Pandemia y lucha de clases en 2020

30 de diciembre, 2020 · Actualidad> Actualidad global> Informe anual

Huelga de profesores en Ontario, Canadá.

El año comenzó en toda Europa con una crisis industrial en toda regla y con el PIB de la eurozona arrastrándose alrededor de un inane 1% de crecimiento. El gobierno de España esbozaba las líneas de su plan de asalto a las pensiones y en Francia la reforma Macron tropezaba con una resistencia frontal de los trabajadores. Las primeras señales del impacto de la epidemia en China, los retrasos en entregas y los cierres de plantas, aceleraban a ojos vista la crisis que ya estaba en marcha aun antes de las primeras señales de epidemia en Europa y las Américas.

A finales de febrero la acumulación ya estaba en jaque en todo el mundo. Se radicalizaban las tensiones imperialistas. Las saturaciones hospitalarias y las carencias de materiales en Asia y Europa evidenciaban el deterioro de las condiciones generales de explotación del trabajo durante los años de austeridad. En los siguientes días la caída brutal de los precios del petróleo anunció la debacle que venía. En esa semana, entre medias verdades y llamamientos a la Unión Sagrada Anti-vírica los gobiernos pugnaron por retrasar lo inevitable. El 9 de marzo Conte declaraba el confinamiento general en Italia. El 14 Sánchez hacía lo propio en España… sin incluir el cierre de la producción no esencial. Desde el primer momento quedaba claro que la estrategia anti-covid priorizaría salvar las inversiones sobre salvar las vidas.

A partir de ahí, los gobiernos, de distintas maneras y formas, desde los demócratas en EEUU hasta Putin en Rusia, jugarían a negar lo evidente durante dos oleadas pandémicas, uno o dos desconfinamientos apresurados y una vuelta a clase que resultó letal: la expansión o el control de la pandemia depende de condiciones sociales y por tanto de decisiones políticas, no de la responsabilidad individual.

La unión de pandemia y crisis galopante volcó a los estados en recuperar los números de las grandes empresas y empujó a la pequeña burguesía a enfrentarse a las medidas de salud pública, no por insuficientes, sino por ruinosas para sus negocios. En el marco de la pandemia se fue haciendo cada vez más claro que los únicos interesados realmente en parar el virus y salvar vidas sin condiciones éramos los trabajadores.

Las luchas de la pequeña burguesía en 2020

Manifestación negacionista en Madrid el pasado agosto.

Durante 2019 una serie de movimientos populares de Chile a Irak, habían captado la atención mediática y propuesto frente a los desarrollos cada vez más autónomos de lucha de los trabajadores el viejo modelo nacionalista y democrático del pueblo. Es decir, la pequeña burguesía, adornada ahora con todos los discursos de las ofensivas ideológicas globlales, se postulaba como dirección alternativa del cuerpo social. Era una vuelta de tuerca sobre las revueltas pequeñoburguesas de los años anteriores con los dientes aun más romos. De hecho, la clase dirigente no dejó de alabar su capacidad para imponer la trasversalidad (=evitar expresiones autónomas de los trabajadores) y jugó a fondo la carta de la instrumentación imperialista (EEUU en Hong Kong, Irán en Irak, etc.).

En 2020 el modelo estaba ya básicamente agotado. Es difícil para la pequeña burguesía ejercer una dirección política general cuando sus intereses están cada vez más opuestos, violentamente opuestos, a los de los trabajadores. En febrero, antes de la pandemia, las movilizaciones de agricultores en España hicieron bandera del rechazo del salario mínimo. Y aunque durante el confinamiento recuperaron márgenes y ganancias, todo su discurso giró sobre la necesidad de pagar salarios de miseria y destruir producción -y calidad de la producción- para ser rentables.

Pero el movimiento más característico -y anti-humano- de la pequeña burguesía en 2020 fue el negacionismo. Primero en el interior de EEUU, casi inmediatamente en barrios pequeñoburgueses de España, aparecen protestas que desafían el confinamiento y tachan las -insuficientes- medidas de salud pública como opresivas. Son en principio, movilizaciones de sectores acomodados y conservadores, envueltos en banderas nacionales y con una retórica rancia. Pero serán pronto relevados por un nuevo perfil: gente más joven, con profesiones liberales o artísticas, parejas hipsters que llevan a sus hijos con ellos y que rechazan, para empezar, el uso de mascarillas. Es evidente la mano de la gente de Bannon en Madrid, pero sobre todo en Serbia donde una coalición de padres anti-vacunas y hooligans de las barras bravas del Estrella Roja -un punto de encuentro de la extrema derecha y el lumpen- asalta el parlamento. En Alemania, se manifiestan en las puertas del Bundestag sorprendiendo a propios y extraños tanto por su heterogeneidad como por su capacidad de convocatoria. Asusta el carácter delirante de sus discursos, importados muchos de ellos desde EEUU, que alienan al corazón conservador de la pequeña burguesía de toda la vida. Es esta fractura interna la que de nuevo les envía a la marginalidad, una marginalidad ancha, cada vez más confortable gracias a unos gobiernos que -contra toda lógica de salud pública- aceptan en principio que la vacuna, cuando llegue, sea voluntaria.

