Cerrar
Emancipación;

Communia

Internacionalistas

Blog de Emancipación

También mantenemos el
Diccionario de Marxismo,
la Escuela de Marxismo y los canales @Communia (noticias internacionales) y @Huelga (huelgas en el mundo) en Telegram.

Comunicados de Emancipación

Buscar

  • También puede serte útil nuestro Mapa de navegación: todos nuestros artículos organizados en secciones y ordenados cronológicamente

Artículos más leídos

Entender el ahora

En el comunismo...

Decadencia: El antagonismo entre el crecimiento capitalista y el desarrollo humano

Los límites del conocimiento bajo el capitalismo

Historia de clase

Crítica de la ideología

Los orígenes de la ideología y la moral burguesa

Moscú bajo Lenin

30/03/2019 | Artes y entretenimiento

Salvando quizá los de Serge, que tuvo una oleada de traducciones en los últimos años, son escasísimos los libros que se traducen o republican en español de testigos de la primera gran ola revolucionaria (1917-37). La aparición de una edición en español de «Moscú bajo Lenin» de Alfred Rosmer sería solo por eso una excelente noticia.

Pero Rosmer además tiene interés por sí mismo. Creador de la «Vie Ouvriere» con Pierre Monatte en 1909, Rosmer es uno de los padres del sindicalismo revolucionario que sostendrá a los escasos núcleos internacionalistas que opondrán la lucha de clases a la matanza imperialista en 1914. Apoya desde el principio la Revolución rusa y a partir del IIº Congreso de la Internacional (1920) jugará un importante papel en su organización. En 1920 hace parte de la fundación de la sección francesa de la Internacional en la que pronto se convertirá en ala izquierda y de cuya dirección tanto él como Monatte serán excluidos durante ‎ la «bolchevización» zinovietista‎, que prepara los partidos para su destrucción final por el ‎stalinismo‎.

Se une a principios de los 30 a la Oposición de Izquierda Internacional, que abandonará al enfrentarse al suicida «giro francés» de Trotski: la idea de que las fuerzas de la izquierda comunista debían integrarse como corriente independiente en el partido socialdemócrata que entonces sufría una «presión por la izquierda» desde sus bases. Seguirá personalmente ligado sin embargo a la familia Trotski y a la fracción de izquierda de la IVª Internacional hasta su muerte, como hemos visto en la correspondencia que publicamos entre Munis y Damen.

Haciendo balance, Rosmer fue lo mejor que dio el sindicalismo revolucionario... y precisamente por eso rompió -aunque de forma incompleta- con él, mientras que el grueso de esa tendencia, como se vió en la revolución española con el nefasto Maurín o el papel termidoriano de la dirección cenetista, estaba condenado a acabar en el lado contrario de la barricada cuando no engrosando la burguesía de estado. Como apunta Bordiga en su famosa necrológica:

En Rosmer sólo queremos ver la máxima expresión honesta y generosa de una tendencia que sacó sus recursos de la raíz misma de la tradición revolucionaria del proletariado francés, históricamente más acogedora con el anarquismo que con el marxismo.

Y ésto es lo que da aun más valor a este libro. La mirada de Rosmer, que refleja bien la sencillez y frescura de su texto, es la de un trabajador que se se une en cuerpo y alma a la Revolución con toda su pasión, honestidad y capacidad de sacrificio, consciente del significado de lo que está haciendo pero, sin embargo, incapaz de penetrar en sus consecuencias últimas. Por ejemplo, Rosmer solo ve en el ‎frente único‎ la «tecnología» para hacer consignas y promover el movimiento de clase en un momento de reflujo. No se da cuenta de que al pasar a considerar «partidos obreros» a las organizaciones que han participado del reclutamiento en la guerra, y poco después «gobiernos obreros» a los gobiernos parlamentarios formados por ellos, se está abriendo la puerta a que los partidos comunistas se supediten al ala izquierda del aparato político estatal y eventualmente pasen a ser parte de ella.

El «Moscú bajo Lenin» de Rosmer apareció originalmente con un prólogo de Camus que decepcionó inevitablemente a los revolucionarios cercanos y que fue eliminado de esta edición. Hay que señalar también en esta versión una ridícula y artificiosa catalanización de nombres propios y topónimos. Nin, por ejemplo, era Andreu en Barcelona, pero se presentó siempre como Andrés en la Internacional, homogeneizar el registro hoy a «Andreu» es de una beatería que inevitablemente colabora a la falsificación histórica en la que se haya empeñada la pequeña burguesía independentista catalana, como lo es sustituir España por «estado español» y no hacerlo con Alemania, Italia, Argentina y cualquier otro estado burgués.

Pero todas las limitaciones y escoras quedan en nada frente a la bocanada de verdadera memoria histórica, entusiasta y llena de vida de este libro que no os podemos sino animar a leer cuanto antes.