Las ciudades que vienen tras la pandemia

13 de enero, 2021

paris cuarto de hora

Siguiendo un viejo reflejo, importantes fondos de capital responden a la crisis desbocada moviéndose de la industria a la especulación inmobiliaria. En las grandes ciudades españolas se ha duplicado la oferta de alquiler y los precios han bajado entre un 7 y un 9%. Es coyuntural. Debajo están los cambios que la crisis y la pandemia empiezan a hacer realidad en las ciudades.

Durante el último año, una parte de la pequeña burguesía fue sacando sus cuentas y construyendo un relato para justificar alejarse de los centros urbanos que había gentrificado desde los noventa. La idea es poner la propia casa a generar ingresos y con lo obtenido comprar una vivienda unifamiliar con jardín en la periferia rural de la ciudad aprovechando la diferencia de precios. La extensión del teletrabajo en las oficinas y entre los funcionarios de cierto nivel de toda Europa, reducía los costes añadidos de vivir más lejos de la sede corporativa. Algunos pioneros en Italia, Francia y España empezaron una nueva vuelta al campo, esta vez de lujo. Inmediatamente algunas regiones empezaron a competir por atraer a esos teletrabajadores de rentas relativamente altas y el estado vio una oportunidad de repoblación rural de nuevo tipo.

La recapitalización de la ciudad

Mientras tanto, no quedaba un canal en el que no nos bombardearan con una delirante historia del urbanismo en la que Haussmann no abría los grandes bulevares para imposibilitar las barricadas de mampostería del proletariado parisino, sino para crear saludables corrientes de aire. No era inocente, al bombardeo siguieron hordas de arquitectos presentando las reformas que supuestamente la experiencia de la pandemia hacía deseables. Todas coincidían porque... no tenían nada que ver con el Covid, en realidad eran anteriores a la pandemia y se alineaban con los proyectos urbanísticos ligados al Pacto Verde.

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Lo que nos querían vender aprovechando la receptividad creada por la matanza era el modelo al que pretende tender el ayuntamiento de Barcelona y que internacionalmente capitanea el ayuntamiento de París bajo la fórmula la ciudad en la que todo está a un cuarto de hora.

Consiste básicamente en reducir en un 70% el espacio ocupado por los coches; aumentar el espacio por persona en las viviendas de nueva construcción; e incentivar todo un nuevo sector de co-workings, guarderías privadas y pisos turísticos en los bajos de las propias fincas. Se trata en realidad de un intento de recapitalización de la ciudad a base de concebir a los barrios como pequeñas aldeas urbanas solapadas en las que la restricción del transporte privado reanima el comercio local creando al tendero y el comerciante un público local cautivo.

Ni que decir tiene que todas estas casas con menos alturas, más metros cuadrados por persona y más servicios, son también más caras. Es más, que la mayor parte de los vecinos ni siquiera podrían abordar reformas para acercarse a ellas. Por eso, estas fantasías urbanísticas, este sueño de la ciudad pequeñoburguesa de barrios estables, oficinas descentralizadas, casas grandes y tenderos felices, solo puede intentar hacerse realidad en el marco de una gigantesca transferencia de rentas del trabajo al capital: el Pacto Verde. En su traducción urbanística el plan de la UE supone reformar más de un millón de viviendas solo en España. El proceso se incentivará en parte con ayudas públicas y en parte, como en Alemania, con impuestos verdes a la vivienda. Si lo traducimos a la realidad de los barrios y lo agregamos a los planes urbanísticos anteriores, el resultado creará la base para una nueva gentrificación. Ya no serán los barrios antiguos, ahora el objetivo es gentrificar la ciudad prácticamente entera expulsando a su periferia al proletariado urbano.

Cuando el capital crea la ciudad

En tiempos de crisis la lucha por colocar y atraer capitales se multiplica. Egipto está fiando buena parte de su estrategia de reflote del capital nacional a mega-proyectos urbanísticos. Solo la nueva capital espera atraer 58.000 millones de dólares en inversiones. Emiratos tiene su propio proyecto Masdar. Pero el proyecto estrella es saudí: Neom.

Neom repite en su argumentación y en sus soluciones las de Arturo Soria hace 140 años. Frente a la tendencia a concentrar el crecimiento del valor de la inversión en el centro que tiene toda ciudad que crece en anillos alrededor de su núcleo fundacional, Neom es una ciudad lineal de barrios autónomos, superpuestos y unidos por un gran jardín. En vez de calles, espacios; en vez de una avenida vertebradora, un ferrocarril. Actualiza además el tranvía decimonónico con un tren de alta velocidad, las fábricas mutan en centros financieros y la distribución de gas da paso a centrales eléctricas de energías renovables. Y, no podía faltar: los servicios, una luna holográfica, la lluvia artificial, la energía y el riego, se gestionan a través de una red inteligente controlada mediante una Inteligencia Artificial. Porque Neom intenta materializar un viejo sueño de la clase dominante: no tener que ver ni compartir espacio con los explotados. Los documentos filtrados sobre los primeros bocetos del proyecto hace poco más de un año hablaban de sustituir todos los trabajadores por robots en prácticamente todos los campos, desde el mantenimiento hasta el trabajo doméstico.

Más allá del delirio clasista, las preocupaciones no son muy diferentes de las de París o Barcelona. La diferencia es que aquí no se trata de revalorizar un viejo capital acumulado a lo largo de siglos, sino de atraer una masa de capitales a la que ofrecer una rentabilidad creíble con un uso nuevo y una población que solo va a mudarse si antes se mudan las empresas. En la presentación oficial que realizó el Príncipe Salman se habló de entre 100.000 y 200.000 millones de dólares de inversión para una población de un millón de habitantes.

La ciudad ¿del futuro?

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Si la lucha de clases dejó cicatrices en forma de avenidas pensadas para dispersar insurrectos y autopistas pensadas para dividir clases y contener flujos, la acumulación de capital dio literalmente forma y lugar a la ciudad bajo el capitalismo. La opuso progresivamente al campo... hasta desertificar el mundo rural. Le dio forma a su imagen y semejanza, distribuyendo el espacio en el tiempo al modo en que lo hacía el capital: Manhattan monstruosos con precios imposibles para sus centros, y una masa de minipisos y barrios tan desvalorizados como nuestra fuerza de trabajo para los trabajadores.

Es la fuerza de la acumulación la que convierte en utópicos -o cínicos- los planes de recapitalización de las viejas ciudades europeas. Hace años que comprobamos que si funciona, gentrifica y expulsa a trabajadores y jubilados. Y si fracasa descompone el tejido social hasta la lumpenización. Tampoco va a ser más clemente con las fantasías urbanísticas de los príncipes saudíes. No hay country sin villa, no hay ghetto para ricos que sea sostenible sin un bantustán más o menos contiguo... y por supuesto, sin una estructura de explotación que extraiga riqueza como para mantenerlos como clase.

Lo que estamos viendo no es la ciudad del futuro, sino el delirio de la ciudad burguesa, la clase dominante y su pequeña burguesía escudera pretendiendo llevar la negación del trabajo y los trabajadores al extremo. Quieren dejar de ver en qué han convertido a la sociedad entera. Reclaman la ciudad para sí y llaman a eso el futuro. Pero el futuro es todo lo contrario. El futuro es la no-ciudad en una sociedad sin explotación.