Para entender Bolivia

13 de noviembre, 2020 · Actualidad> Sudamérica> Pacífico y región andina> Bolivia

Evo y Linera vuelven en olor de multitudes. Un año después de que partieran hacia el exilio, el MAS está en el gobierno de nuevo tras obtener el 52% de los votos. Pero sin ninguno de los dos. En el medio un mundo: un intento de pucherazo, la defección de una parte de la pequeña burguesía masista, el estreno de Brasil como potencia imperialista hegemónica y el gobierno de un intento fallido de alianza entre las oligarquías periféricas, el viejo nacionalismo y los nuevos sectores choloburgueses que fueron los grandes beneficiarios de los gobiernos masistas.

Es imposible entender el fracaso del gobierno Añez, el regreso del masismo y las diferencias del periodo que se abre con Arce sin entender cómo ha evolucionado durante los últimos noventa años la estructura de clases boliviana, cuáles han sido las aspiraciones históricas de las principales facciones del poder y cómo se han expresado políticamente.

Breve historia de la burguesía boliviana

Imagen icónica de Paz Estenssoro durante la Revolución Nacional de1952. Paceños le alzan y sus ayudantes le escoltan armados y tocados con casco de minero.

1 Bolivia es un caso de libro entre los países semicoloniales. El país que llega a la guerra del Chaco en 1931 está gobernado por un pequeño y sólido bloque conocido como la Rosca: tres reyes del estaño, medio millar de latifundistas y medio centenar de propietarios de industrias orientadas al mercado interno y negocios de comercio exterior. La misma guerra es una expresión de la naturaleza semicolonial del capital y la burguesía nacional. Sus dos principales motores son la necesidad de alcanzar el río Uruguay para poder exportar hacia el Atlántico y la lucha del imperialismo estadounidense por desplazar al británico que entonces sacude Iberoamérica entera. No son pocos los que llamaron a este conflicto la guerra entre la Standard Oil y la Shell.

2 La guerra, que durará tres largos años, fortalecerá el estado y hará aparecer por primera vez una burocracia civil con cuadros administrativos profesionales y una precaria pequeña burguesía de estado y corporativa formada por intelectuales y maestros, que se reflejan en la oficialidad joven del ejército. La guerra les servirá para crear el primer mito nacionalista boliviano contemporáneo: la absurda matanza imperialista representaría en realidad el verdadero origen nacional de Bolivia por haber unido en las trincheras, codo a codo y como iguales a campesinos indígenas, jornaleros, mineros, administrativos, comerciantes y pequeños industriales bajo una bandera común. Del fracaso de la nación habría nacido el pueblo.

3 Será la emergencia de esta nueva clase la que desestabilice el orden anterior después de la guerra. Gobiernos oligárquicos y nacionalistas se suceden y se hibridan. En el camino consolidará un partido, el Movimiento Nacional Revolucionario (MNR). Los nacionalistas se definen como anti-imperialistas, quieren dar el salto a un capitalismo de estado y proponen a los sindicatos la representación corporativa de trabajadores y campesinos. Son la expresión de las fuerzas tendentes hacia una solución fascista para el capital nacional. No es, ni mucho menos, un fenómeno único. En la misma época están cuajándose en Argentina -pero no solo- las bases de lo que luego será el peronismo.

Podemos echarle una mirada a la doctrina del MNR, resumiendo las «Bases y principios del MNR», publicados en junio de 1942. Los males de Bolivia son atribuidos a enemigos extranjeros: los «barones del estaño» (los dos de origen boliviano se habrían, en cierta forma, expatriado) y los judíos.

Jean-Pierre Lavaud, «El embrollo boliviano»

La paradoja, a menudo incomprendida, es que el fascismo semicolonial, sin dejar de ser un momento de la contrarrevolución mundial, no se presentará en primera instancia como arma de choque del gran capital contra un proletariado que no acaba de culminar su revolución, sino como movimiento de liberación nacional antiimperialista. Como era prácticamente inexistente en la mayoría de los países semicoloniales un tejido organizativo de clase con dirección política independiente y tradiciones revolucionarias propias, no necesitará -ni será su función histórica principal- destruir las organizaciones obreras existentes durante su emergencia. Por el contrario, llevará de la mano sin mayores resistencias a la burocracia sindical existente, siendo el puente a su integración en el estado y encomendándole el encuadramiento masivo del proletariado del sector exportador y la industria. En Bolivia, será uno de los primeros gobiernos con participacion del MNR el que anime la formación de la Federación Sindical de Trabajadores Mineros de Bolivia (FSTMB) en junio de 1944.

