El feminismo en EEUU y la era Biden

3 de enero, 2021 · Actualidad> Norteamérica> EEUU

Marcha feminista sobre Washington el pasado octubre, apoyo feminista a la campaña demócrata.

El racialismo no es el único bombardeo identitarista que sufren los trabajadores en EEUU. De hecho, la campaña del aparato demócrata apostó antes por el feminismo. Y a día de hoy ambos movimientos compiten por su consagración como ideología de estado bajo la inminente presidencia Biden presentándose unas veces como complementarios entre sí y otras como alternativos, dejando a su paso la prensa nacional llena de titulares propios de boletín de estudiantes universitarios como La supremacía blanca es cosa de tíos.

Sin embargo es más serio de lo que parece. El feminismo ha recuperado terreno político argumentando que durante la pandemia las empresas propiedad de mujeres, por estar concentradas en la industria de servicios al igual que las empresas de propietarios negros, han sido más afectadas que las de los hombres blancos. También hablan de cómo la pandemia llevó a las empresas a reducir el riesgo mediante la contratación de CEOs con más experiencia… lo que ha disminuido la contratación de mujeres directivas.

Resultado: tras la aprobación del segundo proyecto de ley de estímulo, los trabajadores acabamos recibiendo la mitad de lo que recibimos la última vez, pero las empresas propiedad de minorías raciales y mujeres han recibido una consideración especial. Ahora las feministas denuncian la injusticia de dar prioridad a los 20 millones de enfermos y 350.000 muertos por Covid sobre la llamada epidemia de violaciones en los campus universitarios, recordando la promesa de Biden de acabar con la cultura de la violación. ¿Es solo una lucha marketiniana y desubicada por hacer valer su agenda en medio del miedo, la angustia y la miseria que van parejos a la matanza del Covid?

A simple vista, vistos sus argumentos sobre la desigualdad de negocios y puestos directivos, parece obvio que el feminismo es un identitarismo más: intenta hacer equivalente la igualdad elemental que es una aspiración social general, a la consecución de privilegios particulares para un sector de la pequeña burguesía en los negocios y en las grandes empresas. La diferencia sería tan solo el sujeto: el racialismo se dirige a grupos definidos por la raza, el feminismo -según los casos- por el sexo o el género.

¿Pero por qué el feminismo estadounidense es tan impúdico en su clasismo? ¿Por qué es tan mercantilizador? ¿Por qué todos sus argumentos nos remiten ahora a los pequeños negocios, los consejos de administración y la universidad? No podemos responder a estas cuestiones sin examinar la historia del movimiento feminista estadounidense tras la segunda guerra mundial, cuando todavía no daba guiones y pautas ideológicas a las feministas del resto del mundo.

La segunda ola feminista

Cartel de reclutamiento femenino para la producción de guerra estadounidense durante la segunda guerra imperialista mundial, reivindicado como símbolo de liberación por el feminismo.

El feminismo escribe su propia historia como una sucesión de olas. La primera ola sería la sufragista, una época marcada por la reivindicación de la ampliación del sufragio a las mujeres propietarias –no a las obreras– y las batallas contra la izquierda de la IIª Internacional. Batallas que hoy recordamos por las respuestas de Clara Zetkin, Rosa Luxemburgo, Sylvia Pankhurst o Alexandra Kollontai, a pesar de las falsificaciones ya rutinarias del feminismo. Si la primera ola acaba en Europa con la primera Guerra Mundial, en EEUU lo hace con la segunda. A día de hoy el feminismo estadounidense, y a su zaga el del resto del mundo, sigue haciendo bandera de los carteles de reclutamiento femenino para ambas guerras mundiales, presentadas entonces y ahora por la mitología femenista, como liberadoras para las mujeres.