En el otoño, el protagonismo ha pasado ya a otro tipo de negacionismo que no requiere siquiera argumentaciones conspiranoicas: tenderos y hosteleros protestan contra las escasas restricciones arguyendo que llevarán a la quiebra sus negocios. Es la típica miopía asesina del comerciante a quien ni le importa que muera su clientela siempre que haga una buena compra antes de entrar en la UCI. Pero los medios la alimentan. Están felices de tener una fuerza social que permita a los gobiernos legitimar la idea de que hay que establecer un equilibrio entre salvar vidas y salvar inversiones. En Italia y España en algunos momentos y sectores -los dueños de bares nocturnos, tradicionalmente asociados al lumpen– las movilizaciones amenazan con irse de las manos del estado y acabar en puro vandalismo nocturno, pero no dejan de ser gente razonable que modula su anti-humanidad por un precio. Acaban entendiéndose con el estado sin dejar de brindar un espectáculo plañidero cada noche en los informativos. Espectáculo utilísimo para orillar las tediosas y terribles cifras diarias de muertos diarios.

Pero la movilización de la pequeña burguesía tuvo otro vector importante en 2020. Año de elecciones en EEUU, con el partido demócrata dispuesto a poner toda la carne en el asador y las encuestas mostrando una resistencia sorprendente del voto trumpista, la conversación de los demócratas se centra ya en marzo en el voto negro. En la prensa se suceden artículos de opinión advirtiendo tanto de la oportunidad como del peligro que supone para la candidatura de Biden. Necesitan un movimiento. Y el asesinato policial de George Floyd a finales de mayo les da su oportunidad. Black Lives Matter renace con manifestaciones por todo el país. Para los demócratas, expresión política de las tradiciones del radicalismo liberal anglosajón, la conjunción es sencilla: se adopta el programa de la pequeña burguesía negra y se acomodan los discursos de las demás piezas que conforman el partido. La campaña de acompañamiento de los demócratas trata de presentarse como un movimiento mundial de repulsa porque su objetivo desde el primer momento está en las presidenciales. Lo interesante de la repercusión global de este movimiento está en dos claves:

1 Igual que pasó antes con el feminismo, ya no se trata de movimientos por la igualdad. El programa de la pequeña burguesía negra ya no es universalizante, sino esencialista, no es anti-racista, sino racialista hasta la obscenidad. Representa a una clase que -por razones históricas– no aspira a liderar la nación burguesa, sino a separar dentro de ella un corralito que representar. Son movimientos en realidad segregacionistas, o como los llamarán en Francia, separatistas.

2 Nada extraño por tanto en que en su aterrizaje en Europa continental y el Mediterráneo, de la mano de la extraordinaria maquinaria propagandística estadounidense, el discurso sea hecho propio por… los Hermanos Musulmanes, que rápidamente organizan movimientos BLM paralelos en Francia, Bélgica y, con mucha menor presencia, en Alemania y Suiza. Una vez más, las contradicciones entre EEUU y las potencias continentales europeas transitan fluidas entre lo ideológico y las batallas imperialistas. De las respuestas universalistas ilustradas y los manifiestos de intelectuales de izquierda en repulsa, se pasa pronto a un nuevo plan de Reconquista Republicana de las barriadas, la represión del tejido islamista y el enfrentamiento abierto con Turquía. La izquierda identitarista de Melenchon, que había dado cobijo y cobertura al partido racialista de los Indígenas de la República del mismo modo que había hecho suyo el feminismo esencialista anglosajón, se resquebraja y entrampa.

Los trabajadores y las huelgas del Covid

Huelga general en Tataouine, Túnez

Para los trabajadores 2019 se había cerrado con las espadas en alto y dos referencias inmediatas: las movilizaciones contra las reformas de pensiones y movilizaciones crecientes de sanitarios en todo el mundo, especialmente potentes por cierto, las de los trabajadores del sistema de urgencias en Francia.

