Fatiga pandémica: una perspectiva comunista

8 de febrero, 2021

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De repente, un supuesto síndrome psicológico, la fatiga pandémica, está en todos los medios. Las televisiones públicas dan consejos sobre cómo frenarlo, las privadas nos dicen que lo sufre el 60% de la población. En los periódicos las columnas de opinión se suceden, más o menos ingeniosas. La cascada característica de las campañas mediáticas no para, sigue y llega hasta las revistas de moda y los boletines profesionales. No es inocente y lejos de ayudar, agrava.

¿Cuál es el mensaje?

El principal mensaje es que toda nuestra angustia, nuestro dolor, nuestro rencor incluso, son producto de lo inevitable, un hecho de la naturaleza que no cabe reprochar a nadie. El segundo, que nuestro esfuerzo si bien no sirve de nada frente a la pandemia, sí puede reducir la fatiga pandémica. Y, para contarnos cómo, surgen legiones de psicólogos listos a recomendarnos que aceptemos la nueva normalidad y nos preparemos para poner el foco en el lado amable de la realidad, literalmente.

La Psicología como trampa

La Psicología, como todas las formas de conocimiento social, es ante todo ideología. En teoría enfrenta problemas que crea el sistema y que crecen conforme más anti-humano se vuelve, destruyendo centenares de miles de personas a su paso. Pero se limita voluntariamente en su respuesta al individuo, por eso solo puede ofrecer caminos para su adaptación, no soluciones.

La supuesta ayuda que nos ofrece la Psicología no es otra cosa que un discurso de interiorización de la conformidad, y en este contexto, de aceptación de la imposición política de una matanza infame.

La fatiga pandémica es un ejemplo extremo: no hay duda de que la angustia, la impotencia y la frustración que crece en estos días es un fenómeno social, no una desgracia individual, y que está provocada por la matanza en marcha. Es necesariamente angustiante temer o dolernos cada día por la desaparición de familiares, amigos y conocidos; pasar el día en interacciones obligatorias que son necesariamente de riesgo -ir y venir al trabajo, trabajar, asistir a clases-; y ni siquiera saber si conservaremos el puesto de trabajo por mucho tiempo.

La solución evidente es… poner un alto a la carnicería. A fin de cuentas, sabemos que parar la masacre es posible. Pero no. Para nuestros psicólogos mediáticos, el problema no son las causas -evidentemente sociales y políticas- de la angustia social. Su función es buscar los detonantes individuales y limitarse a ellos. De lo que se trata es de evitar que nos afecte al punto de hacernos disfuncionales para trabajar y cumplir, sin meterse en política. Así que la supuesta ayuda no es otra cosa que un discurso de interiorización de la conformidad, y en este contexto, de aceptación de la imposición política de una matanza infame.

Otra manera de entender la fatiga pandémica

Aceptar nuestra impotencia como individuos sin salir de ahí, conformarse sin buscar un camino colectivo para transformar la realidad, no es menos destructivo que negar los problemas y pretender que no existen.

En realidad, la fatiga pandémica no es otra cosa que desmoralización. Y como en todo problema social, el enfoque individualista no es la forma de salir, sino el camino para encerrase en el problema. Todo problema social solo puede generar impotencia -y a medio plazo desmoralización- si pretendemos que pueda enfrentarse desde el individuo. La falsa alternativa que nos ofrece la Psicología, aceptar nuestra impotencia como individuos sin salir de ahí, conformarse sin buscar un camino colectivo para transformar la realidad, no es menos destructiva que negar los problemas y pretender que no existen.

Destructiva para cada uno, claro, utilísima al poder, cuyo objetivo es precisamente mantener la conformidad social para imponer, sin esa peligrosa traba que llamamos lucha de clases, los intereses del capital: mantener las empresas facturando y acumulando beneficios caiga quien caiga.

¿Cómo vencer la desmoralización durante la pandemia?

Fuera de los periodos de lucha la clase trabajadora no es más que una masa atomizada e impotente de individuos que trata de sobrevivir a un sistema crecientemente anti-humano. Nuestra única y mínima línea de defensa se da en lo comunitario: la familia, los amigos cercanos… las pocas relaciones humanas que se mantienen desmercantilizadas y en las que la solidaridad básica sigue operando a pesar del asfixiante entorno cultural e ideológico que nos individualiza y separa de nuestros iguales. Condenados a mucha soledad y poco refugio, la conformidad -más o menos interiorizada o fingida- es una estrategia de supervivencia.

Bajo las condiciones de la pandemia lo familiar, lo comunitario, está herido y en jaque; y la conformidad tampoco permite tomar aire: los gobiernos no quieren parar la pandemia con tal de mantener las inversiones en marcha

¿Qué ha pasado con la pandemia? En primer lugar, lo comunitario está herido y en jaque. Los abuelos que cuidaban de los niños, con las escuelas abiertas, se han convertido en población de riesgo y han dejado de ser parte activa de la familia. Muchísimos han muerto. Con los amigos, se ha impuesto la distancia social. En el trabajo ni siquiera hay ya el consuelo de la conversación de bocadillo y café. La atomización se ha hecho aún más brutal, aún más aislante.

Además, se ha hecho evidente que la conformidad no ayuda a no ahogarse cuando lo que nos imponen es seguir así, aguantar de campaña de ventas en campaña de ventas, del verano a Navidad y de Navidad a Semana Santa… Se están llevando por delante a miles de personas -y con ellas la poca vida que nos dejaban- por el bien de unos negocios que ni siquiera nos ofrecen la mínima seguridad de mantener los contratos. Y las cifras de muertes no paran. Porque los gobiernos no tienen intención de pararlas.

Solo en batalla con un capitalismo anti-humano puede encontrarse la promesa de una vida realmente humana.

En la vieja normalidad solo unos pocos, muy pocos, se agrupaban e intentan ir más allá de lo comunitario hacia lo político. En vez de seguir la corriente para que fuera menos difícil seguir a flote, intentaban nadar contracorriente: formaban pequeños grupos de barrio, de amigos que se ampliaban para conseguir algo para todos o para discutir de ciertas cosas. Aún menos eran los que iban otro paso más allá y apuntaban al comunismo abiertamente. No es fácil. Necesitan dotarse no solo de claridad de objetivos y estudiar las experiencias de la clase en el pasado y ahora, sino de una moral nueva para conseguirlo. Pero precisamente por eso funciona: solo en batalla con un capitalismo anti-humano puede encontrarse la promesa de una vida realmente humana.

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