¿Estamos a días de una invasión de Ucrania?

19 de enero, 2022

Soldados rusos llegan ayer a Bielorrusia.
Soldados rusos llegan ayer a Bielorrusia.

Rusia está desplazando tropas, aviones de combate y misiles S-400 a Bielorrusia y llevando unidades anfibias al Báltico. La prensa alemana presiona a su gobierno para organizar levas si la guerra estalla. Y mientras se prepara para el viernes un nuevo encuentro en Ginebra de los ministros de Exteriores de EEUU y Rusia, el discurso estadounidense insiste en presentar la invasión de Ucrania como inminente. ¿Estamos a días de una nueva guerra imperialista en Europa?

Tabla de contenidos

¿Cuál es el origen del conflicto?

Misiles INF, una vez más en el centro de las tensiones que amenazan con una guerra en Europa. Son el objetivo real de las amenazas rusas de invasión de Ucrania.

Para entender la situación actual tenemos que situarnos en el marco general de la estrategia estadounidense. La retirada de Afganistán fue el hito más visible de su «giro hacia China». EEUU mostraba que estaba dispuesto a abandonar el esfuerzo de décadas en Oriente Medio para poder concentrar fuerzas de manera efectiva en el Pacífico.

En Europa, el «giro hacia China», acelerado por Kabul, se tradujo inmediatamente en un «calentamiento» de las fronteras con Rusia en el Mar Negro y Ucrania. A EEUU le servía para disciplinar a unos socios europeos cada vez más difíciles y para contener las tentaciones chinas de apoyarse en Moscú.

De fondo, el fin del tratado de misiles de corto y medio alcance (INF) abría la puerta para acabar con la «profundidad estratégica» rusa. Las fronteras occidentales quedarían inmediatamente «cauterizadas» porque Moscú no tendría tiempo de respuesta ante un ataque con misiles de la OTAN. Rusia, como no podía ser menos, identificó el cambio como un peligro que esterilizaba toda su proyección europea.

Estamos extremadamente preocupados por el despliegue de elementos del sistema global de defensa antimisiles de EE. UU. cerca de Rusia. Los lanzadores Mk 41 ubicados en Rumania y planificados para su despliegue en Polonia se han adaptado al uso de los sistemas de ataque Tomahawk.

Si esta infraestructura avanza, si los sistemas de misiles de EEUU y la OTAN aparecen en Ucrania, entonces su tiempo de vuelo a Moscú se reducirá hasta quedar entre siete y diez minutos, y con el despliegue de armas hipersónicas, a cinco. Para nosotros, este es el desafío más serio: un desafío para nuestra seguridad.

Putin 21/12

En consecuencia empezó a exigir, acompañándolas cada vez con demostraciones de fuerza de mayor calado y amenazas fácticas de invasión de Ucrania, garantías de que Ucrania no ingresaría en la OTAN y no se desplegarían nuevos misiles INF en nuevos países europeos, apostando a que el «giro a China» facilitaría si no un acuerdo explícito, sí un equilibrio con ciertas garantías con EEUU.

Resumiendo: estamos básicamente en un conflicto imperialista en el que EEUU y Rusia intentan imponerse mutuamente garantías que fijen sus respectivas áreas de influencia en Europa. La invasión de Ucrania dentro de ese marco es una amenaza táctica, no el objetivo central de Moscú.

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¿Qué fuerzas empujan hacia una guerra?

Estimación del despliegue ruso a 12 de enero, que amenaza con la invasión de Ucrania

Para la clase dirigente rusa la pérdida de la «profundidad estratégica» se presenta como un problema existencial para su proyección imperialista. La invasión de Ucrania es solo una de las tácticas y amenazas que utiliza para afirmarse con el objetivo de revertirlo. Pero sea en Ucrania o en otro lugar, no cabe duda de que el Kremlin, estaría dispuesto a comenzar una guerra si ve posibilidades de obtener sus objetivos... lo que no es sin embargo, evidente.

En EEUU la situación es más compleja. La fractura de la clase dirigente y las pésimas perspectivas de los demócratas están consolidando un partido de «halcones» en la Casa Blanca. Una invasión de Ucrania podría significar para ellos algo similar a lo que el 11S supuso para los «neocons» de Bush. Entre otras cosas porque algunos sectores del partido demócrata empiezan a desesperarse ante la «falta de liderazgo» de Biden.

