¿Llevan razón los agricultores?

6 de febrero, 2020 · Actualidad> Europa> España

Manifestación de agricultores en Don Benito que abrió la ola de movilizaciones de la pequeña burguesía agraria en España.

Las movilizaciones de la pequeña burguesía agraria contra la subida del salario mínimo están copando la actualidad de la semana en España. El gobierno ha derivado inmediatamente el problema hacia la discusión de los márgenes de las distribuidoras. Sánchez pidió una «autocrítica» a las empresas de distribución y su ministro de agricultura ha prometido cambiar la «Ley de cadena alimentaria». Pero el hecho es que la caída de precios de los alimentos en origen que impulsa la crisis de la pequeña propiedad agraria, es un hecho mundial. Desde EEUU donde ganaderos y agricultores enfrentan un récord de desahucios por los bancos a India. ¿Qué hay debajo? ¿«Llevan razón los agricultores» como nos han preguntado varios lectores?

¿Por que bajan los márgenes de los agricultores?

Valor añadido bruto por sectores entre 1930 y 2000 en España.

Los agricultores no mienten: la renta del sector agrario ha retrocedido 28.000 millones de euros y a estas alturas está a niveles de 2003. Solo en 2019 su renta ha descendido un 8,6%. ¿Por qué? Uno de los principales descubrimientos del trabajo de Marx fue aclarar en qué consistía realmente la competencia entre capitales y cómo se distribuía la ganancia entre ellos.

En el capitalismo la competencia entre las aplicaciones del capital por atraerlo hace que las productividades tiendan a igualarse. Es decir, que la ganancia que produce una hora de trabajo medio, de cualificación media, en cada sector tiende a ser la misma. De ese modo y globalmente, la parte de las ganancias que se lleva cada grupo de capitales tiende a ser proporcional al porcentaje que representa en el capital total. Simplificando mucho y como tendencia: tanto representa un sector en el capital nacional, tanta es su participación en las ganancias totales.

¿Cuál es el problema en el campo? Que en el sector agrario la producción encuentra antes que la industria y ésta antes que los servicios (fundamentalmente distribución y logística) un tope de absorción productiva de capitales. Y cuanto más pequeña sea la propiedad antes encuentra ese tope. Al principio se puede invertir en mejorar el régimen de explotación y pasar del secano al regadío, del terreno abierto al plástico y luego en maquinizar y emplear tractores o vareadoras para necesitar menos mano de obra. Pero mientras, los servicios a la producción agraria han invertido cantidades masivas en crear redes de almacenes refrigerados y flotas de camiones y han abierto mercados en los que venden las verduras frescas a miles de kilómetros de distancia hasta convertirlos en las principales fuentes de demanda.

Salarios o beneficios

Trabajadores de los invernaderos almerienses en un descanso.

Resultado inevitable: la industria de agrotransformación y la logística absorben un porcentaje de capital cada vez mayor del total invertido en el campo y por lo tanto se apropian de un porcentaje de la ganancia (el «valor añadido» de las cifras oficiales) cada vez mayor del total. Para rematar el valor añadido total, las ganancias globales del capital, están en mínimos. Las «leyes» del capitalismo hacen que al capital invertido en producción agraria le toque un pedazo cada vez más pequeño de una tarta cada vez menor. La única forma que los pequeños propietarios, la pequeña burguesía agraria, tiene de mantener la rentabilidad de lo invertido es aumentar la explotación en términos absolutos, de ahí los salarios de miseria de los jornaleros, la contratación de migrantes irregulares sin derechos legales y los mil y un abusos cotidianos en toda Europa y América.

Si la movilización de los agricultores empezó como una protesta por la subida del salario mínimo fue por algo. Echarle la culpa a la distribución como hace el gobierno es tirar balones fuera para no reconocer que el sistema impone intereses antagónicos al capital y a los trabajadores. Antagonismo que se ve con tanto más dramatismo cuanto más pequeña sea la propiedad y por tanto el capital invertido, porque en no pocos casos la ganancia del propietario se convertirá en pérdidas a poco que pague un salario mayor.

Donde no hay ni siquiera salario

Banco de alimentos en Glasgow. Los «food banks» se han convertido en una parte de la vida de la clase obrera precarizada británica que a pesar del pluriempleo muchas veces no puede llegar a fin de mes con comida para sus hijos.

