La desmoralización y cómo enfrentarla

10 de diciembre, 2020

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En algunos de los mensajes que recibimos de nuestros lectores desde distintas partes del mundo, la segunda ola parece estar marcando un punto de inflexión. En los lugares donde las luchas parecen haber retrocedido tras la primera ola o no consiguieron desarrollarse y masificarse domeñadas por el control sindical, el fantasma de la desmoralización amenaza abiertamente. Algunos compañeros alertan incluso de la posibilidad de que la epidemia acabe traduciéndose en una derrota ideológica de mayor calado.

La ofensiva ideológica

hosteleria ayudas
Protestas de los pequeños empresarios de hostelería: «Sin ayudas nos arruinan»

No podemos negar los hechos. La desmoralización que despunta en algunos sectores es el resultado de una ofensiva ideológica real. El bombardeo mediático sostiene diariamente niveles inéditos de obscenidad. En Portugal o España, los trabajadores han desaparecido del relato. Los más de 700.000 trabajadores que siguen en ERTE y los 3.700.000 que están en paro, la base de ese 26% del total de la población que vive ya en la pobreza, no existen ni como problema reconocido. La TV presenta rutinariamente a propietarios agrícolas, pequeños empresarios y dueños de bares y tiendas como trabajadores en lucha por la reapertura de los comercios. El problema social se resume en que, a pesar de haber sido liberados del pago de salarios y cuotas de Seguridad Social, el estado no subvenciona a los pequeños patronos el pago de los alquileres de sus locales. Si nos presentan la matanza como un hecho de la naturaleza -cuando es un hecho social y un resultado de las decisiones políticas- por qué no iban a presentar las rentas de los inversores inmobiliarios como algo tan indiscutible como la ley de la gravedad. Eso sí, la muerte ha desaparecido por arte de magia: ayer se declararon oficialmente 325 muertes por Covid en 24 horas pero podemos buscarlas en vano en la gran mayoría de los medios, incluso en la TV pública.

La barrera entre el cinismo y la obscenidad se cruzó hace rato. En Alemania, con 590 muertes diarias, todavía hay que aguantar el numerito teatral de Merkel pidiendo algunas restricciones menores más y lamentando la suerte de los mercadillos navideños y el vino caliente. En EEUU el plan Biden anunciado como radical y milagroso acabó siendo un llamamiento a usar mascarillas y confesó que su principal objetivo era evitar confinamientos en pleno pico pandémico. Es decir, su principal objetivo es evitar paradas o retrasos en la producción, por lo que renuncia a cualquier medida que pueda reducir realmente los contagios.

Y mientras los trabajadores son negados en sus necesidades más básicas y hasta en su mera existencia, el capital vive una euforia verde celebrando diariamente inversiones masivas y prometiéndoselas felices por una transferencia de rentas brutal a costa de nuestros ingresos que calculan durará como mínimo hasta 2050. En Francia el ataque a las pensiones vuelve a estar en la primera línea y en España la mochila austriaca y la reforma laboral vuelven a ser la próxima frontera. Ni hablemos de Brasil donde el capital se recupera sin que la saturación de las UCIs produzca siquiera titulares.

Ahora pongamos todo esto en el contexto social de la pandemia. Las conversaciones y las interacciones entre trabajadores se han reducido incluso en el puesto de trabajo y la familia. Las pocas medidas de protección que podemos tomar individualmente nos aíslan y atomizan aun más. El poder de la industria de la opinión se fortalece. Más que nunca la realidad social visible es la que los medios relatan. Y en ella ni existimos nosotros ni existen nuestros miedos: el paro es una de esas cosas que ocurren a los vulnerables, los trabajadores que salen en la pantalla resultan ser dueños de bares a los que hay que ayudar a pagar el alquiler y todo el mundo protesta por las restricciones como si fueran lemmings enfadados por tener que hacer una curva en su camino hacia el precipicio.

El vacío político, la ausencia de luchas suficientemente potentes como para imponer en la agenda las necesidades humanas universales más básicas, se convierte en vacío personal e impotencia colectiva. La maquinaria ideológica parece triunfante.

Tres razones contra la desmoralización

huelga de docentes en marruecos
Huelga de sanitarios en Marruecos.

1No todo es oscuridad ni mucho menos. Hay huelgas en escuelas y hospitales por toda Europa; potentes luchas y movilizaciones en todo el Norte de Africa; en distintos lugares de las Américas, a pesar de las zancadillas sindicales, los trabajadores están obteniendo algunas victorias prometedoras y en Oriente Medio vemos los primeros signos de una nueva oleada de huelgas en el sector petrolero.

