La difusión cultural y las Internacionales

12 de agosto, 2020 · Historia

Cartel de marzo de 1919 de la Comisión de Emergencia para la Eliminación del Analfabetismo de la RSFSR. Bajo el lema de la Internacional («¡Proletarios del mundo, uníos!»), el texto cita un famoso verso de Pushkin: «¡Viva la luz! ¡Ocúltese la oscuridad!».

Las asociaciones culturales, las universidades populares, las bibliotecas obreras… Desde los principios del movimiento por la emancipación de los trabajadores, la difusión cultural jugó un papel central en la construcción de un tejido de clase. Las sociedades obreras primero y las Casas del pueblo después, hicieron de la difusión cultural un eje de su labor: desde la pura y simple alfabetización a la creación de escuelas, pasando por infinidad de actividades formativas, conferencias, grupos de lectura y bibliotecas. Sin embargo, al menos dos cuestiones surgen irremediablemente.


El tema de este artículo fue elegido para el día de hoy por los lectores de nuestro canal de noticias en Telegram (@communia).


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Por qué difundir las grandes creaciones artísticas del pasado si no son más que la expresión de la ideología de las clases dominantes de distintas épocas. O al menos, por qué resultaba tan importante si al final el mensaje y los valores que esas obras transmiten acaban reforzando los valores de una sociedad de clases. No parece que, de entrada, haya nada muy liberador en el menú. Por resumirlo en trazo grueso: si vamos a los clásicos antiguos encontraremos los valores propios de una sociedad esclavista, si vamos a los de la feudalidad los propios de una sociedad señorial basada en el linaje, la aceptación de la situación de clase y la fe; y en las grandes creaciones artísticas del capitalismo tarde o temprano toparemos con la religión de la mercancía, la nación y las sensibilidades que ambas propician.

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En cuanto a la formación cultural general, otra cosa que llama la atención es el rechazo a la educación estatal. Marx por ejemplo ataca violentamente al primer programa de la socialdemocracia alemana por exigir educación popular a cargo del Estado. Por el contrario afirma que de lo que se trata es de substraer la escuela a toda influencia por parte del gobierno y de la Iglesia y añade: y no vale salir con el torpe subterfugio de que se habla de un «Estado futuro» que ya hemos visto lo que significa. Significaba una república democrática, es decir, un estado burgués al estilo de los que existían en Suiza o EEUU. Es decir, los internacionalistas de la época, como Marx, no solo temían el efecto de la educación pública bajo sistemas autocrático-feudales como el alemán o el ruso, rechazaban la injerencia del estado en la educación de la clase trabajadora también en las democracias en las que el capitalismo se desarrollaba libre de mugres feudales. ¿Por qué? ¿Pretendían las escuelas obreras suplir las carencias por el abandono de la educación de las clases trabajadoras por el estado, como nos cuentan hoy o era otra cosa? Los datos apuntan a lo segundo: en Alemania, el analfabetismo desapareció casi completamente entre la guerra franco-prusiana (1871) y la primera guerra mundial (1914) precisamente por el efecto de las leyes educativas del régimen.

La mirada sobre el arte

Activistas «indígenas» que como se ve en el cartel no utilizan el dialecto local de Nuevo México, vandalizan una estatua del conquistador de la región.

Tenemos muy cerca todavía como, en estos meses, el movimiento Black Lives Matter en EEUU y Gran Bretaña dio rienda suelta a la iconoclastia de la pequeña burguesía anglosajona. De repente Colón, los líderes de la independencia americana o los próceres del primer capitalismo británico eran condenados en imagen. Por supuesto se trataba de una condena moral. Es imposible hacer un juicio artístico que no lo sea. La cuestión es a qué moral atiende.

Toda moral proyecta una forma de futuro y por tanto un cierto programa que al final se alinea con intereses y visiones de clase. […] El ejemplo más evidente es la moral de izquierdas que todos conocemos. […] Un aire de nostalgia, de añoranza por el paraíso perdido impregna su propaganda, melosa y resentida a un tiempo. El supuesto colectivismo del Tahuantinsuyo incaico; el equilibrio ecológico de los pueblos indígenas; el México de las misiones anterior a la conquista estadounidense; las viejas relaciones patriarcales en la India o entre los vascos… todo lo que alguna vez fue barrido por el capitalismo o para hacerlo posible, toma inevitables tintes idílicos, pastoriles y comunitarios que agravan la afrenta de un sistema supuestamente reaccionario, por cruel, desde el primer día.