Sobre ese suelo, el estallido de la pandemia y el primer confinamiento, producen una reacción inmediata -especialmente en Italia y poco después en Francia, Brasil y otros países- exigiendo el cierre de la producción no esencial para evitar los contagios en los puestos de trabajo. Son las primeras huelgas del Covid. Un rosario de luchas se extiende rapidísimamente por el mapa. En México los trabajadores de las maquilas vuelven a enfrentarse a los sindicatos y ponen en jaque toda la cadena de producción internacional de la automoción. Incluso en EEUU, la necesidad de estas luchas de escapar del control sindical y de la izquierda se manifestará pronto, primero con las huelgas de jornaleros, después en la automoción y ya en agosto y septiembre entre los maestros.

En España y Portugal mientras tanto, el movimiento huelguista es invisibilizado y reorientado sindicalmente sin mayores problemas: una oleada de cierres industriales (Alcoa, Nissan) pone a los sindicatos en su terreno más clásico de enterradores de empleos y gestores de capital con lógica de estado. Toman partido por unos inversores frente a otros, piden la nacionalización o precios subvencionados de materias primas para asegurar la rentabilidad del capital invertido… todo menos enfrentar la supremacía del beneficio de la empresa sobre las necesidades de los trabajadores del único modo que puede ser efectivo, extendiendo las luchas. No cabía esperar otra cosa. El gobierno más progresista de la historia, los sindicatos y los grandes capitales privados están ya en trazar una nueva hoja de ruta para el capital español y su modelo está en los Pactos de la Moncloa. La paz social por encima de todo y a toda costa. Y en líneas generales se salen con la suya durante todo el año superando pronto los primeros brotes de combatividad.

Globalmente sin embargo, la realidad es muy otra. Mes a mes, el número de centros de trabajo en huelga en todo el mundo sigue creciendo durante todo el año. En junio el liderazgo está en los trabajadores sanitarios, pero la combatividad global está subiendo tanto que en muchos lugares desborda las fronteras sectoriales. Las huelgas de los mineros del Dombass se convierten en movilizaciones generales antes de ser engañadas y reprimidas. Túnez entra en una fase de huelgas y luchas generalizadas por todo el país que siguen vivas a día de hoy. Al mes siguiente, las huelgas vuelven a aparecer y hacerse masivas en Irán, especialmente en el sector petrolero, a pesar de la represión. Hasta en mitad de la batalla entre sectores de la burguesía bielorrusa, en las peores condiciones políticas, la clase se hace presente en forma de conato. Y lo más relevante: el estallido de movilizaciones espontáneas a ambos lados del frente libio impone un alto a la guerra.

Con la vuelta a clase y los primeros momentos de la segunda ola, el sector educativo y Europa tomarán de nuevo el liderazgo, aunque con una agenda y problemas comunes a lo que vemos emerger por las mismas fechas en EEUU, Rusia o Argentina entre los docentes. Cuando la segunda oleada se convierta ya en matanza, las huelgas en Francia empezarán a mostrar el camino. Pero para ese momento, sin dejar de crecer en todo el mundo, el centro de la lucha de clases global se habrá trasladado a India donde van a la huelga más trabajadores de lo que nunca hicieron huelga simultáneamente en el mundo en un panorama complejo de enfrentamiento con los sindicatos, alianzas con el campesinado pobre e intentos de afirmación independiente.

Un marco global

Trabajadores de un call center en huelga en Brasil al principio de la pandemia.

La pandemia ha acelerado la crisis capitalista global y el curso de los conflictos imperialistas, pero también ha hecho explícito un nivel de contradicciones entre los trabajadores y las clases burguesas que es solo comparable al de una guerra. Todo el capital -pequeño y grande, privado y estatal- y las clases que lo representan –burguesía, burocracia, pequeña burguesía– se han mostrado abiertamente como organizadoras y prescriptoras del sacrificar vidas para salvar inversiones. La respuesta global de la clase trabajadora ha sido un desarrollo de la combatividad masivo y creciente a lo largo del año. Y sin embargo la comprensión del significado histórico y las potencialidades últimas del momento sigue estando lejos, y con ella una orientación, una dirección consciente de las luchas capaz de afirmar en lo concreto y en la perspectiva las necesidades humanas universales. Nunca ha habido tanto trabajo por hacer, pero hacía mucho que no se daban condiciones tan favorables para hacerlo.

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