Ese impulso belicista, esa relación directa con el imperialismo y la ideología de guerra no desapareció ni se difuminó en las décadas siguientes. La primera organización feminista de la segunda ola, la National Organization for Women (NOW) nace del impulso de una comisión presidencial creada por el Presidente Kennedy que tenía como objetivo la incorporación de las mujeres a la Guerra Fría. La Comisión Presidencial de Kennedy trataba de armonizar las reivindicaciones de dos tipos de organizaciones:

  1. Las que defendían regulaciones laborales como ciertas limitaciones en los tipos de empleo que podían ocupar mujeres o restricciones en el número de horas máximas de trabajo, en el peso de los objetos cargados por las mujeres en ellos, etc. El grupo más representativo de esta tendencia fue el Women’s Joint Congressional Committee, fusión de varias organizaciones sindicales y grupos de mujeres dedicados al activismo electoral que animaban el voto femenino y apoyaban a los candidatos que hiciera suyas sus reivindicaciones.
  2. Organizaciones como el National Woman’s Association (NWA) que luchaban por una enmienda de igualdad de derechos que eliminara esas protecciones. La NWA era una escisión de la rama estadounidense del sufragismo británico y sus miembros fundadores habían trabajado con las sufragistas de la WSPU británico (el grupo de las Pankhurst).

Finalmente, la comisión decidió ampliar la cláusula de protección de la decimocuarta enmienda de la Constitución para proteger a las mujeres de la discriminación sexual en vez de una enmienda que era muy controvertida incluso para muchas feministas y sobre todo para los sindicatos, que eran además aliados de los demócratas. La prohibición de la discriminación por motivos de sexo era menos problemática porque dejaba a los tribunales -y sin demasiadas opciones- juzgar cuando se discriminaba laboralmente por prejuicio y cuándo por causas objetivas como la ausencia de fuerza física. El éxito de la fórmula a la hora de crear consenso dentro del estado llevó a que se añadiera también a la sección sobre el empleo de la Ley de Derechos Civiles.

Pero muchas de las feministas que habían trabajado en la comisión quedaron insatisfechas. Venían de los grupos que pretendían abolir las restricciones laborales que protegían a las mujeres. Así que en 1966 forman la NOW. Su modelo era la National Association for the Advancement of Colored People, la organización que empieza a articular en todo el territorio de EEUU a la pequeña burguesía negra. Sólo un año después tomaron por bandera la Enmienda de Igualdad de Derechos y el derecho al aborto.

NOW buscaba abiertamente una igualación de las condiciones de explotación -que perjudicaba a las mujeres- y al mismo tiempo un acceso mayor de mujeres de la pequeña burguesía a las profesiones más lucrativas. Su reivindicación del derecho al aborto no se puede separar de estos objetivos: la prohibición del aborto era vista por NOW como una barrera a la movilidad social, es decir al acceso a puestos directivos. Y aunque muchos de los grupos feministas aparecidos en los años 70 se llamaran a sí mismos socialistas, compartían como una afinidad fundamental esa perspectiva.

Al final, las feministas que apoyaron la Enmienda de Igualdad de Derechos se forman en el NWA, por lo que es completamente lógico que las llamadas feministas radicales y socialistas de la segunda ola, como Shulamith Firestone, reclamaran ser la continuidad de la WSPU y el sufragismo… con todo el clasismo y el belicismo anti-obrero que eso implicaba. La pregunta inmediata es por qué pudieron permitirse la honestidad de reconocerlo. La repuesta: porque los movimientos internacionalistas históricos quedaban lejos en EEUU, los intentos de crear un partido de clase fueron incapaces de mantener sus posiciones internacionalistas más básicas durante la segunda guerra mundial y porque las organizaciones que pretendían defender los intereses de las mujeres trabajadoras en el debate de los 60 y 70 estaban vinculadas a los sindicatos… que habían sido la punta de lanza del encuadramiento y la disciplina de guerra. El gran descubrimiento de la era Kennedy para la pequeña burguesía es la incomparecencia política de los trabajadores como tales y por tanto la posibilidad de re-escribir la historia y crear relatos políticos e ideologías de estado a medida de sus intereses, como si los trabajadores sencillamente no existiesen. El feminismo de la segunda ola, como el racialismo negro, serán ante todo, agresivamente invisibilizadores, negadores de los trabajadores y su existencia como clase.

