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26/04/2022 | Crítica de la ideología

Desde la escuela nos enseñan idealismo en cada clase de Historia, Literatura, Lengua y Filosofía, pero también de Matemáticas e incluso de Ciencias. Que nos llamen «idealistas» se considera positivo. Y sin embargo, el idealismo es un armazón que ha estado presente en la concepción del mundo de las clases explotadoras desde hace miles de años. Y desde luego, «idealismo» no es una palabra bonita.

¿Qué es el idealismo?

El idealismo es un conjunto de posiciones filosóficas que entiende que las «ideas», los conceptos inmateriales, son generadores -en distintos grados y formas- de la realidad material.

Suena aberrante y lo es, pero nos acompaña cotidianamente a través de las formas más comunes de ideología. Es lo que nos enseñan en la escuela cuando nos presentan la Historia de la Humanidad como una «historia de las ideas». Nos transmiten que los grandes cambios tecnológicos y sociales «ocurren» por el impacto de «ideas» que «se les ocurren» a una serie de pensadores a lo largo del tiempo.

Ni que decir tiene que la realidad histórica nos dice lo contrario. Por ejemplo, las guerras de religión no fueron el producto de las nuevas ideas de los reformadores religiosos sino que estas ideas aparentemente circunscritas al debate teológico, surgieron precisamente porque existían conflictos materiales anteriores entre clases sociales que las hicieron nacer y animaron conflictos armados.

O que la revolución industrial no fue el producto de la invención de la máquina de vapor ni de las «ideas liberales» sino que más bien fueron cambios en la estructura social los que dieron sentido al uso de tecnologías que ya existían -como el vapor- por parte de una nueva clase -la burguesía industrial- que generó pronto ideas y portavoces a medida de sus necesidades.

Pero el idealismo no es sólo un modo de entender la Historia humana. Está presente también en los argumentos políticos de uso diario en los medios cuando se nos presenta la guerra como el resultado de una «confrontación de ideologías» o cuando se nos anima a cambiar el idioma y adoptar el «lenguaje inclusivo» como forma de «lucha» contra la discriminación de la mujer. Es cierto que lo ideológico condiciona a cierto punto la realidad, pero es obvio que no es la causa del «estado de cosas actual» y tampoco el motor de sus conflictos y transformaciones.

Por eso es más sangrante cuando el idealismo llega al punto de confundir el deseo con la realidad o pensar que el deseo puede configurar la realidad tan sólo mediante la «voluntad». Hemos visto ejemplos de sobra en la gestión y las reacciones de ciertos grupos sociales a la pandemia, y es la base del discurso sobre la «soberanía del consumidor» y el «consumo responsable».

En el límite, el idealismo acaba en una concepción más o menos abiertamente creacionista de la Historia natural. El universo mismo sería producto de una «idea» anterior, a la que puede dotarse o no de autoconsciencia y capacidad para intervenir -o haber predicho exante y por tanto «deseado»- la Historia humana: ya sea la «causa última» aristotélica, el dios de las viejas religiones monoteistas, el «relojero universal» del barroco o cualquiera de sus variaciones actuales, presentes incluso en las cosmogonías de moda entre los físicos teóricos.

¿Por qué el pensamiento materialista ha sido y sigue siendo marginal?

Escena del segundo congreso de la Liga de los Comunistas -el primero en el que participaron Marx y Engels- según una ilustración de la época.

El idealismo es la base de la ideología dominante desde que la sociedad se dividió en clases.

Desde entonces ha habido algunos momentos históricos en los que han aparecido algunos autores materialistas aislados, a contracorriente y siempre perseguidos por el sistema dominante en su momento. Sistema que, lógicamente, defendía el estado imperante frente a las «ideas libertinas» de un Maquiavelo o un Spinoza.

En su ascenso, la propia burguesía animó a estos pensadores en algunos momentos, pero tan pronto tomó el poder político, olvidó rápidamente sus coqueteos materialistas de juventud, dejó de lado incluso el materialismo desdentado de un Feuerbach y volvió a las andadas de un idealismo más o menos «pragmático» y empirista. Hasta el sol de hoy, cuando su concepción mecánica e idealista del mundo es ya un freno para el propio desarrollo científico.

Más allá de pensadores aislados, en todos estos siglos sólo ha habido dos movimientos de cierta masividad que hicieran del materialismo la base de la concepción del mundo: el epicureismo durante el esclavismo y el comunismo en el capitalismo.

Obviamente no es casualidad: el idealismo corresponde a la visión del mundo de una clase explotadora mientras el comunismo es la expresión de la primera clase explotada que es al mismo tiempo la clase revolucionaria de un modo de producción.

¿Cómo es posible entonces que los epicúreos fueran materialistas en pleno esclavismo?

Insultados habitualmente como «cerdos hedonistas», los epicúreos hicieron del lechón un símbolo de sus comunidades. Lucrecio se definió como «un lechón de la piara de Epicuro».

Por su lado, los epicúreos, un movimiento comunalista que floreció entre el siglo IV antes de la era común y el siglo III de nuestra era, representa una particular forma de «separatismo» social. Marginales por definición, eran la expresión del malestar de las capas inferiores de las clases libres ante la descomposición de la polis democrática, no reconocían diferencias de clase, de origen (bárbaros vs griegos) y renegaban de la división sexual del trabajo, que trataban de eliminar de su organización interna.

