La organización científica del trabajo y la Revolución Rusa

15 de abril, 2021

Congreso panruso de los comités de fábrica, 1919
Congreso panruso de los comités de fábrica, 1919

En plena Revolución rusa, mientras la clase trabajadora ejercía por primera vez el poder político y centenares de miles de trabajadores experimentaban nuevas formas de trabajo colectivo, el taylorismo y la organización científica del trabajo suscitaban debates que solo en parte se resolvieron históricamente: ¿Las técnicas de organización científica del trabajo son necesariamente alienantes y aumentan la explotación? ¿Su fundamentación científica es correcta? ¿Hay algo de rescatable en ellas?

En este artículo

La crítica marxista del taylorismo

La década previa a la guerra mundial vive el boom del taylorismo. Conceptualmente es la hipertrofia de la vieja idea burguesa del autómata mecánico. Se estudian los procesos en la fábrica uno a uno para simplificarlos y ahorrar tiempos partiendo del análisis de los movimientos de los trabajadores y pensando la producción como un conjunto de series de movimientos. Después se adiestra (training) a los trabajadores en el uso de nuevos movimientos más estilizados, se rediseña el mobiliario de los talleres para evitar gestos superfluos y hasta se mide la altura óptima de cada trabajador en cada oficio...

Al cabo de unos días, el mecánico gastaba en el montaje de la máquina ¡la cuarta parte del tiempo que invertía antes! ¡Qué realización de la productividad del trabajo!

Pero al obrero no le pagan cuatro veces más sino tan solo vez y media a lo sumo, y eso sólo los primeros tiempos. En cuanto los obreros se hacen al nuevo sistema, el pago se baja al nivel anterior. El capitalista recibe enormes ganancias, y el obrero trabaja cuatro veces más intensamente, agotando sus nervios y sus músculos cuatro veces más rápido. [...] Todos estos enormes perfeccionamientos se hacen contra el obrero, con vistas a aplastarlo y oprimirlo más todavía y se limitan a la distribución racional, sensata, del trabajo dentro de la fábrica.

El taylorismo es la esclavización del hombre por la máquina. Lenin, 14 de marzo de 1914

La crítica de los marxistas a las maravillas que la prensa de preguerra pregonaba sobre el taylorismo y la organización científica del trabajo tenía, como vemos en la cita de arriba, cuatro ejes

1 Desarrollaba de una manera radicalmente alienante la relación entre el trabajador y la máquina: el trabajador y sus capacidades físicas e intelectuales se convierten en auxiliares cada vez más inconscientes y periféricos de la máquina. Como dice Lenin, el taylorismo es la esclavización del hombre por la máquina.

2 Al darse en el marco capitalista, la ganancia de productividad física está supeditada al aumento de productividad en términos de ganancia: la explotación en términos relativos aumenta. Es más, en las condiciones de un capitalismo en el que se está agotando la capacidad de ampliar mercados (=imperialismo), no puede sino acabar en un aumento de la explotación en términos absolutos.

3 Pero... el aumento de la productividad física está ahí y tampoco puede negarse. El estudio sistemático de la organización del trabajo permite ampliar las capacidades productivas y por tanto es un vector a desarrollar, bajo otras condiciones, para llevar a nuestra especie hacia la abundancia.

4 Porque aunque el capitalismo mejore la productividad física dentro de la fábrica a base de racionalizar procesos, evidentemente no va a hacer lo mismo a escala social, porque toda racionalización verdadera pasa por cambiar los objetivos y motores de la producción social, pasar de la acumulación de capital a la satisfacción directa de las necesidades humanas universales... es decir, llevar la lógica científica de la producción fabril a la social implica demoler el capitalismo como modo de producción.

Resumiendo: la crítica marxista de la época había demolido la idea del carácter liberador y benéfico de la organización científica de la producción bajo las condiciones capitalistas... pero había rechazado con igual fuerza el rechazo sin más de la organización científica del trabajo.

