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27/05/2022 | Actualidad

La entrada en una época histórica marcada por el militarismo está transformando las relaciones laborales. Desde los cambios legales, brutales en Ucrania, pero también en Corea del Sur o en Hungría, a las formas «espontáneas» de imposición de sobretrabajo en Gran Bretaña o EEUU. Al mismo tiempo las campañas y la presión ideológica se ceban en una nueva generación de trabajadores que «se queman» masivamente en el puesto de trabajo incapaces de salir de la cárcel individualista e identitaria.

El epicentro: Ucrania

Tan pronto empezó la guerra, el pasado marzo, el gobierno de Zelenski aprobó una serie de cambios legislativos que militarizaban la fuerza de trabajo. El estado no sólo podía disponer de cualquier trabajador menor de 60 años para mandarlo al frente, podía también obligarle a trabajar bajo disciplina -y castigos- militares en su puesto de trabajo.

La reforma incluyó el despido libre y gratuito para los empleadores, la «suspensión de empleo», la prohibición de huelgas y la posibilidad para las empresas de decretar unilateralmente la «suspensión» de cualquier condición contractual o aprobada en convenio. Poco tardaron empresas como ArcelorMittal o NewPost en suspender la aplicación de sus convenios en partes sustanciales... por el bien de la nación.

Pero el programa patriótico no acaba ahí. Ya está en debate -y tiene todas las probabilidades de ser aprobado- un nuevo paquete legal cuyo objetivo es liberar de manera permanente a la pequeña burguesía de los costes de la aplicación de las leyes laborales.

Un grupo de parlamentarios y funcionarios ucranianos ahora tienen como objetivo «liberalizar» y «des-sovietizar» aún más las leyes laborales del país. Según un proyecto de ley, las personas que trabajan en pequeñas y medianas empresas, aquellas que tienen hasta 250 empleados, serían, de hecho, eliminadas de las leyes laborales existentes del país y cubiertas por contratos individuales negociados con su empleador. Más del 70% de la mano de obra ucraniana se vería afectada por este cambio.

La nueva ley laboral de Ucrania podría «abrir la caja de Pandora» para los trabajadores. Open Democracy.

De Hungría a Corea del Sur

Huelga de ferroviarios en Corea

Pero el efecto de la guerra no se limita a los estados contendientes. Las nuevas relaciones laborales militarizadas se expanden como las ondas creadas por una piedra que cae en un lago tranquilo. En Hungría a Orban le ha bastado con extender las restricciones pandémicas para imposibilitar legalmente la huelga de enseñanza, por ejemplo.

En Corea del Sur ayer mismo, el Tribunal Supremo ha validado el uso de las leyes contra el sabotaje y la violencia en el centro de trabajo contra las huelgas salvajes, es decir, las huelgas no controladas y articuladas legalmente por los sindicatos. El resultado son penas de hasta cinco años de prisión y multas de unos 10.000€ para los huelguistas.

El tribunal considera que una huelga no sindical equivale a «obstruir los negocios de otros por medio de la fuerza» y de manera «impredecible», ocasionando «una grave confusión y un gran perjuicio para los empleadores».

La generación que vivirá la guerra en los países más capitalizados

Manifestación estudiantil en París

Estos cambios legales que disciplinan preventivamente a los trabajadores para impedir huelgas como las de las plataformas del Mar del Norte de esta semana, van a ser sufridas sobre todo por una nueva generación que ha recibido un bombardeo ideológico a medida y a la que los expertos en organización laboral de la clase dirigente siguen con lupa.

Con ejemplos de Gran Bretaña y EEUU, la BBC describía esa semana a una generación con «síndrome de burn out» generalizado, «puesta de rodillas» por la intensidad del trabajo.

Tampoco es que los datos sean drásticamente peores que en el resto de cohortes laborales. En una encuesta citada en el reportaje el 80% de los trabajadores jóvenes en Gran Bretaña se sienten «quemados» frente a una media del 73% en el conjunto de los trabajadores.

La diferencia, apuntan, podría deberse a que un 66% de los que trabajan a jornada completa hacen más horas de las contratadas frente al 61% de los nacidos entre 1981 y 1996 y el 48% de los nacidos entre 1965 y 1980.

La pregunta que los mismos expertos se hacen inmediatamente es por qué los más jóvenes están dispuestos en mayor grado a echar horas hasta quemarse. La respuesta que dan no tiene que ver con que la precariedad laboral les afecte más. Tampoco ponderan el miedo al despido entre los mayores de cuarenta y cómo se convierte fácilmente en paro de larga duración. Dan por hecho que una cosa compensa a la otra.

