El hundimiento de los emergentes

30 de agosto, 2020 · Actualidad> Actualidad global> Informe semanal

Fernández y Piñera se reúnen por videoconferencia esta semana.

Las expectativas de crecimiento de la producción se desploman en toda América. Los países que menos: Paraguay -2,8% y Uruguay -3,9%, los que más: Venezuela -21,9%, Perú -11,7% y Argentina -11,3%. Brasil caería 6,6%, México, 9,3%, Chile 6,1%, Colombia y Bolivia, 5,8%, Ecuador, 8,6%, Centroamérica 5%. Y aun pueden empeorar en lo que queda de año.

En este momento la pandemia está en escalada descontrolada en casi todos los países del continente y gobiernos y prensa echan la culpa del desastre económico a los confinamientos. Pero basta ver las cifras y mirar un poco atrás para que resulte evidente que lo que ha hecho la pandemia es acelerar procesos que llevaban mucho tiempo en marcha y tenían un carácter general.

Esta misma semana la ONU publicaba un informe que mostraba cómo entre 2010 y 2020, mientras globalmente la inversión directa extranjera acumulada crecía un 83%, dieciséis de doscientos dos países retrocedieron en su capacidad para mantener y atraer capitales exteriores. Nada sorprendentemente en la lista de los infaustos dieciséis había estados fallidos como Venezuela. Pero también estaban llamados emergentes como Argentina, Sudáfrica y Turquía. En conjunto forman la última hornada de capitales nacionales caídos en la competencia global de capitales. El capital internacional invertido en Argentina, por ejemplo, pasó de representar un 0,91 del stock mundial de capitales internacionales en 2010 a significar solo un 0,19% en 2019.

Cuando se mira con una década de perspectiva se desvanecen las excusas habituales: el sistema político de los tres países se mantiene estable si comparamos con muchos de los ganadores, Argentina y Sudáfrica tuvieron durante la década gobiernos aparentemente muy diferentes, el Covid no produjo ningún trastorno hasta unos meses después de cuando acaba la serie estadística, y desde luego no se puede decir que ninguno de los tres pusiera ninguna pega especial al capital exterior durante los últimos diez años. Lo que emerge es lo que de común tienen los tres: su engarce en el capitalismo global.

¿Emergentes o semicolonias?

Indice de producción industrial de Argentina.

Históricamente, los tres países llegaron relativamente tarde a la competencia capitalista global. Cuando el capitalismo entraba ya en su fase imperialista apenas comenzaba a despuntar una industria nacional. Cuando finalmente lo hizo los mercados no-capitalistas internos -artesanado, campesinado independiente, etc.- no generaban una demanda suficiente para todo el valor que producía. Son capitales nacionales que nacieron ya con una necesidad acuciante de ganar mercados exteriores. En los países de capitalismos más viejos, este hambre de mercados -y de destinos para el capital que se acumulaba en cada ciclo- se tradujo en militarismo y una lucha violenta por colonias, en un aumento brutal de la centralización y concentración de capitales que acabaría en los monopolios y el capitalismo de estado de hoy, y en dos guerras mundiales.

Pero estos capitales nacionales entonces jóvenes, venían de economías coloniales. Aparentemente no les faltaban compradores. Las mismas potencias imperialistas que se ensañaban entre ellas llevando a millones de trabajadores a morir en los campos del honor para asegurarles beneficios, se abastecían de materias primas de todo tipo comprándoles en cantidades masivas. Lógicamente el capital nacional se concentró en estas industrias de exportación.

La paradoja era que los que aparentemente no tenían problemas para exportar, tampoco alcanzaban fácilmente la industrialización masiva que había caracterizado al capitalismo ascendente. La razón es comprensible. Como vemos hoy cuando analizamos las protestas de los agricultores españoles, el sector primario no aumenta su productividad a la misma velocidad que el industrial y los servicios. Encontrará pronto un límite a la colocación de capitales. Además, la demanda internacional tocará techo tarde o temprano o bajará. Y lo que es aún peor: los precios internacionales variarán según la coyuntura y al concentrarse el capital de los compradores en grandes monopolios, ejercerán cada vez más poder sobre los márgenes. Como resultado, los beneficios acumulados del sector primario, llegado cierto punto, tendrán dificultades en colocarse en el propio sector. Y fuera de él… no había nada. La situación de estos países había pasado de ser colonial a… semicolonial.

¿Cómo intentará el capital nacional salir del atolladero? Desarrollando una forma particular de capitalismo de estado que hoy encontramos desde Chile a Cuba y México.

En trazo grueso: el estado cargará al sector primario con impuestos a la exportación de dos cifras y con eso mantendrá una base de consumo y una industria protegida arancelariamente y, en muchos casos, subsidiada directamente. Es decir, el estado «garantiza» la realización de la plusvalía que el mercado por sí mismo no podría realizar, sobre el gravamen de la exportación de un par de productos en el mercado internacional.

