Elecciones catalanas 2021

16 de febrero, 2021

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En este artículo…

Las elecciones catalanas en el marco de tres años de procés

Diciembre de 2017: la burguesía española quería pasar página del procés con las elecciones catalanas. Se trataba por un lado de invocar los instintos conservadores de la pequeña burguesía que había visto los dientes al lobo del conflicto armado. Por otro de encuadrar en masa a los trabajadores -la mitad de la población, en su inmensa mayoría hispanoparlantes- utilizando como señuelo la oportunidad de mostrar votando a Ciudadanos, el partido que pretendía representar el nacionalismo constitucional español, el rechazo a la opresión cultural, la exclusión racista y la negación brutal que destila continuamente el nacionalismo catalán contra los trabajadores. Por hacerla corta: les salió mal.

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Elecciones catalanas

Enero 2021: Tres años después Sánchez reintenta la jugada en unas nuevas elecciones catalanas con su propio candidato: Salvador Illa, el ministro de Sanidad que hasta unas horas antes había hecho de guardés de las políticas de salud pública que han convertido al Covid en una matanza cotidiana. Para rematar el despropósito, gobierno y poder judicial forzaron la mano del gobierno regional impidiéndole retrasar la ceremonia electoral hasta que mejoraran las cifras pandémicas.

Resultado: una abstención récord en los barrios y distritos obreros que no nos privó de imágenes lamentables. Los positivos por Covid tuvieron su hora de votación propia, de siete a ocho de la tarde. Las colas en los colegios, con los responsables de las mesas vestidos con trajes protectores, en el marco de lo que no deja de ser la principal ceremonia de una religión cívica estatal, recordaban inevitablemente las visitas rituales de los leprosos ante los soberanos medievales. La democracia cura decía Alfonsín.

Los resultados electorales

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El PSC-PSOE solo consiguió heredar parcialmente el encuadramiento electoral que había obtenido en su día la operación Arrimadas. Vox se llevó un buen mordisco. Y la abstención dio por primera vez más del 50% de los votos al bloque independentista, que por otro lado obtuvo una amplia mayoría absoluta en escaños y pasó a estar liderado por ERC, el partido histórico de la pequeña burguesía separatista catalana, ahora independentista.

El candidato de ERC, Pere Aragonès, cerró la noche electoral invitando a En Comú Podem a unirse a la vía amplia abierta por la nueva mayoría indepe para obtener la amnistía de los dirigentes presos y negociar un referéndum de autodeterminación. En su discurso un invitado más: los gobiernos y la burocracia de la UE, a los que llamó a involucrarse.

Solo las férreas consignas de Moncloa y las salas de consejos de Madrid pueden mantener que el resultado electoral está todavía abierto, que Illa es el ganador y que aun sería posible un gobierno PSOE-ERC. Aragonès siente que tiene la sartén por el mango con el gobierno central dependiendo de sus votos en el Parlamento nacional y el control del parlamento regional asegurado por una mayoría sobrada. En realidad, desde el punto de vista global estamos ante un nuevo día de la marmota.

El conflicto y la marmota

El presidente de la Generalitat in pectore presentó como no podía ser de otra manera, el referéndum como la forma de solucionar el conflicto entre Cataluña y España. La realidad: como era predecible, la aceleración de la crisis económica ha revivido y revivirá una y otra vez la revuelta de la pequeña burguesía independentista. La magia electoral no va a cambiar eso. Tampoco es un fenómeno exclusivamente catalán. Muy por el contrario, basta mirar la composición del parlamento para constatar que en toda España la revuelta de la pequeña burguesía tiene una tendencia indudable a expresarse como problema territorial.

El resultado es una crisis permanente del aparato político de la burguesía española que Sánchez capea, en mitad de la peor crisis capitalista de la historia, con alianzas absurdas que desacreditan aun más sus propios discursos: los presupuestos generales del estado los saca con ERC y PNV, los fondos europeos… con el apoyo pasivo de Vox y con Sánchez alabando el sentido de estado de Abascal.

Necesitada de reencauzar la rebelión territorial y al mismo dependiente de sus expresiones parlamentarias, la burguesía española consigue a duras penas reforzar a los partidos de estado (PP y PSOE), pero no salir del día de la marmota. La operación Illa es el último ejemplo de la cortedad de sus ambiciones y la insuficiencia de sus logros. Por delante quedan nuevos episodios de crisis institucional y nuevas fracturas en el estado.


Apéndice: Origen de la crisis catalana

No hay duda hoy de que la burguesía catalana es parte de la burguesía española. Pero la burguesía catalana no es la que está al mando de las principales estructuras del estado español en Cataluña (la «Generalitat»), sino sus primos de la pequeña burguesía y burguesía media. Estos llevaban tiempo (recordemos a Pujol y Banca Catalana, o los orígenes de «Omnium» durante el franquismo) intentando constituirse como burguesía nacional al margen de los otros liderando una pequeña burguesía nutrida y muy distribuida por el territorio. El fracaso de Banca Catalana y la incorporación del Banco de Sabadell a la burguesía española por sus propias necesidades de crecimiento, marcaron hasta la crisis los límites de la «radicalidad» y alcance de semejante alianza.