Este fenómeno es tanto peor es en las explotaciones familiares en las que ni siquiera se explota mano de obra. Miles de pequeños propietarios autónomos que mantienen una producción compaginándola con trabajos asalariados. Su salvación histórica vino de la mano de la cooperativización. Uniéndose pudieron absorber parte del proceso industrial (lecherías, almazaras y bodegas por ejemplo) y acceder a menos costo a los canales logísticos y de distribución. Todo para descubrir que se habían convertido en realidad en explotados por su propio capital. Fenómenos como la concentración y modernización lechera que se han dado en todo el mundo, acabaron cargando a los más pequeños de deudas y expropiándoles de modo aun más efectivo que la competencia de los grandes capitales.

Los que quedan y no se han convertido en «empresas normales», ni siquiera pueden intentar cargar el margen extra que necesitan sobre los asalariados… porque son ellos mismos. Lo único que les queda es retener o destruir producción para crear escasez artificial y subir un poco los precios. ¿Puede haber algo más explicativo de hasta que punto el capitalismo de hoy es anti-humano y anti-histórico y está enfrentado directa y violentamente a las necesidades humanas? En un mundo en el que la pobreza y vuelven los bancos de alimentos y el hambre campan por sus respetos, la lógica del capital lleva a los propios productores a destruir más y más alimentos.

Agravantes: Europa y la guerra comercial

Sánchez y Macri en el G20 de Osaka celebran el acuerdo comercial UE-Mercosur.

El agravante inmediato de este proceso es, como hemos visto, la crisis. Y con ella la guerra comercial. EEUU está salvando a sus productores agrarios de una nueva oleada de quiebras masivas obligando en todas las renegociaciones comerciales a sus «socios-competidores» a pagar un peaje en compras agrarias. Lo hizo con Japón y lo impuso a sangre y fuego en las negociaciones de la tregua con China. En cambio en Europa la estrategia, marcada fuertemente por los países industriales exportadores como Alemania, es la contraria. El objetivo es llegar a acuerdos comerciales con países y regiones agroexportadoras como Mercosur para ganar oxígeno para el capital, a costa de admitir la entrada de productos agrarios baratos. Resultado: la tendencia a la bajada de precios se agrava por el extra de competencia. No es de extrañar que los movimientos anti-UE busquen a la pequeña burguesía agraria -como Le Pen en Francia- ni que Macron sabotee el acuerdo Mercosur en nombre del ecologismo.

¿«Llevan razón» los agricultores? ¿El gobierno?

Jornaleros en el campo murciano

Si por «llevar razón» entendemos que son honestos en la descripción de su situación, que hay no pocos que venden a pérdidas y que para defender su inversión, es decir, su capital, se ven impelidos a bajar salarios… sí, es evidente, el sistema funciona así, generando intereses antagónicos entre capital y trabajadores. La cuestión es que por el lado de los trabajadores en ese conflicto que llamamos lucha de clases se defienden necesidades universales y por el de la propiedad, la reproducción del capital que las niega.

Esa incompatibilidad, ese antagonismo entre intereses de clase y necesidades básicas humanas no puede ser reconocido por el gobierno ni en general por la izquierda. Todo su discurso se basa en negarlo y afirmar en su lugar que «otro capitalismo es posible». No, no lo es. Pero intentarán hacer que lo parezca. ¿El modo? Subvencionar indirectamente aun más, tal vez forzando, como propone Podemos, la subida y extensión de los precios mínimos que ya funcionan para muchos productos. El resultado sería un ajuste en la aplicación de capitales: saldrían capitales de la distribución y la logística hasta igualar las tasas de ganancia. ¿Quién pagaría entonces al final? El conjunto de familias trabajadoras que son el grueso de la demanda alimentaria. Pero ¿arreglaría la situación? Solo temporalmente. La dinámica del capital no va a parar por eso. Al revés, dada la nueva estructura de precios, el sector de distribución y logística aceleraría la incorporación de nuevos usos para el capital para aumentar el margen (¿camiones sin conductor? ¿almacenes automatizados?). En consecuencia se recrudecería aun más la tendencia a reducir lo que le toca al capital invertido en la producción ganadera y agraria del total de ganancia.

La gran lección de este conflicto es que la reacción de los pequeños capitales es la misma que la de todo el capital frente a la crisis. Solo que al ser más desesperada su situación, su respuesta es más clara y por tanto en cierto sentido más «honesta». ¿Qué exigían los agricultores? Poder pagar menos salarios y retener o destruir alimentos para subir artificialmente sus precios. Es decir, atacar directamente las necesidades más básicas de sus trabajadores y de la Humanidad como un todo.

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