A diferencia de los pitagóricos, no tenían una rígida estructura jerárquica ni se planteaban tomar el poder de las polis que habitaban, por el contrario denunciaban la política en la polis griega y lo que conllevaba -lucha por puestos y posiciones estatales- como un potencial disolvente de la fraternidad (amistad) comunal del que decidían mantenerse al margen.

Su apuesta consistió en vivir y trabajar colectivamente huertos más o menos retirados, aceptar la escasez inevitable de su abastecimiento, dadas las capacidades productivas de las que disponían, predicar que lo necesario era asequible mediante el trabajo comunal, que hambres y dolores eran pasajeros y que con esas magras bases materiales bastaba para ganar la «eudaimonia», la independencia de criterio que permitía una vida verdaderamente libre (feliz) al margen de la sociedad esclavizante de la que provenían.

Eudaimonia que requería todavía algo más: aceptar la inoperatividad de los dioses en el mundo real y la afirmación de un mundo estrictamente materialista pero no completamente determinista, ya que el determinismo total implica aceptar que existe un destino prefijado, creencia al final tan opresiva e idealista como la aceptación de dioses creadores.

Acosados e injuriados durante siglos, para no caer en el muy perseguido -por antiestatal- delito de ateísmo afirmaron que los dioses existían... pero fuera de los universos cognoscibles y que en todo caso si eran eternos eran también inertes e inmóviles... lo que a su vez les permitía no condenar su culto -lo que hubiera sido perseguido también como ateísmo antisocial- afirmando que el culto griego a los dioses no beneficiaba a los dioses, sino a los que les honraban porque en realidad al hacerlo honraban la eudaimonia, la soberanía y dominio de sí que corresponde a tales seres impasibles e inertes.

Este movimiento, marginal pero ciertamente numeroso, llegó a afirmar, sin saber trazar un camino que por otro lado hubiera resultado incomprensible en aquel momento, que la sociedad volvería a ser una comunidad sin clases en la que:

No habrá necesidad de muros ni de leyes ni de todo cuanto montamos para protección de unos contra otros. En lo que respecta a los sustentos necesarios de la agricultura, como entonces no habrá esclavos, nosotros mismos empuñaremos el arado y abriremos los surcos y velaremos por los cultivos, desviaremos los ríos y cosecharemos.

Pórtico de Enoanda, siglo II

Evidentemente, no es la mirada de una clase dirigente. Producto de una sociedad y una época sin capacidades productivas suficientes como para organizar una sociedad de abundancia, su comunalismo interno nunca fue más allá de afirmar lo deseable del comunismo y una cierta posibilidad en un futuro indeterminado. No podía ser de otra forma.

A pesar de que fueron numerosos y durante siglos mantuvieron comunidades por todo el Mediterráneo, eran un movimiento segregado, marginal y casi universalmente rechazado, que se había separado por propia voluntad de una vida social y política que repudiaba.

Esa particular situación «separada» voluntariamente de la estructura productiva -y por tanto de clases- de su época, es la que explica que pudieran mantener una visión fundamentalmente materialista. Aunque en su decadencia, ya durante el final de la época republicana romana, cuando muchas comunidades epicúreas en la península itálica pasaron a depender de patrocinadores y donantes aristocráticos, su pensamiento inevitablemente cedió y derivó en concesiones idealistas por otro lado inevitables.

Y a pesar de todo, fue un poeta, Lucrecio, formado posiblemente en una de estas comunidades «degeneradas», la villa de los papiros dirigida por Filodemo de Gádara, el que nos dejó el último gran monumento del materialismo antiguo: el «Rerum Natura».

¿Por qué las clases explotadoras son idealistas?

Mural egipcio: la clase dirigente «crea riqueza» dando objetivos y organizando el trabajo social (de los explotados).

¿Cómo ven las clases dirigentes el mundo?

Cuando ellos «ven» algo, cuando su deseo se articula como una orden, es cuando comienza a existir. Lo que viene detrás son «recursos» -trabajo humano, materias primas, etc.- que se ponen en marcha para «hacer realidad» sus «ideas» en función de los derechos de explotación del trabajo ajeno de los que dispongan.

No es casualidad que desde la Antigüedad imaginen la creación del mundo por un dios o un taumaturgo que enuncia un «hágase». El «verbo» divino crea el mundo de la misma manera que la orden de los miembros de la clase explotadora dirige y da objetivos al trabajo social.

En cada sistema de explotación este derecho de la clase dirigente a explotar trabajo ajeno viene garantizado por una relación social concreta: en el capitalismo por la propiedad del capital, una institución que puede entenderse en sí misma como un derecho de explotación; en el sistema feudal, por las obligaciones de prestar trabajo y entregar parte de la producción que definían la servidumbre; en el esclavismo por la propiedad pura y simple de la mayor parte de la clase trabajadora, es decir, los esclavos; y en el modo asiático por las obligaciones de trabajo colectivo.

Para las clases explotadoras de todos los modos de producción basados en la división de la sociedad en clases, «la idea» dirige de «modo natural» el trabajo social. La «idea», genera realidad, el trabajo social es un mero recurso, una herramienta más al servicio de esa «voluntad creadora».

¿Cómo no van a ser idealistas y proyectarse en dioses creadores de universos? El idealismo es el producto directo de la división entre el trabajo manual y el intelectual que acompaña a la fractura de la sociedad en clases, un resultado inevitable de la alienación del ser humano respecto a su propia capacidad transformadora colectiva (el trabajo, en nuestra época reducido a trabajo asalariado) y respecto a la Naturaleza de la que forma parte.

Es decir, el idealismo es un resultado de cuanto hace a nuestra especie ajena a sí misma.