Aumentar la productividad física del trabajo es precisamente el camino para que la Humanidad se emancipe del trabajo esclavo de la necesidad. Pero en un capitalismo que entraba en decadencia histórica la organización científica del trabajo producía cada vez más contradicciones, lejos de acercarnos a la abundancia produciendo desarrollo humano, producía más explotación, paro, alienación y sometimiento.

El proletariado quedaba pues emplazado a implantar la organización científica del trabajo por sí mismo y de acuerdo a sus propios fines. No tendría que esperar mucho. Tan solo tres años y ocho meses después de publicarse el artículo de Lenin que citamos arriba, los consejos de obreros y campesinos del imperio ruso derruían los restos del estado zarista y tomaban el poder político.

La organización científica del trabajo vuelve al debate tras la toma del poder por los soviets...

Cuando el tres de marzo de 1918 el gobierno de los soviets firma la paz de Brest-Litovsk con Alemania sabe que la guerra civil está solo en su primera fase. La perspectiva de nuevas concesiones territoriales forzadas a los imperialismos y los ejércitos blancos llevan a imaginar un mapa menguante del territorio controlado por los soviets que dificultará las cadenas productivas básicas.

Lenin pide por ejemplo un catálogo de fuentes energéticas baratas de proximidad para electrificar las industrias esenciales y estudios para crear centrales hidroeléctricas y eólicas a corto plazo para mantener la producción en caso de nuevo retrocesos militares.

Pero el acento principal está en el control de la producción. Lenin urge a los soviets a tomar en sus manos la contabilidad y la organización cotidiana de las empresas. Lo que viene por delante exige a los trabajadores un aumento de la productividad que ha de empezar por retomar el trabajo y los turnos regulares en no pocas fábricas paralizadas por la falta de materias primas y el abandono de ingenieros, capataces y contables.

En ese marco de emergencia, el taylorismo -única forma disponible en el momento de organización científica del trabajo- entra por primera vez en los debates de los soviets.

5. Se plantean, en particular, al orden del día las medidas orientadas a elevar la disciplina laboral y la productividad del trabajo. Los pasos emprendidos ya en este sentido, sobretodo por los sindicatos, deben ser apoyados, respaldados e intensificados con todas las fuerzas. Entre ellos figuran por ejemplo el establecimiento de la retribución por unidad de trabajo realizado, la aplicación de lo mucho que hay de científico y progresista en el sistema Taylor, ...

Seis tesis acerca de las tareas inmediatas del poder soviético. Lenin, 29 de abril de 1918

El aparente optimismo de Lenin sobre la posibilidad de utilizar técnicas tayloristas por los propios trabajadores no le engaña sobre su naturaleza. Califica al taylorismo de brutalidad refinada en más de una ocasión, pero ante la emergencia permanente y el desabastecimiento creciente, entiende que la experimentación bajo la dirección de los propios trabajadores es una herramienta más en la lucha por la supervivencia de los soviets en tanto la extensión mundial de la Revolución modifica sustancialmente el tablero ruso.

...y comienza a implantarse al final de la guerra civil

Gastev en uno de sus «ciclogramas», base de su metodología para la organización científica del trabajo
Gastev en uno de sus «ciclogramas», base de su metodología para la organización científica del trabajo

La guerra civil termina con una victoria pírrica: los soviets dominan la mayor parte del territorio que fue del imperio zarista. Pero están ya prácticamente sin vida como órganos de clase. El proletariado que había hecho la revolución se había desbandado por el hambre y la guerra. Las fábricas se volvían a llenar, pero los nuevos obreros eran campesinos expulsados por la escasez y el hambre sin tradiciones ni experiencia política. Culturalmente ligados al atraso campesino, su productividad era tan baja como su consciencia de clase.

Los supervivientes de Octubre se habían concentrado en el partido bolchevique o en los apéndices estatales de los soviets como el ejército rojo, las administraciones o los sindicatos, intentando representar a una clase trabajadora que está recomponiéndose a duras penas.

