Huelga del metal en Cádiz

24 de noviembre, 2021

Asamblea de trabajadores durante la huelga del metal en Cádiz
Asamblea de trabajadores durante la huelga del metal en Cádiz

La huelga del metal en Cádiz nos muestra que tenemos que luchar de otra manera. Y eso significa, desde ya, tomar el control de las asambleas hoy monopolizadas por los sindicatos. Y hacerlo para extender las luchas, abrir las asambleas y hacer reivindicaciones conjuntas que salten por encima de todas las divisiones de sector, provincia, región o forma de contrato.

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El origen de la huelga del metal en Cádiz es la bajada drástica del poder de compra de los salarios

La huelga del metal en Cádiz se gesta a lo largo del mes de octubre cuando los trabajadores constatan que la capacidad de compra de sus salarios está cayendo en picado. Los sindicatos en un principio intentan contener la situación dentro del marco de la negociación del convenio. Pero la patronal no cede. La inflación les está aumentando la rentabilidad y quieren consolidarlo.

Los sindicatos, bajo presión creciente de los trabajadores, convocan entonces asamblea y se ponen a la cabeza del llamamiento a huelga de ésta. Es claro que no se trata de su propia iniciativa. En otros sectores donde se habían convocado huelgas sindicales como en las cárnicas, los sindicatos evitan la huelga llegando a acuerdos de subida de salarios por debajo del IPC.

La izquierda y los sindicatos frente a la huelga del metal en Cádiz...

Huelga del metal en Cádiz. Barricadas en Puerto Real.

Pero la combinación de inflación y «contención de los salarios» es un eje central de la «recuperación» tal y como la entiende el gobierno PSOE-IU-Podemos. La huelga del metal en Cádiz, que pronto alcanza eco en todo el país, no solo es un «mal ejemplo» sino necesariamente incómoda para los partidos que forman parte de él.

El circo de la industria de la opinión se pone en marcha. Los medios harán un esfuerzo consciente por reducir el debate público a la supuesta «violencia» de los manifestantes. El PCE llama a los trabajadores a tener confianza en el gobierno, que se permite «advertir», en la más pura tradición stalinista que esos días celebra, que las protestas alimentan a la derecha.

La dosis extra de cinismo no hace sino alimentar la desconfianza y el descontento de los trabajadores, que aumentan la presión y protestan frente a las sedes sindicales. Conscientes de que se está gestando un desbordamiento, Unidas Podemos reacciona y pasa a «apoyar» la huelga.

La izquierda, sindical y política, desempolva el viejo libro de jugadas de las reconversiones de altos hornos y naval de los 90 y se reparte papeles.

Se moviliza la izquierda trotskostalinista. «Anticapitalistas», que tiene el ayuntamiento de Cádiz y está en pleno giro hacia el andalucismo, intenta llevar la interpretación de la huelga hacia un conflicto «con Madrid». Los grupos menores de la misma matriz (Izquierda Revolucionaria/ Sindicato de Estudiantes) se esfuerzan en conducir la solidaridad que despierta la lucha de los metalúrgicos de forma que no dañe a la izquierda parlamentaria.

La movilización en la calle la dirige CGT. Se presentan como la alternativa «radical» pero todo el radicalismo queda en desahogos contra la policía... que descarrilan la discusión hacia el estéril terreno del nivel de represión aceptablemente democrático.

Mientras, por supuesto, la dirección y los objetivos reales de la huelga siguen en mano de los burócratas sindicales de siempre... con sus objetivos de siempre.

¿Por qué la izquierda y los sindicatos traban la huelga?

En el reparto de papeles entre sindicatos e izquierda en la huelga del metal en Cádiz, los grupos extraparlamentarios solo sirven para desviar la solidaridad de otros trabajadores hacia un campo estéril que mantiene aislada de hecho a la huelga.

Solo desde la desmemoria más absoluta cabía esperar otra cosa de los sindicatos, sean «los grandes» o «los combativos» (CGT, Coordinadora...).

No es su negocio ayudar al desarrollo de las luchas. Su negocio es mediar la venta de fuerza de trabajo aspirando a convertir la organización de la que son cuadros profesionales en un monopolista más dentro del gran juego de capitales que determina precios y salarios.

Cobrar por organizar fuerza de trabajo en la producción es lo mismo que hace un directivo de cualquier compañía. El directivo asalariado es la forma característica de la burguesía corporativa en el capitalismo de estado bajo el que vivimos. ¿Qué cabe esperar de la burguesía corporativa... sindical?

De ese modo, los sindicatos en realidad abortan la organización de los trabajadores corporativizándolos para encauzar las ganas y la necesidad de luchar hacia un terreno que en realidad simplemente organiza el mercado de trabajo, no la lucha por las necesidades universales de los trabajadores. Como en el mercado, en el sindicato todo el conjunto de posibilidades se resume al resultado de oferta y demanda en un juego trucado.

Por eso toda la experiencia sindical del último siglo no puede resultar sino desmoralizante: porque los sindicatos no son ya herramientas de organización de los trabajadores como clase. Y sin organización de clase no cabe otra cosa que atomización -por coordinada que esté- y desmoralización.

La «escasez» de mano de obra, los sindicatos y la moral de los trabajadores, 28/9/2021

Es decir, ni como organización ni como conjunto de cuadros y liberados pueden darse por objetivo extender de un modo real la lucha, el único modo del que puede triunfar. Hace mucho que son parte del estado, de hecho, piezas fundamentales del capitalismo de estado bajo el que la burguesía española organiza su propio dominio. Piezas que no son ni más ni menos contradictoria que otras.

