¿Hacia la ilegalización de la extrema derecha?

4 de marzo, 2021

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¿Avanza Europa hacia ilegalización de la extrema derecha? En Alemania los servicios de contrainsurgencia del estado han iniciado en pleno año electoral un proceso que bien podría acabar en la disolución de la AfD, a día de hoy el principal partido de oposición. En Francia el gobierno ha disuelto uno de los grupos juveniles ultras más potentes. En Austria llevan el mismo camino. Pero... ¿Están tratando de sacar del tablero a la extrema derecha o a otra cosa?

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La ilegalización en marcha de AfD y Génération Indentitaire

En Alemania, la AfD pasa a estar bajo la vigilancia de la Oficina Federal de Protección de la Constitución, uno de los servicios secretos alemanes, el encargado específicamente de contrainsurgencia. La AfD ya sufría una decisión similar en algunos estados importantes como Baja Sajonia, Brandemburgo y Turingia. Ahora aplicará en todo el país. La causa: han llegado a la conclusión de que el partido pretende subvertir el orden constitucional alemán.

Las consecuencias: todas las comunicaciones, correos electrónicos, llamadas, etc. de sus militantes entre sí y con terceros podrán ser intervenidas y ellos sometidos a seguimiento e investigación al margen de los procedimientos habituales de tutoría judicial. Por el momento, la oficina se abstiene de vigilar a los parlamentarios en espera de la resolución de una demanda presentada por el partido extremista con anterioridad.

La medida puede ser recurrida todavía ante los tribunales. Como la decisión del Consejo de Ministros francés de disolver Génération Identitaire. El grupo ultra y xenófobo se había mantenido escrupulosamente en la legalidad republicana, pero el gobierno entiende que su objetivo y su espectacular propaganda -que imita abiertamente a Greenpeace- incitan por su contenido al odio y la violencia.

La ilegalización de GI no es la primera en Francia. Aunque los medios no suelan colocar al islamismo de los Hermanos Musulmanes en la extrema derecha es difícil considerarlos en otro lugar: un movimiento ultraconservador, identitarista y clerical sostenido por un segmento de la pequeña burguesía comercial con comportamientos mafiosos. Cierto que su emergencia y represión ha estado ligada al juego imperialista de Turquía y Qatar y que eso ha precipitado la contundencia de la nueva Ley contra el separatismo. Pero no dejan de ser una expresión de la revuelta de la pequeña burguesía ultraconservadora.

En Alemania, los servicios llevaron primero a la ilegalización de los grupos ultras más violentos, luego actuaron contra la tendencia más abiertamente golpista de la AfD y solo ahora -cuando el partido está en regresión- intentan poner en jaque y apuntar a la ilegalización del partido como un todo.

¿Y si no va de extrema derecha?

ilegalización extrema derecha musulmana
Macron presenta su estrategia contra los Hermanos Musulmanes y el salafismo en Francia que incluyó la ilegalización de distintas asociaciones y grupos.

Lo interesante es que tanto en Alemania como en Francia es la prensa conservadora tradicional la que jalea al gobierno y dedica páginas a refutar los argumentos de los contrarios a la medida. Solo Marine Le Pen invoca el estado de derecho y la libertad de expresión... y desde la distancia.

A pesar del descaro tabernario habitual de la dirigente, el tema no deja de incomodarla. Está en plena maniobra de normalización de su formación, abandonando poco a poco el discurso anti-euro y convirtiéndose en un Vox pro-austeridad que busca crecer entre la derecha gaullista tradicional.

En Austria el canciller Kurz -cuyas posiciones y estéticas son similares a las de Vox en España- promueve prohibir el símbolo de Génération Identitaire, la lambda de Lacedemonia amarilla sobre campo negro, adoptada también por grupos locales, aunque ha chocado con su propio Ministerio del Interior que aduce que un símbolo parecido es utilizado por el movimiento LGTB local desde hace veinte años.

Los márgenes desquiciados de la revuelta pequeñoburguesa

hostelería extrema derecha
«Salvemos la hosteleria». Cartel exhibido durante las algaradas del ocio nocturno en octubre-noviembre en Logroño. Obsérvese la incorporación de la cruz céltica al nombre de la ciudad.

Desde hace ya casi nueve años vemos el desarrollo de toda una serie de revueltas de la pequeña burguesía en todo el mundo: de Grecia a Cataluña y de Córcega a Chile, la pequeña burguesía ha constituido movimientos de protesta, obtenido representación electoral para partidos anti-sistema de todo pelaje y condición, y puesto cada vez más palos en la rueda de la clase dirigente para exigir no quedar fuera de la recuperación de la crisis de 2009.

Eran movimientos muy diversos en su estética y declaración ideológica que compartían sin embargo dos características fundamentales: su oposición más o menos descarada pero profunda a los trabajadores -a fin de cuentas aspiraban a obtener una parte de la transferencia de rentas del trabajo que estaba monopolizando el capital para recuperarse- y su impotencia política.

Todos, de una manera u otra, tendían a imbricarse y ser intrumentalizados por los conflictos imperialistas: Irak, Hong Kong e incluso el independentismo catalán pueden hablar de eso. En la llamada derecha populista europea, fue el trumpismo y dentro de este el sector liderado por Bannon el que protagonizó el intento.

Pero lo que parecía querer ser una captura se convirtió con la pandemia en la afirmación de una nueva base social sobre verdaderos delirios ideológicos que acabó dividiendo el campo, relativamente amplio y ambiguo de los Vox, Salvini, Le Pen o AfD a los que se había vinculado originalmente.

Lo que empezó como un intento de condicionar a la nueva derecha ultranacionalista acabó creando un movimiento propio en los márgenes que hacía de la impotencia su virtud y se abocaba a la fusión con los estallidos violentos de la parte más castigada -y cercana al lumpen- de la pequeña burguesía comercial.

No es algo que podamos dar por cerrado. En noviembre rasgó a la extrema derecha holandesa con un escándalo sonado. Las noches de disturbios de los negacionistas se sucedieron, con violencia brutal en enero y se extendieron a Bélgica y Dinamarca.

En Holanda, ayer mismo, una bomba estalló en un centro de pruebas diagnósticas del Covid.

¿Qué intenta el estado?

El estado teme que los márgenes desquiciados de las expresiones políticas de la pequeña burguesía consigan enquistarse y eventualmente liderar sectores más amplios. Pero sobre todo quiere despegar y decantar a la pequeña burguesía bannonita y negacionista de la extrema derecha neoliberal, a la que aun puede integrar y a la que aspira a absorber en los partidos de estado.

La ilegalización de AfD, GI o Casa Pound -si llega a plantearse- es el contrapunto de los intentos de integración de los Vox, RN, Lega o Fratelli. El resultado, de salirles bien, será una derecha de estado rejuvenecida por la revuelta pequeñoburguesa de estos años. Una derecha que en el PP, el neo-gaullismo o la derecha italiana será belicosa a lo Kurz, burdamente anticomunista a lo Vox y legalmente xenófoba a lo Lega, CSU o populares austríacos, pero lista para tomar el relevo de los gobiernos keynesianos de ahora con una nueva campaña de austeridad.