En el comunismo… ¿Quién hará los trabajos que nadie quiere hacer?

14 de febrero, 2021

cloacas

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La pregunta: ¿Quién limpiará las alcantarillas en el comunismo?

En una sociedad hace falta hacer todo tipo de trabajo, incluyendo los que nadie quiere hacer. Generalmente o se dejan a los más desafortunados y/o se atrapa a un grupo específico de gente para hacerlos. Pero habrá que seguir limpiando las alcantarillas después de la revolución, ¿no?

Muchos de esos trabajos no se automatizan hoy porque hay mano de obra barata de sobra. Y aun así, a día de hoy, buena parte de la limpieza de túneles de alcantarillado en Viena es realizada ya por robots y en prácticamente toda Europa el sistema de reciclaje de basuras empieza en cada casa. El capitalismo no va a llegar mucho más lejos si no se le da oportunidad de explotar rentablemente a más gente. Pero los trabajadores sí. Una dictadura de las necesidades universales no tendría problemas en transformar los procesos, automatizar una parte y socializar otros.

Al hacerlo se apoyaría en dos tendencias que ya están presentes pero constreñidas por un capitalismo en decadencia: la socialización de la producción y el desarrollo del trabajo como fuerza productiva.

La socialización de la producción

comunidad soft libre guadalinfo
Fiesta de desarrolladores de Guadalinfo, comunidad de software libre.

La socialización de la producción es una necesidad para el desarrollo de las capacidades productivas que progresivamente ha ido chocando más y más con las relaciones sociales capitalistas. En el siglo XIX, en pleno desarrollo juvenil del capitalismo, transformó la misma idea de empresa capitalista a través de la expansión de las sociedades anónimas.

Al entrarse en la época imperialista se produce un nuevo empujón hacia las formas capitalistas de socialización de la producción: el desarrollo de los monopolios, la ordenación de los inventos y progresos técnicos, los intentos de planificación... La entrada del sistema en decadencia en el siglo XX radicaliza ese proceso al punto de socializar a la propia burguesía en las distintas formas de capitalismo de estado que conocemos hoy.

Hoy convivimos con sistemas que expresan de una forma retorcida y supeditada a la acumulación de capital esa misma tendencia. Desde los sistemas de reciclaje a Google Translate, en cada producto está involucrado cada vez más el trabajador colectivo.

Cuando traducimos con una IA como la de Google, en realidad estamos usando todas las traducciones publicadas antes en la web por millones de personas. Cuando usamos software libre como Apache (el servidor que sostiene la mayor parte de las webs), WordPress (el sistema de publicación de la mayor parte de publicaciones digitales) o navegadores como Firefox o Chrome, estamos usando los aportes de centenares de miles de usuarios y centenares, según el caso, o miles de programadores, muchos de ellos no profesionales.

Pero aun hay más sectores y actividades en las que la socialización -y por tanto el trabajador colectivo- está presente de un modo casi invisible. Lo que permite a Amazon servir casi cualquier producto en tiempo récord o a Zara saber qué cantidad de complementos producir y en qué centros se van a demandar con más probabilidad, es el proceso de los datos de millones de usuarios y clientes de todo el mundo.

Comparado con estas formas sofisticadas, separar la basura en distintas bolsas y la depositarlas en distintos contenedores, parece algo primitivo. Pero es un principio de socialización también que reduce en millones las horas de trabajo necesarias para reciclar los deshechos.

¿Por qué el capitalismo no desarrolla aun más la socialización de la producción?

vacuna

El desarrollo de la socialización de la producción bajo formas capitalistas es en sí mismo contradictorio. Se ve con mucha claridad en todos los productos digitales, donde para mantener la valorización del capital y escapar a la tendencia a la gratuidad llevan más de veinte años retorciendo hasta el paroxismo la propiedad intelectual.

De forma trágica lo estamos viendo en las vacunas del Covid. Esas vacunas se basan en un conocimiento científico y social previo, recursos masivos obtenidos por los estados y la colaboración de centenares de miles de personas que formaron parte de los ensayos clínicos en todo el mundo.

