No hay alivio con Joe Biden

14 de noviembre, 2020 · Actualidad> Norteamérica> EEUU

Estamos en días de bombardeo mediático en EEUU. Nos machacan que la elección de Joe Biden es una vuelta a la normalidad, que salvará el alma de América y permitirá que se cure. Nos dicen entre hipos y lágrimas que el pueblo americano está suspirando de alivio.

Y entre balbuceos emocionados pretenden que el resultado electoral tiene un significado especial para los votantes negros que, según ellos, dieron la victoria a Joe Biden.

Según el relato que parece se convertirá en oficial, los desastrosos efectos de la pandemia son culpa no sólo de la mala gestión de Trump, sino también de su falta de empatía. Biden, por el contrario, nos aseguran, es un hombre empático que se hará cargo de la pandemia y de las necesidades de la población americana, apoyando a la clase media, haciendo justicia con las minorías y protegiendo la salud y las condiciones de vida de los trabajadores.

¿Traerán los demócratas el fin de la precarización y la austeridad?

El nivel de vida del estadounidense medio tiene que disminuir [para contrarrestar la inflación]. No creo que se pueda escapar de eso.

Paul A. Volcker

Una mirada superficial a las políticas de las anteriores administraciones demócratas deja claro que el partido demócrata no está menos comprometido con la precarización y la austeridad que el republicano desde los tiempos de Jimmy Carter.

Paul Volcker, un demócrata que fue presidente de la Junta de la Reserva Federal durante la presidencia de Carter, fue uno de los primeros en ensalzar a Ronald Reagan por enfrentar con contundencia las huelgas de trabajadores.

En los años Reagan la crisis económica despuntaba con fuerza globalmente, una oleada de combatividad empujaba desde abajo a los sindicatos y, a pesar de todas las limitaciones que estos mismos imponían, huelgas masivas en todos los países industrializados limitaban las políticas draconianas que el capital exigía. Volcker llegó asegurar que…

La acción más importante de la administración para ayudar en la lucha contra la inflación fue derrotar la huelga de controladores aéreos.

¿Cambiaron los demócratas desde entonces? No lo parece. En 2008, Barack Obama nombró a Paul Volcker para su equipo de transición económica. Y no se quedó ahí:

Poco después al asumir la presidencia, nombró una comisión bipartidista sobre el déficit (la Comisión Nacional de Responsabilidad Fiscal) repleta de halcones del déficit y copresidida por los «reformadores» de la Seguridad Social Alan Simpson y Erskine Bowles. Esta comisión, como era de esperar, emitió un informe en diciembre de 2010 en el que pedía que se aumentara la edad de elegibilidad para la Seguridad Social, se redujera el aumento de los beneficios de la Seguridad Social basado en el coste de la vida y, de forma menos previsible pero escandalosa, se redujeran las tasas de los impuestos personales y corporativos para los grupos de mayor nivel.

Lo que es aún más siniestro, Obama nombró a un protegido de Rubin y Summers, Timothy Geithner, como Secretario del Tesoro. Geithner, presidente del Banco de la Reserva Federal de Nueva York, había dirigido el rescate de los grandes bancos de Wall Street durante la crisis de las hipotecas de alto riesgo y el pánico en los mercados financieros de 2008.

La diferencia entre demócratas y republicanos nunca giró en torno a precarizar o no la vida de los trabajadores. La precarización era el objetivo de ambos… la diferencia residía en la fuerte oposición de los republicanos a los aumentos de impuestos a las grandes fortunas de la clase dirigente y las empresas. Los demócratas, en cambio, estaban dispuestos a aumentar los impuestos para los capitalistas, aunque no mucho, sin dejar de imponer medidas que aumentaran la explotación de los trabajadores para reanimar la economía, es decir, la acumulación de capital.

La forma de imponerlo fue poner el foco en el déficit de las cuentas federales e introducir recortes automáticos generalizados que suplirían todo desfase si no se aprobaban nuevos impuestos.

