Libia: luchas a ambos lados del frente ponen un alto a la guerra

15 de septiembre, 2020 · Actualidad> Africa> Magreb

Bengasi este domingo

Aun no se han agotado en Trípoli las protestas que comenzaron en agosto cuando una nueva oleada de protestas en Bengasi y su zona de influencia ha llevado a la dimisión del gobierno rival en el Este del país. ¿Bastarán estas luchas para imponer la paz en un país destrozado por el conflicto imperialista?


El tema de este artículo fue elegido para el día de hoy por los lectores de nuestro canal de noticias en Telegram (@communia).


Trípoli y Misrata

Llegamos en el Mediterráneo oriental a agosto con una situación de guerra en suspenso con una tendencia, que sigue en ascenso, de concentración de fuerza militar y provocaciones entre las potencias en liza. En Libia, el precario alto el fuego en Sirte y la enésima teatralización de conversaciones no permitían vislumbrar ningún horizonte que no fuera la guerra.

Solo dos días después de proclamarse el alto el fuego, el día 23 de agosto, mientras el gobierno de los Hermanos Musulmanes intentaba negociar el fin del bloqueo petrolero y la vuelta al negocio de las clases dirigentes libias, una serie de focos de protesta, formados en su mayoría por jóvenes trabajadores, convergieron sobre el Palacio de Gobierno en la capital.

Las consignas, bastante caóticas, mezclaban ataques a la corrupción reinante, la carestía de la vida y la falta de acceso a servicios básicos y tratamiento para el covid. Y ya un hecho esperanzador narrado incluso por AlJazeera, cadena que ha sido una fiel aliada del gobierno tripolitano:

Algunos de los manifestantes en Trípoli portaban banderas blancas para mostrar su falta de lealtad a cualquiera de las principales facciones de Libia

Como no podía ser menos, la represión fue instantánea y tan feroz que incluso propició un comunicado de los enviados de Naciones Unidas pidiendo una investigación. Amnistía Internacional aseguró que al menos seis manifestantes habían sido secuestrados y varios más heridos después de que soldados de camuflaje con ametralladoras pesadas dispararan contra la multitud llegada ya la noche.

Pero el movimiento estaba en marcha también en Misrata, tercera ciudad de Libia y segunda en población de la zona controlada por el gobierno islamista pro-turco. El gobierno, ante el crecimiento de las protestas, declaró el estado de sitio y militarizando las calles.

División y unidad ante el peligro común en la clase dominante

Ministro de Exteriores de Marruecos presidiendo una reunión entre los dos gobiernos libios.

El ministro del Interior, que forma parte de la oligarquía de Misrata, no solo tuvo el descaro de negar que los soldados respondieran a órdenes del gobierno, sino que aseguró simpatizar con las protestas. El gobierno lo suspendió inmediatamente. La jugada era una señal para sus propias filas, pero sobre todo un rearme frente al enemigo interno: los ministerios de defensa e interior se entregaban al jefe del ejército, ala dura del gobierno con estrechos vínculos con las fuerzas turcas.

La división entre los poderosos de Misrata y los de Trípoli había paralizado los planes para retomar los combates cuanto antes e invitaba a intervenir a las potencias que alimentan la guerra. Especialmente a Turquía, que llevaba demasiado invertido como para perder presa. Así que medió y presionó para recomponer el bloque de poder hasta conseguirlo y devolver el ministerio del Interior a los de Misrata.

Pero mientras la cohesión de las fuerzas del gobierno se recomponía al primer envite y la represión reinaba en Trípoli, las protestas se expandieron a Sabah, en el Sur, y a Quba en el Este, ambas al otro lado de la línea del frente, en territorio controlado por las fuerzas de Hafter y el gobierno de Bengansi.

Ambos gobiernos se descubrían de pronto unidos frente a un peligro común, y las negociaciones entre ambos en Marruecos avanzaron sorprendemente rápido hacia un reparto de cargos, rentas y estructuras entre las distintas facciones agrupadas en torno a las dos capitales.

Bengasi y Al Marj

Bengasi, las colas por gasolina se convierten en protestas.

En Bengasi el suministro eléctrico se está convirtiendo en una rareza y las colas para comprar gasolina, que está racionada, se convierten en interminables. El viernes por la mañana, en una de esas colas interminables, la ira se convirtió en protesta. Algunos de los que estaban en ellas comenzaron a quemar neumáticos tras el típico hostigamiento de la policia a los que llevaban horas esperando.

Las columnas de humo llamaron la atención de toda la ciudad en un ambiente ya muy tenso y caldeado. Grupos espontáneos cortaban el tráfico y quemaban neumáticos. Pronto eran centenares de personas en cada vez más puntos. Al día siguiente ya no era solo Bengasi sino varias ciudades más. Incluso al-Marj, bastión de Hafter, se levantaba. Una vez más, la represión fue inmediata y al menos una persona murió a consecuencia de los disparos del ejército.

Pero esta vez la represión no bastaba, el domingo las calles de Bengasi estaban tomadas por una multitud airada que no iba a dejarse amendrentar. La multitud se acabó congregando en el palacio de gobierno y prendiéndole fuego. La situación estaba volviéndose rápidamente insostenible… y el gobierno dimitió en bloque para salvar de la quema al parlamento al que teoricamente se debe y evitar tentaciones de auto-organización entre los manifestantes, en su gran mayoría trabajadores y con consignas que reivindican agua, energía y acceso a tratamientos médicos.

¿Bastará?

Trípoli ayer

A todo esto, Tripoli no es precisamente un remanso de paz. Las movilizaciones han proseguido y se han acrecentado con la represión. Ayer mismo, en el barrio de Gurji las protestas contra el asesinato de un joven por la milicia del gobierno de los Hermanos Musulmanes, acabaron con el barrio en llamas. La combatividad está alta.

Ambos gobiernos saben que su principal enemigo está despertando… y sienten un súbito impulso hacia la unidad. A prisa y corriendo se ha organizado una cumbre en París para el jueves. Su objetivo es apaciguar los frentes, poder concentrarse en la represión y el control de sus propios territorios y vender que la paz será la solución para todas las reivindicaciones. Pero la paz, producto de la lucha a ambos lados del frente, no tiene otro horizonte que la ruptura de la revuelta y la derrota de los trabajadores alzados.

Hasta ahora, y a pesar de las inmensas dificultades, las luchas han conseguido un gran triunfo: parar la guerra. Queda claro que no hay más paz que la que se gana luchando contra ambos ejércitos. Pero no hay forma de hacer avanzar las luchas que no pase por la aparición de una organización general y asamblearia de todos los trabajadores en lucha. Ahora es una contrarreloj: los intentos de alcanzarla por un lado, frente a la rápida organización de las facciones dirigentes de ambos lados animada por sus patronos -desde Rusia a Francia, desde Turquía a Qatar.

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