No era co-living, era mucho mejor

1 de febrero, 2021

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Imagen promocional de una empresa madrileña de «co-living»

En la prensa están apareciendo artículos promocionando el co-living. Se dirigen específicamente a jóvenes trabajadores (no se admiten estudiantes, remarcaba TeleMadrid) y venden un modo de vida basado en la idea de comunidad que promete vencer el aislamiento y la atomización. La realidad: pisos compartidos con espacios individuales mínimos a precios que hace no tanto se pagaban por una casa familiar; precarización habitacional más allá de las mini-casas con un falso lazo colectivista y relaciones interpersonales mercantilizadas. Ciertamente parecidas a las opresivas y miserables komunalkas stalinistas que ahora también vuelven, pero a años luz de los movimientos de vivienda colectiva y comunal del movimiento obrero hasta y durante la Revolución Rusa.

Los primeros discursos sobre el co-living que llegaron a los medios masivos nos hablaban de residencias nacidas como cooperativas de mayores que resistían a la masacre pandémica. Recordábamos entonces que, a pesar del valor de la propuesta, no cabía esperar que las residencias dejaran de ser lo que son: instrumentos para colocar capital en los que la rentabilidad va por delante de todo lo demás, como hemos visto. Lo que es más, recordábamos que las primeras experiencias de urbanismo colectivista fueron auto-organizadas por trabajadores durante los años de máximo apogeo de la IIª Internacional y vimos entonces como aquel contexto de organización masiva de los trabajadores había dado forma a la experiencia. Nos interesaban más las preguntas que los trabajadores militantes se hacían entonces que las realizaciones. Pero la verdad es que esas realizaciones llegaron más lejos que los supuestos modelos innovadores que nos presentaban.

Pero con el nuevo significado de co-living como piso compartido ya ni siquiera cabe la comparación con el antiguo cooperativismo obrero de vivienda con servicios colectivizados pensados para minimizar y automatizar los trabajos domésticos.

Sin embargo sí hay una tradición obrera y militante que, en más de un momento, compartió piso... pero con formas, reglas y modos en las antípodas de lo que nos venden ahora.

El comunalismo en Rusia antes de 1917

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Segunda casa construida en la colectividad-artel de Krinitza, Krasnodar, en el mar Negro

Desde la publicación del ¿Qué hacer? de Chernishevski, el comunalismo se había extendido como un modo de vida de la oposición radical rusa al zarismo. Tanto en los cuadros eseristas y mencheviques de izquierda como entre anarquistas y bolcheviques.

No podemos entenderlo sin las detalladas referencias que en la novela aparecen a las experiencias comunitarias y cooperativas de Robert Owen. Y es que el impulso a la moral comunista que dio la novela se tradujo en un amplio movimiento, primero de comunas residenciales de estudiantes; luego de arteles rurales populistas que acabarían en parte en el tolstoianismo y en parte en el cooperativismo, aunque algunos se convirtieran en empresas privadas; finalmente, desde los años 90, grupos de trabajadores formaron arteles urbanos, un movimiento que se multiplicaría durante la revolución y que al final de los años 20 -antes de ser prohibidos por Stalin- tomaría la forma de colectivos de producción. Tanto en los arteles como en las Comunas residenciales, los miembros compartían todos los ingresos en un fondo común que satisfacía las necesidades de cada uno. La diferencia es que en los arteles y comunidades de producción los miembros no solo vivían juntos sino que trabajaban juntos -fuera como cooperativa de trabajo o como cuadrilla- mientras que en las comunas residenciales los miembros trabajaban en ocupaciones externas y aportaban luego sus salarios e ingresos al fondo común.

La influencia de Chernishevski en la década de 1860 y más allá fue fuerte. Es sabido que los nihilistas buscaron en las páginas de ¿Qué hacer? pistas sobre cómo organizar los arteles y las comunas residenciales. Algunos de los radicales más importantes de la década de 1870 salieron de un ambiente comunal. Cuando eran arrestados, los revolucionarios a menudo llevaban la idea comunal a la prisión. Los hombres y mujeres de la Colonia Penal de Kara compartían todos los bienes, se leían unos a otros y vivían de acuerdo a una constitución estrictamente escrita.

Richard Stites, Revolutionary Dreams: Utopian Vision and Experimental Life in the Russian Revolution

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Martov y Lenin en una reunión del grupo «Emancipación» en 1897.

En 1890 un joven Lenin que esperaba la autorización para hacer sus exámenes, conoció a Preobrajenski cuando éste organizaba arteles en Alakaievka; años después, el núcleo original del Iskra formado por el propio Lenin, Martov y Zasulich vivió como Comuna residencial en Petrogrado. Y cuando se trasladaron a Londres, el puesto de Lenin -que decidió vivir con su familia porque no soportaba el desorden que acompañaba siempre a Zasulich- fue ocupado por Trotski. Los jóvenes politizados rusos de los años 80 y 90 del siglo XIX adoptarán un cierto modo de vida que hará natural en sus ambientes la dedicación militante.