«La guerra comercial llega a América del Sur», abril 2018.

En periodos de paz comercial y aumento de los precios de aquello que exportan -como las guerras entre grandes potencias-, el objetivo de los gobiernos será fortalecer al capital nacional cerrando importaciones e intentando crear una base de consumo interno capaz de servir de demanda para la industria. Este es todo el secreto de los «milagros» suramericanos: la tasa de ganancia aumenta en esos periodos, el capital se reproduce feliz y el estado tiene mano para vender sus políticas de fortalecimiento de la demanda como revoluciones productivas. Son alegrías temporales. El caso venezolano es paradigmático. El argentino, aun partiendo de un capital nacional mucho más desarrollado, ha seguido el guión. Sudáfrica y Turquía, también.

Pero hay más: la falta de mercado interno al que vender nuevos productos produce al capital nacional una carencia endémica de oportunidades para colocarse. Por eso el déficit de balanza de pagos -entradas menos salidas de capital- de Argentina llega a la friolera de 30.000 millones de dólares al año. El capital nacional argentino se desangra desde siempre. Y no lo hace por la supuesta naturaleza apátrida del capital nacional o por la traición de una burguesía criolla vendida al imperialismo. Lo hace precisamente porque el capitalismo argentino, como el turco, el sudafricano o todos los demás es imperialista. A falta de mercados a los que exportar mercancías industriales y servicios, exporta capital. Que sus peculiares condiciones geográficas y económicas no le permitan el expansionismo, no niega el juego cotidiano de presiones y alianzas, ni la realidad económica entera. El imperialismo, bajo las condiciones argentinas, es exactamente éso que vemos. Turquía y Sudáfrica, tan parecidas pero en vecindarios diferentes, demuestran que la tentanción militarista y expansionista late en las condiciones generales del imperialismo y se manifiesta… cuando hay oportunidad.

¿Y ahora hacia dónde?

Fragatas turcas patrullan frente a Creta en aguas en disputa con Grecia.

El cuadro general del mundo semi-colonial es básicamente igual en todos los casos: un sector exportador que subvenciona al resto de las inversiones a través del estado, una tendencia permanente a la devaluación y las tormentas monetarias por la huída de capitales y la acaparación de divisas que se producen inevitablemente por la falta de destinos internos de inversión. Y en consecuencia, dificultad para mantener y atraer capitales exteriores y crisis periódicas de las cuentas públicas. El cuadro que estamos viviendo.

¿Qué viene ahora? Impuestos al alza y destrucción del débil tejido industrial conforme el estado succione aun más rentas del sector exportador. Imposible esperar otra cosa de la burguesía nacional. En Argentina ni siquiera lo esperan los especuladores. Si han aceptado casi unánimemente una quita masiva de la deuda estatal es porque saben que lo que viene es una destrucción de capacidades productivas gigantesca y no pueden aspirar a más. En Ecuador el FMI ha aceptado ya un acuerdo precisamente sobre un plan de reformas que supondrá el derribo de los pocos servicios sociales que atienden a los trabajadores, una subida general de impuestos y un ataque directo a las condiciones de trabajo. En Argentina no cabe esperar otra cosa. Ni siquiera en Brasil, un capital nacional mucho mayor y diversificado, viene otra cosa que una nueva oleada de ataques. Bolsonaro y Guedes se reparten papeles para ocupar todo el espacio de discusión… pero el resultado no será ninguna sorpresa.

Eso en la interna, porque en la jugada global, lo esperable es más y más tensiones y cada vez más violentas con tal de ganar algún nuevo mercado. En el caso de Turquía, la huída hacia delante pasa por conquistar un lugar de peso en el mercado de hidrocarburos para ganar exportaciones a la fuerza: la guerra en Libia y el juego de posiciones, crecientemente peligroso, en el Mediterráneo oriental son el resultado inmediato. En Argentina, esa búsqueda desesperada de mercados le está llevando a dejar de lado la estrategia de equilibrios que había llevado tradicionalmente con Europa, EEUU y Brasil, para echarse a los brazos de China. A día de hoy China representa el 85% de la exportación de carne, el 63% del total de las divisas que ingresan por comercio exterior, y el 45% de las reservas del Banco Central argentino.

¿No es comparable a la presión militar turca? No en las formas, pero prepara una situación no menos explosiva. EEUU intenta repatriar la industria de mayor valor a su territorio, pero sabe que no puede recuperar el low cost, así que intenta llevarlo a las Américas, recuperando de paso peso regional. Con China invirtiendo masivamente en Sudamérica, el inevitable resultado global es el del traslado de tensiones del Mar de China al continente. Y en ese marco, la decantación de Argentina a una relación tan estrecha con China no puede dejar de tener consecuencias en la relación con un Brasil que exige la apertura inmediata de mercados como el de la automoción que son críticos para el capital argentino.

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