La revolución sexual de los 60

Campaña según la cual el acceso al trabajo, la universidad o los libros por las mujeres se la debemos agradecer a feministas… irrelevantes cuando eso pasó. Ya puestas podríamos agradecerles la jornada de 8 horas y que haga calor en verano.

El feminismo de segunda ola tampoco se puede separar de la llamada revolución sexual de los sesenta que marcó un cambio significativo para las familias de la pequeña burguesía. Para la pequeña burguesía en particular, la familia nuclear servía para aumentar la riqueza y protegerla contra la proletarización. La personalidad del pequeño burgués individual estaba ligada a su familia y a la pertenencia de ésta, como un todo, a determinados círculos sociales propios de su clase. Por eso, antes de la segunda ola, el control de la natalidad era aceptable para las feministas, pero el aborto no.

Pero las de NOW no eran ya las feministas de la primera ola que hablaban de la maternidad voluntaria pero que se oponían al aborto por su capacidad de desligar a los hombres de los deberes del matrimonio y la familia. NOW representaba a un sector de la pequeña burguesía femenina que no se contentaba con los límites que el modelo de familia nuclear imponía a su ascenso social individual.

Por eso los relatos de la segunda ola parten siempre de la figura del ama de casa pequeñoburguesa… como si las mujeres no se hubieran incorporado a la fuerza de trabajo hasta la aparición de un supuestamente heroico movimiento feminista. Sobre esa invisibilización del proletariado femenino podían afirmar que todas las mujeres necesitaban al movimiento feminista para emanciparse y pretender hoy que la incorporación de la mujer al trabajo es un resultado del feminismo.

Pero es que lo que las militantes de NOW entendían por trabajo se limitaba a las posiciones de mando a las que ellas aspiraban, no al trabajo asalariado de las obreras de las fábricas, las limpiadoras, las jornaleras, las maestras o las camareras… sino el de los hombres de su clase: jueces, profesionales liberales por entonces todavía no proletarizados como médicos, científicos y abogados, dirigentes religiosos, directivos empresariales, políticos o burócratas sindicales.

En todas las profesiones consideradas de importancia para la sociedad, y en los rangos ejecutivos de la industria y el gobierno, las mujeres están perdiendo terreno. Además, sólo hay un puñado simbólico dondequiera que estén presentes. Las mujeres constituyen menos del 1% de los jueces federales, menos del 4% de los abogados y el 7% de los médicos. Sin embargo, las mujeres representan el 51% de la población de los EEUU. […] Nos organizamos para iniciar o apoyar la acción, a nivel nacional o en cualquier parte de esta nación, de individuos u organizaciones, para romper la cortina de seda de los prejuicios y la discriminación contra la mujer en el gobierno, la industria, las profesiones, las iglesias, los partidos políticos, el poder judicial, los sindicatos, en la educación, la ciencia, la medicina, el derecho, la religión y todos los demás campos de importancia en la sociedad americana

NOW, Declaración de propósitos

La Nueva Izquierda y la consigna Lo personal es político

«Lo personal es político», vieja idea del puritanismo revolucionario del XVII, que reaparece de la mano del feminismo de los 60 y se consagra con las «políticas de identidad».

Todo esto acabó de impulsar un giro masivo en la cultura y las expectativas vitales de la pequeña burguesía y en su ambiente social exacerbando con una fuerza nueva el individualismo que ya estaba presente en la ideología dominante.

En 1969 aparece por primera vez la consigna lo personal es político entre grupos de feministas radicales ligados a la universidad. Venían de la Nueva Izquierda de los años 60. En ese entorno, las mujeres universitarias, abrumadoramente hijas de la pequeña burguesía y la clase dirigente, denuncian que les cuesta encajar y ascender. Como en tantas cosas, la izquierda universitaria oficia de simulacro de las tareas que la nueva generación pequeñoburguesa se da en el aparato directivo y político. Empiezan organizar grupos de concienciación. Las jóvenes hablaban de sus vidas personales y frustraciones. Resultado: denuncian estar oprimidas por los varones, que les interrumpen cuando hablan en las reuniones, y no les dejan liderar las organizaciones activistas. Conclusiones políticas: No basta la igualdad legal había que combatir la cultura machista.