4 Igualmente será muy diferente su relación con el campesinado. A diferencia del fascismo italiano o alemán, el MNR no teme enfrentarse a los latifundistas. De hecho los ilegaliza inmediatamente después de la Revolución Nacional de 1952. La ley de Reforma Agraría de 1953, convierte en minifundistas a la gran masa de peones y jornaleros agrarios. Este cambio fundamental, a menudo olvidado en todos los análisis periodísticos de la realidad boliviana seguirá operando hasta hoy. Sin el es tan incomprensible la aparición del movimiento cocalero y el ascenso de Evo Morales en el Chapare como la absoluta indiferencia que recibió el intento foquista del Ché Guevara en la Chiquitania de 1967 por parte de unos campesinos que en lo esencial sentían realizado su programa en el estado boliviano.

5 Es esta relación con el campesinado en general la que explica la aparición del indigenismo como un movimiento real en el mundo andino. No es casualidad que el MNR coincida en lo fundamental con las posiciones proto-indigenistas de la fantasía frentepopulista de un Mariátegui. En Bolivia, el mismo gobierno que había impulsado la sindicación de los mineros será el impulsor del Primer Congreso Campesino Indigenista. Al final de este congreso el gobierno tomó las principales resoluciones y las publicó como decretos. El más famoso de ellos abolía el pongo, es decir, la adaptación al feudalismo virreinal -para beneficio de los latifundistas- de la semana de trabajo obligatorio que el súbdito del imperio Inca debía entregar al estado. La abolición del pongaje y el congreso, eran parte de la estrategia MNRista que pretendía llevar a las comunidades pre-hispánicas reminiscentes hacia la identidad nacional inventando una comunidad indígena inexistente hasta el momento.

Tan inexistente era por 1945 una identidad indígena boliviana común a las comunidades agrarias aymaras, quechuas y guaraníes que un investigador académico propuso crear una bandera para ocasión para que compartieran al menos un símbolo. Un impresor paceño quedó encargado de realizarlo y propuso reciclar los offset de colores que había realizado hacía unas semanas para una campaña publicitaria de Champancola, un refresco popular en la época. El resultado quedó como bandera indígena o incluso bandera del Tahuantinsuyo bajo el nombre de Wiphala.

6 Vistas a grandes rasgos las peculiaridades del fascismo semicolonial en tanto que movimiento pro-capitalismo de estado enfrentado de forma real, no solo declarativa, a la vieja oligarquía post-colonial, podemos entender tanto la Revolución Nacional como su colapso y, a partir de éste, la irremediable eclosión de una izquierda nacionalista que persista en los objetivos originales intentando encontrar apoyos en el bloque ruso primero y en el eje bolivariano después.

Empecemos con la Revolución Nacional de 1952. En principio un intento de golpe de estado más del MNR y aparentemente condenado al fracaso. Todo cambia con la salida a las calles en masa de los obreros de la Paz y los mineros de Oruro siguiendo a la Central Obrera Boliviana (COB).

En lo fundamental estamos ante un levantamiento sindical que arrastra a miles de trabajadores en apoyo de una facción nacionalista y anti-oligárquica que ha sido expulsada del gobierno y que no oculta su raíz fascista. Es decir, Bolivia vive en 1952 lo que Argentina había vivido con Perón en 1945.

Si Perón encontrará su apoyo en la burocracia del sindicalismo socialista y del sindicalismo revolucionario, el MNR lo encontrará en la COB y, por mediación de ésta, en el POR, un partido que se decía trotskista pero que, como los otros de igual sigla en el contienente, se había stalinizado precisamente a través de su defensa de la liberación nacional en oposición al internacionalismo del primer trotskismo sudamericano.

7 En el mismo año, 1952, Perón introduce el sufragio universal. Hasta entonces solo los varones habían podido votar en Argentina. El MNR hace lo propio en Bolivia abriendo un ciclo inédito de presidencias consecutivas y transiciones institucionales entre gobiernos. Este es otro elemento común de ambos movimientos y de otros muchos fascismos semicoloniales. En estos países la revolución obrera no había puesto en cuestión la democracia representativa. Al contrario, seguía siendo una aspiración muy extendida entre los trabajadores, e igual que estos movimientos se proponían estatalizar los sindicatos, ven de forma natural en la propaganda y la extensión del sufragio una base para asentar socialmente las posiciones políticas conquistadas. Además, llegan al poder cuando sus modelos originales europeos ya han caído o están a punto de hacerlo, han cambiado lenguaje y ocultado o desvaido los elementos abiertamente antisemitas del discurso original.

