El fin de la era «start up»

24 de marzo, 2022

Escena de «Super Pumped». Un relato agrio sobre el mundo start up a partir de la historia de Uber.
Escena de «Super Pumped». Un relato agrio sobre el mundo start up a partir de la historia de Uber.

En las series, los «emprendedores» de Silicon Valley y sus start ups ya no son héroes sino villanos. Los mismos medios que crearon la ideología del «cambiar el mundo» y el mito de los monopolios tecnológicos «buenos», ahora la reprueban y los satirizan. Bajo el giro ideológico está, como no podía ser de otra manera, la reorientación del capital hacia el militarismo y el Pacto Verde.

Tabla de contenidos

El audiovisual carga contra Silicon Valley y el modelo start up

Adam y Rebekah Neumann, fundadores de WeWork

En 2019 las plataformas lanzaron varios «documentales» que comenzaron a tratar el mundo de las inversiones de Silicon Valley de una manera aparentemente crítica.

El más elaborado de ellos: «The inventor» (HBO) sobre Elizabeth Holmes y Theranos. El reportaje venía a preparar el ambiente para el juicio de la empresaria. Su línea argumental: presentar el habitual «fake it until you get it» («fíngelo hasta que lo consigas») de Silicon Valley como una forma de estafa contra inversores y, accesoriamente, clientes. En 2021 y de manera muy significativa, la misma plataforma incluyó WeWork entre las estafas ligadas a la tecnología de su serie «Generation Hustler» aun sin venir muy a cuento.

Ese mismo año Netflix lanzó una serie alemana, «The Billion Dollar Code» que acusaba directamente a Google de haber robado el concepto y la idea de Google maps a unos hackers alemanes. Se abría el fuego de las series dramáticas. En lo que llevamos de 2022 ya van dos superproducciones con elencos millonarios: «Super Pumped» (Show Time), sobre el nacimiento y ascenso de Uber, y «WeCrashed» (AppleTV) sobre Adam Neumann y WeWork.

Aparentemente hay poca novedad en los argumentos. La brutalidad e inmoralidad de los modelos de negocio basados en precarizar las condiciones de trabajo no se pone en ningún momento en cuestión. La uberización de todo y cualquier cosa parece lo más natural del mundo, sería parte de una «visión revolucionaria» de negocio hecha posible por la tecnología. El sustento de todo, la necesidad de crear aplicaciones para capitales masivos sin destino, se da por hecha sin el más mínimo asomo de crítica.

Aparentemente todo recae sobre la personalidad de «emprendedores» más o menos endiosados, más o menos mentirosos y más o menos psicópatas. Pero ya en los diálogos se cuelan algunos elementos nuevos. En un capítulo de «Super Pumped» el principal accionista del primer Uber dice que al principio creía que los líderes de start ups podían ser de dos tipos: verdaderos profetas o un remedo de David Koresh... pero que se había dado cuenta de que todos eran David Koresh y que de lo que iba el negocio era de dejarles construir su Waco y quitarles el mando el momento antes de que empezaran los tiros y se precipitara el colapso.

Ascenso y realidad del mito start up

Capturas de distintas start ups de éxito, todas al estilo «Corporate Memphis»

Allá por los años noventa, la primera masificación de Internet fue un ejemplo radical de cómo el desarrollo tecnológico encajaba cada vez menos en las relaciones sociales capitalistas. No solo la tecnología en sí misma evidenciaba la posibilidad material de la abundancia en campos que hasta entonces parecían utópicos. El capital se la pegó una y otra vez intentando «poner puertas al campo» y convertir aquello en una herramienta para colocar capitales masivos, crear monopolios y consolidar una nueva rama de la acumulación.

Lee también: Internet y el comunismo, 12/3/2019

La primera reacción fue una oleada regulatoria centrada en el endurecimiento hasta lo ridículo de las leyes de propiedad intelectual. No bastó. La segunda -tras el famoso «crash de las puntocom» de 2001- fue la aparición y consolidación de un nuevo tipo de negocios intensivos en capital y orientados a crear monopolios globales desde el primer día, cuyos primeros referentes fueron Amazon y Google.

Este nuevo tipo de negocios y la fiesta de colocación de capitales que abrió, es lo que celebró e impulsó obsesivamente la ideología del «emprendedurismo» y la «start up». Pero la realidad, por supuesto, era mucho más precaria que las historias de éxito de TechCrunch o Wired: Silicon Valley y sus clones por todo el mundo se convirtieron rápidamente en un negocio especulativo de empresas aspirantes a convertirse en monopolios que, por su propia naturaleza, desarrollaron su propia forma acelerada de precarización.

Los llamados «emprendedores» crean servicios online con un capital semilla relativamente escaso y que normalmente permite poner en marcha una fachada de negocio online y sostenerlo durante un año o año y medio. Con ese mínimo recorrido los propietarios pueden ya elaborar y vender expectativas recurriendo a sucesivas «rondas de financiación» de «capital riesgo» que, en los escasos «casos de éxito», acabarán con una salida a bolsa («IPO»).

Todo en estas empresas es temporal y precario. Si no responden a las expectativas del capital especulativo invertido en ellas cierran, no pueden quedarse como pequeño negocio porque a los inversores no les compensa tener el dinero inmovilizado con la rentabilidad de un negocio «normal».