La burguesía lo tiene claro, la insistencia de Biden o Sánchez en la paz social, que acepten sacrificar temporalmente objetivos según ellos urgentes como la reforma laboral para no despertar la respuesta de los trabajadores, responde precisamente a que estamos lejos todavía de una derrota. De hecho, la tendencia global es hacia un ascenso de la combatividad y las huelgas en todo el mundo: hemos pasado de registrar 317 huelgas en mayo a más de 9.000 en noviembre.

La aparente fractura entre lugares y sectores en los que los trabajadores se movilizan y que los que no, no es tal. No hay distintas clases trabajadoras con intereses diferentes ni partes de la clase trabajadora derrotadas por la propaganda mediática. Si la diferencia parece dramática es porque en general, ahora y siempre, cuando los trabajadores no estamos en lucha solo somos una fuerza ciega mediante la cual el capitalismo se reproduce. Donde la paz social reina, los trabajadores solo somos la materia prima de la explotación, no una clase política capaz de determinar la agenda. Pero eso no significa que estemos derrotados, simplemente que somos la clase explotada y solo podemos existir políticamente en confrontación con las imposiciones del sistema.

El comunismo no es un estado que debe implantarse, un ideal al que ha de sujetarse la realidad. Nosotros llamamos comunismo al movimiento real que anula y supera al estado de cosas actual.

«La ideología alemana», 1846

2A pesar de una campaña ideológica de décadas, el comunismo está más presente que nunca. Durante mucho tiempo intentaron establecer una falsa identidad histórica entre comunismo y stalinismo, es decir, entre la revolución y sus masacradores. Luego entre marxismo y política identitaria, es decir entre consciencia de clase de los trabajadores y las aspiraciones de distintas partes de la pequeña burguesía a tener garantizados corralitos en el estado y las empresas. Vaciar de significado las palabras sirve para confundir el debate, entorpecer las discusiones y retrasar el desarrollo de la consciencia. Pero no transforma los intereses materiales.

En cada ataque a las condiciones de vida, el antagonismo de intereses vuelve a aparecer: salvar vidas o salvar inversiones, enfrentar las discriminaciones o exacerbar particularismos, eliminar guerras y escasez o cerrar fronteras... Y en cada huelga o lucha, por modesta que sea, se vuelve a plantear una dicotomía radical entre necesidades humanas universales y necesidades particulares del capital. Consciente o inconscientemente en todas las luchas se hace evidente la posiblidad de organizar la sociedad y la producción que la sostiene para satisfacer las necesidades humanas en vez de para mantener artificialmente unos ciclos de acumulación cada vez más antihumanos y antihistóricos.

Reivindicando necesidades humanas universales en vez de privilegios particulares, las luchas de los trabajadores ponen al orden del día el comunismo, de hecho son ya el comunismo aquí y ahora en el sentido en que son una negación, el primer paso de una superación de este sistema.

3La atomización ni es irreversible, ni es inevitable, ni nunca es total. Si bien socialmente solo puede ser enfrentada por un movimiento social, por la clase en movimiento, el individuo consciente puede escapar a ella si entiende en todas sus consecuencias que el paso a una sociedad desmercantilizada y abundante, sin trabajo asalariado, estados ni fronteras, es tan necesario históricamente como viable materialmente; y que solo la clase trabajadora puede hacerlo realidad porque solo los trabajadores defienden intereses universales.

A partir de ahí, la voluntad de criticar (=demoler) la ideología ponzoñosa con que el sistema nos rodea, se convierte en necesidad de trabajar y aprender colectivamente para ser útiles a ese movimiento histórico que supera en mucho al individuo. La resistencia individual se transforma en aporte colectivo. El individuo, permanentemente a la defensiva de un presente atroz, se convierte en persona que proyecta el futuro sobre el presente a través de una moral diferente. El vacío, la falta de sentido vital, se convierte en su opuesto dialéctico: lejos de subsumir su personalidad en lo social alienante, hace de su aporte a la clase, a la especie, pertenencia liberadora ya en presente.

¿Y entonces?

huelga ontario escuelas
Huelga de profesores en Ontario, Canadá.

Enfrentar el peligro de la desmoralización pasa por impulsar las luchas y la organización. En el propio centro de trabajo, reabriendo discusiones y espacios donde tenerlas; en el barrio impulsando organizando redes de solidaridad de todo tipo, no faltan necesidades, empezando por crear alternativas a los bancos de alimentos y los entretenimientos infantiles de empresas e iglesias; y por supuesto incorporándose al trabajo de crítica y propaganda permanente que intentamos sostener colectivamente y al que te invitamos.