El efecto es la aparición, paralela a la desmovilización de mandos del ejército rojo, de una corriente burocrática cada vez más potente en los soviets y el partido. Esta corriente une su suerte -que identifica con la supervivencia de la Revolución- a la reconstrucción del aparato productivo. Si no ya bajo dirección de una clase activa y unos soviets bullentes, bajo mando de los que quedaban de octubre, los viejos bolcheviques.

Bajo las alas y tendencias del partido comunista que surgen entonces en relación con todo tipo de temas, se ocultaban en realidad las contradicciones que esta situación -producto directo del estancamiento de la Revolución Mundial- estaban produciendo en el partido de la revolución. Y uno de los primeros debates en los que aparecen esas contradicciones en el seno de la vanguardia revolucionaria es la Primera Conferencia Panrusa de la Organización Científica del Trabajo, convocada por Trotski en 1920. La conferencia decanta dos tendencias enfrentadas sobre la definición de la organización científica del trabajo.

Por un lado, para Alexei Gastev y el Tsentral'nyi Institut Truda (Instituto central del trabajo, conocido como TsIT) la cuestión principal era que dado el retroceso de la industria rusa durante la guerra y la descualificación de los nuevos trabajadores llegados del campo, el sistema Taylor se justificaba por sí mismo pues la prioridad era ganar productividad y recuperar producción.

Por otro lado Platon Kerzhentsev y la Liga Vremya (Liga del tiempo) señala una y otra vez la distinción entre organización científica del trabajo y taylorismo, al que acusa de cargar aspectos anticientíficos producto de su naturaleza de clase. En particular un excesivo aumento del esfuerzo de trabajo sin tener en cuenta el equilibrio de sus energías del trabajador.

El debate fue además un debate metodológico desde el primer momento. Gastev, que había trabajo en Francia en la Citroën, adoptó sin ambages el método taylorista como forma acabada para llegar a una organización científica del trabajo: centrarse en las partes, en los movimientos del trabajador y reducirlos al mínimo esfuerzo necesario para, una vez optimizados, construir series con ellos. El TsIT desarrollo toda una serie de estudios a partir de ciclogramas para este objetivo en distintos procesos industriales con los que dio consultoría a decenas de empresas estatales.

Kerzhentsev criticaba este método -con razón- por su empirismo y su mecanicismo, pero sobre todo por olvidar uno de los principios fundamentales de la dialéctica: no son las partes las que al agregarse hacen el todo, es el todo el que da significado y conforma a las partes. Por tanto, arguía Kerzhentsev, no puede comenzarse una metodología a partir del análisis micro de las partes como si existieran por sí mismas y pensar que un conjunto mejor emergerá a base de reformarlas una a una. La organización científica del trabajo tenía que partir de una perspectiva global de los procesos y de las unidades productivas.

En una paradoja muy típica de la época, este argumento había sido una parte muy importante de la crítica de Lenin a Bogdanov, amigo personal y compañero en el Proletkult de Kerzhentsev. Lenin sin embargo, apoyó al TsIT y a Gastev personalmente.

Tanto uno como otro eran viejos bolcheviques y sus evoluciones serían paradójicas hasta en la contrarrevolución: Gastev -cuyos estudios serían fundamentales para la organización del trabajo durante el stalinismo- acabó asesinado por el régimen stalinista, mientras que Kerzhentsev cuyas posiciones en 1920 le hubieran costado la vida diez años más tarde, acabó como alto burócrata trabajando en los 30 directamente bajo órdenes de Stalin.

Para entender estas paradojas tenemos que sumergirnos un poco más en el contexto de 1920 y 1921.

El debate sobre la organización científica del trabajo durante la NEP

Al final de la guerra civil, la derrota de la primera oleada de revoluciones del periodo (Alemania, Hungría, España, Bulgaria...) y el estancamiento del desarrollo del movimiento revolucionario en Francia centra todo el esfuerzo del gobierno de los soviets y del Partido Comunista en la reconstrucción del aparato productivo y en la recuperación de la conflictiva alianza con la revolución campesina. El 21 de marzo de 1921, el Congreso del Partido Comunista aprueba la Nueva Política Económica (NEP).

