La nueva división internacional del trabajo y el Canal de Suez

29 de marzo, 2021

El Canal de Suez y la nueva división internacional del trabajo

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La nueva división internacional del trabajo creada en los 90 y el «just in time»

La firma del Tratado de Libre Comercio de América del Norte por Clinton (escoltado por Gore, Bush, Carter, Ford y los líderes de las cámaras) en 1990 inauguró una nueva etapa en la división internacional del trabajo.
La firma del Tratado de Libre Comercio de América del Norte por Clinton (escoltado por Gore, Bush, Carter, Ford y los líderes de las cámaras) en 1990 inauguró una nueva etapa en la división internacional del trabajo.

Lo que llamaron globalización a partir de la firma en 1990 del tratado de libre comercio entre EEUU, México y Canadá, fue en realidad una reorganización de las cadenas de producción globales pensada para dar salida a una masa ingente de capital ficticio sin destino productivo. Toda una nueva división internacional del trabajo forzada por la crisis de fondo del capitalismo.

Este rediseño de las cadenas de valor, como pomposamente lo llamaban, estaba tan supeditado a las lógicas del capital financiero como un todo que derivó en una financiarización generalizada de todos los eslabones de la cadena. Este fenómeno iba mucho más allá de un desarrollo en escala de la industria aseguradora o de la generalización de la financiación y el endeudamiento: las empresas pasaban a ser maximizadoras de caja porque sus ingresos líquidos -y no solo sus beneficios- a lo largo de toda la cadena fluían a los mercados financieros donde generaban ingresos especulativos extraordinarios que, de nuevo según la jerga de la época, maximizaban el valor del accionista.

Maximizar los resultados de este juego requería aplanar las diferencias arancelarias y fiscales para impulsar la fluidez del libre movimiento de capitales y mercancías. El movimiento de capitales se hizo tan rápido y masivo, tan líquido, que mostró pronto cómo las inestabilidades propias de los mercados especulativos podían trasladarse al aparato productivo. Baste recordar la crisis del peso mexicano del 94 o la del baht tailandés en el 97.

Pero el mundo de la producción y venta de mercancías, el corazón material del capitalismo, tenía otros tiempos. Se tarda en llevar una mercancía de un lado a otro y al hacerlo se incorporan costes logísticos. La solución maximizadora consistió en parte en reducir estos costes y tiempos, al menos en lo que debían a controles estatales. Pero sobre todo en reducir los tiempos de adaptación de los proveedores periféricos a los cambios en las necesidades de producción de las cadenas de ensamblaje final dentro o en las fronteras de sus mercados principales.

La predecibilidad y rapidez de los flujos de componentes y productos semiprocesados permitieron a las grandes empresas de automoción, electrónica e incluso las agroalimentarias instaurar un nuevo sistema de gestión de stocks, el just in time.

El just in time eliminaba los costes de almacenaje liberando capital para la especulación, cargaba los riesgos de mercado sobre los hombros de los proveedores e invisibilizaba la sobreproducción en los capitales centrales que ya no se verían abrumados por masas de stocks almacenadas sin vender. Las nuevas formas arquetípicas de la sobreproducción en Europa y EEUU serían a partir de entonces las pausas y los EREs, y en China el desempleo de los trabajadores migrantes en las ciudades. La nueva división internacional del trabajo implicaba también más y nuevas formas de precarización de los trabajadores.

Tres avisos

El colapso de las cadenas «just in time» durante el confinamiento chino

china desinfectando maquinaria
Desinfectando maquinaria en una fábrica china durante los confinamientos.

Si Biden, lejos de reducir la presión sobre China, ha pisado el acelerador, es porque el capital estadounidense como un todo percibe que el estiramiento de las cadenas logísticas ya no puede sostenerse. Cuando un hecho aparentemente externo a la acumulación de capital como el confinamiento Covid en China paraliza la industria y el capital nacional, los riesgos de represalia del competidor ante el incremento de la competencia imperialista se hacen inabordables y una nueva división internacional del trabajo se convierte en estratégica.

Lo que el capital estadounidense tiene cada vez más claro es que para mantener su posición global necesita recuperar el grueso de su maquinaria productiva. El Covid no ha hecho sino reforzar esa idea precisamente por lo contrario de lo que dice Trump. No porque China sea la causante de la epidemia, sino porque cualquier elemento aleatorio como una epidemia en la otra parte de mundo, puede llevarse por delante unas cadenas productivas distribuidas y fragilizadas en extremo por un «just in time» pensado para sacar la última gota de ganancia financiera eliminando hasta los almacenajes en local.

¿De qué va EEUU? 12/5/2020

Y es que los confinamientos en China durante la primera ola del Covid no solo supusieron la imposibilidad de comprar mascarillas y respiradores, también paralizaron empresas industriales de todo tipo desde California hasta Sudáfrica pasando por España y Alemania.

Quedó claro que si China pasaba a la ofensiva en la guerra comercial, cerrando o limitando sus propias exportaciones, la industria europea y estadounidense podría verse paralizada. La facción de la burguesía estadounidense que aupó a Trump acabó entonces de convencer a las facciones más reticentes de la necesidad de parar el desarrollo chino y dar lugar a una nueva división internacional del trabajo.

Pero la realidad fue aún más reveladora: fueron los propios intentos de EEUU por poner un palo en la rueda de su competencia china los que produjeron la primera crisis importante de desabastecimiento industrial en unos supuestos tiempos de paz.

