Lo importante de la noche electoral en EEUU ya ha pasado

4 de noviembre, 2020 · Actualidad> Norteamérica> EEUU

Conforme avanza la noche en EEUU y con ella el recuento, más claro parece que los resultados finales van a ser reñidos y discutidos y que posiblemente no se consolidarán en el triunfo oficial de uno de los candidatos hasta dentro de unos días. Lo importante de la actual situación no es tanto el detalle y el goteo de resultados parciales en la carrera sino lo que la situación misma nos revela de la primera potencia mundial.

Cuestiones en el aire

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Katrina again and again. Fuera de EEUU, para dos generaciones criadas en la guerra fría e impresionadas por los despliegues bélicos de las dos guerras del Golfo, el impacto del huracán Katrina en Nueva Orleans resultó sorprendente. La ausencia de infraestructuras básicas, la pobreza masiva que se hacía visible, la desesperación y el sálvese quién pueda de los saqueos en mitad de una situación de emergencia, la falta de medios de unas fuerzas armadas que arrollaban países enteros pero que, en su retaguardia, no disponía siquiera de bombas para achicar agua… Y solo fue el principio. Los medios en Europa e Iberoamérica daban por hecha una rápida reconstrucción presentada por todo lo alto. Nunca llegó. Fue el momento Katrina, la primera percepción de que el estado de la mayor potencia imperialista mundial estaba muy lejos de ser esa máquina poderosa y eficiente de las películas de pandemias. Y de hecho la pandemia actual dejó en evidencia que EEUU tenía menos de 1/3 de las plazas hospitalarias por habitante de Japón o Corea y menos de la mitad que Alemania. Eso sí, con 3 veces más personas durmiendo en la calle por mil habitantes que España y un índice de población reclusa sobre el total siete veces mayor que China. EEUU va ya por su tercera ola de Covid y entre una y otra nunca ha conseguido llegar al mínimo de la anterior.

La prensa y las televisiones europeas presentan todo esto como parte del modelo social de EEUU y lo utilizan cada vez más para argumentar la supuesta superioridad del capitalismo de estado europeo sobre el estadounidense. Es decir, según la propaganda europea son cosas que habría que dejar al margen porque no reflejan más que opciones políticas y culturales, actos de voluntad colectiva. Es falso. Pero no es el momento de discutirlo.

La cuestión es… cómo puede ser que la primera potencia tecnológica mundial no tenga un sistema de recuento electoral no controvertido y rápido. Cómo puede ser que el estado capaz de mover medio millón de soldados a la otra punta del mundo en tres semanas sea incapaz de asegurar que los votos enviados por correo lleguen a tiempo a los colegios electorales y en plena noche electoral tengan a los jueces ordenando la intervención de distritos postales enteros para encontrar votos perdidos.

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Error 500 again and again. EEUU es la Meca de las tecnologías de la información, del big data y del desarrollo de la Inteligencia Artificial. Nos aseguran que la capacidad predictiva de las nuevas tecnologías de proceso es tal que deberíamos temer una supuesta singularidad que permitiría sustituir masivamente todo tipo de trabajadores por software y robots…

Sin embargo, los famosos modelos predictivos y los mashups de encuestas que usaban los grandes medios estadounidenses, no daban más de un 10% de probabilidades a Trump. Un paseo para Biden muy lejos, independientemente del resultado que finalmente se confirme, de lo que está resultando de las urnas. Al final las casas de apuestas parecen haber reflejado muchísimo mejor cómo se estaba decantando la opinión.

Así que la pregunta evidente es: cómo puede ser que la primera potencia tecnológica, la vanguardia de la industria de análisis de información y la maquinaria ideológica y mediática más gigantesca que se vio nunca, no hayan conseguido siquiera aproximar los resultados de su propio trabajo como generadores de opinión (que es lo que miden los sistemas electorales en una democracia).

¿Por qué ha habido tanto encono y señales de violencia alrededor de estas elecciones?

