Los límites del humor

3 de abril, 2022

límites del humor

Las codas del asunto Will Smith en EEUU y la propuesta de Nobel de la Paz para «Katiba des Narvalos» en Francia nos iluminan sobre el papel y los límites del humor en relación con el estado.

Tabla de contenidos

¿Limites del humor?

Will Smith abofetea en los Oscar a Chris Rock
Will Smith abofetea en los Oscar a Chris Rock

Will Smith ha renunciado a su pertenencia a la Academia del cine. La decisión viene tras una intensa presión mediática y después de que se hiciera público que la policía intentara, durante la misma ceremonia, convencer a Chris Rock para que le denunciara y así poder detenerle y esposarle ante las cámaras antes de que acabara la ceremonia. Esta coda ¿final? del «escándalo» viene a cerrar definitivamente el debate mediático sobre si la violencia verbal de los humoristas puede ser confrontada por sus víctimas o tiene que ser aguantada estoicamente.

Mientras, en Francia, el partido del presidente Macron propone a «Katiba des Narvalos» para el premio Nobel de la Paz. KDN es un grupo de trolls en redes sociales que se introduce en grupos de conversación más o menos islamistas, los intenta reventar y los caricaturiza tras pasar informes a la inteligencia francesa. No son profesionales, son ciudadanos «vigilantes». Y lo que se premia es su método: el supuesto «humor» del que hoy son víctimas los islamistas y mañana podría ser cualquier corriente anarquista o comunista.

El humor desde el poder

Bufones retratados por Velázquez
Bufones retratados por Velázquez

Cuando vemos a los bufones de Velázquez algo nos queda claro: al pintor no le hacían ninguna gracia. La razón es que los bufones de su época ya no son ese oficio que Pedro el Ceremonioso instituye para que «alejen la tristeza y el malhumor, y en todo se muestren amables». Son más bien el opuesto de la tradición saturnal, no representan la inversión del poder ni siquiera en el reducido espacio de la Corte.

Con la consolidación del absolutismo, el bufón se convierte en portavoz del soberano, un intermediario que, bajo tintes burlescos, mediatiza y difunde los asuntos más delicados de la política regia de la que se erige en eficaz propagandista. El albardán áulico de los siglos XVI y XVII asume el orden social establecido y acaba sometiendo la risotada al servicio del poder: sus contestatarias chanzas se trocan en sentencias moralizadoras (Minois 2000: 262-264), cuando no en simples chismorreos y lisonjas en la decadente España de los últimos Austrias.

El personaje del loco en el espectáculo medieval y en las cortes principescas del renacimiento, Francesc Massip Bonet

Esa inversión del papel del «humor», su instrumentalización por parte del estado, convertirá la sátira bufonesca en herramienta de represión cortesana que, cuando la burguesía se haga con la dirección del estado, pasará a ser una herramienta de coerción social preparatoria de la represión.

La policía bonapartista se coordinará con los caricaturistas de la prensa oficial del mismo modo que un siglo después la prensa alemana preparará «con humor» los asesinatos de Rosa Luxemburgo y Karl Liebknecht o los caricaturistas stalinistas recuperarán los motivos antisemitas de la propaganda blanca para vestir el asesinato en masa de la Oposición de Izquierdas bolchevique primero y del propio Trotski después.

El «arma del humor» tiene dueño

Miremos ahora el «asunto Will Smith» desde la mirada del estado. Su bofetón fue en realidad un crimen que los antiguos romanos hubieran juzgado como «ateísmo»: rompió el orden sagrado de una ceremonia imperial. Más allá de la influencia del feminismo, en el marco de los grandes ceremoniales nacionales, lo personal es siempre político. Es decir, se juzga en relación con el estado. El bofetón recibido por Rock fue subsidiariamente recibido por el estado y el «bien mayor» de la hegemonía cultural del capital estadounidense en el mundo.

Si hubo violencia simbólica previa en los chistes de Rock, no importa. Rock ocupaba el estrado, la voz del poder. A Smith le tocaba aguantar estoico y con una sonrisa, mostrando esa «piel gruesa» que mefistofélicamente exige el espectáculo del poder a aquellos a los que enaltece por sus servicios. En este caso incluso simbólicamente, pues Smith había ganado ya un Oscar aunque no lo supiera.

Elemento importante a no olvidar: el humor, en el marco del espectáculo público televisivo o de la prensa, es parte de la industria de la opinión y por tanto un «pilar de la democracia». No es lo mismo Chris Rock en el estrado de los Oscar que un don nadie repitiendo la broma en un espacio público digital.

Tampoco es lo mismo el acoso digital a un funcionario público que el troleo de conversaciones antiestatales. Más si como KDN, el troll colabora con los servicios de inteligencia y se integra en la propaganda de guerra que justifica la intervención militar francesa en Mali.

Es decir, el «humor sin límites» es una prerrogativa del poder, la agresión simbólica vestida de «broma» es glorificada y presentada como un derecho fundamental porque no deja de ser una prerrogativa del estado. Pero la respuesta frente ella, salvo cuando sea promovida por el propio estado como parte de un desahogo carnavalesco (como pasó con BLM al principio) será duramente reprimida y perseguida.

Los «límites del humor» son los marcados por los espacios de poder. Por eso no va de temáticas. No importa tanto qué se dice, sino quién, cuándo y dónde lo dice.

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