El Qué hacer de Chernishevski había servido para llevar a una generación un destello de la moral comunista; los jóvenes de entonces habían transformado su modo de vida de acuerdo a ella extendiendo un primer movimiento comunalista, y al hacerlo, habían creado las bases para la llegada de las ideas y textos del movimiento obrero internacional y la aparición de los primeros grupos marxistas rusos, aun antes de la existencia de un proletariado moderno y masivo en el país.

Sin embargo, los militantes representaban en eso solo una parte, la más visible quizá, pero en realidad solo una parte de una cultura comunitaria común en el proletariado ruso.

El obrero Semen Kanatchikov describe elocuentemente tal comuna de quince trabajadores en una gran habitación, con sus camas anillando una mesa. A la hora de la comida comían de un cuenco común (como en la cabaña del pueblo) y luchaban ritualmente por la carne del fondo. No docenas, sino cientos de miles de trabajadores vivían de esta manera en la generación anterior a la Revolución.

Revolutionary dreams, Richard Stites

El comunalismo durante la Revolución Rusa

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El desarrollo y triunfo de la revolución no podía sino alimentar aun más un movimiento espontáneo que se alimentaba de la experiencia acumulada tanto como de tendencias más profundas en la naturaleza de clase.

Es muy llamativo que aunque la proliferación de comunas de trabajadores arranca desde antes de la revolución de febrero, no se interpretará ni por los bolcheviques ni por sus propios protagonistas como un movimiento propiamente dicho hasta 1921, el año de la NEP (Nueva Política Económica). Hay entonces una eclosión de lo que Nadezhda Krupskaya llama entonces comunas obreras jóvenes.

La NEP era un parón, forzado por el estancamiento de la revolución socialista en Europa, de la dinámica de revolución permanente de la revolución en Rusia. Congelaba la revolución social, que ya había despuntado ocasional y espontáneamente en el comunismo de guerra, bajo lo que Lenin definió como un capitalismo de estado bajo condiciones de dictadura del proletariado.

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La misma contradicción presente en la fórmula evidencia que la NEP era un intento desesperado por reconstruir un tejido productivo arrasado por la guerra civil y el hambre, cuya descomposición había prácticamente desbandado al proletariado organizado que había hecho la revolución vaciando al tiempo los soviets de la vida de octubre. El comunalismo se convertirá entonces en el refugio y la forma de expresar en el nuevo marco las tendencias aun vivas hacia la revolución social.

Cuando el stalinismo estaba ya triturando el comunalismo industrial en 1931, los médicos del Instituto de Cultura Sanitaria publicaron un estudio sobre las comunas juveniles en las ciudades soviéticas. De las tres tipologías que destacan, los historiadores británicos post-mayo 68, que son los que más han tratado el tema, destacan la de las comunidades donde los miembros trabajan en distintas fábricas y no hay una ligazón directa de la comunidad con ninguna en especial. Son las menos numerosas y las más cercanas a la tradición comunal pre-revolucionaria, en las que conviven la resistencia a la pobreza, los valores comunitarios y el deseo de afirmar una nueva moral comunista. Por lo mismo, son las menos interesantes aunque fueran parte de la normalidad de la NEP.

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Nunca en la historia una sociedad o una revolución produjo tal comunalismo masivo. Cientos de comunas urbanas, miles de rurales y decenas de miles de comunas de trabajo brotaron en la inmensidad de la tierra rusa en forma de falansterios, apartamentos tallados en el espacio abierto, tiendas y cuarteles plantados al lado de grandes fábricas de acero y centrales eléctricas. El comunalismo era el principal lugar de la utopía revolucionaria, el punto en el que convergieron muchas otras corrientes, donde la bandera de la igualdad ondeaba de forma más visible y honesta. [...]

Un imaginativo grupo de trabajadores -sin duda inspirado en los principios del artel- consistía en cinco trabajadores que mantenían cuatro puestos de trabajo mientras uno de ellos rotaba en las tareas domésticas. Una comuna de Leningrado de trabajadores de tres fábricas famosas (Skorokhod, Triángulo Rojo y Putilov Rojo) estableció su comuna en una sinagoga cerrada.

Las comunas residenciales urbanas de los trabajadores no se limitaban en absoluto a las dos capitales (los datos incompletos registran sesenta de ellas en 1930), aunque el material sobre ellas en otros lugares es menos abundante. En la lejana Nizhny Tagil, en los Urales, dos jóvenes komsomoles fundaron en 1930 una comuna con diez familias en una casa de dos pisos que antes pertenecía a un comerciante. Cada miembro estaba obligado a participar en la actividad pública de la ciudad o del lugar de trabajo.

