La moral del indignado y la nuestra

8 de enero, 2021

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Ashli Babbitt

La causa trumpista le importaba tanto que murió por ella, declaró el hermano de Ashli Babbitt, una de los cuatro manifestantes muertos a tiros durante el asalto al Capitolio de EEUU. Su biografía, publicada hoy por la prensa estadounidense, parece material literario. Verdadero concentrado de un tiempo y una clase social, coloca tras el gesto que le llevó a ser tiroteada todo un panorama moral.

Babbit, nacida y criada en un pequeño pueblo de Maryland en un entorno de pequeños propietarios agrarios y patrones de pesca, había pasado 14 de sus 36 años como soldado profesional. Como tantos en su generación llegó al ejército -donde dedicó su última etapa a formar antidistubios en Emiratos- buscando lo que la escuela y la familia no le habían dado: estructura y una vía de inserción laboral. De la estructura quedaron la obsesividad y una cierta manera de resolver la frustración de la que puede hablar la ex de su viudo, que obtuvo tres órdenes de alejamiento por acoso. De la inserción laboral le quedó su experiencia como guardia jurado en una central nuclear en la que conoció a su último marido. Tras tres juicios por distintos episodios de acoso de los que salió absuelta, decidieron salir de la espiral marchando a California, donde montaron una tienda de material para mantenimiento de piscinas. La prensa cuenta que sacaron el negocio adelante a base de créditos usurarios a corto plazo. Tipos de interés del 169% no son lo mejor para el equilibrio emocional de un obsesivo. En esa última etapa como tendera apareció en ella un odio creciente a los políticos demócratas californianos y con él la fascinación por Qanon y toda la panoplia de delirios que pueblan el folklore del trumpismo de base. Los medios sensacionalistas están difundiendo hoy los vídeos que colgaba en twitter. Babbitt sale en algunos de ellos conduciendo y perorando a gritos para la cámara. Se percibe la voluntad de desahogo, pero también el desmoronamiento. Bobbitt es una indignación en busca de causa.

Contención e indignación

No estaba sola, el cartel en la puerta de su tienda nos cuenta que los clientes a los que vendía material para piscinas compartían sus sentimientos y visiones del mundo: Zona autónoma sin mascarillas, también conocida como América. Da qué pensar. ¿Qué era América para una mujer que había pasado buena parte de su vida adulta en bases militares en Oriente Medio? ¿Qué era América para la tendera ahogada por unos tipos de interés salvajes mientras desahogaba la tensión gritando su indignación vital a la cámara?

Diagnosticar el trumpismo como un fenómeno ideológico y quedarnos tranquilos sería tan errado como declarar a Bobbit sin más otra víctima de la trituradora. No era una suicida abrumada por una vida laboral precaria, era más bien de los triturados que trituran a su paso.

Si el perfil de Bobbitt resulta terriblemente familiar fuera de EEUU a pesar de todas las distancias con la situación estadounidense es porque era una más de la colla de desatados que abundan en las redes sociales aireando fantasías nacionalistas e ideas militarizadas de lo colectivo. La nostalgia americana de Bobbitt y sus clientes expresaba la búsqueda las estructuras y formas que asociaban a ser contenidos ellos mismos y a contener la evolución de un mundo que perciben como una agresión personal. Y ese no es un perfil exclusivo del trumpismo o la ultraderecha. El auge del neostalinismo más patriotero y militarista en los barrios europeos es significativamente parecido en sentimientos y argumentos. No es tampoco ninguna novedad histórica: lo que caracterizó siempre a la pequeña burguesía fue buscar de distintas maneras la contención de la historia para mantener su propia posición como clase intermedia a toda costa.

Bobbitt, la indignada, es un producto social prácticamente universal, una resultante lógica de la desesperación de los sectores más precarios de la pequeña burguesía que su propia vida ilustraba. También es su retrato moral. Y esa moral la que contamina cada día más en barrios y empresas.

