La pequeña burguesía y las lenguas vehiculares

6 de noviembre, 2020

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El PSOE y Podemos aprobaron, en el marco de la negociación de presupuestos, una enmienda de los independentistas catalanes que prepara el monolingüismo en las aulas de Cataluña. Definitivamente la ley consagraría lo que hasta ahora el gobierno regional impuso cada vez más abiertamente en la práctica: que la lengua vehicular única sea el catalán con independencia de la lengua materna del alumno o el deseo de sus padres. Inmersión lingüística forzosa para más de la mitad de la población y la gran mayoría de los trabajadores. El gobierno y Podemos intentan acallar la discusión acusando a quien se opone de politizar la lengua.

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Negar que la lengua articule relaciones de poder es negar lo evidente. Lo es a todos los niveles. Desde el internacional (imperialismo lingüístico) al local. El establecimiento en el siglo XIX de la enseñanza pública en la lengua nacional, es decir, la lengua de la burguesía, fue el elemento central para la creación de la nación, el caballo de batalla del nacionalismo decimonónico europeo.

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Es difícil encontrar algo que pueda ser más político que la lengua, especialmente donde la clase y la lengua materna se superponen, es decir, donde la mayor parte del proletariado es de origen migrante y se distingue de la burguesía y la pequeña burguesía por su lengua materna. Donde esto ocurre, la pequeña burguesía no deja pasar la oportunidad de presentarse como grupo oprimido. Oprimido por aquellos a los que explota o de cuya explotación participa porque.... son más y le impedirían, con su mera presencia, tener una existencia nacional plena. La solución es que la propia pequeña burguesía dirija e imponga a través de las administraciones locales del estado un proceso de nacionalización basado en la lengua de la pequeña burguesía local, sea la del estado o no. Si es la del estado, tendrá, como en EEUU la forma de un gran nacionalismo, si es distinta la de un nacionalismo separatista o independentista. En el proceso de nacionalización de los buenos y exclusión de los empecinados, aparecen casi necesariamente categorías creadas en el molde racista. Eso es lo que significa la categoría latinx en EEUU o la categoría castellanos en Cataluña, que incluye igual al nieto de un migrante andaluz que al hijo de un trabajador llegado de Galicia e incluso, cada vez más, a la nueva generación de migrantes de países andinos.

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La lógica y estrategia del uso del catalán como vehículo de una nacionalización es explícita ya en los años de la Transición. Como no podía ser de otra manera, su formulación más clara correspondió al PSUC, el partido stalinista que había agrupado en el 36 y 37 a buena parte de la pequeña burguesía y organizado la contrarrevolución. A finales de los setenta es el adalid, junto a ERC, el partido histórico de la pequeña burguesía catalanista, de una transición lingüística en la que el catalán pasara de lengua minoritaria y de clase a lengua de uso masivo y preferente en todas las relaciones sociales. A eso se le llamará normalización.

Más interesante que el objetivo, que ahora parece obvio, es cómo se vendió a los trabajadores. Paternalismo stalinista y valores de la pequeña burguesía a mil. El discurso venía a decir que hablar catalán iba a ser fuente de privilegios, llave de empleos públicos y clave del ascenso social. Para generar oportunidades para los hijos de los trabajadores había que asegurarles no ya la competencia lingüística, sino la naturalidad en el uso social. Lo mejor: la inmersión lingüística inmediata. Este es todo el secreto y la promesa social de las décadas de pujolismo: creación y reparto de puestos administrativos en los gobiernos locales para los hijos universitarios de la pequeña burguesía; y si las familias de clase trabajadora colaboraban en la nacionalización de sus hijos, promesa de ascenso social para la generación siguiente.

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Pero como se ve en EEUU, la pequeña burguesía no solo enreda políticamente con la lengua para crear un pueblo a su medida, trasunto enano de la nación burguesa de hace dos siglos, en pulso contra el instinto centralizador del estado. También lo hace donde no pone en cuestión al estado, incluso en su capital. Y el ejemplo en España es Madrid y su modelo de educación bilingüe, objeto infinito de quejas, críticas e ironías...

Pura política

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La política no es otra cosa que la expresión de las relaciones entre clases en términos de poder. Hacer política es modificar el momento o la correlación de fuerzas de esas relaciones o, por el contrario, intentar apalancarlas mediante distintos tipos de ejercicios de poder, esto es, de actos de fuerza, sean leyes o huelgas. Cuando la pequeña burguesía catalana hace un llamamiento a defender la lengua está en realidad movilizándose para defender su propia posición, en la que la lengua no juega un papel solo simbólico o afectivo, sino político, en la medida en que distingue clases y le confiere una oportunidad de poder... frente a un proletariado en su inmensa mayoría no catalano-parlante al que quiere encuadrar bajo una identidad común que comprima la oposición de intereses.

¿Qué pretendía la ex-presidenta de Madrid, Esperanza Aguirre, cuando introdujo el inglés como lengua vehicular en la enseñanza básica y media? Reproducir su propia versión de la promesa de la pequeña burguesía catalana a los trabajadores: un futuro de ascenso social para los hijos de la clase trabajadora sobre el desarrollo, entonces vertiginoso, de las industrias de servicios avanzados, finanzas, etc. ligadas a la apertura global de mercados, los organismos multilaterales, la UE... La realidad no resultó en el tiempo demasiado sorprendente para los trabajadores madrileños. La promesa de ascenso social era, y no podía ser de otra forma, huera: los servicios avanzados se fueron al garete con la crisis financiera y por definición siempre habrá más trabajadores que gente organizando a los trabajadores. Además, los puestos de pequeña burguesía corporativa tienden a recaer mayoritariamente en hijos de la pequeña burguesía. Incluso si llegan a la universidad, no todos los estudiantes son iguales y el origen de clase correlaciona directamente con que acaben como precarios sobre-titulados o se integren a los cuadros medios de las empresas y la administración.

Pero había un elemento más que aparece en todos los lugares donde se establecen estos sistemas: el aprendizaje en una lengua vehicular distinta de la materna exacerba las diferencias de clase. Generalmente los estudios lo desfiguran de distintas formas. Son conocidos el caso holandés o el sueco, donde rutinariamente las diferencias de clase se presentan como diferencias de motivación y expectativas. Pero en el caso madrileño, los estudios de las propias universidades sobre los resultados del sistema en primaria son francos y concluyentes: el nivel de competencias baja y las diferencias de partida en el hogar se multiplican.

Pongamos todo esto en un contexto, a partir del año 2000, de la llegada de un flujo hasta entonces inédito de trabajadores migrantes y la progresiva salida de los hijos de la pequeña burguesía de la escuela pública... acelerada, donde los grupos migrantes mayoritarios no eran hispanoparlantes, por unas aulas en las que la desigualdad en el manejo de la lengua vehicular condicionaba las clases sin que los medios para corregirlo fueran suficientes.

Visto en perspectiva, lo realmente sorprendente es que el debate no esté hoy -en Cataluña, en Madrid y en todos lados- en cómo ofrecer enseñanza vehicular en su lengua materna al mayor número, ni en cómo hacerlo con los hijos de los trabajadores migrantes con lenguas maternas distintas del español para evitar que hacerlo concurra a su ghetización. No, la cuestión sigue capturada, politizada, por una pequeña burguesía que ve la lengua como una herramienta para mantener una posición social imposible frente a una clase trabajadora a la que niega hasta en lo más básico: que sus hijos puedan aprender en la lengua en que la que piensan.