Revolutionary dreams, Richard Stites

Los doctores soviéticos sin embargo destacaban en el momento las comunas de producción en las que los miembros trabajaban juntos en una fábrica y ponían en común los salarios, redistribuyéndolos según los casos a partes iguales, según la tradición cooperativa obrera o en función de las necesidades, según la lógica comunal-comunista desde tiempos de Cabet. Agregan que el número de estas comunas en las que los trabajadores viven compartiendo edificios o plantas de ellos que arreglan según sus necesidades es mayor que el de las comunas en las que los trabajadores han mantenido sus propias viviendas.

En 1921 había 865 en Moscú y 242 en Jarkov. Según un historiador de la arquitectura, tenían cocinas comunes, comedores, jardines de infancia, guarderías, rincones rojos, salas de lectura y lavanderías. Una comuna de Petrogrado en 1919 tenía 230 miembros, y una comuna de trabajadores en las Obras del Arsenal de Kiev, 80, aunque eran atípicamente grandes. Bajo el comunismo de guerra, incluso aquellos que no vivían en comunas podían beneficiarse de la alimentación pública (y a menudo gratuita) en una red de cafeterías abiertas por el Estado.

El comedor, la lavandería, la cocina y la habitación de los niños proporcionaban el marco comunitario. Cada familia tenía su propia habitación, pero no se permitía llevar comida a ella. Todas las mujeres trabajaban, pero una niñera y una cocinera eran contratadas para el trabajo doméstico. A los huéspedes se les permitía quedarse gratis. Los comuneros juntaban sus salarios, se reunían a la hora de comer y por las noches para discutir. Esta comuna sufrió los golpes de la reasignación masiva de trabajadores en 1932 y no sobrevivió. Fue una de las muchas que desaparecieron en el frenesí del plan quinquenal.

Revolutionary dreams, Richard Stites

Otra expresión importante de las tendencias comunalistas durante el retroceso de la revolución fue la aparición de colectivos de producción, similares en todo al modelo del que surgió Degania. Su argumentario enfrentaba las tendencias de la NEP con la reivindicación de salarios socialistas. Tanto Stites como Andy Willimot en Living the Revolution (2018), citan numerosas declaraciones de sus miembros que afirman que su objetivo es implantar la forma comunista de trabajo.

Compartiendo los salarios por igual, nos acercamos a nuestros camaradas. Nuestro objetivo... es una vida común basada en los principios comunistas

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El titán proletario por Mayakovki

Los colectivos formaron una amplia red de colaboración y trabajo asociado que al parecer llegó a agrupar a 134.030 cuadrillas y comunas. Se consideraban a sí mismos trabajadores de choque, pero se concentraban en el metal y el textil, el corazón de la industria rusa del momento.

Estos colectivos expresarán en la segunda mitad de los años veinte, la resistencia social y política a la NEP de una parte importante del proletariado militante ruso. En un entorno de creciente represión de tendencias y acallamiento de las huelgas, los colectivos mantendrán su legitimidad soviética gracias a sus impresionantes registros de productividad, y no renunciarán a las actividades de mejora de las habilidades y de concienciación de los trabajadores hasta que el stalinismo los enfrente directamente. Cuando lo haga tendrá que enfrentarlos ideológicamente también, atacando sin pudor el supuesto carácter nocivo de su igualitarismo. Con la primera represión y deportación masiva de decenas de miles de miembros de la Oposición de Izquierda a partir de 1929, comienza también el ataque a los colectivos. Para 1931-32 ya no quedará prácticamente ninguno.

¿Qué aprendemos de estas experiencias colectivas?

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Comuna, por Mayakovski

Estamos desde luego en las antípodas de lo que nos venden ahora. Para empezar no eran el resultado de un organizador, un casero emprendedor dispuesto a sacar beneficio del último centímetro cuadrado. Lejos de contabilizarse cada consumo y cada necesidad, lo que les movía era una voluntad práctica de desmercantilizar las relaciones humanas.

Los cientos de miles de trabajadores involucrados en esta gigantesca experiencia de clase pretendían avanzar la desmercantilización en el único ámbito en que podían hacerlo en aquel momento. Pero lo realmente interesante es que entendían que la forma de hacerlo comenzaba por convertirse en un trabajador colectivo consciente. Compartir los ingresos y los consumos solo era una parte, a veces un catalizador, otras una consecuencia, del todo por el que luchaban: emancipar el trabajo -y con él la vida- de las relaciones capitalistas como clase. Todo fueron primeros pasos, todo fue tentativo, pero lo fundamental merece ser recordado: tensión permanente hacia la desmercantilización, discusión y aprendizaje colectivos, reinventar el trabajo y guiar el propio colectivamente por el criterio de aportar a las necesidades del conjunto de la clase en aquel momento...

Mucho más que un modo de vida. Y justo lo opuesto de la precarización y la mercantilización del uso de la nevera y el lavaplatos.