Hace cuatro años Trump supo cabalgar la revuelta amorfa de una parte de la pequeña burguesía empobrecida para alinearla con los intereses del capital y las industrias más dependientes del mercado interno.

El miedo a perder carreras tecnológicas clave frente al capital chino, hasta hacía poco subalterno, y la erosión acumulada del mercado interno, que se expresaba como la fragilidad de la cohesión social, produjeron una extraña alianza proteccionista en EEUU. La rabia de una pequeña burguesía que sentía el aliento de las quiebras, los desahucios masivos de tierras en el campo y la pauperización, se unió a la de los capitales centrados en el mercado interno -como las industrias extractivas– y a una parte del capital financiero que apostaba por un cambio en las reglas de juego del capital global y temía que de esperar más se hiciera tarde. El resultado fue una ruptura en la burguesía norteamericana que acabó en el agónico y polémico triunfo de Trump. Y con él el paso del «multilateralismo» a la renegociación uno a uno de los acuerdos comerciales y militares poniendo sobre la mesa de negociación comercial, literalmente, todo el arsenal estadounidense. No tenía nada que ver con demócratas vs republicanos más allá de ciertas formas y adornos[…] El trumpismo les estaba dando buenos resultados aunque, quizás, prefieran otras formas.

«De qué va EEUU», 12/5/2020

Y fueron esos buenos resultados los que, en realidad, sustentaron el nuevo consenso del capital estadounidense en la segunda mitad del mandato Trump. Las tendencias proteccionistas en el partido demócrata, que se expresaban bajo el auge de socialistas como Ocasio y Sanders se integraron en una nueva generación de dirigentes bendecidos por el aparato -como Kamala Harris.

La prueba de que la ruptura en el seno de la burguesía de EEUU está superada es que a día de hoy incluso Alemania se prepara para un agravamiento de las presiones y la guerra comercial con EEUU. Nadie espera de Biden un cambio real y aun menos que se rebajen las tensiones imperialistas.

Es precisamente eso lo que ha centrado y agudizado la oposición demócrata en torno a campañas y enfoques identitaristas durante estos cuatro años, culminando en el Strike for Black Lives. La estrategia demócrata para derribar a Trump ha tratado de encuadrar y animar la rebelión de la pequeña burguesía negra, el disgusto de las minorías religiosas, la inquietud de la pequeña burguesía de formación universitaria y sensibilidad feminista… es decir, ha tratado de exacerbar todas las tendencias anti-igualitarias, todo lo identitario, para crear una ola capaz de aprovechar el descontento por la criminal gestión de la pandemia… dado que la gestión demócrata no había sido diferente ni menos criminal para la gran masa de trabajadores que la trumpista.

Es decir, el identitarismo ha servido a la burguesía estadounidense para que esta campaña liberara tensiones movilizando votos… sin tocar de frente ni una sola de las divisorias y fracturas reales de la sociedad norteamericana. Fracturas que, como en todo el mundo, son de clase, no de identidad, ni sexual, ni racial… aunque el acendrado racismo que permea desde su origen a la identidad nacional estadounidense, tienda a racializar la clase social; y los intereses de la pequeña burguesía negra, los sindicatos y las grandes empresas confluyan en fracturar a los trabajadores en subgrupos raciales.

En cualquier caso, hoy ha sido un día de éxito para toda la clase dirigente de EEUU. Se ha batido un récord de participación electoral. Y aunque paradójicamente el voto no parece haber reflejado la falsa homogeneidad de las categorías identitarias, el uso del identitarismo como herramienta de movilización en torno a la democracia se ha revelado una estrategia todavía muy potente. Tanto que ha quedado oculto todo lo demás, desde el desastre pandémico a la incompetencia de la industria de la opinión para producir y predecir decantaciones electorales claras. Pero eso son sus problemas, no los de los trabajadores, que cuando amanezca volverán a enfrentarse solos y con todos los partidos en su contra, a la matanza desbocada del Covid y la precarización galopante de los empleos.

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