Sus expectativas no son comerciales. En general no importa mucho lo que una start up obtenga en ventas y si lo hace es porque sirve para argumentar que tendrá mayores facturaciones mañana, que existe un mercado de nicho sobre el que establecerá un monopolio. Por eso la mayoría ganan usuarios a pérdida durante un periodo indefinido y otras muchas tienen una estructura de costes deficitaria, es decir, cuanto más venden más pierden. Da igual, el negocio no está en los márgenes sino en la especulación

En empresas como estas, que celebran sus pérdidas y en las que todo va a cuenta de financiación, la precarización y todas sus lacras reinan. El software se hace a trozos, con un core desarrollado con «frame works» y lenguajes vistosos pero que difícilmente serán escalables luego sin inversiones desproporcionadas en infraestructura. Da igual... es lo que se pretende, encontrar aplicación al mayor capital posible. Los pedazos de código más corrientes se saquearán de los repositorios de software libre y muchas pequeñas cosas específicas se contratarán online en uno de los cientos de «Uber para desarrolladores» disponibles.

«Corporate Memphis»: ¿Por qué todas las webs parecen iguales?, 18/8/2021

El modelo startup y el imperialismo

Pero hay algo más. Todo el modelo start-up de creación de monopolios globales estaba basado en un cierto equilibrio de fuerzas entre imperialismos. Un equilibrio en el que lo «normal» era que los nuevos monopolios nacieran en EEUU. De hecho, hasta la mítica «Start up Nation» israelí estaba diseñada desde el principio (ICQ y el nacimiento de la mensajería instantánea) para vender empresas y tecnologías a capitales estadounidenses.

De modo muy signicativo sólo Rusia (con mail.ru y VK), Corea (Kakao, Hancom) y China (Alibaba.com, Baidu, etc.), a base de protecciones estatales, crearon competidores en mercados nacionales y regionales lo suficientemente grandes como para establecer entornos y ramas de acumulación alternativas al gran centro californiano.

Este mundo de capitales globalizado ligado a la hegemonía global de EEUU empezó a confesar su propio colapso abiertamente en 2017 con el Brexit y el triunfo electoral del trumpismo. No es casualidad que los primeros cuestionamientos del «ecosistema» y los productos estrella del Valley se produjeran entonces en lo que se conoció como «escándalo Cambridge Analytica».

No mucho después, las zancadillas y boicots de la guerra comercial llegarían a los mercados de capitales y, como no podía ser de otra manera, EEUU intentaría restringir el acceso a capital estadounidense a las tecnológicas chinas. Bajo la «guerra de Trump contra TikTok» estaba la misma guerra económica entre EEUU y China que restringía los mercados de aluminio y acero y luego generaría la escasez de chips.

El imaginario «mundo plano» de las «puntocom», las redes sociales y los monopolios globales desaparecía a marchas forzadas como ficción útil. En EEUU, donde el desarrollo de la competencia imperialista con China ha ido acompañada de divisiones profundas en el seno de la clase dirigente y de una sonada crisis del aparato político, el poder -real o atribuido- de la «big tech» sobre los procesos políticos dentro y fuera del país se convirtió en motivo creciente de disputas y acabó rebotando sobre las propias compañías estrella.

No es que Facebook, twitter o Google sean completamente prescindibles para el capital y vayan a cerrar o ponerse en cuestión. Pero ya no son intocables. El futuro del capital no se juega en ellos y la crisis de los aparatos políticos se juega, muchas veces, contra ellos.

El ocaso de Facebook, 5/10/2021

En China las caídas bursátiles se han retrasado un poco más. Sus gigantes de Internet, mucho más diversificados que los estadounidenses y dominantes ya en sectores financieros como el de seguros, solo ahora empiezan a sentir que su horizonte de expansión tiene un tope que tiene que ver con las fronteras de bloque.

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La época post- start up

Reconocimiento facial y crédito social se complementan en el control de multitudes en China.

Lo que permite y anima el aparente «ajuste de cuentas» ideológico que las plataformas de televisión estadounidenses están haciendo con los «unicornios», a los que loaban hasta hace apenas unos años, es que el modelo start up ya ha quedado caduco.

Caduco porque el mapa de un mundo de nuevo dividido en bloques limita sus posibilidades de mundialización. Pero caduco también porque las necesidades tecnológicas de los capitales nacionales en la nueva época se orientan claramente hacia el militarismo y todo lo que le acompaña.

Ya no estamos en la época de las redes sociales, sino en la de los mecanismos masivos de control y crédito social gestionados directamente por los estados; ya no toca reinventar la conectividad sino explorar la criptografía cuántica de uso militar; no se trata de crear «redes» y «multitudes inteligentes» sino IAs que controlen drones, submarinos nucleares o francotiradores en operaciones terroristas.

Puede que los viejos unicornios como Amazon o Google entren definitivamente en ese mundo de contratos estatales armamentistas. Puede que saquen versiones «lite» de los sistemas de control social para su uso en la gestión de plantillas y la represión «preventiva» de conflictos laborales en empresas. Y desde luego, ellos y otras grandes empresas muy capitalizadas venderán aplicaciones IA para todo tipo de procesos industriales y burocráticos.

Pero no son imprescindibles. Y sobre todo, no hacen falta más como ellos. La «era start up» ha pasado. Internet, capitalizado y cada vez más renacionalizado, ya no es la gigantesca incubadora de monopolios que llevó a la efervescencia de «aceleradoras» y «capitales de riesgo».

La industria militar de toda la vida, la tecno-militar ya establecida y todas las industrias del Pacto Verde ofrecen y ofrecerán aún más espacio a grandes capitales con rentabilidades garantizadas por los estados. El capital se orienta hacia la guerra y lo que sea útil para la guerra permeará los nuevos mitos con los que la ideología dominante sustituirá al «emprendedor».

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