El riesgo, anunciado desde hace meses por los analistas demoscópicos del partido demócrata, de que las elecciones de medio término de 2022 se salden con el control republicano de congreso y senado se hace ya evidente. La conclusión es que si Biden y los demócratas no han conseguido que la exigua mayoría que mantienen ahora en las cámaras les sirva para reanimar decididamente la acumulación sacando adelante el Pacto Verde y aumentando, siquiera temporalmente la base de consumo, los resultados de noviembre de 2022 lo harán completamente imposible.

Las elecciones en Virginia y Nueva Jersey y el deslizamiento hacia la guerra en Taiwán, 3/11/2021

Hoy mismo en el New York Times, la idea de escalar el conflicto con Rusia como respuesta «preventiva» de una invasión de Ucrania, se presentaba como pilar sobre el que «salvar la presidencia Biden».

La opinión de que la presidencia de Biden está tambaleándose —y fracasando— ahora ha pasado de las páginas de opinión a las páginas de noticias, de las críticas derechistas a la sabiduría convencional del Beltway [autopista de circunvalación de Washington DC].

«Con la agenda legislativa de la Casa Blanca en ruinas a menos de un año de las elecciones de mitad de período», informaron mis colegas Lisa Lerer y Emily Cochrane la semana pasada , «los demócratas están haciendo sonar las alarmas de que su partido podría enfrentar pérdidas aún más profundas de lo anticipado sin un cambio importante en estrategia liderada por el presidente». [...]

Biden puede estar ansioso por aprovechar cualquier acuerdo que pueda lograr, pero debe tener cuidado de no tropezar con un mundo donde los adversarios no nos temen, los aliados no confían en nosotros y los estadounidenses concluyen que su presidente es débil.

Estados Unidos debe hacer frente a la movilización de fuerzas de Rusia en las fronteras de Ucrania con despliegues a gran escala de fuerzas estadounidenses en el Báltico y Polonia. E Irán debería saber que hay un límite agudo a la tolerancia de Estados Unidos con su arriesgada política nuclear.

Biden todavía puede rescatar su presidencia, New York Times

¿Europa rema hacia la guerra o todo lo contrario?

Annalena Baerbock con Lavrov ayer en Moscú

Si algo ha quedado claro en toda esta escalada y en la escenificación de las conversaciones entre EEUU y Rusia es que Europa no existe. No existe porque la UE ha sido excluida a beneficio de ambos protagonistas y no existe como nada parecido a un bloque imperialista funcional porque las diferencias de cada imperialismo miembro les impiden ir mucho más allá de lo declarativo en algo tan básico como la posición ante una eventual invasión de Ucrania.

De hecho, la relación con Rusia divide incluso a la clase dirigente alemana, haciendo dudar, con razón, a EEUU de que Berlín se una a una respuesta contundente de los países OTAN en caso de invasión de Ucrania.

Ayer Baerbock, la líder verde que es ahora la nueva ministra de Exteriores, dejó entender en Moscú que una invasión de Ucrania significaría que nunca llegaría a estar en funcionamiento el gasoducto NordStream 2. No es sin embargo la visión mayoritaria en el SPD. El canciller Scholz, tras muchas presiones, a lo más que ha llegado es a «no descartarlo», después de haber afirmado que «hay que separar el NordStream 2 de una eventual guerra».

Y es que el abastecimiento de gas ruso es fundamental para que Alemania pueda sostener el Pacto Verde sin perder competitividad en sus exportaciones fuera de la UE... lo que Rusia ha usado desde el verano pasado para presionar a través de su influencia en los precios globales. Saben que el posible corte del suministro ruso de gas se hace inimaginable e inaceptable para la burguesía alemana.

EEUU ha intentado aportar garantías organizando a toda velocidad un esquema de abastecimiento alternativo con su propio gas y el proveedor estatal argelino, pero los cálculos alemanes no salen. Resultado: Alemania irá tan lejos frente a Rusia si hay una invasión de Ucrania como ésta esté dispuesta a aceptar sin cerrar las exportaciones de gas a Europa. Pueden discutir incluso volver a hacer levas masivas por primera vez desde 1945... pero, eso sí, sin cortar las importaciones de hidrocarburos.

