoles que precedieron a prácticamente todas las grandes adjudicaciones y privatizaciones sudamericanas desde finales de los ochenta, era su funcionamiento rutinario, maquinal, casi burocrático.

La corte empresarial de Juan Carlos I era una UTE del gran capital y el estado para conseguir contratos y licitaciones. Son todas esas grandes empresas, de dentro y fuera del IBEX, las joyitas del capital español, las que ahora borbonean a Juan Carlos cuando temen verse al descubierto. [...]

Juan Carlos I es, a estas alturas, una pieza prescindible en la interna, un peón, y una pieza que ansían cobrarse sus rivales. Concederla, hacer un gambito de rey, es un precio aceptable. Aunque, como en la jugada de ajedrez, no deje de ser peligroso.

La apuesta: dar por cerrada la época de la corte empresarial y reforzar el papel político, cohesionador del estado, que vimos en la crisis catalana. Y venderlo todo como renovación, como refundación. Incluso comenzarán a contarnos, antes de que nos demos cuenta, las maravillas de una nueva monarquía en la figura de Felipe VI.

Gambito de rey, 4/8/2020

...y qué hacer después

Juan Carlos I navega en el Bribón a su vuelta a España este fin de semana.
Juan Carlos I navega en el Bribón a su vuelta a España este fin de semana.

El problema es que no es tan fácil borbonear a un rey con los recursos y lealtades ganados durante 38 años en el cargo. Un rey que cumplió además funciones fundamentales en el diseño y consolidación del régimen del 78.

Lee también:
¿Qué fue la Transición y qué significó la Constitución del 78? y
23F: una crítica comunista

Así que el viejo Juan Carlos, exiliado informalmente en Emiratos para que las piedras que le llueven desde Londres causen el menor daño posible a la casa real, harto de rechazar nuevas comisiones y ya muy avejentado, decide volver a España a pasar sus últimos años. La casa real le permite vueltas de unos días para navegar, pero le exige que no se aloje en el Palacio que él mismo convirtió en sede de la institución, frenando los pies del gobierno que quiere además una disculpa pública por sus impagos tributarios.

Y Juan Carlos vuelve, en teoría a regatear con los amigos, pero avisando a la prensa de cada movimiento y movilizando una legión de fans allá por donde pasa... pero también levantando los ánimos puritanos de la pequeña burguesía airada. Según el gobierno está «fuera de control».

El gobierno teme que sus aliados, empezando por un renqueante Podemos, tapen las vergüenzas de la política laboral del gobierno de coalición con la bandera republicana, intentando redirigir hacia el republicanismo el descontento de la pequeña burguesía regionalista universitaria y las tensiones generadas por su política precarizadora. Avisan que podría consolidar el carácter de parte de la monarquía española y generar una nueva crisis del aparato político cuando aún no cerraron la anterior.

La pequeña burguesía en general tiene miedo. El puritanismo se le está acabando a la misma velocidad que los ahorros. Los fondos europeos o no están llegando o están pasando frente a ella sin salvar su situación. Aunque una parte se enrosque en el nacionalismo españolista y exalte al viejo rey, los ultras y ultraliberales de Vox parecen haber tocado techo. Y por su parte la rama universitaria y regionalista de la pequeña burguesía, lo que fueron Podemos y sus confluencias, se erosiona y convulsiona, encontrando dificultades incluso para formar candidaturas conjuntas.

Por eso, a pesar de la centralidad que los medios han dado a la visita de Juan Carlos y de que hasta la TV pública, usualmente lacayuna, ha mostrado una garra crítica de virulencia desconocida hasta ahora frente al «emérito», el tema no arrastra ya como lo hacía hace tan sólo cuatro o cinco años. Ni a unos ni a otros.

Así que no parece que un escenario de crisis política alrededor de la monarquía vaya a imponerse. Prescindir de un rey y quejarse de que estorba una vez depuesto no es lo mismo que poner en crisis a una institución del estado.

La clase dirigente seguirá adelante con la renovación de la institución apostando sin alharacas por Felipe VI, reforzándole para servir de refuerzo interno en nuevas situaciones de crisis por llegar, festejando la domesticidad pequeñoburguesa de su familia, celebrando el manejo del catalán de la princesa heredera... y manteniendo siempre en la manga la vieja carta de un cambio de régimen como último recurso en caso de crisis política grave.

nos

Sigue actualizaciones y noticias internacionales en el canal Communia de Telegram