8 A finales de los cincuenta, el descenso de los precios internacionales del estaño pone en crisis a todo el capital bolivivano. La inflación crece, los salarios caen y los conflictos con el funcionariado -la parte más numerosa y fiel al estado de la pequeña burguesía- se prodigan en distintos intentos de sanear las cuentas públicas.

El fracaso del MNR, la vuelta de las crisis económicas en la forma más típica de un país semicolonial, expresa con claridad la imposibilidad de un desarrollo independiente del capital nacional en la época imperialista. Pone en evidencia que el capitalismo de estado no abre ninguna puerta para salir del estatuto semicolonial.

Finalmente, las protestas del sindicato minero y los estudiantes darán la puntilla al periodo nacionalista en 1964. Paz Estenssoro dimitirá tan solo un mes después de su segunda jura como presidente. Vacante el poder y extenuada la opción nacionalista, los militares ocuparán el vacío hasta 1982 con tanta brutalidad como beneplácito de EEUU.

9 Cuando, tras no pocos tiras, aflojas y elecciones frustradas, los militares abandonan el poder, lo que queda del MNR se ha convertido en el partido pro-estadounidense y neoliberal. En 1985, Víctor Paz Estenssoro, elegido por cuarta vez, comienza el desmontaje de los últimos restos del sistema MNRista que él mismo contribuyó a establecer: empieza la privatización de todas las industrias estratégicas.

El proyecto nacionalista original había sido desarrollar un mercado interno a partir de la industria subvencionada y protegida arancelariamente. Con matices entre el MNR y la izquierda nacida durante los setenta (el MIR, la UDP…) se abandona. El nuevo modelo pasa por intentar crear a toda costa un nuevo sector exportador, a ser posible industrial, aprovechando las nuevas oportunidades que ofrece EEUU primero y después la apertura del comercio internacional durante los años 90 por la globalización.

Los gobiernos que le sucederán en los noventa, incluido el de Jaime Paz Zamora (MIR), intentarán cabalgar la liberalización del comercio mundial para hacer la nueva versión del proyecto nacionalista, el neoliberalismo semicolonial, en la esperanza de que lo que no pudo dar nunca el mercado interno, lo de ahora un mercado global en apertura. Tampoco es ni mucho menos un fenómeno único. Son los años en los que el peronismo vira en menemismo en Argentina, los del aprismo de Alan García y el fujimorismo en Perú.

Pero Bolivia no puede ser la China de los Andes entre otras cosas porque no puede atraer capitales prometiendo el acceso a un mercado interno masivo. Hasta el desarrollo gasístico de finales de los noventa las únicas industrias de exportación pujante serán la ganadera en Santa Cruz y, un poco más allá, en el Chapare, la cocalera. Son los años en los que Bolivia, un país sin mar, se convierte en el principal importador mundial de motores fueraborda. La razón: se usaban como batidora para preparar pasta base de coca. Tras la coca llegaría la DEA estadounidense y la intervención militarizada durante años.

El fin de siglo traerá la apertura del gasoducto con Brasil. El primer éxito serio de diversificación es… otra materia prima, otra industria extractiva. Cada intento de salida del cepo que significa el estatuto semicolonial para el capital nacional… lo refuerza. Cuando con el nuevo siglo venga una nueva bocanada de crisis, todo saltará por los aires.

El MAS y la reinvención del proyecto nacionalista boliviano

El Alto, el mayor mercado de América

Es muy significativo que lo que dio la puntilla al modelo de los 80 y 90 fuera la llamada guerra del gas del 2003. Su principal reivindicación era no exportar gas mientras no hubiera abastecimiento interno. Estamos ante una vuelta al marco MNRista original: exportaciones supeditadas y orientadas a desarrollar el mercado interno.

Pero es más interesante aun quién lo enarbola. Los dos pilares de los llamados movimientos sociales son dos novedades históricas, dos hijos del periodo de neoliberalismo semicolonial: El Alto, una ciudad fundada en 1985 por la migración aymara que se prodiga ante la descomposición de las comuniades tradicionales, y los cocaleros del Chapare, la región selvática por colonizar cercana a Santa Cruz.

