Cerrar
Emancipación;

Communia

Internacionalistas

Blog de Emancipación

También mantenemos el
Diccionario de Marxismo,
la Escuela de Marxismo y los canales @Communia (noticias internacionales) y @Huelga (huelgas en el mundo) en Telegram.

Comunicados de Emancipación

Buscar

  • También puede serte útil nuestro Mapa de navegación: todos nuestros artículos organizados en secciones y ordenados cronológicamente

Entender el ahora

Su moral y la nuestra

En el comunismo...

Decadencia: El antagonismo entre el crecimiento capitalista y el desarrollo humano

Los límites del conocimiento bajo el capitalismo

Historia de clase

Crítica de la ideología

Los orígenes de la ideología y la moral burguesa

El disputado voto del señor Casero y otras escenas de decadencia

04/02/2022 | Historia

El tema del día en España es la aprobación ayer de la Reforma laboral en el Congreso gracias al error de un diputado del PP al que la Presidencia no dejó cambiar su voto telemático una vez emitido. El diputado insiste en que fue un «error informático» pero en el mismo día se había equivocado en al menos tres votaciones. Lo que a simple vista parece tan sólo una anécdota del formalismo parlamentario en realidad nos revela el momento histórico de la sociedad en que vivimos.

Las clases dirigentes de sistemas en decadencia devalúan el trabajo y la consideración de sus herramientas

Los resultados culturales de la contrarrevolución castellana

Ajusticiamiento de Padilla, Bravo y Maldonado tras la derrota de Villalar.

Después de la guerra de las Comunidades de Castilla (1520-1522), la primera gran revolución burguesa europea, el emperador Carlos y la Iglesia inician una verdadera contra-revolución destinada a reafirmar el orden de clases.

Las clases feudales han visto el peligro muy cerca, saben que la explotación de las colonias ultramarinas va a reforzar inevitablemente al mismo tipo de elementos que han creado «comunidades» -palabra que pasará a ser sinónimo de desorden- y tratan de «poner en su lugar» a «la villanía» (nombre original de la burguesía, la clase que prosperaba en las villas castellanas), acabando con la «infiltración» de sus elementos en el estado.

Esta infiltración estaba muy presente desde hacía décadas para la nobleza, pues durante las guerras dinásticas por el trono de Castilla, Isabel había multiplicado el número de caballeros y prodigado privilegios de hidalguía para ganar partidarios entre la clase entonces ascendente. Como este reconocimiento exoneraba de impuestos a las familias que lo recibían, mermaban tanto a las villas como a los aristócratas, que veían socavada no sólo su base social, sino sus ingresos directos en tanto que administradores y beneficiarios de gravámenes.

El cuestionamiento del origen de la nueva baja nobleza dará forma a todos los tópicos que tenemos presentes sobre el llamado «siglo de oro»: desde la obsesión por la «pureza de sangre» y la persecución de los «marranos» a la figura del hidalgo arruinado por la primera crisis de la globalización capitalista, la causada por la inflación de la plata americana, que imposta tradicionalismo caballeresco rechazando cualquier trabajo de provecho y abrazando la miseria mientras «guarda las apariencias».

Más allá de las exageraciones, lo que nos cuentan el Quijote y buena parte de la literatura de la época, es un fenómeno característico de todas las clases dirigentes de un modo de producción en decadencia: la exacerbación de su separación del trabajo.

Aunque, al contrario de lo que nos dice el mito literario, parte de los hidalgos encontrarán acomodo en el comercio lanero o ultramarino y en el servicio burocrático a la Corona, el estrato inmediatamente inferior de la nobleza, los caballeros, más numeroso, exaltará el carácter improductivo de su condición social.

Lo que más apartó a los nuestros de la legítima actividad que tanto importa a la república ha sido el gran honor y la autoridad que se da al huir del trabajo

Martín González de Cellorigo, «Memorial de la política necesaria y útil restauración de España», Valladolid, 1600.

Esto será de suma importancia para el posterior «atraso» de la Revolución burguesa en la península, pues la «caballería villana», especialmente en regiones como Extremadura y Andalucía Occidental, llevaba un siglo aburguesándose y sentando las bases de lo que finalmente solo se vería en Inglaterra: la reforma de la propiedad y la explotación agraria sin la que el capitalismo no podía nacer.

La nueva cultura de la contrarrevolución feudal, paradójicamente impregnará incluso a los villanos (la burguesía) en el ámbito que les es propio. Es muy significativa por ejemplo la división que los propios burgueses, que se han adueñado ya del taller gremial, establecen entre oficios viles y mecánicos.

Había también oficios viles, que no hay que confundir con los oficios mecánicos. Estos últimos eran todos los que necesitaban un esfuerzo físico, un trabajo manual, que llevaba aparejada cierta descalificación; por eso, aquellos artífices que tenían interés en proclamar la ingenuidad de su arte, se esforzaban por dejar bien claro que ellos ejecutaban solo la labor magistral, dejando a sus ayudantes los aspectos materiales de su tarea.

Los farmacéuticos tenían mancebos que pulverizaban, calentaban y mezclaban los ingredientes, los pintores se valían de su sirviente para preparar los lienzos y los colores (el caso de Juan Pareja respecto a Velázquez), etc. Pero si bien las actividades mecánicas se reputaban incompatibles con la hidalguía, no descalificaban al artesano, que tenía su puesto señalado en la escala social y en los cortejos se agrupaba tras la enseña de su gremio. En cambio, la profesión vil envilecía a quien la practicaba

Antonio Domínguez Ortiz, La España del Quijote

«La profesión vil envilecía a quien la practicaba», es decir le descualificaba. Envilecer, como vemos, es el primer nombre para proletarizar. Pero en medio de una contrarrevolución feudal, en la que la clase dirigente intenta poner la mayor distancia posible con el trabajo, la descualificación no tiene tanto un significado económico como moral. El mismo adjetivo «vil» que hasta entonces tenía su significado latino original de «mal pago» pasa a significar «moralmente inferior» y por extensión, malvado.

