La paradoja del Papa

23 de octubre, 2020 · Actualidad> Iglesias y religiones

España. Moción de censura de Vox contra el gobierno. En un momento berlanguiano del espectáculo de cinismo que fue la sesión, el portavoz de la izquierda valenciana replicaba a Vox con un ¡Viva el Papa!. ¿Súbita confesión de los orígenes carlistones, social-feudales y clericales, de la izquierda regionalista española? Algo hay de reflejo atávico. Pero el juego es mucho más amplio y con más fondo. Un par de horas antes Sánchez había blandido al Papa y su última encíclica como si fueran un sello de calidad contra una extrema derecha que, afirmó, desprecia al Papa Francisco. No lo decía por decir: mientras él hablaba del Papa Francisco con arrobo de monaguillo, el candidato de la derecha trumpista, Abascal, se refería al monarca vaticano como el Papa Bergoglio siguiendo ahí también el guión estadounidense.

Sánchez hacía valer así que, aprovechando las reuniones con Conte, peregrinará la próxima semana al Vaticano para recibir las bendiciones papales. Pero hay mucho más tras el recurso retórico. Si el objetivo fuera solo ganar una foto y un punto retórico contra Vox, sería ridículamente caro. Al parecer, el gobierno dará por buena y garantizará la opacidad de la apropiación de 40.000 inmuebles por la iglesia católica.

Así que la pregunta permanece: ¿A qué se debe esta repentina aparición del Papa como referente político?

La realidad es que está lejos de ser un fenómeno exclusivamente español. En Argentina Bergoglio es parte del poder desde hace décadas, y su entronización como Papa solo le llevó a estar más presente, no menos, en las reyertas de la política local… mientras se convertía en omnipresente en la italiana. Desde el Congo hasta China, el Papa pretende ser un agente político local capaz de torcer o condicionar los alineamientos imperialistas. En países como Croacia no es inusual ver al primer ministro haciendo de ariete de las posiciones papales contra EEUU para deleite de la prensa china. Y es que si el poder papal tiene poco de espiritual, la política internacional vaticana aun menos de fraterna y humanitaria. Que se lo digan a los Rohingya por ejemplo. El Vaticano desde siempre y durante este papado en particular, no pierde un charco imperialista en el que refocilarse. Y no será por falta de charcos en un momento como este de agudización de los conflictos entre potencias.

El Papa, China y EEUU

En la posguerra mundial los derechos humanos definidos por la ONU fueron un ariete y un campo de batalla ideológico en la guerra fría. No solo es que fueran solo una referencia a utilizar a conveniencia según el momento y el país. El modelo original de la revolución francesa, había codificado la nueva religión civil de la burguesía y su santísima trinidad: libertad (mercantil), igualdad (de los estamentos feudales ante la ley del estado) y fraternidad (de las clases en la defensa de la nación). Pero en su reinvención ONU tenían que blanquear cosas tan dispares como la propiedad intelectual, la nacionalizacion forzosa de las personas o la sindicación más o menos obligatoria.

Hoy, cuando los bloques emergentes buscan ideologías para armarse argumentativamente en el conflicto, los EEUU impulsan una relectura centrada en los derechos de propiedad y la libertad de cultos contra China. El objetivo de subrayar los derechos de propiedad y su relación con la guerra comercial es evidente. La libertad religiosa sirve para enmascarar los intentos de instrumentación de distintos movimientos como Falun Gong y nacionalismos regionales chinos (Tibet, uigures…) además de para legitimar la inversión en sectas evangélicas que tan buen resultado histórico dio a EEUU en Centroamérica, Brasil o Corea del Sur.

Y en esto el Vaticano, cuyos alineamientos imperialistas vienen a coincidir con los de las burguesías alemana y francesa y que lleva más de 450 años tratando de construir una base de poder en China, se convierte en un obstáculo. En China, la burocracia del PCCh ha impuesto al Vaticano un sistema de elección de obispos similar en su fondo al que disfrutaron Mussolini o Franco. Obispos y cardenales son revisados y necesariamente aprobados por el estado. EEUU ha presionado a la curia cuanto ha podido para que rompiera negociaciones y denunciara la imposición.

Pero el Vaticano quería consolidar terreno ganado. La extensión del acuerdo para el nombramiento de obispos significa que el Papa es reconocido por el estado chino como jefe de la iglesia católica en el país y que tiene la última palabra en el nombramiento de obispos… es decir, es mejor acuerdo que los concordatos con Mussolini y Franco que se reservaban el veto final. Así que en Roma no hubo sombra de duda. El Papa respondió a la presión estadounidense con un desplante a Pompeo, y el choque llegó en el pasado mes a tal violencia que la prensa norteamericana llegó asegurar que el Departamento de Estado estaba intentando azuzar y fortalecer a los rivales internos de Bergoglio… que a su vez habría respondido iniciando una nueva purga del aparato económico de la Santa Sede.

Así las cosas el Vaticano del Papa Francisco hace, para su propio interés, la política internacional que la UE franco-alemana no tiene fuerzas para imponer siquiera internamente: parar los pies a la influencia de EEUU en América y Africa, afirmar su autonomía para pactar con China en Asia y bailar con soltura sobre las divisiones del mundo musulmán, conteniendo a Turquía sin dejar de meter el dedo en el ojo a Israel y Arabia Saudí. Cómo no van a admirarle como un emprendedor político que además da letra ideológica con sus encíclicas a los principales ejes del discurso imperialista europeo a pesar de jugar con mimbres ideológicos más secos aun que los de Bruselas.