Consecuencia: los comportamientos que los varones mantuvieran en su vida privada –lo personal– pasó a ser considerado un legítimo argumento político para separar o privar de posiciones de liderazgo a los varones de la competencia. Como en la revolución puritana, denunciar la moral privada de los varones se convirtió en juego limpio en la lucha por afirmar el nuevo consenso social que representaba los nuevos intereses de la pequeña burguesía. El resultado afianzaba la pertenencia e importancia de las mujeres en las esferas de poder en las que trataban de entrar con un arma incuestionable: toda denuncia debía ser creída bajo sospecha de complicidad con el acusado, un mecanismo típico de la represión totalitaria. Las nuevas reglas del juego, en principio aplicables dentro de la pequeña burguesía, permitían además a las feministas desempeñar el papel de defensoras de las mujeres en las empresas, ganándose así un papel definido y estable fácilmente burocratizable y generalizable después a través de estudios y planes de igualdad de género, proyectos de cultura corporativa y cargos especializados.

A partir de ahora, todo estaría sujeto a la crítica feminista: el cine, la psicología, la literatura… pero sobre todo la vida sexual de los individuos. Mientras que la familia, y por consiguiente la esfera privada, había sido sagrada para las feministas de la primera ola, las feministas de la segunda ola priorizaban las necesidades del individuo.

La cultura de la violación

La teorización feminista de la cultura de la violación arranca poco después de Roe contra Wade (1973), la sentencia del Tribunal Supremo de EEUU que garantiza el derecho al aborto.

En 1974, las New York Radical Feminists (NYRF) publican un libro llamado Violación: El primer libro de consulta para las mujeres. Era una compilación de historias personales de violación y conversaciones sobre el tema. Las historias iban desde violaciones muy violentas cometidas a punta de pistola hasta historias de mujeres que consintieron tener sexo con sus novios sin desearlo realmente. Un testimonio del libro cuenta cómo nunca se negó a las peticiones de sus novios para tener sexo y afirma que debería ser considerado como violación porque íntimamente nunca quiso tener sexo con ellos. Una de las conclusiones políticas que el libro extrae de los testimonios que recoge es que

[El varón] ha convertido [a la mujer] en indefensa y dependiente, obligándola a trabajar cuando necesitaba su trabajo, aislándola, maltratándola (física o psicológicamente), y como prueba final de su poder y su degradación como una posesión, una cosa, un trozo de carne, la ha violado. El acto de violación es la expresión lógica de la relación esencial que existe actualmente entre hombres y mujeres. Es un asunto que debe ser tratado en términos feministas para la liberación femenina

Rape : the first sourcebook for women. New York Radical Feminists, 1974

Las feministas, al redefinir la violación de esta manera y al presentarla como un problema social generalizado que necesita ser resuelto por las feministas, estaban creando otra herramienta de poder bajo la bandera de su lucha por abolir la llamada cultura sexista.

Estas mismas feministas radicales, que también se llamaban a sí mismas socialistas, afirmaban que las mujeres constituían una clase en sí y que, por lo tanto, necesitaban el feminismo. Está naciendo la teoría feminista del patriarcado. En respuesta a Rosa Luxemburgo que caracteriza a las mujeres burguesas como parásitos de los parásitos, Catharine Mackinnon, una de las famosas feministas radicales, argumenta que…

Las mujeres como mujeres, por encima de las diferencias de clase y aparte de la naturaleza, eran simplemente impensables para Luxemburgo, como para la mayoría de los marxistas […] Luxemburgo ve que la mujer burguesa de su época es un parásito de un parásito, pero no considera lo que tiene en común con la mujer proletaria que es la esclava de un esclavo.