El estado absolutista fomenta la manufactura pero la cultura cortesana exacerba aún más el rechazo de la clase dirigente a las herramientas y útiles de trabajo

El rechazo del trabajo y con él de la cercanía de sus herramientas persistirá en la legislación española durante generaciones. Sólo comenzará su declive a partir de la Real Cédula del 18 de marzo de 1783 de Carlos III. El Rey borbón, influido por las nuevas sectas burguesas de «economistas» que florecen en la corte francesa y prometen salvar la hacienda real y consolidar el sometimiento de la aristocracia al monarca, declara que es honrado y honesto ejercer oficios artesanos.

Por la cual se declara que no sólo el oficio de curtidor, sino también los demás artes y oficios del herrero, sastre, zapatero, carpintero y otros a este modo, son honestos y honrados; y que el uso de ellos no envilece la familia ni la persona del que lo ejerce; ni la inhabilita para obtener los empleos municipales de la república en que están avecindados los artesanos y menestrales que los ejercitan; y que tampoco han de perjudicar las artes y oficios para el goce y prerrogativas de la hidalguía, a los que la tuvieren legítimamente...

Siendo exceptuados de esta regla los artistas [=técnicos] o menestrales [=artesanos cualificados] o sus hijos que abandonasen su oficio y el de sus padres y no se dedicaren a otro o a cualesquiera arte o profesión con aplicación y aprovechamiento aunque el abandono sea por causa de riqueza y abundancia;

en inteligencia de que mi Consejo, cuando hallare que en tres generaciones de padre, hijo y nieto ha ejercitado y sigue ejercitando una familia el comercio o las fábricas con adelantamientos notables y de utilidad al Estado, me propondrá, según le he prevenido, la distinción que podrá concederse al que se supiese y justificase ser director o cabeza de tal familia que promueve y conserva su aplicación.

Real Cédula del 18 de marzo de 1783 de Carlos III

Como en Francia, la revalorización del trabajo manufacturero y de los artesanos capaces de guardar las técnicas (artes) del oficio es un producto de su utilidad para los ingresos del estado feudal aquejado cada vez más de gigantismo, otro fenómeno típico de la decadencia de un modo de producción.

Pero no nos engañemos: solo la parte más díscola de la clase dirigente de entonces entra en algún tipo de conexión con el artesanado, y solo a través de nuevas formas de socialización burguesa como la masonería, que nunca llegará en su revalorización de las herramientas de trabajo más allá de lo simbólico ritual. Los aristócratas masones podían usar una plomada o una paleta en sus ceremonias, pero seguían teniendo a gala no saberles dar uso material.

De hecho, la aristocracia de la corte versallesa, desde Luis XIV, abuelo de Carlos III, exageró aun más que la madrileña la separación del trabajo y sus herramientas. Es la época del traje a la francesa, las pelucas y los zapatos masculinos de tacón, el menage, el «ingenio» cortesano y las manicuras, que como se ve en el famoso cuadro del encuentro entre Felipe IV y Luís XIV en la isla de los faisanes, hacen por comparación modestos y funcionales los atavíos de los nobles peninsulares.

La hora de la burguesía

En plena decadencia del capitalismo la burguesía ha desarrollado una tendencia similar que se ha exagerado durante los últimos 40 años. Desde los tiempos de los primeros emails de Clinton, los dirigentes políticos y corporativos han hecho gala de su torpeza en el uso de herramientas informáticas conforme estas se extendían como útiles de trabajo por talleres, locutorios y oficinas.

En Europa no son figuras extrañas ni reciben censura social alguna el CEO al que la secretaria imprime los correos, el intelectual que ve distinción y autenticidad en su propia incompetencia con las herramientas de trabajo digital o el capitán de industria que niega saber programar un control numérico.

Y no podía ser de otra manera. Como toda clase dirigente de un modo de producción decadente, la burguesía toma distancias del trabajo social, reniega de su centralidad y escenifica su separación de los espacios de trabajo colectivo. Ya no se ven como esa clase que organizaba directamente la producción social, que estaba físicamente presente en la fábrica o el campo y cuyos líderes habían dirigido personalmente la creación de nuevos productos y la implantación de nuevos métodos de trabajo y organización fabril.

En la era del capitalismo de estado son, como fue antes la aristocracia del absolutismo, una clase cortesana, atenta a la gestión del poder y alejada tanto de la producción como de las guerras que la decadencia sistémica multiplica. Es asombroso por ejemplo el número de CEOs industriales que no «visita» sus fábricas ni una vez al año o de dirigentes tecnológicos que no han pisado la granja de programadores que sustenta sus productos.

Al margen y desatentos al trabajo que explotan, se definen como «tomadores de decisiones» cuyo acierto permanente «crea riqueza» por una magia social que necesitan explicar tan poco como el rey absolutista necesitaba explicar la identidad de su cuerpo físico con el cuerpo político del reino. Se imaginan al frente de un gran cuadro de mandos cuyas intimidades técnicas les resultan tan degradantes como el arte de teñir la lana podía resultar a un hidalgo barroco.

Y llegado el caso, resultan inútiles hasta para pulsar un botón virtual.