Memoria democrática

6 de diciembre, 2021

memoria democrática

El estado presume haber eliminado la Revolución del 36 de la «memoria histórica» tras la desaparición de la generación que la vivió. La fórmula: bombardeo ideológico y «premios» de aprobación social y mediática para quien adapte las memorias familiares al cuento oficial tendente a una nueva variante de la «reconciliación nacional». Ahora quiere intentarlo con dos generaciones de mujeres trabajadoras implantando una «memoria democrática y feminista» en los textos escolares y universitarios. No es casualidad que borren de paso a Orwell.

Tabla de contenidos

De la «reconciliación nacional»...

El Comité Central ampliado del PCE en 1976 voto con 169 votos a favor y 11 abstenciones hacer propia la bandera rojiagualda, una medida simbólica muy comentada en la época y presentada como «sacrificio» en pos de la «reconciliación nacional» abogada por el stalinismo desde 1956.
El Comité Central ampliado del PCE en 1976 voto con 169 votos a favor y 11 abstenciones hacer propia la bandera rojiagualda, una medida simbólica muy comentada en la época y presentada como «sacrificio» en pos de la «reconciliación nacional» abogada por el stalinismo desde 1956. Ahora un momento de la nueva «memoria democrática».

La «Memoria democrática» de hoy es literalmente la nieta de la «Reconciliación nacional» de los 50.

En 1953 el gobierno franquista firma los «acuerdos de Madrid» que entregan 4 bases estratégicas a EEUU en suelo español. Tras la distancia de la postguerra, España ya es parte del bloque estadounidense y el aparato estatal franquista respira. Los partidos republicanos en el exilio pierden definitivamente la esperanza de que los aliados impongan por la fuerza un cambio de régimen.

En 1956, el PCE primero y el PSOE después empiezan a promover la «política de reconciliación de los españoles». Excluidos del núcleo dirigente de la burguesía española tras la guerra, apuestan entonces por una «normalización» del régimen bajo el ala de EEUU con la bendición de la Rusia stalinista. Su objetivo es mostrar a las grandes potencias imperialistas que desplazar a Franco y homologar el aparato político español al de las democracias continentales de postguerra, no va a convertirse en el detonante de una nueva Revolución en España.

Quienes ahora emplean esa fórmula, sean stalinistas, curas, militares o «socialistas», nos la impondrán mañana, tricornios por delante. Lo que en realidad nos piden es no hostilizar a los explotadores, en particular a Iglesia y Ejército, cuando precisamente ellos son los manantiales de la brutalidad actual, el obstáculo principal a la liberación de la sociedad entera. En el fondo, los reconciliadores hostilizan a toda la población enemiga de Franco. La colusión entre algunos falsos antifranquistas de dentro y otros decrépitos de fuera la inspira un miedo común a la acción insurgente de los oprimidos. Nos reservan malas cosas. Tratan de impedir la revolución y en cambio retrasan la caída de Franco.

Empezando, 1958

La respuesta del régimen fue insertar de manera acelerada al estado y el capital español en el bloque estadounidense. 1959 no es solo el año de la famosa visita de Eisenhower, es sobre todo el año del «Plan de estabilización» que abrió las puertas a la llegada masiva de capital foráneo.

La jugada dio al régimen 20 años de relación privilegiada y protección de la principal potencia imperialista del momento, pero no le libró de contradicciones crecientes de clase. Especialmente y como no podía ser de otro modo, con la clase trabajadora.

A partir de 1962, con la huelga minera, la lucha de los trabajadores vuelve con fuerza y las herramientas del franquismo (los sindicatos corporativos), completamente desprestigiadas, son cada vez más inútiles para hacerlas descarrilar. Los sectores industriales de la burguesía serán los primeros en darse cuenta de la utilidad de los sindicatos, entonces clandestinos y de las reivindicaciones democráticas para conseguir enfrentar a los trabajadores.

Algunos reconocerán los comités de CCOO, USO, UGT, ELA etc. por su cuenta. Otros animarán a «sus» sindicalistas a infiltrar los sindicatos verticales franquistas (cosa que harán primero CCOO -controlada por el PCE- y a partir de 1976 UGT (PSOE).

Aunque al principio la burguesía tiene la esperanza de una adaptación funcional del aparato creado tras la guerra, las reformas -la más importante de ellas la del Fuero del Trabajo de 1938 que tendrá lugar en 1967- se mostrarán impotentes para reconducir una lucha de clases que se estaba acentuando en todo el mundo y preocupaba a burguesías mucho más sólidas.