El Alto de 2003 no son las barriadas obreras de la Paz del 52. Es lo que un dirigente local llama por entonces la capital mundial del neoliberalismo, un gigantesco mercado de un millón de habitantes con una pequeña burguesía comercial tan masiva como pobre y una pequeña burguesía industrial que recicla todo tipo de cosas -desde coches con el volante a la derecha vendidos para achatarrar, a ropa de segunda mano- que compran en contenedores al por mayor en los mercados internacionales. El Alto es la puerta de entrada al mercado mundial de los más pobres del continente, el abastecedor de las ferias peruanas y los mercados informales argentinos. En aquellos años comienza tímidamente además a ser el distribuidor de los productos low cost chinos más básicos. Internamente, con sus lazos dentro y fuera de América, es un micro-cosmos de la globalización articulado sobre instituciones comunitarias de raíz aymara y el acendrado apego a la propiedad característico de la pequeña burguesía recién llegada del campo.

El ejército toma los campos cocaleros del Chapare

Y junto a ellos, los cocaleros. Es difícil encontrar un movimiento más denso simbólicamente. Los cocaleros son, en primer lugar, la materialización del fracaso de la reforma agraria: campesinos altiplánicos que bajan a la zona selvática en pos del único cultivo que parece hacer rentable el minifundio. Su reivindicación original es una actualización de la reforma agraria de Velasco Alvarado en el Perú de los setenta: reconocimiento de la titularidad sobre las tierras roturadas (y arrasadas) de la selva, creación de una nueva empresa nacional cocalera y precios garantizados.

La nueva burguesía quechua-aymara, mestiza ya en sus patrones culturales, no es ni mejor ni peor que aquella a la que sucede o con la que aún comparte espacios. Lo que sí está fuera de toda duda es que esa clase emergente no tiene nada que ver con la complementariedad andina y la retórica de los sagrados y casi perfectos valores originarios prehispánicos. […] La «nueva burguesía» no es tan nueva, pero en lo que es muy antigua es en sus fundamentos. Su vitalidad está fundamentada en una deidad milenaria, la misma de los fenicios, la que sistematizó un filósofo de la economía en el siglo XVIII, su dios se llama Mercado, su magia y sus poderes están basados en dos pilares mágicos y «perfectos»: oferta y demanda, que se mueven a partir de una premisa de oro, libertad, expresada en la libre oferta y demanda y la sacrosanta propiedad privada.

Carlos MEsa, ex-presidente de bolivia (MNR)

Pero además, son la primera línea frente a la agencia anti-drogas de EEUU, la DEA, que llega a militarizar y ocupar una buena parte del Chapare. Frente al discurso oficial que los presenta como el primer eslabón del narcotráfico, los cocaleros exacerban el significado ancestral de la hoja de coca, defienden -contra cualquier evidencia cuantitativa- que cultivan exclusivamente para su uso tradicional, común a quechuas y aymaras, y para usos industriales legales (las bolsitas de mate de coca que produce, entre otros, la multinacional Lipton). Es decir, son los primeros en hacer un discurso nacionalista basado en la reivindicación de lo tradicional indígena… cuando ellos mismos son la materialización de la descomposición de las comunidades tradicionales. Lo indígena significa en su lenguaje de cultura altiplánica, no perteneciente a las formas de organización y producción comunal campesinas propias de los pueblos indígenas a cuyos representantes resulta chocante que el entonces líder cocalerlo Evo Morales, se autoidentifique como indio aymara, sin que ninguna comunidad le reconozca como miembro.

El nuevo discurso indigenista identitario arraiga. Con ayuda de ONGs evangélicas estadounidenses el aymara empieza a enseñarse en El Alto a los que ya han dejado de ser aymaras para configurar una nueva burguesía urbana. Las dirigentes masistas se quitan los sempiternos vaqueros y empiezan a vestir traje de chola. La wiphala se extiende desde las manifestaciones de cocaleros a El Alto y Cochabamba, las grandes ciudades de raíz aymara y quechua respectivamente. En los censos oficiales, en los que la adscripción étnica es subjetiva, se pasa bruscamente de más de un 80% de auto-identificados como mestizos a más de un 60% identificado bajo distintas etnias indígenas.

En el MAS se reconoce la nueva pequeña burguesía nacida de la liberalización de los 80 y la globalización de los 90. Producto y beneficiaria del neoliberalismo semicolonial y al tiempo víctima suya. Alejada de la representación política, tiene ya, a mediados de los 2000, a una generación de sus hijos estudiando en las universidades que eran el templo de la pequeña burocracia estatal. Globalizada, se compara con sus equivalentes de clase de Chile o Argentina y se lamenta de no disfrutar siquiera de infraestructuras energéticas y sanitarias básicas mientras se llevan nuestro gas al extranjero.