En la misma onda se expresó el líder de la CDU, Merz, ante la posible expulsión de Rusia del sistema SWIFT, la famosa «bomba atómica financiera» con la que Blinken amenazó a Putin. Alemania exporta mercancías por valor de 23.000 millones de euros a Rusia... que sin el SWIFT se volverían incobrables. Lo que en palabras de un financiero alemán produciría que «los bancos [alemanes] se viesen atascados con sus deudas pendientes en Rusia, teniendo que aceptar impagos elevados». Es decir, la eventual respuesta a una invasión de Ucrania se supedita también a las dificultades que pueda causar al sector financiero.

Los Verdes y los sectores más pro-estadounidenses de la clase dirigente alemana pueden tacharlo de «miopía» e «inmediatismo» y Washington escandalizarse, pero si algo tiene claro la burguesía alemana es que su política imperialista tiene que generarle mercados y dividendos desde el día uno, no recortarlos. No están por invertir demasiado en un nuevo equilibrio imperialista global, están ante todo, por no perder posiciones en la competencia entre grandes potencias. La invasión de Ucrania sería un inconveniente para ellos, no un peligro existencial.

Tienen claro que su verdadera competencia imperialista la forman China y EEUU, que le arañan mercados y oportunidades de inversión, no Rusia, que es un proveedor estratégico y un mercado establecido de cierto volumen. Su objetivo es contener a Rusia y desincentivar, con medidas que no pongan en peligro el grueso de sus negocios, sus ambiciones imperialistas en la zona de influencia económica alemana -incluida Ucrania. Eso sí, sin llegar a un conflicto abierto. Por eso, a la hora de la verdad, Berlín ni siquiera acepta los pedidos de armamento de Kiev.

Pero ¿habrá una invasión de Ucrania?

Uno de los Tupolev enviados por Rusia a Venezuela en noviembre de 2018. El despliegue de bombarderos nucleares en Venezuela y Cuba se plantea en Moscú como una alternativa a la invasión de Ucrania que equilibraría el juego de los misiles INF en Europa.

De momento, Rusia está elevando apuestas ante todo para forzar un acuerdo rápido que le de garantías de que no habrá despliegue nuclear INF en sus fronteras. Y que secundariamente, venza las resistencias en Alemania a que el Nord Stream 2 se ponga en funcionamiento durante este mismo invierno.

La clase dirigente rusa sabe que si opta por una invasión de Ucrania, difícilmente podría aspirar a controlar de un modo efectivo y sostenible el país por medios exclusivamente militares. Y la situación del capital ruso, al que aún le queda para recuperarse del impacto que le generó la agravación de la crisis en 2020, no aconseja una sangría prolongada en sus fronteras occidentales.

Así que la invasión de Ucrania resulta improbable. A la hora de la verdad, si Rusia quiere seguir subiendo su apuesta imperialista parece más factible para el Kremlin abrir un nuevo frente llevando bombarderos nucleares a Venezuela o Cuba, como ya ha insinuado. Un movimiento arriesgado que ya probó en 2018 y que colocaría de nuevo en tablas el juego del despliegue nuclear de corto y medio alcance.

La cuestión es si en ese caso EEUU vería el órdago o no. De momento, la subida de apuestas por Moscú fortalece a tanto a los halcones partidarios de contener a China con un rosario de «guerras localizadas», como a los sectores que en la Casa Blanca ven en esta crisis una de las últimas oportunidades para recuperar la imagen de Biden como un «presidente fuerte» capaz de «unir al país» (es decir, a la clase dirigente hoy fracturada) y disciplinar a los propios aliados.

Sin embargo, la situación es ya volátil. Cualquier «error» podría desembocar en una decantación de toda la situación hacia la guerra. No necesariamente en Europa.

Una nueva etapa de guerras imperialistas habría comenzado. Y en ese caso, la única opción para detener una escalada armada desastrosa sería la lucha de los trabajadores de los países involucrados contra sus propios gobiernos y clases dirigentes.

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