Feminism, Marxism, Method, and the State: An Agenda for Theory, Catharine Mackinnon

Para ellas, los varones constituyen una clase explotadora mientras que las mujeres son una clase explotada. Las mujeres son explotadas por los hombres económicamente, psicológicamente, sexualmente, políticamente, y así sucesivamente. La idea llevó a muchas feministas a defender el lesbianismo político, es decir, evitar la relación sexual o incluso la interacción social básica con los hombres por razones políticas.

Prostitución y pornografía

Desde el nacimiento de NOW, apareció una facción creciente partidaria de despenalizar en vez de abolir la prostitución. El programa individualista de la pequeña burguesía iba descubriendo que su fondo moral era la mercantilización hasta las últimas consecuencias. Al mismo tiempo, una serie de cambios administrativos, producto también de la llamada revolución sexual, desembocaba en la Edad de Oro del porno y la extensión del vídeo doméstico durante los 80 lo multiplicará hasta convertirlo en una industria. Los debates en los círculos feministas universitarios acaban en las llamadas Feminist sex wars, completamentamente desconocidas para la inmensa mayoría de sus contemporáneos pero importantes en la medida en que dieron forma a los argumentos de la llamada tercera ola del feminismo.

Los dos polos del debate, anteceden los que ahora, donde como en España el feminismo se convierte en ideología de estado, consumen la bizantina y violenta confrontación entre tendencias feministas. Para las que abogaban por la censura y la abolición de la pornografía, el argumento tenía dos vertientes: La pornografía contribuye a una cultura sexista y a la violación; y la prostitución es la principal causa del estatus de segunda clase de las mujeres. Sus contrarias pretendían redefinir la prostitución como trabajo sexual y por tanto un intercambio de iguales extendiendo la religión de la mercancía a las relaciones sexuales.

Aunque las feministas que luchaban contra la prostitución tenían razón al condenarla, eran incapaces de eliminarla o tan siquiera imaginar cómo hacerlo de un modo efectivo. No podían denunciar que el supuesto intercambio de iguales es la forma específicamente capitalitalista de organizar la explotación del trabajo. Eran mujeres pequeñoburguesas y todo su enfoque supuestamente socialista se basaba, partía de la negación de la misma idea de clase trabajadora y por tanto no podía ni siquiera pensar las bases para superar una sociedad mercantil. Toda su perspectiva se basaba en presentar a todos los hombres de todas las clases como opresores de las mujeres. Eran las feministas que venían del socialismo de la Nueva Izquierda, de grupos estudiantiles como Estudiantes por una Sociedad Democrática (Students for a Democratic Society/SDS). Es decir, los socialistas que defendían el nacionalismo negro y el stalinismo. Según una de sus teóricas, Andrea Dworkin, por ejemplo, los hombres de todas las clases ven a las mujeres como objetos sexuales y, por lo tanto, el acoso sexual es generalizado en casi todos los ambientes de trabajo. Así como los hombres tienen un interés material en oprimir y violar a las mujeres, también les interesa proteger la industria del porno y la prostitución en general.

¿Y entonces? ¿Qué podían hacer? Unas respondieron tomando un término de lo peor del stalinismo chino, revolución cultural, que lo definieron como una purificación de los círculos socialistas. Otras buscaron cambios legales… del mismo estado que existe para asegurar las relaciones de explotación que producen la prostitución y la pornografía. Los resultados de las feministas anti-pornografía fueron ordenanzas temporales en dos ciudades estadounidenses y una ley canadiense que terminó censurando no sólo la pornografía propiamente dicha, sino también la literatura obscena. Los funcionarios de aduanas canadienses terminaron confiscando hasta los libros de Andrea Dworkin, la líder de la campaña feminista radical contra la pornografía. Para rematar, trabajaron en esta campaña con los líderes de la misma derecha cristiana que habían hecho de la prohibición del aborto el centro del programa de la mayoría moral conservadora. Y a medida que pasó el tiempo, las feministas anti-prostitución se volvieron más delirantes y sus teorías y grupos más sectarios. Dworkin llegó a la conclusión de que incluso el sexo consensual con penetración era opresivo para las mujeres.