Los chips y la primera crisis global de desabastecimiento industrial en «tiempos de paz»

fabrica china
Trabajadores de una fábrica de productos electrónicos de Foxconn en China

China centró su esfuerzo inversor durante décadas en los segmentos de capitalización media y alta. Su objetivo era convertirse en la fábrica del mundo en la nueva división internacional del trabajo surgida en los noventa… y a partir de ese trampolín industrial pasar a competir en los nuevos mercados ligados a tecnologías de vanguardia. Así que si bien se convirtió en un competidor temible de los capitales norteamericanos y europeos en las producciones punteras, mantiene una dependencia imposible de salvar a corto plazo en la base de la industria electrónica: los chips y semiconductores.

La estrategia Trump para frenar el desarrollo chino se percató rápidamente de esto y realizó una prueba de concepto bloqueando a Huawei la compra de chips de empresas estadounidenses. No hay que olvidar que Huawei es un spin off industrial del ejército chino. Al hacerlo, Trump no solo amenazaba a la industria tecnológica china impulsando de paso un nuevo flujo de capitales hacia sus propias compañías, sino que ponía en jaque el desarrollo militar chino.

La respuesta china no se hizo esperar: nacionalización de facto del principal productor chino, HSMC y consideración del desarrollo de chips como una prioridad estratégica para intentar cerrar el gap con EEUU cuanto antes… aunque no antes de cinco años.

El despliegue de la estrategia por EEUU y la perspectiva de guerra tecnológica que abría, encareció inmediatamente el mercado internacional de chips… afectando rápidamente a las empresas automovilísticas japonesas primero y luego a las europeas y norteamericanas que dependen de suministros chinos, y también a las tecnológicas coreanas como Samsung o SK. La situación en estos meses no ha hecho sino empeorar. De hecho la crisis de abastecimientos que sufren las industrias europeas se calcula ya que durará al menos un año más.

El resultado es una reconfiguración de la producción mundial de chips y una nueva competencia por albergarla que esbozan una nueva división internacional del trabajo. Tener fábricas cerca se ha convertido en una cuestión de seguridad para el capital a la hora de invertir. Por eso la UE anunció su voluntad de duplicar su producción a corto plazo a base de inversiones estatales… y los grandes capitales y empresas globales empiezan a responder: esta misma semana Apple anunció que invertiría más de 1.000 millones de euros en un centro de investigación especializado en Munich.

La interrupción del Canal de Suez

El Canal de Suez y la nueva división internacional del trabajo
Labores de rescate en el Canal de Suez

19.000 barcos cruzaron durante 2020 el canal de Suez. La única alternativa hasta ahora es circunnavegar Africa, es decir, agregar 6 o 7 días de navegación (y costes). Y cada día de paralización supone el retraso de más de 100.000 contenedores de 14 toneladas de peso medio, un tercio del total mundial. Y a eso hay que añadir el 10% del transporte de gas y petróleo.

Con la mayor parte de las empresas europeas apurando el just in time, una interrupción de apenas tres días como la que hoy acaba, supone tener que paralizar o ralentizar la producción en no pocas cadenas industriales… especialmente las que requieren componentes electrónicos producidos en China.

Esta es una advertencia sobre cuán vulnerables son nuestras cadenas de suministro y cómo las técnicas de inventario «just in time» que han estado tan extendidas deben repensarse.

William Lee, Milken Institute

Pero, ¿se puede repensar el just in time sin impulsar una nueva división internacional del trabajo?

La nueva división internacional del trabajo la pagarán los trabajadores y prepara la guerra

trabajadores volkswagen alemania
Trabajadores en una fábrica de Volkswagen en Alemania.

Los desabastecimientos durante el confinamiento chino, la escasez industrial de semiconductores y las consecuencias económicas del cierre del Canal de Suez son solo señales que a su vez avivan una tendencia en marcha desde los años Obama: el paso a primer plano y el desarrollo cada vez más violento de la competencia imperialista entre China y EEUU.

En un momento marcado por el ascenso de las fuerzas económicas que impulsan la formación de bloques alrededor de los ejes de la guerra comercial, un momento cada vez más violento en las relaciones inter-imperialistas, la interdependencia tecnológica y económica se considera por todos cada vez más como un lastre y un peligro y no como una garantía de estabilidad (como nos vendieron durante casi tres décadas).

La nueva división internacional del trabajo que está implantándose es, evidentemente menos eficiente, dedica más recursos para producir lo mismo. Y eso en el capitalismo significa precios más caros y por tanto un nuevo recorte a la capacidad de consumo de los salarios a nivel global.

Pero por una vez eso no es lo más importante, tampoco para los trabajadores. La nueva división internacional del trabajo se está materializando en que la producción de ciertas mercancías consideradas estratégicas, se está renacionalizando en parte y en parte distribuyendo la capacidad productiva en países semicoloniales considerados seguros por cada potencia o grupo de potencias. La UE está siendo la primera en ampliar la lista con nuevas tecnologías de doble uso. Y solo acabamos de empezar.

Si la guerra comercial creó bloques comerciales a toda velocidad, la nueva división internacional del trabajo es el primer síntoma del paso de bloques comerciales a bloques militares. El capitalismo está preparándose para la guerra y marcha decididamente por el camino que lleva a ella. Ese es el significado real de la nueva división internacional del trabajo. Una vez más, los trabajadores somos los únicos que podemos parar la deriva. Primera estación: la nueva ola Covid que se gesta.