Pero las vacunas tienen dueño, cada una su fondo de capital, que impone intereses de rentabilidad mermando su uso social, reduciendo la producción respecto a la que sería posible, negando la vacuna a medio mundo y poniendo en peligro incluso su efectividad porque con tanto derroche y la marginación de continentes enteros se da tiempo a la aparición de nuevas cepas.

Es difícil encontrar un caso que exprese con mayor claridad por qué el monopolio y la estatización, si bien acaban con la anarquía del mercado, no eliminan sino que elevan a un nuevo nivel el caos y el derroche capitalista. El principio de socialización que está presente y hace posible el desarrollo de la vacuna, no deja de estar en contradicción con la concentración de la propiedad en torno al capital financiero.

Es decir, es otra expresión de la contradicción entre relaciones de propiedad y socialización de la producción y por tanto de la contradicción entre proletariado (la clase que lucha por necesidades humanas universales) y la burguesía (la clase que, bajo distintas formas, privadas, corporativas o estatales, se beneficia de la explotación del trabajo e intenta mantener el sistema de acumulación del capital caiga quien caiga).

¿Se pueden sustituir todos los trabajos desagradables y peligrosos por máquinas y sistemas socializados?

comunismo y electrificación

En principio todo apunta a que una parte dejarán de ser necesarios y otra podrá automatizarse y socializarse, aunque resulte imposible saber a día de hoy cómo.

Por ejemplo, los comunistas soñaron durante casi un siglo con robots y máquinas que extrajeran el carbón de forma segura y sin casi concurso humano. Durante la Revolución Rusa por ejemplo, hubo un esfuerzo consciente para imaginar y diseñar tractores mineros con cuyo desarrollo se esperaba que evitara en algún momento bajar al pozo. El comunismo era la perspectiva.

Daban por hecho que el carbón seguiría siendo por algún tiempo una fuente energética imprescindible. Pero a diferencia de lo que nos dicen hoy los ecologistas, y eco-socialistas falsarios de distinta laya, pensaban ya que la generalización de la electrificación serviría para reducir la necesidad del peligroso e insano trabajo minero.

En 1920 el Congreso de los Soviets de toda Rusia, en plena guerra civil contra los ejércitos zaristas y la intervención de las potencias imperialistas, aprobó planes para desarrollar la geotermia y la energía hidroeléctrica en todo el país. No, cuando el proletariado se hizo con el poder político no pretendía hacer sexualmente igualitaria la minería, ni convertirla en limpia y ecológica, pretendía llegar a poder abolirla para liberar el trabajo humano y a la humanidad misma de bajar al pozo. Su perspectiva era el comunismo.

Lo que aprendemos de la experiencia histórica es que el cómo tecnológico dependerá de los medios disponibles -a escala mundial- pero el cómo político es la emancipación del trabajo, la imposición de las necesidades humanas expresadas por las necesidades de la clase trabajadora sobre las necesidades de valorización (=explotación) del capital y su economía (=acumulación).

Pero el capitalismo... hace todo lo contrario, ¿no?

ciclologista
¿Electrificación y automatización del transporte de mercancías o vuelta a la tracción humana?

No exactamente. Las fuerzas productivas no han dejado de crecer bajo el capitalismo, ni siquiera en su decadencia. No podría ser de otra manera, decadencia no quiere decir que el capital deje de revalorizarse todo el tiempo y se destruya en cada ciclo, solo quiere decir que la tendencia a la crisis se hace constante y que la tendencia al desarrollo de las capacidades productivas se ve cada vez más constreñida por las necesidades del capital.

No es que cada vez se produzca menos y que la productividad se reduzca constantemente, es que el sistema frena cada vez más el desarrollo social y productivo que él mismo hace posible.