Sumemos todo y entenderemos lo fundamental del masismo como movimiento vetebrador de Bolivia durante las últimas dos décadas.

Su ideología y su modelo es una reinterpretación actualizada de los viejos temas de la Revolución nacional y el MNR original: utilización de las rentas de exportación para desarrollar el mercado interior y nacionalismo, ahora con un toque indigenista más fuerte, para vestir el cambio en la composición del aparato estatal.

Los años bolivarianos

«Cholets» del arquitecto Freddy Mamamy, símbolo del éxito de la nueva «choloburguesía» aymara.

Los años del MAS en Bolivia coincidirán con los del peronismo K en Argentina, Correa en Ecuador y Chávez en Venezuela. No es casualidad la sincronía, que como hemos visto, viene de lejos entre los herederos del fascismo semicolonial en los países sudamericanos. Al final, en los países semicoloniales el ciclo político viene dado por el habitualmente violento ciclo económico que a su vez depende de las oleadas de crisis y los cambios en la demanda de los mercados interncionales de las commodities que exportan.

Las políticas del MAS durante los dos primeros mandatos de Morales y Linera son una vuelta al modelo desarrollista y nacionalizador. Se nacionaliza nominalmente la producción de hidrocarburos con aquiescencia de las petroleras. Se amplían y mejoran las infraestructuras, especialmente las orientadas a la exportación. Y se transforma y descentraliza la administración territorial bajo la bandera de la plurinacionalidad que sirve para dar una nueva forma al estamentalismo heredado del MNR histórico.

Nuestro modelo es un estado corporativo como el que Perón quería para Argentina, pero actualizado.

Álvaro García de Linera en su primera visita oficial al extranjero como vicepresidente de Bolivia

De hecho, la vieja burocracia sindical minera descubrirá pronto que identificándose como pueblo originario encuentra eco su reivindicación de la propiedad de las minas. Formarán falsas cooperativas que son en realidad asociaciones de pequeños empresarios que contratan asalariados colectivamente y que tras el triunfo del MAS obtendrán de los gobiernos masistas un tratamiento privilegiado, al margen de la competencia y libre de responsabilildades frente a los trabajadores, con los que se enfrentarán a sangre y fuego en más de una ocasión.

Es la era dorada de la nueva choloburguesía, que globaliza aun más convirtiéndose en un vector de la penetración china en el continente. China, siempre atenta, convertirá a Morales en socio estratégico. La exitosa acumulación y novedosa hegemonía cultural, se representan en los grandes símbolos de la época: los cholets de El Alto y el nuevo teléferico con el que el gobierno quiere expresar el efecto social virtuoso del nuevo modelo de crecimiento.

Pero los grandes proyectos de transformación quedan huérfanos. El capital boliviano no tiene capacidad para acometer por sí mismo el pasillo inter-oceánico y el capital europeo no acaba de decidirse; el siempre esperado seguro universal de Salud nunca llega; y sobre todo, el litio, la gran promesa de una materia prima que -esta sí- generara industrialización directa -fabricando y exportando baterías y no solo mineral- aunque atrae al capital alemán no llega a florecer y poner en marcha la industrialización prometida. Cuando Morales llega a las últimas elecciones, la mayor empresa industrial nacional sigue siendo Cervecera Boliviana Nacional.

El gobierno Morales pasó a estar entre los modelos de buen hacer que exhibía hasta hace poco el Banco Mundial y los índices de crecimiento anuales estaban entre los mejores del mundo semicolonial. Pero la crisis financiera de 2008 primero y la guerra comercial global después, pondrían de nuevo en marcha todas las contradicciones típicas de las semicolonias.

Aunque en el PIB no se notara casi el empellón de la crisis a partir de 2008, basta ver la gráfica de escolarización para tener un adelanto de la fragilidad del modelo neo-desarrollista del MAS que se acerbará conforme se acerquen las elecciones de 2019. Y en especial la diferencia campo-ciudad.

Y en eso llegaron las elecciones…

Enfrentamientos entre masistas y anti-masistas tras las elecciones de noviembre pasado.

14 años de crecimiento bajo el modelo masista han fortalecido a las pequeñas burguesías regionales como nunca antes. La burguesía aymara, emblema de Evo -que para retranca de los líderes aymaras solía definirse como tal- ya no necesitaba al presidente. Junto a ella, las pequeñas burguesías mestizas y quechuas de las ciudades del altiplano, que habían apoyado siempre desde una cierta distancia el modelo y siempre a cambio de privilegios locales, estaban pasando página.