Pero la mirada desde el futuro produce un resultado muy distinto. Las sanguinarias conquistas que hicieron posible el mercado mundial, de América a India, por atroces y violentos que fueran sus medios, aparecen -vistas desde la perspectiva comunista- como momentos históricamente necesarios en la construcción de las condiciones que hacen posible por primera vez una sociedad humana liberada, el expansionismo del joven y voraz capitalismo estadounidense sobre las praderas ocupadas por las naciones indígenas, la Alaska rusa y medio México fueron hitos necesarios del fantástico desarrollo de las capacidades productivas que es el gran legado del capitalismo.[…]

Los comunistas, esos aguafiestas, aspiran a una humanidad reunificada y ven en la disolución de las viejas identidades pre-capitalistas en el proletariado «desarraigado», un paso histórico adelante. Mientras el capitalismo sirvió a la humanidad para acercarse a formar un metabolismo económico universal y una clase universal, lo relevante para el futuro no fue la desaparición del artesano, el indígena o el campesino independiente… sino que éstos pasaban a convertirse -o eran colocados en situación de convertirse- en proletarios. Para el comunista todos esos desmanes y conquistas no son sino momentos de la creación del proletariado como clase universal por el capitalismo ascendente. […] La moral comunista, da luz sobre lo que nos rodea, da sentido y nos permite mirar con orgullo materialista, libre de todo sentimentalismo, la historia de nuestra especie. Historia que, a grandes rasgos, no es sino el relato contradictorio, conflictivo y terrible, sanguinario muchas veces, del progreso de la especie hacia su liberación, hacia su reunificación en una única comunidad humana no fracturada por divisiones de clase ni esclavizada por la escasez.

«¿Qué es la moral comunista?»

Por supuesto si esa lectura aplicaba sobre el capitalismo contra el que luchaba, tanto más sobre las obras de arte de modos de producción anteriores. Los comuneros que protegieron Notre Dame o los revolucionarios que salvaron las catedrales ortodoxas en mitad de la guerra civil no veían en ellas a la reacción sino un legado.

Cartel de 1920 en plena guerra civil de Kupreyanov supervisado por Lenin: «Ciudadanos, preservad las obras de arte»

Las iglesias góticas no fueron edificadas de repente, bajo el impulso de una inspiración religiosa. La construcción de la catedral de Colonia, su arquitectura y su escultura, resumen toda la experiencia arquitectónica de la Humanidad desde los tiempos de las cavernas, y todos los elementos de esta experiencia se hallan combinados en un estilo nuevo que expresa la cultura de su época, es decir, en definitiva, la estructura social y la técnica del momento.

De modo muy llamativo Trotski, que en ese texto discute con los que abogan por una cultura proletaria, les recuerda que:

Toda nuestra actividad económica y cultural actual no es más que una reorganización de nuestro equipo entre dos batallas y dos campañas. Los combates decisivos están aun ante nosotros y hay otros en el horizonte. Los días que vivimos no son todavía la época de una nueva cultura, son todo lo más, el umbral de esa época. Debemos en primer lugar, tomar posesión oficialmente de los elementos más importantes de la cultura antigua, de modo que nos sirvan al menos como base sobre la que apoyarnos para avanzar hacia la cultura nueva. Esto se ve con gran claridad si se enfoca el problema, como se debe hacer, a escala internacional.

«Cultura proletaria y arte proletario», LD Trotski, 1923

Dos primeras ideas

Biblioteca de la Casa del Pueblo de Madrid

Así que tenemos dos primeros puntos de apoyo para comprender la importancia que los internacionalistas otorgaban a la difusión cultural.

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La crítica cultural y, en general, de los hechos y productos históricos que hacen los internacionalistas no es una crítica utópica. No toman las consecuencias directas de un hecho histórico o el contexto de una obra artística y los comparan con la sociedad ideal del mañana preguntándose qué significaría entonces. Si nos limitamos a comparar el pasado de la especie con el futuro por el que luchamos todo pasado sería reaccionario, porque obviamente ninguna expresión de dominación y explotación sería moralmente aceptable en una sociedad liberada. Y toda la historia humana desde el fin del comunismo primitivo es la historia de la explotación y la lucha de clases. La iconoclastia sería la única actitud posible.

Pero no se trata de preguntarse si una sociedad futura se expresaría social, técnica y moralmente construyendo catedrales góticas o escribiendo las obras de Shakespeare, antisemitismo y racismo incluidos. Se trata, en primer lugar, de hacer su crítica histórica, despojar la interpretación de esas obras de las brumas nacionalistas, del juicio de una moral utópica y atemporal, y redescubrirlas por lo que significaron y expresaron en el devenir de nuestra especie. Y si hacemos eso el resultado es notablemente diferente. Como lo es el juicio histórico sobre la conquista de América por Castilla, la invasión de México por EEUU o la de la India por el imperio británico. Porque lo que aparece entonces es el relato a saltos, entre el barro y la sangre, del desarrollo de las capacidades transformadoras de la humanidad, es decir, el progreso. Hay en ese desarrollo también largos periodos de decadencia de cada modo de producción. La cultura y las obras artísticas que en esos periodos expresan a las clases dominantes prácticamente ni se recuerdan, dudosamente se consideran legado fuera del chovinismo más cerril, del mismo modo que seguramente en unos siglos nadie recuerde ni tenga mayor interés en la literatura o la arquitectura de estas décadas. Las obras que hoy recordamos de la decadencia feudal no son la expresión de lo señorial, sino del ascenso de la burguesía y sus valores.