Qué fue la Transición y qué significó la Constitución del 78, 6/12/2017

Entre el continuo crecimiento de la lucha de clases y la inquietud creciente de la pequeña burguesía que había sido uña y carne del régimen, a principios de los 70 el capital español ve ya como algo perentorio un remozo general de su aparato político. La ideología de la «Reconciliación nacional» mantenida desde los cincuenta por PCE y PSOE se convierte entonces en un pilar de la ideología bajo la de la «Transición democrática» y en el fondo continuo de los mensajes institucionales y el formateado ideológico del sistema educativo.

Lee también: Qué fue la Transición y qué significó la Constitución del 78, 6/12/2017

...a la «memoria histórica»

¿Asesinados por «defender la legalidad democrática» o por hacer la revolución?
La memoria democrática presenta a los asesinados por hacer la revolución como asesinados por «defender la legalidad democrática»

En 2007, bajo el gobierno Zapatero, el estado inició una cierta reinterpretación de la «reconciliación nacional» con la «Ley de Memoria Histórica», antecedente de la «Memoria democrática» de hoy. El horizonte no iba en un primer momento demasiado lejos, como con la ley de matrimonio gay, el gobierno trataba de empujar a la derecha a una respuesta que le asociara al franquismo y le separara de la mayoría social.

En principio, el argumentario se centraba en dos reivindicaciones aparentemente inapelables: el derecho de las familias a recuperar los restos de las víctimas de la represión repartidos todavía en fosas comunes y cunetas de todo el país; y eliminar nombres de calles y monumentos públicos en homenaje a los golpistas y represores franquistas.

Sin embargo, en la práctica, encuentra la puerta abierta a ir más lejos gracias a la desaparición biológica de la generación que hizo la Revolución. La campaña por la «memoria histórica» evoluciona pronto a una reivindicación de la II República española que «olvida» la represión sanguinaria de los gobiernos democráticos republicanos contra los trabajadores tanto durante la República como, especialmente, contra la Revolución que había estallado en todo el país el 19 de julio de 1936 y frustrado el golpe militar.

Los trabajadores caídos luchando por la Revolución y las colectivizaciones pasan a ser entonces presentados como demócratas en defensa de la legalidad republicana, se orillan sistemáticamente los trabajos historiográficos que hasta entonces habían servido de base a los historiadores académicos y en los medios se empiezan a hacer rutinarias campañas contra el reflejo literario de la Revolución, ni Orwell queda a cubierto.

Claramente, la «memoria histórica» se convierte en desmemoria forzada de la Revolución y «memoria implantada» de una identidad que nunca existió entre los trabajadores y la República. La «Memoria democrática» de hoy es el punto llegada.

Lee también: ¿Qué pasó el 19 de julio? 19/7/2019

Y su mutación en «memoria democrática»...

Carmen Calvo, impulsora de la ley de «Memoria Democrática» de Sánchez.
Carmen Calvo, impulsora del proyecto de ley de «Memoria Democrática» de Sánchez.

Desde 2018 el gobierno Sánchez entenderá como básicamente alcanzado el objetivo. La «memoria histórica» podía ya pasar sin ambages a convertirse en «memoria democrática».

El cambio de denominación no cambiaba el fondo: vender una vez más las supuestas maravillas de la «reconciliación nacional» pero con un giro anti-franquista extra que fortaleciera el relato de los orígenes de la democracia del 78, cada vez más insostenible frente a la revuelta de la pequeña burguesía regional.

Primer hito: la conversión del Valle de los Caídos de monumento bajo gestión de Patrimonio Nacional a centro de interpretación. Nada más simbólico: en lugar de demoler el infame mausoleo, se saca de él el cadaver del dictador y se «reinterpreta». Segundo hito: la celebración del supuesto centenario del PCE stalinista y sus años de «lucha por la democracia»... mientras sus dirigentes llamaban a los trabajadores del metal a «confiar en el gobierno» y deponer la huelga.

...y feminista

fake news feminismo
Campaña de «memoria democrática» según la cual el acceso al trabajo, la universidad o los libros por las mujeres se la debemos agradecer a feministas... irrelevantes cuando eso pasó. Ya puestas podríamos agradecerles la jornada de 8 horas y que haga calor en verano.

Pero en realidad, el cambio terminológico anuncia la voluntad de ir más allá. El estado se felicita del éxito de sus tecnologías de implantación de «memorias colectivas» y quiere ampliar su ámbito para asegurar, entre otras cosas, la implantación del feminismo como ideología de estado.

