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25/06/2022 | Fundamentos

El progresivo paso a una Economía de Guerra está siendo acompañado de un hálito conservador tan reaccionario, divisivo y adverso para los trabajadores como han sido el feminismo y el ecologismo convertidos en ideologías de estado. De hecho no los dejarán completamente de lado, de manera contradictoria, los conservarán reinterpretándolos para que sirvan de sedantes a los miedos de una pequeña burguesía temerosa.

Los síntomas políticos: la revuelta de la pequeña burguesía se enquista en la derecha y se debilita a la izquierda

En Francia, donde ésta se ha reanimado, la dominante de hecho es el componente «derechista» más rancio. NUPES, la coalición de Melenchon no ha conseguido siquiera permanecer unida para crear un único grupo parlamentario, que hubiera sido la principal fuerza de oposición. Un conocido analista dice que la reciente campaña electoral fue «más una gira de despedida que una marcha triunfal».

En España hemos visto esta semana el comienzo del reencuadre de la revuelta electoral de la pequeña burguesía en Andalucía. Pero también el procesamiento en España de una famosa líder de la nueva izquierda y vicepresidenta regional por supuesta connivencia en los abusos y violaciones perpetrados por su exmarido contra menores institucionalizados a su cargo. La sucesión de «adhesiones inquebrantables» por las figuras femeninas del podemismo y el recurso a la «conspiración judicial» como explicación, nos hablan de un paso a la defensiva más que significativo.

Y luego está EEUU, donde en la misma semana el Tribunal Supremo ha consagrado el derecho a llevar armas en cualquier lugar público y ha anulado la famosa sentencia «Roe vs Wade» abriendo la puerta a la prohibición pura y simple del aborto por los estados con legislativos conservadores.

Biden inmediatamente ha visto la puerta abierta para salvar la próxima campaña electoral -noviembre- sin tener que hablar de las consecuencias de la guerra y el deterioro de las condiciones de vida de los trabajadores, centrándola en la promesa de que una mayoría demócrata regularía el aborto como un derecho federal. Un escenario que hasta hace poco el propio Trump veía como desastroso para los intereses republicanos.

Pero los republicanos se han preparado y puede que no salgan mal de la liza. Recogiendo una parte de la verdad histórica estadounidense han preparado toda una batería de nuevos argumentos prohibicionistas, recordando y refrescando el origen y los objetivos racistas y anti-obreros de los movimientos pro-aborto del feminismo estadounidense y creando un nuevo discurso antiabortista destinado sobre todo a los trabajadores y la pequeña burguesía negra. Todo para sostener un programa sobre el aborto igualmente reaccionario.

Los primeros síntomas en la industria cultural

El cambio de onda no se refleja sólo en las turbulencias políticas y los giros electorales de la pequeña burguesía. La producción audiovisual apunta maneras con la cuarta temporada de Borgen como buque insignia.

Una década después, la versión europea del «Ala Oeste de la Casa Blanca» ya no reivindica la «frescura» de los nuevos partidos ciudadanistas de entonces y su «apertura de miras». El nuevo Borgen es una expresión de hastío permanente contra el identitarismo y la moral puritana que lo acompaña. El indigenismo groenlandés, el feminismo interseccional y los discursos de culpabilización intergeneracional son retratados en toda su estupidez. En cambio, el poder y sus lógicas son exaltados con crudeza. La nueva Brigitte Nyborg está más cerca del Urquhart de «House of Cards» que del Adriano de Yourcenar.

Para este otoño además, llegarán a las salas los primeros productos audiovisuales del nuevo discurso republicano estadounidense. Perfectamente alineada con el nuevo argumentario antiabortista, con actores famosos estadounidenses y peso de los protagonistas negros y femeninos, «El Grito Silencioso, la historia de Roe vs Wade», firmada por una productora sueca, ha paseado ya por festivales y ganado algún reconocimiento. No será el primer embate. Nos viene una larga temporada de «guerras culturales» anglosajonas en las pantallas.

Los síntomas se acumulan. Los propios cronistas de humores pequeñoburgueses empiezan a describir el supuesto movimiento pendular y nos cuentan que los hijos les «están saliendo fachas» a cuenta de los excesos moralistas del feminismo y el racialismo.

El aire (de guerra) de los tiempos para la pequeña burguesía

Ya vimos los primeros pasos de la reconducción de la revuelta de la pequeña burguesía durante la fase más dura de la pandemia en Alemania. Llegada la emergencia, sectores numerosos hasta entonces airados cerraron filas de nuevo con los partidos de estado y los «planes de choque» en apoyo de sus negocios. La AfD encontró techo y comenzó su declive.

Pero tras las restricciones pandémicas y los fondos no ha llegado la «reconstrucción», sino la guerra y una nueva embestida de la crisis. Como argumentamos ya en los primeros días de la guerra de Ucrania, las consecuencias económicas no van a ser temporales. Y la pequeña burguesía empieza a darse cuenta.

Quiere «protección» del estado y una sociedad que le acompañe. Orden -disciplinario si es preciso- para calmar sus miedos. Protección contra los trabajadores «insolidarios» que «no quieren trabajar» con lo que su escala de capital les permite pagar sin renunciar a acumular.

Y basta ya, dicen, de reorganizar la estructura de mando de las grandes empresas cuando ni siquiera está claro que vaya a mantenerse la continuidad del negocio familiar ni la de la posición jerárquica en la siguiente generación para las familias de mandos corporativos. El llamamiento es literal. Durante la campaña andaluza, Vox movió por la red un análisis estadístico hecho por juniors de una consultora en el que, usando el histórico de ascensos de la empresa en la que trabajan, mostraban que la probabilidad de obtener un ascenso de sus compañeras era seis veces mayor.

Esta es la materialidad bajo el tsunami cultural conservador que nos viene encima. Igual que antes nos vino el feminista, ahora la burguesía empieza a responder a las «nuevas demandas» culturales de la pequeña burguesía para evitar que la revuelta pequeño burguesa renazca -en España o Italia- o paralice el aparato político del estado -en Francia-, por ejemplo. El estado va a vender orden y moderación, diálogo y serenidad, eficacia, contundencia y estabilidad. Basta escuchar al «nuevo Macron», que ya no recuerda que este iba a ser su «año del feminismo».

El progresivo paso a una Economía de Guerra está siendo acompañado de un hálito conservador tan reaccionario, divisivo y adverso para los trabajadores como han sido el feminismo y el ecologismo convertidos en ideologías de estado. De hecho no los dejarán completamente de lado, de manera contradictoria, los conservarán reinterpretándolos para que sirvan de sedantes a los miedos de una pequeña burguesía temerosa.