La ideología vaticana

Las dos últimas encíclicas han sido especialmente bien recibidas por la prensa y las cancillerías europeas. Laudatio Si, titulada la encíclica ecologista por los medios, tenía la estructura típica del género sectario: citas y citas para demostrar que ya lo decía la iglesia y que el Papa actual es el continuador legítimo de una larga doctrina papal. Cuantas más generalidades, mejor y más aplaudido por una UE para lo que importa es legitimar el pacto verde y lo que significa vacunando a la pequeña burguesía conservadora de tentaciones negadoras del cambio climático.

Otra cosa es Fratelli tutti. El estilo se desvía de las dos anteriores para frecuentar la autocita y las referencias favoritas de Bergoglio.

La primera mitad del texto, que comienza presentando a la UE como el mayor éxito de la fraternidad hasta ahora, se centra en la crítica de todo aquello que identifica a EEUU frente al discurso europeo. Afirma, con generalidades que recuerdan a la literatura burocrática de Bruselas, la defensa de las culturas locales, la condena de la pena de muerte, la necesidad de limitar los flujos internacionales de capital, el pacto verde, la igualdad de la mujer, la función social de la propiedad, la necesidad de asegurar igualdad de acceso a todos los que sufren una discapacidad… Tal es la acumulación de objetivos europeos que parece que esté optando a una subvención. Hay por supuesto, un espacio especial dedicado animar a los cristianos a aceptar y tratar dignamente a los migrantes. Pero nunca una crítica al modelo europeo. A la UE se le advierte de riesgos -como responder a la inmigración con xenofobia-, se le alecciona con una larga explicación de la parábola del buen samaritano… pero nunca se le condena como se condenan los valores individualistas y el imperialismo cultural que, no hace falta que los recuerde explícitamente, se asocian inevitablemente en medio mundo a EEUU y Gran Bretaña. A Europa se le recuerda eso sí, que su gran patrimonio cultural y religioso está ahí para ser usado. Faltaría más.

La segunda mitad hace su propia interpretación de los derechos humanos afirmando que así como es inaceptable que alguien tenga menos derechos por ser mujer, es igualmente inaceptable que el lugar de nacimiento o de residencia ya de por sí determine menores posibilidades de vida digna y de desarrollo. Pero al momento de lucidez sigue la vieja justificación teológica de la explotación, presentando a la burguesía como una clase de elegidos por designio divino para administrar en bien de todos aprovechando sus mágicas capacidades para crecer los bienes y aumentar la riqueza.

A partir de ahí, ya claro quién es el sujeto de todo ésto, todo son derechos de los pueblos, cooperación internacional y… multilateralismo. Es decir, una nueva versión del argumentario bruselense frente a EEUU. Y a eso sigue la definición de márgenes para el populismo -dejando en el lado bueno al peronismo y en el malo a Orban- y el liberalismo -dejando en el lado malo al neoliberalismo anglo, Bolsonaro y Macri. Presentando frente a ambos a la llamada economía popular -dechado de precarización extrema subvencionada- como alternativa de la imaginación y la poesía. Queda pronto claro que no es amada por el pontífice por su capacidad -inexistente- para sacar a nadie de la pobreza, sino por su utilidad para encuadrar a los sectores más débiles y atomizados de los trabajadores en el pueblo. El argumento del Papa, como el de cualquier teórico de matriz peronista o fascista, es que la única alternativa a la atomización (el individuo) es el encuadramiento en la nación: cada uno es plenamente persona cuando pertenece a un pueblo. Y ahí entra en una blanda explicación, sobre bases morales, de la política como ese construir pueblo que gustaba tanto a Laclau y sirve de manual táctico a los K y Errejón… éso sí, sobre una cultura del diálogo capaz de fundamentar la paz social en consensos duraderos. Y desde ahí, vuelta a los guiños a los procesos de paz, a Colombia, a la reconciliación, la memoria de la dictadura argentina… e Hiroshima y Nagasaki.

La encíclica acaba reivindicando a las religiones como constructoras de fraternidad. Vista la definición de fraternidad como encuadramiento en la nación y sometimiento al capitalismo, hay que estar de acuerdo con él. No es de extrañar que los portavoces de las clases dirigentes europeas aclamaran el texto acríticamente. Más papista que el Papa, El País solo afeó a Francisco I no haber escrito la encíclica en el llamado lenguaje inclusivo del feminismo.

¿Qué sacamos de todo ésto?

Hace demasiado que el capitalismo es una barbarie reaccionaria en marcha, una atrocidad anti-histórica. Por eso la esterilidad intelectual y moral de los bloques en ascenso hoy es tal, que las viejas iglesias ven su oportunidad. El Vaticano se ofrece como socio ideológico a las aspiraciones europeas a las que anima y de las que participa. Y así vemos la aparente paradoja de unas izquierdas anticlericales europeas gritando ¡Viva el Papa! en los parlamentos frente ultraderechas nacionalcatólicas, alineadas con EEUU, que sueñan un anti-Papa. Sería difícil pensar algo más grotesco si ambas partes, supuestamente enfrentadas por la aplicación del derecho a la vida a los fetos, no coincidieran en negárselo a millones de personas en su afán por salvar la economía. Es decir, la rentabildiad del capital.

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