Es de justicia reconocer el papel que tuvieron las mujeres en España y el que ha tenido y tiene el feminismo en la historia reciente de este país

Lidia Guinart (PSOE) en La Nueva España

El problema de fondo, que lleva a la necesidad de implantar una «memoria democrática feminista», es que el feminismo nada tuvo que ver en los profundos cambios de la situación de las mujeres en el aparato productivo que se sucedieron desde los años sesenta.

Cuando se aprueba la Constitución casi el 40% de los estudiantes universitarios son ya mujeres. A mediados de los 80 ya había más mujeres que hombres recibiendo enseñanza superior. Entre 1978 y 2017 la población activa femenina creció en un 177% y la tasa de actividad de las mujeres pasó del 27,75% al 53,13%. En el mismo periodo, la tasa de actividad masculina caía del 74,63% al 65,04%.

El cambio económico fue acompañado de una serie de cambios culturales. En 1981, el gobierno Suárez presenta y consigue aprobar la ley del divorcio y en 1985 el de Felipe González la primera ley del aborto.

Desde las elecciones municipales de 1979, que produjeron una mayoría de ayuntamientos PSOE-PCE, los centros de «planificación familiar» difunden educación sexual básica y facilitan el acceso a los anticonceptivos a una nueva generación. Los valores ligados al sexo cambian, se «modernizan» y en general las relaciones personales, familiares y laborales se hacen -no sin roces- más igualitarias en función del sexo de cada cual.

Una tendencia que va pareja al colapso de la iglesia católica como referencia y creadora de modelos en la sociedad española. España pasa de casi un 70% de católicos practicantes a un 12%. El cambio en la moral sexual y las costumbres sigue adelante. Cuando en 2004 el gobierno Zapatero apruebe el matrimonio entre personas del mismo sexo, el 56% de la población será ya partidaria y solo poco más del 20% estará en contra.

Por supuesto el machismo seguía, sigue y seguirá mientras las relaciones sociales como un todo se basen en la violencia y la exclusión, pero aquel insoportable y burdo machismo español que había sido hegemónico hasta finales de los 80 se había convertido ya en subcultura de la derecha más recalcitrante, en tic reprochable en los políticos, en argumento de por qué era insoportable la «televisión basura» que despegaba desde la llegada de Berlusconi y su «Tele5».

El cambio cultural, sorprendentemente rápido en términos históricos, generó también sus resistencias y víctimas. Pero es significativo que el primer gobierno en reconocerlo, movilizando a los medios de comunicación afines para establecer el problema y aprobando la primera ley sobre la violencia contra las mujeres fuera el de Aznar en 2001, la época de la entrada en el euro.

Es decir, el grueso del cambio cultural, la generación que impuso en casa que los hermanos varones limpiaran los platos y no solo las hijas, las que normalizaron para las mujeres las mismas prácticas sexuales y relaciones afectivas que los hombres, las que vivieron el paso en la consideración de la violencia de género de vergüenza íntima a lacra social, es la de las mujeres que hoy tienen más de 50 años.

Dicho de otro modo: la igualdad legal y el acceso generalizado al mercado de trabajo en condiciones cada vez más iguales -es decir, igualmente precarias- a la de los trabajadores varones, fue protagonizada por las generaciones en las que el feminismo no existía como fuerza organizada ni siquiera en la universidad.

De lo que se trata ahora es de implantar una nueva «memoria democrática»: la idea de que todos esos cambios, fruto de la integración del capital español en el bloque estadounidense primero y en la Comunidad Europea después, fueron «conquistas de las mujeres» a cuya cabeza habría habido un feminismo reivindicativo «que cambió las cosas».

De ahí por ejemplo la reinvención ahora de autoras como Montserrat Roig. Esta autora, representativa del giro progre y nacionalista de la pequeña burguesía barcelonesa que había chapoteado lucrativamente en el franquismo y su stablishment cultural, pasa ahora a ser reinterpretada como una «pionera del feminismo». Es imposible convertir comentarios y actitudes de una escritora en un movimiento político y social, pero el estado cree que su capacidad para re-escribir la Historia puede convertirse en «memorias» colectivas.

Presume haber eliminado la Revolución del 36 de la «memoria histórica» tras la desaparición de la generación que la vivió. La fórmula: bombardeo ideológico y «premios» de aprobación social y mediática para quien adapte las memorias familiares al cuento oficial tendente a una nueva variante de la «reconciliación nacional». Ahora quiere intentarlo con dos generaciones de mujeres trabajadoras implantando una «memoria democrática y feminista» en los textos escolares y universitarios.

No es casualidad que borren de paso a Orwell. El autor inglés predijo con un término bastante contundente eso que ahora llaman «memoria democrática».

nos

Sigue actualizaciones y noticias internacionales en el canal Communia de Telegram