Si el Congreso no pudiera elaborar un plan bipartidista para reducir el déficit presupuestario en 4 billones de dólares en 10 años -incluyendo los 2,5 billones ya acordados-, entonces alrededor de 1 billón de dólares en recortes automáticos, arbitrarios y generalizados entrarían en vigor en el año fiscal 2013. Obama apostó que las consecuencias draconianas de la inacción persuadirían a los republicanos a aceptar los incrementos de impuestos sugeridos por él como parte de un plan bipartidista de reducción del déficit. Pero juzgó mal su fervor anti-impuestos. No se llegó a ningún acuerdo, y los cortes automáticos comenzaron.

De ese modo, el gasto público, incluyendo Medicare, se recortaría en un 10% de 2013 a 2021. Es en ese marco en el que hay que entender qué fue el ObamaCare.

Las ciudades y estados de los Estados Unidos están considerando retirar a sus jubilados, y en algunos casos a sus empleados activos, de los beneficios financiados por la ciudad. Neil Bomberg, director del programa de la Liga Nacional de Ciudades, dijo en una entrevista con Bloomberg News, «Las ciudades y pueblos estarán buscando formas de reducir esos costos, y los intercambios [de Obamacare] pueden proporcionar un mecanismo muy viable». El estado de Washington está considerando enviar toda su fuerza de trabajo activa a los intercambios del Obamacare.

Es decir, el Obamacare, aunque fue pregonado como como una forma igualitaria de ayudar a los trabajadores no asegurados, está diseñado para extraer de los trabajadores una cantidad mayor que el costo de su atención médica.

La mayoría de los trabajadores estadounidenses estaban cubiertos por el seguro de la empresa que es más barato para los trabajadores que los planes de los seguros privados. El objetivo del Obamacare era conseguir que más trabajadores estuvieran cubiertos por planes de seguros privados.

La cobertura de la atención de la salud para sus empleados dejará de ser la norma aceptada para las empresas grandes y medianas. En su lugar, los trabajadores se verán abandonados a su suerte, obligados a enfrentarse a gigantescas empresas de seguros de salud como individuos, con subsidios mínimos del gobierno o de sus empleadores privados que harán poco por compensar los enormes aumentos de las primas, los copagos y los deducibles. En esencia, se está instituyendo un sistema de vales, y el principio se extenderá inevitablemente a Medicare y Medicaid, los programas de salud del gobierno para los jubilados y los pobres, respectivamente. Esto proporcionará los medios para privatizar y desmantelar estos programas sociales básicos.

¿Será el gobierno Biden diferente del gobierno en el que Biden fue vicepresidente?

No parece haber dudas de que las tibias promesas electorales de Biden sobre la austeridad no se cumplirán.

El Wall Street Journal tranquilizaba a sus lectores recurriendo a uno de los políticos más cercanos a Biden, quien se expresaba en términos bastante claros.

El ex senador de Delaware Ted Kaufman, un hombre de confianza de Biden que le sucedió en el Senado, predijo durante una entrevista en vivo del Wall Street Journal el martes que sería difícil lograr un gran aumento del gasto federal en 2021.

«Cuando entremos, la despensa estará vacía», dijo el Sr. Kaufman, quien lidera el equipo de transición del Sr. Biden. «Cuando vean lo que Trump ha hecho con el déficit… olvídense de Covid-19, todos los déficits que construyó con los increíbles recortes de impuestos. Así que vamos a estar limitados».

Esto nos devuelve automáticamente a la administración de Obama y sus políticas para reducir el déficit a costa de los trabajadores. De hecho, ya están preparando excusas. No faltan quienes afirman que una probable mayoría republicana en el Senado y una estrecha mayoría demócrata en la Cámara de Representantes impedirá que Biden pueda hacer avanzar su supuesta agenda progresista. Desde luego, no sería la primera vez que un político hiciera una promesa que nunca tuvo la intención de cumplir.

Pero, lo más importante, es que no se trata de eso. Incluso si se aprobara una legislación progresista no estaríamos más cerca de un mundo guiado por las necesidades humanas. Solo cambiaría la forma en la que nos sacrificaran para aumentar la rentabilidad de las inversiones de capital.