El tandem Morales-Linera lo sabía de sobra y los resultados -solo contundentes y favorables al MAS en las zonas de pequeña burguesía campesina- se lo confirmaban. Sencillamente no esperaban una respuesta. Y cuando empezó, muy sintomáticamente en Cochabamba, se burló de ella ofreciéndose a darles un seminario sobre cómo organizar cortes y paros. El protagonismo desde primera hora de los estudiantes universitarios esencia de esa clase de «nuevos ricos» del masismo no ayudaba a que se lo tomaran en serio.

Cuando las protestas se extendieron la división entre la pequeña burguesía del campo y la ciudad era evidente. Pero Morales, en vez de jugar políticamente, tomó por las viejas tácticas y ordenó cercar las ciudades, escenificando las condiciones de una guerra civil.

La dinámica interna en Bolivia es la de la reorganización del bloque de clases dominante. En toda la región andina (Bolivia, Ecuador, Perú), las facciones burguesas que ascendieron con los regímenes bolivarianos y el populismo fujimorista al calor de una internacionalización guiada desde el estado de los capitales nacionales, se están librando de la cáscara política de la que se sirvieron para acceder por primera vez al poder político.

Las pequeñas burguesías asociadas a este proceso se fracturan entre las capas urbanas, que temen que la crisis y la guerra comercial lleven a una situación que les dejen de lado antes de solidificar su posición y la pequeña burguesía agraria indigenista. Esta última se aferra al bolivarianismo porque no quiere perder la protección estatal, como fue clarísimo en Ecuador y está siendo en Bolivia.

El resultado es una doble revuelta pequeñoburguesa que cruza, con intereses contradictorios ciudad-campo, la reordenación política regional. Revuelta campesina y estudiantil frente a las medidas de ajuste de Lenin Moreno en Ecuador, revuelta de la pequeña burguesía urbana arrastrada por los estudiantes (sus hijos) en Bolivia contra el «pucherazo» de Morales.

Sobre el conflicto de clases interno, se superpone la línea divisoria entre los imperialismos regionales en liza. Una vez más, la revuelta pequeño burguesa, incompetente y sin destino histórico, es instrumentalizada por el imperialismo de un vecino. En el caso de Bolivia, Brasil, que animó a los cruceños, dió cobertura internacional y financia sin recato. En contra, el armado que empieza a emerger en torno al «Grupo de Puebla», no menos imperialista pero todavía más débil, midiendo fuerzas con Brasil en un territorio que hace frontera con Argentina y Perú por un lado y con Chile y Brasil por otro.

¿Qué pasó en Bolivia? 12/11/2019

…y las segundas elecciones

Arce jura la Presidencia inaugurando una banda presidencial que, por primera vez, incluys la wiphala.

¿Qué ha devuelto a la pequeña burguesía urbana quechua y aymara al masismo para que las nuevas elecciones se saldaran, sin manipulaciones esta vez, en primera vuelta? Básicamente la insoslayable incompetencia del gobierno de Añez, el revanchismo de sus socios de la media luna, el impacto del Covid en el PIB (-7,8%)… y sobre todo, el exilio de Evo y Linera.

Con los balances cayendo en picado, una crisis global en marcha y el gobierno en un espectáculo diario de incompetencia, Carlos Mesa, imagen del ala moderada de la etapa neoliberal del MNR, distante tanto del facherío del poder cruceño como del masismo, tenía posibilidades frente a Morales y Linera… pero no frente a Arce.

Arce es el candidato que ya hubieran votado en primera vuelta en noviembre pasado. Es sólido, piensa en el negocio y renegociará precios del gas con Brasil para moderar una austeridad que ya anuncia y que pesará sobre los precarizados trabajadores pero no tanto sobre los propietarios, que no dependen de los escasos y frágiles servicios públicos.

Arce, quedó claro, cierra una etapa del MAS, la de Evo, el bolivarianismo y los movimientos sociales… para mantener una versión un poco más burocrática del programa MNRista de siempre, el único programa capaz de identificar y recomponer el bloque de poder de la pequeña burguesía boliviana.

La cuestión es, si la acumulación llegará también a recomponerse a corto plazo y si el bloque se mantendrá unido cuando la crisis global haga evidente que Bolivia, como todos los países semicoloniales, va a ser zarandeda por la actual crisis mucho más de lo que fue después de 2008. Dicho en términos políticos, si Arce llegará a ver o no el bicentenario como presidente.

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