Empezando por los partidos de la izquierda extraparlamentaria. Ya hemos visto a Kichi ofreciéndose a «mediar», es decir a congelar la lucha en las reivindicaciones actuales y en las empresas hoy movilizadas... mientras se consumen las cajas de resistencia y los ahorros de los trabajadores. Cuando la izquierda se pone la camiseta de los trabajadores, es siempre para eso. ¿Cómo no va a agradecerlo esta vez hasta la mismísima Ministra de Trabajo?

¿Para qué necesitan tomar el control de la asamblea los trabajadores?

Manifestación en apoyo de la huelga del metal en Cádiz

Si el capitalismo se ha reorganizado durante el último siglo es, ante todo, como una forma de blindarse ante la tendencia permanente a la crisis, pero también ha cambiado su capacidad de respuesta frente a las huelgas y luchas de los trabajadores. Y ambas cosas se unen en cada batalla concreta.

Si en una empresa, las exigencias de los trabajadores obligan a modificar las condiciones amenazando con reducir las ganancias por debajo de la media regional o sectorial, los gestores saben que el capital marchará inmediatamente y que posiblemente eso haga que las posibilidades de recuperar o ganar nueva rentabilidad capitalizándose sean menores.

¿Qué hacen los sindicatos? Primero aceptan la lógica de los gestores -no dejan de serlo ellos mismos- y nos dicen que «sin rentabilidad no hay empleo». Y con la rentabilidad del capital como bandera limitan los objetivos de huelga y frenan su extensión. Eso cuando no hacen suyas las reivindicaciones de los gestores frente al estado, como en Navantia o en Alcoa

Tienen razón cuando dicen que sin rentabilidad el capital tarda segundos -a veces menos- en marchar a otra aplicación más productiva. Pero no es verdad que la consecuencia de eso deba ser aceptar la supeditación de los trabajadores al beneficio y el éxito de los gestores.

De hecho, desde principios del siglo XX, cuando el capital empezó a tomar cada vez más la forma que conocemos actualmente, comenzó a emerger una nueva forma de lucha en la que ya no se distinguía la reivindicación de empresa de la lucha por transformar las condiciones generales de explotación. Una nueva forma de lucha que respondía a una situación -la nuestra- en que con un capital cada vez más «líquido», las condiciones de trabajo de cada grupo de trabajadores dependía cada vez más de las condiciones generales que aplican a todos los centros de trabajo.

La nueva forma de lucha, no era más que dar respuesta planteando una escala más cercana a aquella en la que el capital jugaba. La huelga en vez de eternizarse, se expandía «horizontalmente» de una empresa a otra en el territorio.

Desde el primer momento se visibilizaba así que era una respuesta de clase, no de un grupo concreto de trabajadores a la situación en una empresa concreta. De hecho las huelgas se extendían y organizaban no solo en fábricas o empresas, sino en los barrios, agrupando a todos los trabajadores dispersos en las pequeñas empresas, la precariedad, el desempleo y la informalidad.

La organización, por tanto, aun si hubiera seguido teniendo a miembros de los sindicatos entre sus animadores ya no podía ser sindical tampoco: solo eran funcionales asambleas coordinadas por comités de delegados elegidos cada poco tiempo y revocables por ellas.

Miremos adónde lleva la extensión de la huelga sobre el territorio: el capital no tiene donde ir dentro de él, teme que el ejemplo se expanda saltando fronteras de sector, provincia o región; las condiciones generales de explotación son ahora su problema y el del estado. La huelga al expandirse pone al capital en su conjunto donde en otro tiempo la huelga de empresa puso al capitalista particular.

El sindicato, sus objetivos y su forma misma de organización ya no están alineados con las necesidades de las luchas concretas, son incapaces de sacarnos del atasco del aislamiento. Es más, hacen lo contrario. Basta con la memoria de las generaciones que hoy están trabajando para darse cuenta de que la lucha aislada en la empresa, los paros sectoriales, el «diálogo social», las peticiones al gobierno de «carga de trabajo»... solo han conducido a una espiral de precarización y a la impotencia frente a los cierres de plantas y empresas.

¿Qué podemos esperar? ¿Qué debemos hacer?

Lo que está pasando con nuestro poder de compra, con nuestras pensiones, con nuestras condiciones de trabajo, no es cosa solo de un sector o un grupo de empresas. No es una «consecuencia del Covid» y no va a arreglarlo el gobierno que ha organizado que el descenso de nuestra capacidad de compra se convierta en beneficios de empresas y bancos.

Algo que nos afecta a todos no puede enfrentarse tampoco con cada plantilla por su lado. Bien encerrados cada uno por los sindicatos en los convenios particulares no cabe esperar nada diferente de lo que vimos en cárnicas por ejemplo: bajadas de salario real y todos para casa.

Tampoco cabe contar con que una huelga general sindical arregle nada: ya sabemos de sobra qué hacen los sindicatos con ellas tan pronto llega el fin de turno del día de convocatoria. No hay un sólo ejemplo discordante en todo el mundo. Y no lo va a haber en Cádiz ni en España ahora.

La huelga del metal en Cádiz nos muestra que tenemos que luchar de otra manera. Y eso significa, desde ya, tomar el control de las asambleas hoy monopolizadas por los sindicatos. Y hacerlo para extender las luchas, abrir las asambleas y hacer reivindicaciones conjuntas que salten por encima de todas las divisiones de sector, provincia, región o forma de contrato.

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