La NEP fue definida por Lenin como un capitalismo de estado bajo condiciones de dictadura del proletariado y como un paso atrás necesario. Sus argumentos principales eran la necesidad de recuperar producción industrial -y acelerar de paso la recomposición del proletariado ruso- y el miedo a un renacer de la guerra civil bajo la forma de una insurrección campesina masiva.

No es casualidad que ese mismo día 21 de marzo, el congreso, tras aprobar la NEP y prohibir las fracciones -dos sacrificios de primer orden- marche a combatir cuerpo a cuerpo con los marinos insurrectos de Kronstad.

El Kronstadt de 1921 se parece tan poco al de 1917... como la mayor parte de la composición de las plantillas de las fábricas de 1921 a las de 1917. Son en su mayoría jóvenes campesinos (=pequeña burguesía) y campesinos recién proletarizados, sin experiencia política ni memoria de la Revolución. Tampoco es casual que en sus reivindicaciones -un totum revolutum de consignas eseristas, bulos blancos y buenas intenciones- destacara la exigencia de que se eliminara la amenaza de la implantación de extenuantes métodos tayloristas.

Una vez más, las actitudes frente a la organización científica del trabajo expresaban las contradicciones del momento.

Por un lado, expresaba el rechazo a la proletarización de la pequeña burguesía agraria que había huido a la ciudad. Por otro, el rechazo del régimen de disciplina fabril impulsado por los sindicatos en cuya retórica el objetivo de alcanzar una organización científica del trabajo estaba cada vez más presente.

Además, los soviets, cada vez más burocratizados y vacíos de participación obrera, no solo supeditaban las necesidades de los trabajadores a las de la reconstrucción, sino que intervenían abiertamente -y de modo cada vez más represivo- para abortar huelgas. Todo, en nombre de unos intereses generales de la clase que los nuevos trabajadores no comprendían y con invocaciones a un lejano Octubre de 1917 en que la mayoría de ellos soñaba todavía con expandir el minifundio familiar.

Kerzhentsev, como Bogdanov o Ermanski representaban a esa pequeña burguesía que había hecho suya la causa revolucionaria sin hacer suyas completamente la crítica y el programa comunista.

En eso Osip Ermanski, quizá es el mejor ejemplo. Menchevique, internacionalista durante la guerra, dejó la militancia directa después de Octubre para dedicarse a teorizar y enseñar técnicas de gestión de empresas en la Universidad. Desde allí se convirtió en el crítico más famoso del taylorismo ruso. Afirmaba que la función del sistema Taylor no es incorporar la cantidad óptima de trabajo sino maximizar su extracción. Pero, al igual que Kerzhentsev, proponía alternativas para la organización científica del trabajo... que nunca desarrolló.

Gastev en cambio, aunque metodológicamente estuviera en las antípodas del marxismo en sus trabajos, era un trabajador empeñado en convertir las fábricas en entornos habitables e higiénicos tanto como en mejorar su productividad. Era normal que Lenin -que no seguía de cerca sus posiciones pero compartía ambas preocupaciones en buena parte de sus discursos desde 1918- apoyara sus esfuerzos con tal de avanzar mínimamente hacia una teoría de la organización científica del trabajo.

También era normal que Gastev no cayera bien en los círculos de la burocracia naciente. Para él la organización científica del trabajo debía aligerar el trabajo del obrero y hacer su trabajo más productivo al mismo tiempo. Pero la burocracia andaba ya un paso más allá.

El fordismo: primera ideología de la burocracia naciente

La «fordzonitza» en La línea general de Einsenstein. El fordismo representó el paso del taylorismo como técnica para la organización científica del trabajo a ideología de la disciplina social.
La fordzoniza en La línea general de Einsenstein. El fordismo representó el paso del taylorismo como técnica para la organización científica del trabajo a ideología de la disciplina social.