Es para el capital para quien los demócratas y Biden reservan lo mejor de su famosa empatía. No hay más que ver el cacareado grupo de expertos con el que Biden pretende estar poniéndose en marcha contra el Covid. No faltó un simpático malthusiano que considera que vivir más de 75 años es una aberración… a evitar. Con tales expertos, no es de extrañar que en lugar de confinamientos y cierres de escuelas la batalla contra el Covid se reduzca a mucha empatía, rastreadores -inútiles cuando hay transmisión comunitaria- y la recomendación de comprar mascarillas.

¿A qué juegan los demócratas?

Tampoco es una cuestión de mayorías demócratas o republicanas. A pesar de toda la retórica, los republicanos no son la antítesis de los demócratas. De hecho, Biden y el partido demócrata estarían en una posición ventajosa al enfrentarse a una mayoría republicana en el Senado

Considere la alternativa. Biden es el presidente mientras que su viejo amigo McConnell es el líder de la mayoría del Senado… Biden puede hacer creíblemente el caso de que no tiene sentido promover cierta legislación en la Cámara porque estará muerta a su llegada al Senado. Mientras que los progresistas podrían detestar eso, les costaría negar la obvia realidad política.

Es decir, la mayoría republicana le servirá para establecer más fácilmente la unidad. Los ataques a los trabajadores se explicarían para mantenerla.. y al mismo tiempo nos dirán que les debemos perdornar porque, para evitar el mal mayor del trumpismo, tendrán que llegar a compromisos imperfectos. A su pesar, por supuesto, que nadie ponga en duda la empatía.

De hecho, nos lo vienen adelantando, al menos desde la Convención demócrata: según nos contaron ya entonces esto no va de estar a favor o en contra de la austeridad, de la asistencia médica universal o de la precarización de las condiciones de trabajo. Va, nos dicen los demócratas, de crear una coalición con la gente decente del partido Republicano.

Los demócratas quieren unidad para tener una excusa frente a los trabajadores sin desgastarse frente a estos, pero también para apaciguar a la pequeña burguesía de izquierda con el coco trumpista, y dividir a la base del partido republicano, que cuenta con una pequeña burguesía cada vez más delirante y airada.

El resultado global de esa estrategia reforzaría a la clase dominante en dos movimientos. El primero enfrentaría a las distintas facetas de la revuelta de la pequeña burguesía: atomizando y dividiendo a la que aupó a Trump, apaciguando a la pequeña burguesía negra que el propio partido demócrata atizó para desalojarlo. Así, en un segundo movimiento, aumentaría su capacidad de sofocar la capacidad de la clase trabajadora para resistir los ataques que están ya preparando para reanimar la acumulación.

Porque, no lo olvidemos, el racialismo y el identitarismo no solo son movimientos interesados de la pequeña burguesía, son armas para dividirnos… que los sindicatos piensan explotar hasta la extenuación. Y el Green New Deal, ante todo, es la forma tecnológica y regulatoria de la mayor transferencia de rentas del trabajo al capital desde la última guerra mundial.

Los suspiros y el alma de América

Viendo en lo que consiste salvar el alma de América, podemos hacernos una idea bastante clara sobre en qué consiste. No es otra cosa que una forma cursi de llamar al espíritu patriótico, a la disposión a sacrificarse por los intereses del capital nacional: con el Covid, aceptando aun más precarización y austeridad (es decir, aceptando un empeoramiento de las condiciones generales de nuestra propia explotación), y, en última instancia, cerrando filas con la burguesía cuando las necesidades del capital animen al estado a entrar en nuevas guerras comerciales y militares.

No podemos aceptar ese alma que mata nuestro cuerpos. No podemos más que rechazar cualquier pretensión de tener patria. No somos americanos, somos trabajadores que vivimos y somos explotados en Estados Unidos. Tenemos los mismos intereses que los trabajadores de cualquier otra parte del mundo.

Y ellos, la clase dirigente, lo saben. Por eso dicen que estamos suspirando de alivio. En realidad, eso es algo que ni siquiera ellos pueden hacer.

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