Impotentes como la clase de la que nacían para ganar una perspectiva de transformación social real, las únicas alternativas a las que llegaban una y otra vez eran el puritanismo -con su inevitable corolario de represión sexual y control moral totalitario- o la mercantilización extrema de las personas y sus relaciones. A menudo, ambas.

La cultura de la violación y la tercera ola del feminismo

La denuncia actual de una supuesta y omnipresente cultura de la violación, particularmente en los campus universitarios, se creó a finales de los 80 y principios de los 90. Uno de los estudios más amplios, más difundidos y citados sobre la agresión sexual en los campus universitarios es el dirigido por Mary Koss. Este estudio fue solicitado por el Proyecto Campus de la revista Ms, una revista feminista creada durante la segunda ola por Gloria Steinem y Dorothy Pitman Hughes.

Koss afirmó que sus descubrimientos mostraban que el 27% de las mujeres universitarias habían sido víctimas de violación o intento de violación una media de dos veces entre las edades de catorce y veintiún años, y que sólo en el año académico anterior el 16,6% de las mujeres universitarias fueron víctimas de violación o intento de violación, y más de la mitad de estas víctimas fueron agredidas dos veces.[…] Un examen minucioso del estudio de Ms. revela varios problemas: Casi tres cuartas partes de los estudiantes que Koss definió como víctimas de violación no pensaban que habían sido violadas; el 42 por ciento de estas mujeres tuvieron relaciones sexuales de nuevo con los hombres que Koss dice que las violaron. Además, hacían preguntas como: ¿Alguna vez un hombre intentó tener relaciones sexuales con usted cuando usted no quería, dándole alcohol o drogas, pero el coito no se produjo?

Fraud and Fallible Judgement, Nathaniel J. Pallone y James J. Hennessy

Este estudio es la base de la estadística continuamente citada según la cual 1 de cada 4 mujeres es asaltada sexualmente en los campus universitarios. Este estudio fue extremadamente importante para las feministas porque era una forma de legitimar el pánico que habían intentado crear desde la década de 1970. El miedo femenino era instrumental no solo a la expansión del discurso sino al establecimiento de un contrapoder que permitiría a las dirigentes estudiantiles feministas establecer un principio de culpabilidad más allá de la inocencia que allanara el terreno para que ganen su lugar al sol en la universidad. Una especie de limpieza de sangre ganada solo mediante la identidad como mujer y feminista.

Recientemente varios estudiantes varones de Vassar fueron falsamente acusados de violación en una cita. Después de que su inocencia fue establecida, la asistente del decano de los estudiantes, Catherine Comins, dijo de su experiencia:

«Ellos han sufrido mucho, pero no es un dolor que yo necesariamente les hubiera evitado. Creo que idealmente inicia un proceso de auto-exploración. [Pueden preguntarse] ¿Cómo veo a las mujeres? Si la hubiera violado, ¿podría haberlo hecho? ¿Tengo el potencial para hacer lo que me dicen que hice? Son buenas preguntas»

Who Stole Feminism?: How Women Have Betrayed Women, Christina Hoff Sommers

Así, durante los años de la segunda ola, las feministas ascendieron en la jerarquía académica utilizando sus propios argumentos políticos -y construyéndolos- para ganar espacios de poder en la maquinaria de fabricación de ideologías del estado por excelencia. Como resultado no solo lograron imponer los relatos feministas, incluyendo la idea de una cultura de la violación, en los campus universitarios y ganar plazas entre el profesorado, sino reproducir y aumentar su base social profesionalizándola mediante grados, masters y doctorados.

Mientras tanto, la llamada tercera ola del feminismo estaba en ascenso. No se desviaban de los principios centrales de la segunda ola: los varones serían privilegiados con interés en oprimir a las mujeres; y por supuesto lo personal es político… Sólo que esta vez, el criterio era mucho más bajo. Si una mujer lo elige, es empoderante e incluso culturalmente subversivo. Oponiéndose a la posición anti-prostitución de las feministas radicales, su única condición para determinar si algo era feminista o no era si una mujer daba su consentimiento o si lo consideraba empoderante. Y para ser empoderante bastaba con que generara un ingreso necesario para sobrevivir. Pura moral burguesa que comienza por negar las condiciones sociales que hacen posible las formas de explotación más destructivas.