El proyecto sin embargo dio tres décadas de felicidad y «paz social» a los tres protagonistas de ésto: burguesía española -con su rama catalana incluida- burguesía industrial mediana y pequeña burguesía nacionalista. El «contrato social» significó en la interna, eso sí, una política activa de negación de la clase trabajadora, muy etnificada por efecto de las migraciones masivas de la posguerra, a la que se negaron sus derechos culturales básicos (como la educación en lengua materna) y a la que ostentosamente se le cerró el ascensor social pues se reservaba, a través de la política lingüística, la exclusión cultural y el juego de los apellidos, para los hijos de la pequeña burguesía catalanoparlante. Esta pequeña burguesía, mayoritariamente de los entornos rurales, mediante una ley electoral que duplicaba el valor de sus votos respecto al de las provincias industriales, aseguró casi 30 años de hegemonía nacionalista en el Parlament.

La crisis económica y la austeridad presupuestaria no produjeron un divorcio entre la burguesía catalana y la española, por el contrario, dirigían el proceso al alimón. Pero la crisis precipitó cambios sociales y políticos profundos. La burguesía media, industrial, la más cercana a una burguesía «clásica», ha ido desapareciendo como tal, siendo absorbidas sus empresas por fondos y grupos financieros. El efecto político fue inmediato: las expresiones políticas de la pequeña burguesía y los intereses del aparato político catalán como tal, ya no tenían el «efecto moderador» de los capitalistas industriales.

Al mismo tiempo, la pequeña burguesía comenzó a divorciarse del aparato de la Generalitat, que ahora le negaba rentas y le recortaba servicios básicos. El alienante velo de la «superioridad cultural» y la diferenciación social trenzado durante años por las políticas identitarias nacionalistas amenazaba romperse, acercando a las clases medias de la «Catalunya interior» a una clase trabajadora a la que se había invitado a despreciar y cuyo más tímido despertar era temido por todos.

El resultado es bien conocido. La Generalitat pujolista (Artur Mas) buscaba nuevas rentas que repartir pero para conseguirlas tenía que enfrentarse a un gobierno central al que la austeridad había convertido en el croupier de un juego de suma negativa: cada nuevo reparto había menos para todos. Así que Mas aumentó una y otra vez las apuestas hasta amenazar con la independencia… y poner en marcha un proceso «como si» realmente lo quisiera… hasta encontrarse con que la base social de la pequeña burguesía realmente lo quiso… En su ilusión, la pequeña burguesía catalana piensa que dotándose de un estado propio podrá optar a más rentas estatales, mejores opciones de acumulación y mayor control social.

No se puede decir que sea un proyecto muy atractivo para los trabajadores: poner el cuerpo para darle un estado a una pequeña burguesía contra las cuerdas que no ha hecho un solo gesto de ser portadora de otra cosa que «sacrificios». Ignorada por los trabajadores en los momentos claves del reto al estado, el resultado de la masiva agitación independentista ha sido un año y medio de extenuante impotencia política en espera de un aliado imperialista que no acaba de llegar.

¿Qué quiere y de dónde sale el independentismo?, 21/2/2019

Apéndice: Los trabajadores, la dicotomía entre nacionalismos y las elecciones catalanas

En la fase actual del movimiento de clase, los trabajadores no existimos todavía como sujeto político independiente. Todo el «procés» ha ido, una y otra vez, de aprovechar esa ausencia e intentar encuadrarnos, bajo una bandera o bajo otra. Por el momento sin ningún éxito decisivo. Ese fracaso de ambas partes para obtener un encuadramiento patriótico, ha sido importantísimo. La única opción que tenía el independentismo para escalar el conflicto era mostrar esa capacidad de encuadramiento y comprometer en su causa a un imperialismo adverso al eje franco-alemán (¿Gran Bretaña? ¿EEUU?), forzando al estado español a aceptar la derrota o comenzar una guerra. Su modelo llegado a ese punto, ya lo han dicho muchas veces, era el esloveno o el croata. Es decir haber aceptado el encuadramiento en uno u otro bando nos hubiera llevado probablemente al sacrificio en los altares de ambas patrias.

La movilización y la presión para llevar a votar a los trabajadores en estas elecciones ha sido el único éxito reseñable de la burguesía española. Para conseguirlo sus representantes políticos tuvieron que romper un viejo tabú que formaba parte del «consenso catalán», es decir del «contrato social» entre la burguesía española y la pequeña burguesía catalana: denunciar la opresión cultural y lingüística que sufren la gran mayoría de los trabajadores. Era una apuesta arriesgada: la coincidencia entre clase y lengua es demasiado cercana como para que no lo sea. A cambio tampoco han obtenido un encuadramiento como hubiera supuesto la huelga del tres de octubre para el independentismo. El voto por definición exige tan poco compromiso que es secreto y, por otro lado, no hemos visto precisamente grandes manifestaciones de entusiasmo en las calles.

No cabe duda de que muchos trabajadores votaron a C’s ayer como forma de mostrar su hastío ante la negación que la pequeña burguesía catalana independentista hace de los trabajadores hispanoparlantes -que son la gran mayoría en las zonas de alta concentración industrial- y que se ha exacerbado a lo largo del procés. Pero en esa negación rabiosa, los aspectos lingüísticos y culturales son solo la punta del iceberg. La división «nacional» o lingüística, las «identidades» y las «pertenencias», no son más que una forma más de excluirnos e intentar dividirnos generando una estúpida sensación de superioridad en esa pequeña burguesía cada vez más desesperada. En lo sustantivo, ese ninguneo, ese ataque permanente, no se diferencia en nada del que C’s y todos los demás partidos preconizan en sus programas económicos y ejecutan allí donde gobiernan. No es cuestión de lenguas ni de patrias, es cuestión de clase.

Cómo salir del «día de la marmota» de las elecciones catalanas, (22/12/2017)

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