No es que cada vez se produzca menos y que la productividad se reduzca constantemente, es que el sistema frena cada vez más el desarrollo social y productivo que él mismo hace posible

Dicho de otro modo: la forma en que el capitalismo desarrolla capacidades productivas es contradictoria y cada vez lo es más. En el capitalismo ascendente, los desarrollos de la productividad en términos de ganancia iban ligados a los de productividad física porque había mercados globales vírgenes en los que colocar los excedentes con relativa facilidad. Los crecimientos de la producción facilitados por las nuevas invenciones y la proletarización de grandes masas de campesinos, encontraban mercados y solo producían breves crisis cíclicas que se ajustaban con nuevas ampliaciones de mercados que a su vez expandían globalmente al capitalismo como sistema.

El resultado fue que los aumentos de la explotación en términos relativos (la proporción de tiempo de trabajo social impago) fueron acompañados de reducciones drásticas de la jornada de trabajo parejas al crecimiento de la capacidad de consumo por parte de los trabajadores. En España por ejemplo, la jornada media pasó de 16 horas en 1830 a 8 horas en 1919. Después de aquel momento, más o menos la fecha en que los mercados no capitalistas internos y externos empiezan a demostrarse insuficientes, la carencia de mercados empieza a convertir cada mejora tecnológica en supuestos excesos de fuerza de trabajo.

El capital no tiene capacidad siquiera para explotar toda la fuerza de trabajo a su disposición porque no resulta rentable ampliar la producción ni reinvertir todo el capital producido en el aparato productivo existente. El paro y la precarización se hacen crónicos. Desarrollo del capital y desarrollo del trabajo -desarrollo humano- se hacen cada vez más contradictorios entre sí. Y en ese marco, el capital se tira en plancha y sin mayores problemas a la regresión tecnológica: ¡¡a pedalear, muchachos, que es ecológico!!. Nuevo nivel de derroche de capacidades que pasa casi desapercibido en medio de la orgía de destrucción de capacidades productivas que representan cada nueva crisis y cada nueva guerra.

Pero al mismo tiempo, la tendencia al desarrollo de las fuerzas productivas sigue estando ahí. Y si volvemos al sector de la logística que tomábamos como ejemplo es evidente: los robots pueden hacer ya casi todo el trabajo físico en almacenes y entregas, la producción se orienta de manera socializada a través del análisis de big data, etc. Solo que es evidente que, como decía la famosa fórmula de Marx, no puede desarrollarse libremente porque choca con las relaciones productivas imperantes. Dicho de otra manera, porque está supeditado a la rentabilidad del capital y a día de hoy -y muy posiblemente durante cierto tiempo- es más rentable contratar trabajadores baratos a salarios de miseria. Vamos, que se desarrollará... pero no de acuerdo a las necesidades humanas ni tan rápidamente como lo hubiera hecho en otra época.

Ese freno brutal y dictatorial que es la rentabilidad para el capital es el que desaparece conforme se impone la lógica de las necesidades humanas universales. Eso es lo que significa también la emancipación del trabajo: el desarrollo de las capacidades transformadoras del trabajo se independiza, se emancipa de las necesidades del capital, deja de estar supeditado a él. Desarrollaremos nuevas tecnologías simplemente porque ese desarrollo apunta a liberarnos del trabajo esclavo de la necesidad. Porque como clase queremos liberar a la especie de bajar al pozo, pedalear para llevar una pizza o arrastrarse para limpiar una alcantarilla.

¿Y entonces quién hará los trabajos desagradables y peligrosos en el comunismo?

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Inspección robotizada de cloacas

En general, todas las tendencias actuales apuntan a que en el comunismo los haremos con robots y máquinas dirigidos cada vez más socialmente -al modo en que socialmente le decimos a Amazon qué vamos a necesitar- o distribuidos colectivamente con distintos niveles de responsabilidad voluntaria -como el software libre. Pero también habrá muchos que sencillamente no haremos... porque no serán ya necesarios, como no será necesario bajar al pozo y como no lo serán muchas de las necesidades impuestas por la oposición entre ciudad y campo llevada al paroxismo por el capitalismo y su lógica de acumulación y concentración. No será instantáneo, será un proceso, eso que llamamos socialismo, pero un proceso que lo empezará a hacer realidad desde el primer día.