Se centran en lo ideológico: según ellos, de media, los trabajadores más jóvenes, al menos en el mundo anglosajón, serían más individualistas -lo que les haría aislarse de los compañeros y no apoyarse en ellos para resistir las presiones a trabajar más de lo contratado- y, coherentemente, tendrían una relación con los jefes fundada sobre la emulación. Al parecer les perciben como iguales de éxito a quienes imitar y en los que confiar.

De hecho, el principal «motivo de optimismo» que da la BBC es que la nueva generación en los países anglosajones «se siente más cómoda hablando de sus sentimientos de agotamiento con sus gerentes».

Las dos cuchillas

Kazimir Malevich. Figura. Pocas representaciones hay más reveladoras de la soledad y el vacío que hay detrás de esa abstracción alienante llamada «individuo».

Sería difícil encontrar un ejemplo más claro de la dos cuchillas con las que el sistema desbroza rutinariamente el terreno defendiéndose de la lucha de clases.

Por un lado, de manera continua y preventiva, la ideológica. Pura religión de la mercancía aplicada a definir y aislar a los trabajadores uno a uno. Falso igualitarismo sostenido bajo un individualismo que se da por hecho y que destruye y ayuda a mercantilizar el conjunto de relaciones humanas.

Por otro, para cuando se consigue escapar de la primera cuchilla, una segunda cuchilla de falsas respuestas colectivas organizadas por el propio estado y sus instituciones, bien protegida por todo un molde disciplinario, está lista para abortar desde los primeros momentos cualquier brote colectivo de toma de consciencia. ¿Que el espacio entre una y otra se convierte en una trituradora para millones? Les da, evidentemente, igual. Lo importante es mantener el sistema de explotación a cualquier coste.

Ambas cuchillas tienen su eje en el trabajo y se articulan entre sí. Como hemos visto en estos años, el reforzamiento de la lluvia ideológica atomizadora se ha redoblado, todas las nuevas ideologías de estado la refuerzan legitimando la mercantilización de cada vez más aspectos de las relaciones humanas mientras la memoria se ha rehecho o directamente borrado para implantar una versión útil al poder. No hay nada menos parecido a la vida cotidiana de los 70, los 80 o los 90 que su versión Netflix.

Todo ese «ambiente de época» que transpiran y destilan hoy los medios, las aulas y los mensajes públicos -individualista, identitario y «ecológico»-, sirve a su vez para hacer tragar formas de trabajo cada vez más atomizadas... y explotadoras en las que la cuchilla de la represión -social y legal- espera a los que se rebelen.

Hacia dónde vamos

Rusia. Trabajadores de Yandex en huelga.

Conforme la crisis económica empuja a las potencias hacia la generalización de la guerra imperialista, la trituradora se acelera. La propaganda se redobla retorciendo los mensajes más inhumanos y aberrantes hasta lo grotesco en prácticamente cada televisor y periódico del mundo. Y como hemos visto, la cuchilla disciplinaria se afila país a país por si no bastara.

Cuantas más contradicciones genere el sistema, cuanto más claro se vea el antagonismo creciente entre desarrollo humano y crecimiento del capital -con todo lo que conlleva, guerras, destrozo natural y pandemias incluidas-, más brutal será la labor de las dos cuchillas.

Las nuevas legislaciones laborales y de orden público se conjugan con el azuzamiento de la represión social difusa y la exaltación del miedo y el sacrificio bélico. Cuanto más salvaje es la realidad cotidiana, más banales y vacías se vuelven las «preocupaciones legítimas» -esto es aceptables por el estado- y más apocalíptico el relato de futuro. La cuchilla ideológica cargará aún más abiertamente contra el futuro posible y necesario mientras la cuchilla represiva se cebará en cualquier respuesta colectiva de los trabajadores.

Todo con tal de alejarnos del futuro para poder explotarnos y sacrificarnos en masa un presente cada vez más contradictorio y violento.

Para el proletariado, su relación con el futuro es la única medida material de su situación presente. Cuanto más se aleje de él, más atomizado y más lejos de existir políticamente estará. Y dado que no puede acumular poder dentro de la sociedad capitalista -¿cómo podría acumular poder en el sistema organizado para su explotación?-, su relación con el futuro no puede conocer tampoco treguas: o avanza o retrocede. O vuelve al pasado y se desvanece como sujeto colectivo en la sociedad, o avanza y se afirma de modo antagónico al orden existente.

El proletariado y el futuro

La única solución: organizarnos de todas las formas posibles, negar en la práctica la atomización para ganar fuerzas y enfrentar un mundo decadente cada vez más volcado en la guerra en todos sus rincones y a todas las escalas.