Las elecciones en EEUU y su impacto global

18 de octubre, 2020 · Actualidad> Actualidad global> Informe semanal

Debate televisivo entre Biden y Trump.
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El titular hoy desde India a Hong Kong pasando por Corea es que China está preparando su ejército a marchas forzadas para una invasión de Taiwan. Muchos analistas reducen el despliegue a maniobra intimidatoria, animada por el propio curso de la tensión con EEUU en el Mar de China y el ambiente de nacionalismo exaltado durante estas semanas de aniversario de la guerra de Corea. Pero hay una clave más: la proximidad de las elecciones en EEUU que los estrategas chinos llevan considerando el marco potencial de un ataque norteamericano desde hace meses.

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China no es, desde luego, la única potencia inquieta por las elecciones y sus potenciales resultados. Es llamativa y significativa la confusión británica. Gane quien gane, se da por hecho que EEUU no retomará el multilateralismo y que el proteccionismo y el objetivo de repatriar usos industriales del capital se mantendrá. Pero lo que pone nerviosa a la burguesía británica es que en el nuevo juego, EEUU tampoco ha acabado de conferirle un papel, entre otras cosas porque su estrategia ya no pasa por crear grandes marcos estables de posiciones y construir instituciones alrededor. Con Trump ni el pacto del clima, ni la OMC, ni la alianza militar contraterrorista han florecido precisamente. Si apuramos, ni siquiera apuesta demasiado por la OTAN. EEUU se ha convertido bajo Trump en el gran regateador y en el gran re-negociador, y los capitales británicos no acaban de encontrar un acomodo en una estrategia que hace gala de no necesitarles y que deja más en evidencia que nunca su dependencia.

Sawers, el exjefe del MI6, describió el daño que el estilo de liderazgo de Trump ya ha causado al sistema de orientación diplomática del Reino Unido. «El primer instinto del gobierno del Reino Unido es elaborar la posición de Estados Unidos sobre cualquier tema y operar desde allí», explicó. «Cuatro años más de Trump y la influencia estabilizadora que hemos tenido durante los últimos 70 años no estarán ahí». La estrella polar británica ha desaparecido.

Es solo un mohín de despecho. Al final la dependencia existe y se impone. Si gana Trump, vendrá posiblemente un asalto frontal a la UE desde Washington y Gran Bretaña obtendrá el ansiado acuerdo comercial con EEUU, convirtiendo su estructura productiva en lo que ya es su capital financiero: un portaviones. Si gana Biden e intenta reconstruir la relación atlántica, la posición británica amenaza con verse pinzada entre las potencias del continente y EEUU, con Irlanda cada vez más activa para obtener un referendum y lograr una eventual anexión del Ulster. Johnson, en cualquier caso, sigue jugando su último órdago como si fuera a ganar Trump, sabedor de que el sistema de plazos que él mismo ha impuesto le deja un margen mínimo de tiempo si éso no ocurre.

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En la UE el temor es muy otro. La mayor parte de las burguesías europeas han puesto todas sus apuestas en un triunfo de Biden. Pero cada vez ven menos claro que vaya a ser así. A estas alturas las perspectivas electorales están tan poco definidas que Rusia se ha negado a firmar la renovación del tratado START de control nuclear hasta pasado noviembre.

Pero en la UE la incertidumbre toma tintes de histeria en algunas cancillerías. Un analista comentaba hoy que las próximas elecciones estadounidenses no son tan importantes para ningún otro gobierno europeo como lo son para el gobierno alemán y el exministro socialdemócrata de exteriores, Sigmar Gabriel, aseguraba que para Merkel y su entorno es como si el destino de Europa dependiera de estas elecciones. Entre los muchos mensajes alarmistas que han comprado a los demócratas y la inteligencia estadounidense, está que Trump no aceptara el resultado electoral. Es improbable, pero ahora se preocupan por cómo afectaría en Europa una disputa por los resultados.

Tampoco es tan difícil: la famosa unidad de política exterior saltaría por los aires una vez más, reflejando la diferencia de intereses y alineamientos imperialistas de los distintos estados y las diferentes expectativas frente a EEUU. Fracturas que, de distintos modos, se reproducen en cada burguesía nacional, incluso en Alemania. Spiegel hacía una panorámica:

Thomas Kleine-Brockhoff, subjefe del German Marshall Fund y líder de la representación del think tank en Berlín, ve tres campos europeos. «La de los franceses, que quieren autonomía estratégica [frente a EEUU], la de los europeos del este, que se involucran en un abrazo estratégico, y la de los alemanes, cuyo compromiso con la paciencia estratégica a veces conduce a la inercia estratégica». Francia está convencida de que, debido a los cambios estructurales en el mundo, la relación entre Europa y Estados Unidos está cambiando de manera tan fundamental que el resultado de las elecciones no tendrá una influencia decisiva. Los líderes en Polonia esperan la reelección de Trump, pero también podrían vivir con Biden, quien no ha tenido reparos en reiterar su enfoque crítico hacia Rusia.

En realidad la preocupación europea no reside en que haya una disputa que acabe en el Supremo con un triunfo republicano como ya pasó en el 2.000. La preocupación europea, y específicamente alemana, es que un triunfo de Trump acelere las fuerzas centrífugas en la UE. En los think tanks estratégicos se barajan ya escenarios en el que el acuerdo de libre comercio con Gran Bretaña se ofrece como posibilidad a otros países si salen de la UE… y a más de un frugal le salen las cuentas.

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Porque a todo esto, la pregunta desde el punto de vista de los trabajadores debería ser si el triunfo de un candidato afectará a la evolución cada vez más violenta de los grandes conflictos imperialistas o al incremento de la explotación con las que el capital quiere retomar fuerzas ante la recesión global.

La verdad es que cuando, los trabajadores aparecen en el análisis de estas elecciones en los medios, es de forma marginal y deformada. Nos pasean por la TV y la prensa a los viejos sindicalistas mineros de Minnessota, que votarán a Trump precisamente por haber creado una situación de tensión comercial y militar inédita con China que aumenta los pedidos de carbón de las acerías estadounidenses. Si esto nos informa de algo es de cómo el discurso sindical que somete las reivindicaciones al beneficio de la empresa, alimenta directamente las tendencias hacia la guerra. Por si no lo teníamos claro ya después de años de ver en acción a los sindicatos en el naval o la industria armamentística y aeroespacial de prácticamente todo el mundo.

Y es que los propagandistas de ambos candidatos y de los distintos imperialismos ni siquiera pretenden engañar ya a sus fieles: China dice que la batalla electoral es entre dos halcones y que basta escuchar a Biden prometer castigos. La prensa de izquierdas británica esta vez ni siquiera aspira a crear ilusiones: la guerra comercial -y por tanto sus derivas militaristas y belicistas- no podrían sino continuar con Biden e incluso, bajo formas externas propias, agravarse. El debate real entre analistas y think tanks está centrado en cómo afectaría al alineamiento de los países de la UE frente a China el triunfo de uno u otro.

Nadie se hace la más mínima ilusión de que en los próximos años, con Biden o con Trump, vayan siquiera a relajarse las tendencias más peligrosas y genocidas que vemos hoy en marcha. Al revés. El panorama para los trabajadores es a peor, gane quien gane, mientras no se extiendan aun más las luchas.

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