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La perspectiva de una cultura nueva no es la de un borrón y cuenta nueva. Los trabajadores, como clase explotada y dominada, no podemos esperar ganar un lugar en la sociedad de clases desde el que construir una cultura. Mientras haya trabajadores asalariados, es decir, mientras exista una sociedad mercantil moderna, capitalista, incluso si los trabajadores destruyen la estructura política de la sociedad actual y elevan sus propias formas estatales para pasar de la dictadura del beneficio a la dictadura de las necesidades humanas universales, no es posible nada parecido a una cultura proletaria. Puede haber una cultura revolucionaria, en ningún caso exclusiva de los trabajadores y habrá desde luego una renovación de la cultura, porque como apuntaba Lunacharski el proletariado es capaz de renovar la cultura del género humano, eso sí, en arraigada conexión con la cultura anterior y en dependencia de ella.

Pero… ¿para qué?

«Libros, por favor, en todas las áreas de conocimiento». Rodchenko, 1924

Queda sin embargo una pregunta y no poco importante. La lectura que de las obras de arte hacían los militantes de las Internacionales les permitía verlas, reivindicarlas y considerarlas legado del que los trabajadores debían reapropiarse para renovar la cultura en la transición de las culturas de clase que han existido hasta ahora hacia una verdadera cultura humana universal. Pero, si la tarea quedaba por delante, fiada al periodo histórico de transición en que las relaciones capitalistas se desmontarán globalmente… ¿a qué las prisas? ¿Por qué se consideraba una tarea tan importante que un trabajador conociera la gran literatura, aprendiera a criticar un cuadro o a entender y disfrutar la ópera, ese género que había sido la banda sonora de la revolución burguesa?

En todo movimiento de una clase revolucionaria, el final, el objetivo y sus capacidades máximas están en realidad presentes ya desde el principio en forma de necesidad y por tanto, como mínimo, en modo embrionario. Tanto más en la primera clase universal de la historia humana. Eso es lo que reconocen Marx y Engels en 1846 cuando dicen que llamamos comunismo al movimiento real que anula y supera al estado de cosas actual. O cuando Rosa Luxemburgo hasta su último discurso se opone tajantemente a la separación de las consignas inmediatas, llamadas mínimas, formuladas para la lucha política y económica, del objetivo socialista formulado como programa máximo. Toda consigna de lucha, toda expresión política de los trabajadores se da en la tensión, en transición, entre su situación y sus necesidades, entre su presente como clase explotada por definición y la desaparición del sistema de clases al que tienden hasta sus expresiones más básicas. Otra cosa es cuál sea el rango que cada etapa histórica y cada momento concreto impongan entre una y otra.

Y esto también aplica a las tareas culturales. Los militantes de las Internacionales entendían que la renovación de la cultura no era algo que podía quedar para el día en que los trabajadores tomaran el poder como se aplaza una reforma doméstica en espera de cobrar la extraordinaria. Muy por el contrario, la renovación de la cultura era para ellos, el resultado de un largo proceso de reapropiación y crítica del legado histórico y artístico por el proletariado militante. Reapropiación cuyo primer objetivo era transformarse ellos mismos, como insistían los objetivos de las Casas del Pueblo, al erosionar los efectos alienantes de la división del trabajo y ampliar su sensibilidad abriéndolos a nuevas dimensiones vitales. Cuando Engels escribe en el AntiDüring (1878) que la moral proletaria presenta el futuro en la transformación del presente tiene presente la visión del comunismo como sociedad de abundancia en la que la superación de una sociedad fracturada acaba también con las vidas fracturadas y encorsetadas por la división del trabajo. La referencia a la creación artística es inmediata.

La concentración exclusiva del talento artístico en individuos únicos y la consiguiente supresión de estas dotes en la gran masa es una consecuencia de la división del trabajo (…) en todo caso, en una organización comunista de la sociedad desaparece la inclusión del artista en la limitación local y nacional, que responde pura y únicamente a la división del trabajo, y la inclusión del individuo en este determinado arte, de tal modo que sólo haya exclusivamente pintores, escultores, etc. y ya el nombre mismo expresa con bastante elocuencia la limitación de su desarrollo profesional y su supeditación a la división del trabajo. En una sociedad comunista, no habrá pintores, sino, a lo sumo, hombres que, entre otras cosas, se ocupan también de pintar.

Marx y Engels. La Ideología alemana, 1846

El empeño y el esfuerzo puestos en la difusión cultural eran pues algo muy distinto al de las asociaciones e instituciones estatales dedicadas entonces y ahora a promover el conocimiento y el consumo de objetos culturales. Tenía ante todo una naturaleza moral. Expresaba la dimensión inmediata de la perspectiva de abundancia del comunismo en tanto que liberación del conocimiento y desarrollo libre de la experiencia y la sensibilidad humana.


Continuará. En un próximo artículo responderemos a la segunda pregunta con la que abríamos este artículo: ¿Por qué y en qué términos rechazaban las escuelas estatales?

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