La presión desmoralizadora

175.000 empresas penden de un hilo solo en España. Más de 755.000 trabajadores están en ERTE cobrando una miseria, sin ir a trabajar ni alternativas de empleo. No, no han sido las navidades más celebradas: el que no está en el paro ahorra lo que puede por si llega a estarlo. Pero es que la cotidianidad tampoco es la que era, ni en el trabajo ni en los planes familiares. Todo parece haber dejado de ir hacia algún lado. Todo parece ser provisional o puntual. Luego pones la televisión y cualquier cosa es más importante que los cientos de muertes que el gobierno declara cada día y a las que no puedes dejar de poner cara. A estas alturas, en pleno ascenso de la tercera ola, todos hemos tenido víctimas del covid en nuestro entorno directo. Ni siquiera la relación con los amigos está ahí como antes. Encontrarse no es tan fácil. Tras nueve meses de distanciamiento social la conversación ya no hace el contrapeso a los medios que hacía antes. Las quejas que ocupan las pantallas son las de los tenderos y hosteleros: quieren que todo abra con normalidad caiga quien caiga con tal de que no caigan más las ventas. El gobierno se niega en redondo a confinar a pesar de las cifras de contagio. Para ellos va por delante evitar una cadena de quiebras de pymes que podría precipitar una crisis bancaria a golpe de morosidad. Una vez más, como ha sido constante desde el principio de la pandemia, acaban imponiendo el principio de rentabilidad sobre el salvar vidas, echando cínicamente la responsabilidad sobre los famosos comportamientos individuales.

La presión de la desmoralización se hace sentir. Los meses pasan y poco o nada parece cambiar. En España ni siquiera emergen luchas colectivas y huelgas como han surgido en Francia y recientemente en Portugal. Así que los primos locales de los trumpistas se sienten más legitimados que nunca, los de derecha y los de izquierda, patriotas todos. Venden la promesa de un mundo ordenado y contenido. Usan el adjetivo social como el chamán que pone ungüento sobre una pierna rota: para exigir al herido que no se queje y no se de cuenta de que su inacción le dejará cojo. Animan a indignarse al tiempo que ciegan. Desatan emociones sin estructura para contener mejor en su redil.

¿Qué hacer?

Lamentar que no exista en las empresas y los barrios un movimiento lo suficientemente vigoroso para plantear las cosas en el terreno de las necesidades humanas y abrir un futuro alternativo a la matanza y la miseria cotidiana, no aporta. La melancolía irresponsabiliza y por tanto desmoraliza. La cuestión es plantearnos qué hay que construir para poder dar base y referencia a ese movimiento que necesita surgir y afirmarse. Qué podemos hacer aquí y ahora, bajo las condiciones de la pandemia y en el contexto del ataque a nuestras condiciones de vida.

Y antes de nada, antes aún de organizar, formar, discutir o agitar, es momento de algo más básico: no temer ir de frente contra la indignación inconsecuente, no dar por buena la queja desarticulada ni la rabia que no aspira a entenderse; no basta estar contra lo existente, no basta expresar desapego ni coraje. Todo eso está también en los trumpistas suicidas. Nada de eso frena el desmoronamiento por sí mismo.

Hay que afirmar al mismo tiempo un futuro universal con cada uno de nuestros actos en la colectividad porque sin afirmación de futuro no puede haber construcción política de clase. Frente a la desmoralización individual, trabajo colectivo. Frente a la angustia de un mundo agotado, idealismo de la especie, estrechamente ligado al idealismo de la clase. Frente al derrotismo abrir los ojos: las condiciones materiales para la abundancia están ya dadas, somos nosotros como clase. Para ponernos en marcha no necesitamos indignación sino hacer nuestro ese particular conocimiento anhelante de acción humana que está en la experiencia y la crítica listo para mudar su existencia subjetiva en existencia objetiva.