Un viejo folleto de Bogdanov de 1913 sobre el taylorismo anunciaba que generaría necesariamente una numerosa capa gestora burguesa, una pequeña burguesía corporativa incrustada dentro de las grandes empresas para asegurar la gestión de la organización científica del trabajo. Acertó. No solo en EEUU y Europa, también en Rusia.

Para esa pequeña burguesía corporativa, que tenía su equivalente directo en la burocracia gestora rusa, el taylorismo iba más allá de una mera técnica. La organización científica del trabajo como un todo era parte de ese ideal que en Rusia se conocía como Americanismo que se asociaba con las grandes fábricas de Detroit y con la industrialización masiva. En Europa ese modelo industrial, en el que el taylorismo era solo un componente de un discurso más amplio se llamaba fordismo y, mezclado con trazas del ideal corporativo del sindicalismo revolucionario, empezaba a difundirse de la mano del fascismo italiano.

Ford, a diferencia de Taylor, se veía a sí mismo como un mesías industrial, como portador de un proyecto de organización social. Tampoco tenía pudor en reconocer el mal ambiente de sus plantas, ni que uno de sus objetivos principales fuera contener y someter a las necesidades técnicas de la producción a los trabajadores. Para él, la producción industrial moderna era un sistema demasiado grande como para poder permitirse ser humano. Al final solo necesitaba dos variables para reivindicarse y reivindicar su sistema: paz social y rentabilidad.

Cuando en 1924 se publicó en Rusia el libro-manifiesto de Henry Ford, Mi vida, la burocracia gestora del partido lo acogió como expresión de su propio ideal organizativo y como una reivindicación de su propia situación frente a los trabajadores. Se llegaron a hacer ocho ediciones con prólogos entusiastas ante la demanda de los cuadros gestores del partido. Fue un éxito abrumador que cobra aun más sentido en comparación con el destino del otro libro del momento.

En 1921 Evgeni Zamiatin escribe su «Nosotros», una obra de ciencia ficción distópica que sirvió de inspiración tanto al 1984 de Orwell como al Fahrenheit 451 de Bradbury. Zamiatin criticaba en ella el totalitarismo naciente bajo el nuevo discurso fordista del poder. No ocultaba su rechazo al taylorismo y ponía en boca de sus personajes frases y discursos reconocibles en todo el mundo de los teóricos de la organización científica del trabajo. Causó indignación en la burocracia y fue uno de los primeras novelas prohibidas en Rusia tras 1917.

Los burócratas stalinistas estaban obsesionados con Ford. Podemos decir que el fordismo fue, la primera afirmación ideológica de la burocracia en ascenso hacia el poder. A partir de 1924, en las manifestaciones crecientemente ritualizadas organizadas por las direcciones de las fábricas, empezaron a aparecer estandartes con imágenes de Henry Ford junto a Marx, Engels, Zinoviev y más tarde Stalin. Es en ese mismo año cuando se enuncia por primera vez la teoría del socialismo en un solo país... que el stalinismo no impondrá como obligatoria hasta 1928.

Para 1926 Ford había vendido en Rusia 24.000 tractores Fordson, las míticas fordtzonitzas que aparecen en La línea general, el himno stalinista de Einsenstein. Y cuando el stalinismo presentó su obra magna, el primer plan quinquenal, no pudo dejar de incluir el mayor contrato con una empresa extranjera de la historia rusa: un acuerdo con Ford para la producción auxiliar en suelo ruso que importó también decenas de técnicos formadores desde Detroit.

Exaltación fordista y socialismo en un solo país fueron de la mano a lo largo de todo el desarrollo de la contrarrevolución stalinista. Todo un motivo para reflexionar sobre las ambigüedades y peligros de los discursos pretendidamente técnicos sobre la organización científica del trabajo.