Al final qué vendían: miedo a los varones en general, segregación social y mercantilización de las relaciones humanas. No es sorprendente que este feminismo se haya vuelto hegemónico… tenía una capacidad mucho mayor para captar grupos de interés que iban desde las feministas racialistas y su interseccionalidad a los beneficiarios de la prostitución, todos unidos por el nivel más básico de la ideología burguesa: la religión de la mercancía.

La epidemia de violaciones en los campus y los peajes de Joe Biden

En 2011, durante la presidencia Obama, el gobierno puso en marcha una campaña contra la conducta no deseada de naturaleza sexual en los campus universitarios. Un título que habría el campo ya a un amplio y ambigüo mundo de comportamientos que sobrepasaba en mucho la violencia sexual de cualquier tipo. La campaña comenzaba con una carta, titulada Querido Colega que establecía el fin de la necesidad de pruebas claras, negaba incluso en algunos casos el derecho del acusado a saber quién le acusaba y establecía una nueva categoría de asesores -Harvard tiene 55, Princeton 41- dedicados a promover quejas por comportamiento sexual inadecuado. Estas nuevas regulaciones han estado vigentes hasta este año, cuando el gobierno Trump las retiró restringiendo el ámbito a la definición de acoso del Tribunal Supremo y reintroduciendo la presunción de inocencia, la asistencia letrada y el derecho del acusado a que se le proporcione la evidencia recogida en su contra.

Biden, que fue corresponsable de aquel sistema con Obama, prometió en su campaña reinstaurar las normas ahora derogadas. Lo que resulta revelador es que su política contra la agresión sexual se limite a los campus universitarios sin que aparentemente cause alarma la indefensión de las jornaleras irregulares o de los trabajadores de mataderos. Biden, igual que las feministas cuando hablan de la epidemia de violaciones, está señalando a universidades caras y privadas… para reintroducir un código judicial practicamente terrorista por su ausencia incluso de garantías formales. ¿Por qué?

La respuesta es tristemente simple. Las reglamentaciones hechas posibles por el discurso sobre la cultura de la violación colocan bajo amenaza permanente a los rivales varones, por lo que en general permiten ajustar cuentas con bastante facilidad con casi cualquier rival. Los propios medios de comunicación de la élite demócrata son conscientes de que basta una acusación de agresión sexual, no importa lo ridícula que sea, para eliminar a un competidor. Y de eso va todo. Al igual que con las feministas de la segunda ola, el objetivo de las feministas de la tercera ola es ascender socialmente al hacer más precaria la vida de sus competidores varones.

El feminismo que viene

Como decíamos arriba, la naturaleza de clase del feminismo se hace evidente. Al final, como todo identitarismo, su batalla es una pelea dentro del estado y los negocios para conseguir ventajas y privilegios para una parte de la pequeña burguesía en nombre de problemas sociales realmente existentes que ni puede, ni sabe, ni quiere resolver porque para enfrentarlos hay que enfrentarse a las relaciones sociales capitalistas como un todo.

Pero esto no quiere decir que el feminismo sea algo inocuo que no vaya a afectar a los trabajadores. Al revés, va a ser usado una y otra vez contra nosotros. Ya lo hemos visto con la vuelta a clase que ha producido el actual pico pandémico: se pedía a los maestros -muchos de ellos mujeres- que volvieran al trabajo en solidaridad con las mujeres porque el cierre de escuelas aumentaba las desigualdades de género. No será ni mucho menos la última mano que reciban las exigencias más genocidas del sistema de la ideología que fue campeona del reclutamiento durante dos guerras mundiales. Entre otras cosas porque bajo el capitalismo de estado tanto encuadras, tanto vales, y las pequeñas burguesías de todo el mundo, asfixiadas por la crisis, no van a dejar de usar cualquier excusa, para ganarse un lugar privilegiado bajo el sol del estado.

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